Last updated November 2, 1997
ACTO SEGUNDO
Salen JACINTA y don ENRIQUE como a escuras
JACINTA: Llega con silencio. ENRIQUE: Apenas los pies en la tierra puse. JACINTA: Ésta es el jardín, y aquí pues de la noche te encubre el manto, y pues don Gutierre está preso, no hay que dudes sino que conseguirás victorias de amor tan dulces. ENRIQUE: Si la libertad, Jacinta, que te prometí, presumes poco premio a bien tan grande, pide más, y no te excuses por cortedad. Vida y alma es bien que por tuyas juzgues. JACINTA: Aquí mi señora siempre viene, y tiene por costumbre pasar un poco la noche. ENRIQUE: Calla, calla, no pronuncies otra razón, porque temo que los vientos nos escuchen. JACINTA: Ya, pues, porque tanta ausencia no me indicie, o no me culpe de este delito, no quiero faltar de allí.
Vase JACINTA
ENRIQUE: Amor, ayude mi intento. Estas verdes hojas me escondan y disimulen; que no seré yo el primero que a vuestras espaldas hurte rayos al sol. Acteón con Dïana me disculpe.
Escóndese, y sale doña MENCÍA y criadas
MENCÍA: ¡Silvia, Jacinta, Teodora! JACINTA: ¿Qué mandas? MENCÍA: Que traigas luces; y venid todas conmigo a divertir pesadumbres de la ausencia de Gutierre, donde el natural presume vencer hermosos países que el arte dibuja y pule. ¡Teodora! TEODORA: ¿Señora mía? MENCÍA: Divierte con voces dulces esta tristeza. TEODORA: Holgaréme que de letra y tono gustes.
Canta TEODORA y duérmese doña MENCÍA
JACINTA: No cantes más, que parece que ya el sueño al alma infunde sosiego y descanso; y pues hallaron sus inquietudes en él sagrado, nosotras no la despertemos. TEODORA: Huye con silencio la ocasión. JACINTA: (Yo lo haré, porque la busque Aparte quien la deseó. ¡Oh crïadas, y cuántas honras ilustres se han perdido por vosotras!
Vanse, y sale don ENRIQUE
ENRIQUE: Sola se quedó. No duden mis sentidos tanta dicha, y ya que a esto me dispuse, pues la ventura me falta, tiempo y lugar me aseguren. ¡Hermosísima Mencía! MENCÍA: ¡Válgame Dios!
Despierta
ENRIQUE: No te asustes. MENCÍA: ¿Qué es esto? ENRIQUE: Un atrevimiento, a quien es bien que disculpen tantos años de esperanza. MENCÍA: ¿Pues, señor, vos... ENRIQUE: No te turbes. MENCÍA: ...de esta suerte... ENRIQUE: No te alteres. MENCÍA: ...entrasteis... ENRIQUE: No te disgustes. MENCÍA: ...en mi casa sin temer que así a una mujer destruye, y que así ofende un vasallo tan generoso e ilustre? ENRIQUE: Esto es tomar tu consejo. Tú me aconsejas que escuche disculpas de aquella dama, y vengo a que te disculpes conmigo de mis agravios. MENCÍA: Es verdad, la culpa tuve; pero si he de disculparme, tu alteza, señor, no dude que es en orden a mi honor. ENRIQUE: ¿Que ignoro, acaso, presumes el respeto que les debo a tu sangre y tus costumbres? El achaque de la caza que en estos campos dispuse, no fue fatigar la caza, estorbando que saluden a la venida del día, sino a ti, garza, que subes tan remontada, que tocas por las campañas azules de los palacios del sol los dorados balaústres. MENCÍA: Muy bien, señor, vuestra alteza a las garzas atribuye esta lucha; pues la garza de tal instinto presume, que volando hasta los cielos, rayo de pluma sin lumbre, ave de fuego con alma, con instinto alada nube, parda cometa sin fuego, quiere que su intento burlen azores reales; y aun dicen que cuando de todos huye, conoce el que ha de matarla; y así, antes que con él luche, el temor hace que tiemble, se estremezca, y se espeluce. Así yo, viendo a tu alteza quedé muda, absorta estuve, conocí el riesgo, y temblé; tuve miedo, y horror tuve; porque mi temor no ignore, porque me espanto no dude, que es quien me ha de dar la muerte. ENRIQUE: Ya llegué a hablarte, ya tuve ocasión; no he de perdella. MENCÍA: ¿Cómo esto los cielos sufren? Daré voces. ENRIQUE: A ti misma te infamas. MENCÍA: ¿Cómo no acuden a darme favor las fieras? ENRIQUE: Porque de enojarme huyen.
Dentro don GUTIERRE
GUTIERRE: Ten ese estribo, Coquín, y llama a esa puerta. MENCÍA: ¡Cielos! No mintieron mis recelos; llegó de mi vida el fin. Don Gutierre es éste, ¡ay Dios! ENRIQUE: ¡Oh, qué infelice nací! MENCÍA: ¿Qué ha de ser, señor, de mí, si os halla conmigo a vos? ENRIQUE: ¿Pues qué he de hacer? MENCÍA: Retiraros. ENRIQUE: ¿Yo me tengo de esconder? MENCÍA: El honor de una mujer a más que esto ha de obligaros. No podéis salir --¡soy muerta!-- que como allá no sabían mis crïadas lo que hacían, abrieron luego la puerta. Aun salir no podéis ya. ENRIQUE: ¿Qué haré en tanta confusión? MENCÍA: Detrás de ese pabellón, que en mi misma cuadra está, os esconded. ENRIQUE: No he sabido, hasta la ocasión presente, qué es temor. ¡Oh, qué valiente debe de ser un marido!
Escóndese
MENCÍA: Sí inocente la mujer, no hay desdicha que no aguarde, ¡válgame Dios, qué cobarde culpada debe de ser!
Salen don GUTIERRE y COQUÍN
GUTIERRE: Mi bien, mi señora, los brazos darme una y mil veces puedes. MENCÍA: Con envidia de estas redes, que en tan amoroso lazos están inventando abrazos. GUTIERRE: No dirás que no he venido a verte. MENCÍA: Fineza ha sido de amante firme y constante. GUTIERRE: No dejo de ser amante yo, mi bien, por ser marido; que por propia la hermosura no desmerece jamás las finezas; antes más las alienta y asegura; y así a su riesgo procura los medios, las ocasiones. MENCÍA; En obligación me pones. GUTIERRE: El alcaide que conmigo está, es mi deudo y amigo, y quitándome prisiones al cuerpo, más las echó al alma, porque me ha dado ocasión de haber llegado a tan grande dicha yo, como es a verte. MENCÍA; ¿Quién vio mayor gloria... GUTIERRE: ...que la mía?; aunque, si bien advertía, hizo muy poco por mí en dejarme que hasta aquí viniese; pues si vivía yo sin alma en la prisión, por estar en ti, mi bien, darme libertad fue bien, para que en esta ocasión alma y vida con razón otra vez se viese unida; porque estaba dividida, teniendo en prolija calma, en una prisión el alma, y en otra prisión la vida. MENCÍA: Dicen que dos instrumentos conformemente templados, por los ecos dilatados comunican los acentos. Tocan el uno, y los vientos hiere el otro, sin que allí nadie le toque; y en mí esta experiencia se viera; pues si el golpe allá te hiriera, muriera yo desde aquí. COQUÍN: ¿Y no le darás, señora, tu mano por un momento a un preso de cumplimiento; pues llora, siente e ignora por qué siente, y por qué llora y está su muerte esperando sin saber por qué, ni cuándo? Pero... MENCÍA: Coquín, ¿qué hay en fin? COQUÍN: Fin al principio en Coquín hay, que esto te estoy contando; mucho el rey me quiere, pero si el rigor pasa adelante, mi amo será muerto andante, pues irá con escudero.
Habla doña MENCÍA a don GUTIERRE
MENCÍA: Poco regalarte espero; porque como no aguardaba huésped, descuidada estaba. Cena os quiero apercibir. GUTIERRE: Un esclava puede ir. MENCÍA: ¿Ya, señor, no va una esclava? Yo lo soy, y lo he de ser, Jacinta, venme a ayudar. (En salud me he de curar. Aparte Ved, honor, cómo ha de ser, porque me he de resolver a una temeraria acción).
Vanse las dos
GUTIERRE: Tú, Coquín, a esta ocasión aquí te queda, y extremos olvida, y mira que habemos de volver a la prisión antes del día; ya falta poco; aquí puedes quedarte. COQUÍN: Yo quisiera aconsejarte una industria, la más alta que el ingenio humano esmalta. en ella tu vida está. ¡Oh, qué industria... GUTIERRE: Dila ya. COQUÍN: ...para salir sin lisión, sano y bueno de prisión! GUTIERRE: ¿Cuál es? COQUÍN: No volver allá. ¿No estás bueno? ¿No estás sano? Con no volver, claro ha sido que sano y bueno has salido. GUTIERRE: ¡Vive Dios, necio villano, que te mate por mi mano! ¿Pues tú me has de aconsejar tan vil acción, sin mirar la confïanza que aquí hizo el alcaide de mí? COQUÍN: Señor, yo llego a dudar --que soy más desconfïado-- de la condición del rey; y así, el honor de esa ley no se entiende en el crïado; y hoy estoy determinado a dejarte y no volver. GUTIERRE: ¿Dejarme tú? COQUÍN: ¿Qué he de hacer? GUTIERRE: Y de ti, ¿qué han de decir? COQUÍN: ¿Y héme de dejar morir por sólo bien parecer? Si el morir, señor, tuviera descarte o enmienda alguna, cosa que de dos la una un hombre hacerla pudiera, yo probara la primera por servirte; mas ¿no ves que rifa la vida es? Entro en ella, vengo y tomo cartas, y piérdola. ¿Cómo me desquitaré después? Perdida se quedará, si la pierdo por tu engaño, hasta, hasta ciento y un año.
Sale doña MENCÍA sola, muy alborotada
MENCÍA: Señor, tu favor me da. GUTIERRE: ¡Válgame Dios! ¿Qué será? ¿Qué puede haber sucedido? MENCÍA: Un hombre... GUTIERRE: ¡Presto! MENCÍA: ...escondido en mi aposento he topado, encubierto y rebozado. Favor, Gutierre, te pido. GUTIERRE: ¿Qué dices? ¡Válgame el cielo! Ya es forzoso que me asombre. ¿Embozado en casa un hombre? MENCÍA: Yo le vi. GUTIERRE; Todo soy hielo. Toma esa luz. COQUÍN: ¿Yo? GUTIERRE: El recelo pierde, pues conmigo vas. MENCÍA: Villano, ¿cobarde estás? Saca tú la espada; yo iré. La luz se cayó.
Al tomar la luz, la mata disimuladamente, y salen JACINTA y don ENRIQUE siguiéndola
GUTIERRE: Esto me faltaba más; pero a escuras entraré. JACINTA: Síguete, señor, por mí; seguro vas por aquí, que toda la casa sé. COQUÍN: ¿Dónde iré yo? GUTIERRE: Ya topé el hombre.
Coge a COQUÍN
COQUÍN: Señor, advierte... GUTIERRE: ¡Vive Dios, que de esta suerte, hasta que sepa quién es, le he de tener!; que después le darán mis manos muerte. COQUÍN: Mira, que yo... MENCÍA: (¡Qué rigor! Aparte Si es que con él ha topado, ¡ay de mí!) GUTIERRE: Luz han sacado.
Sale JACINTA con luz
¿Quién eres, hombre? COQUÍN: Señor, yo soy. GUTIERRE: ¡Qué engaño! ¡Qué error! COQUÍN: ¿Pues yo no te lo decía? GUTIERRE: Que me hablabas presumía; pero no que eras el mismo que tenía. ¡Oh, ciego abismo del alma y paciencia mía!
Habla doña MENCÍA aparte a JACINTA
MENCÍA: ¿Salió ya, Jacinta? JACINTA: Sí. MENCÍA: Como esto en tu ausencia pasa, mira bien toda la casa; que como saben que aquí no estás, se atreven ansí ladrones. GUTIERRE: A verla voy. Suspiros al cielo doy, que mis sentimientos lleven, si es que a mi casa se atreven, por ver que en ella no estoy.
Vase don GUTIERRE
JACINTA: Grande atrevimiento fue determinarte, señora, a tan grande acción agora. MENCÍA: En ella mi vida hallé. JACINTA: ¿Por qué lo hiciste? MENCÍA: Porque si yo no se lo dijera y Gutierre lo sintiera, la presunción era clara, pues no se desengañara de que yo cómplice era; y no fue dificultad en ocasión tan crüel, haciendo del ladrón fiel, engañar con la verdad.
Sale don GUTIERRE, y debajo de la capa ya una daga
GUTIERRE: ¿Qué ilusión, qué vanidad de esta suerte te burló? Toda la casa vi yo; pero en ella no topé sombra de que verdad fue lo que a ti te pareció. (Mas es engaño, ¡ay de mí!, Aparte que esta daga que hallé, cielos!, con sospechas y recelos previene mi muerte en sí; mas no es esto para aquí). Mi bien, mi esposa, Mencía; ya la noche en sombra fría su manto va recogiendo y cobardemente huyendo de la hermosa luz del día. Mucho siento, claro está, el dejarte en esta parte, por dejarte, y por dejarte con este temor; mas ya es hora. MENCÍA: Los brazos da a quien te adora. GUTIERRE: El favor estimo.
Al abrazarla don GUTIERRE, Doña MENCÍA ve la daga
MENCÍA: ¡Tente, señor! ¿Tú la daga para mí? En mi vida te ofendí. Detén la mano al rigor, detén... GUTIERRE: ¿De qué estás turbada, mi bien, mi esposa, Mencía? MENCÍA: Al verte ansí, presumía que ya en mi sangre bañada, hoy moría desangrada. GUTIERRE: Como a ver la casa entré, así esta daga saqué. MENCÍA: Toda soy una ilusión. GUTIERRE: ¡Jesús, qué imaginación! MENCÍA: En mi vida te he ofendido. GUTIERRE: ¡Qué necia disculpa ha sido! Pero suele una aprensión tales miedos prevenir. MENCÍA: Mis tristezas, mis enojos, en tu ausencia estos antojos suelen, mi dueño, fingir. GUTIERRE: Si yo pudiere venir, vendré a la noche y adiós. MENCÍA: Él vaya, mi bien, con vos. (¡Oh, qué asombros! ¡Oh, qué extremos!) GUTIERRE: (¡Ay, honor!, mucho tenemos que hablar a solas los dos).
Vanse cada uno por su puerta. Salen el REY y don DIEGO con rodela y capa de color; y como representa, se muda de negro
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham