Last updated November 2, 1997
REY: Ten, don Diego, esa rodela. DIEGO: Tarde vienes a acostarte. REY: Toda la noche rondé de aquesta ciudad las calles; que quiero saber ansí sucesos y novedades de Sevilla, que es lugar donde cada noche salen cuentos nuevos; y deseo de esta manera informarme de todo, para saber lo que convenga. DIEGO: Bien haces, que el rey debe ser un Argos en su reino, vigilante. El emblema de aquel cetro con dos ojos lo declare. Mas ¿qué vio tu majestad? REY: Vi recatados galanes, damas desveladas vi, músicas, fiestas y bailes, muchos gritos, de quien eran siempre voces grandes la tablilla que decía: "Aquí hay juego, caminante." Vi valientes infinitos; y no hay cosa que me canse tanto como ver valiente, y que por oficio pase ser uno valiente aquí. Mas porque no se me alaben que no doy examen yo a oficio tan importante, a una tropa de valientes probé solo en una calle. DIEGO: Mal hizo tu majestad. REY: Antes bien, pues con su sangre llevaron iluminada... DIEGO: ¿Qué? REY: La carta del examen.
Sale COQUÍN
COQUÍN: (No quise entrar en la torre Aparte con mi amo, por quedarme a saber lo que se dice de su prisión. Pero, ¡tate! --que es un pero muy honrado del celebrado linaje de los tates de Castilla-- porque el rey está delante. REY: Coquín. COQUÍN: ¿Señor? REY: ¿Cómo va? COQUÍN: Responderé a lo estudiante. REY: ¿Cómo? COQUÍN: De "corpore bene," pero de "pecunis male." REY: Decid algo, pues sabéis, Coquín, que como me agrade, tenéis aquí cien escudos. COQUÍN: Fuera hacer tú aquesta tarde el papel de una comedia que se llamaba El rey ángel. Pero con todo eso traigo hoy un cuento que contarte, que remata en epigrama. REY: Si es vuestra, será elegante. Vaya el cuento. COQUÍN: Yo vi ayer de la cama levantarse un capón con bigotera. ¿No te ríes de pensarle curándose sobre sano con tan vagamundo parche? A esto un epigrama hice: (No te pido, Pedro el grande, Aparte casas ni viñas; que sólo risa pido en este guante. Dad vuestra bendita risa a un gracioso vergonzante).
"Floro, casa muy desierta la tuya debe de ser, porque eso nos da a entender la cédula de la puerta. Donde no hay carta, ¿hay cubierta?, ¿Cáscara sin fruta? No, no pierdas tiempo, que yo esperando los provechos, he visto labrar barbechos, mas barbideshechos no".
REY: ¡Qué frialdad! COQUÍN: Pues adiós, dientes.
Sale el infante don ENRIQUE
ENRIQUE: Dadme vuestra mano. REY: Infante, ¿cómo estáis? ENRIQUE: Tengo salud, contento de que se halle vuestra majestad con ella; y esto, señor, a una parte. Don Arias... REY: Don Arias es vuestra privanza. Sacalde de la prisión, y haced vos, Enrique, esas amistades, y agradézcanos la vida. ENRIQUE: La tuya los cielos guarden; y heredero de ti mismo, apuestes eternidades con el tiempo.
Vase el REY
Iréis, don Diego, a la torre, y al alcaide le diréis que traiga aquí los dos presos.
Vase don DIEGO
(¡Cielos, dadme Aparte paciencia en tales desdichas, y prudencia en tales males). Coquín, ¿tú estabas aquí? COQUÍN: Y más me valiera en Flandes. ENRIQUE: ¿Cómo? COQUÍN: El rey es un prodigio de todos los animales. ENRIQUE: ¿Por qué? COQUÍN: La Naturaleza permite que el toro brame, ruja el león, muja el buey, el asno rebuzne, el ave cante, el caballo relinche, ladre el perro, el gato maye, aulle el lobo, el lechón gruña, y sólo permitió dalle risa al hombre, y Aristóteles risible animal le hace, por definición perfecta; y el rey, contra el orden y arte, no quiere reírse. Déme el cielo, para sacarle risa, todas las tenazas del buen gusto y del donaire.
Vase COQUÍN, y salen don GUTIERRE, don ARIAS y don DIEGO
DIEGO: Ya, señor, están aquí los presos. GUTIERRE: Danos tus plantas. ARIAS: Hoy al cielo nos levantas. ENRIQUE: El rey mi señor de mí --porque humilde le pedí vuestras vidas este día-- estas amistades fía. GUTIERRE: El honrar es dado a vos.
Coteja la daga que se halló con la espada del infante
(¿Qué es esto que miro? ¡Ay Dios!) Aparte ENRIQUE: Las manos os dad. ARIAS: La mía es ésta. GUTIERRE: Y éstos mis brazos, cuyo nudo y lazo fuerte no desatará la muerte sin que los haga pedazos. ARIAS: Confirmen estos abrazos firme amistad desde aquí. ENRIQUE: Esto queda bien así. Entrambos sois caballeros en acudir los primeros a su obligación; y así está bien el ser amigos uno y otro; y quien pensare que no queda bien, repare en que ha de reñir conmigo. GUTIERRE: A cumplir, señor, me obligo las amistades que juro. Obedeceros procuro, y pienso que me honraréis tanto, que de mí creeréis lo que de mí estás seguro. Sois fuerte enemigo vos, y cuando lealtad no fuera, por temor no me atreviera a romperlas, ¡vive Dios! Vos y yo para otros dos me estuviera a mí muy bien. Mostrara entonces también que sé cumplir lo que digo; mas con vos por enemigo, ¿quién ha de atreverse? ¿Quién? Tanto enojaros temiera el alma cuerda y prudente, que a miraros solamente tal vez aun no me atreviera; y si en ocasión me viera de probar vuestros aceros, cuando yo sin conoceros a tal extremo llegara, que se muriera estimara la luz del sol por no veros. ENRIQUE: (De sus quejas y suspiros Aparte grandes sospechas prevengo). Venid conmigo, que tengo muchas cosas que deciros, don Arias. ARIAS; Iré a serviros.
Vanse don ENRIQUE, don DIEGO y don ARIAS
GUTIERRE: Nada Enrique respondió; sin duda se convenció de mi razón. ¡Ay de mí! ¿Podré ya quejarme? Sí; pero, consolarme, no.
Ya estoy solo, ya bien puedo hablar. ¡Ay Dios!, quién supiera reducir sólo a un discurso, medir con sola una idea tantos géneros de agravios, tantos linajes de penas como cobardes me asaltan, como atrevidos me cercan. Agora, agora, valor, salga repetido en quejas, salga en lágrimas envuelto el corazón a las puertas del alma, que son los ojos; y en ocasión como ésta, bien podéis, ojos, llorar. No lo dejéis de vergüenza. Agora, valor, agora es tiempo de que se vea que sabéis medir iguales el valor y la paciencia. Pero cese el sentimiento, y a fuerza de honor, y a fuerza de valor, aun no me dé para quejarme licencia: "porque adula sus penas el que pide a la voz justicia de ellas" Pero vengamos al caso; quizá hallaremos respuesta. ¡Oh ruego a Dios que la haya! ¡Oh plegue a Dios que la tenga! Anoche llegué a mi casa, es verdad; pero las puertas me abrieron luego, y mi esposa estaba segura y quieta. En cuanto a que me avisaron de que estaba un hombre en ella, tengo disculpa en que fue la que me avisó ella mesma; en cuanto a que se mató la luz, ¿qué testigo prueba aquí que no pudo ser un caso de contingencia? En cuanto a que hallé esta daga, hay crïados de quien pueda ser. En cuanto, ¡ay dolor mío!, que con la espada convenga del infante, puede ser otra espada como ella; que no es labor tan extraña que no hay mil que la parezcan. Y apurando más el caso, confieso, ¡ay de mí!, que sea del infante, y más confieso que estaba allí, aunque no fuera posible dejar de verle; mas siéndolo, ¿no pudiera no estar culpada Mencía?; que el oro es llave maestra que las guardas de crïadas por instantes nos falsea. ¡Oh cuánto me estimo haber hallado esta sutileza! Y así acortemos discursos, pues todos juntos se cierran en que Mencía es quien es, y soy quien soy. No hay quien pueda borrar de tanto esplendor la hermosura y la pureza. Pero sí puede, mal digo; que al sol una nube negra, si no le mancha, le turba, si no le eclipsa, le hiela. "¿Qué injusta ley condena que muera el inocente, que padezca?" A peligro estás, honor, no hay hora en vos que no sea crítica. En vuestro sepulcro vivís. Puesto que os alienta la mujer, en ella estáis pisando siempre la güesa. Y os he de curar, honor, y pues al principio muestra este primero accidente tan grave peligro, sea la primera medicina cerrar al daño las puertas, atajar al mal los pasos. Y así os receta y ordena el médico de su honra primeramente la dieta del silencio, que es guardar la boca, tener paciencia. Luego dice que apliquéis a vuestra mujer finezas, agrados, gustos amores, lisonjas, que son las fuerzas defensibles, porque el mal con el despego no crezca. Que sentimientos, disgustos, celos, agravios, sospechas con la mujer, y más propia, aun más que sanan enferman. Esta noche iré a mi casa de secreto, entraré en ella, por ver qué malicia tiene el mal; y hasta apurar ésta, disimularé, si puedo, esta desdicha, esta pena, este rigor, este agravio, este dolor, esta ofensa, este asombro, este delirio, este cuidado, esta afrenta, estos celos...¿Celos dije? ¡Qué mal hice! Vuelva, vuelva al pecho la voz; mas no, que si es ponzoña que engendra mi pecho, si no me dio la muerte, ¡ay de mí!, al verterla, al volverla a mí podrá; que de la víbora cuentan que la mata su ponzoña si fuera de sí la encuentra. ¿Celos dijo? Celos dije; pues basta; que cuando llega un marido a saber que hay celos, faltará la ciencia; "y es la cura postrera que el médico de honor hacer intenta".
Vase don GUTIERRE, y salen don ARIAS y doña LEONOR
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham