Last updated November 2, 1997

REY: Señora, vuestros enojos siento con razón, por ser un Atlante en quien descansa todo el peso de la ley. Si Gutierre está casado, no podrá satisfacer, como decís, por entero vuestro honor; pero yo haré justicia como convenga en esta parte; si bien no os debe restituír honor, que vos os tenéis. Oigamos a la otra parte disculpas suyas; que es bien guardar el segundo oído para quien llega después; y fïad, Leonor, de mí, que vuestra causa veré de suerte que no os obligue a que digáis otra vez que sois pobre, él poderoso, siendo yo en Castilla rey. Mas Gutierre viene allí; podrá, si conmigo os ve, conocer que me informasteis primero. Aquese cancel os encubra, aquí aguardad, hasta que salgáis después. LEONOR: En todo he de obedeceros.

Escóndese, y sale COQUÍN

COQUÍN: De sala en sala, pardiez, a la sombra de mi amo, que allí se quedó, llegué hasta aquí, ¡válgame Alá! ¡Vive Dios, que está aquí el rey! Él me ha visto, y se mesura. ¡Plegue al cielo que no esté muy alto aqueste balcón, por si me arroja por él! REY: ¿Quién sois? COQUÍN: ¿Yo, señor? REY: Vos. COQUÍN: Yo, ¡válgame el cielo!, soy quien vuestra majestad quisiere, sin quitar y sin poner, porque un hombre muy discreto me dio por consejo ayer, no fuese quien en mi vida vos no quisieseis; y fue de manera la lición, que antes, agora y después quien vos quisiéredes sólo fui, quien gustaréis seré, quien os place soy; y en esto, mirad con quién y sin quién... y así, con vuestra licencia, por donde vine me iré hoy, con mis pies de compás, si no con compás de pies. REY: Aunque me habéis respondido cuanto pudiera saber, quién sois os he preguntado. COQUÍN: Y yo os hubiera también al tenor de la pregunta respondido, a no temer que en diciéndoos quién soy, luego por un balcón me arrojéis, por haberme entrado aquí tan sin qué ni para qué, teniendo un oficio yo que vos no habéis menester. REY; ¿Qué oficio tenéis? COQUÍN: Yo soy cierto correo de a pie, portador de todas nuevas, hurón de todo interés, sin que se me haya escapado señor, profeso o novel; y del que me ha dado más, digo mal, mas digo bien. Todas las cosas son mías; y aunque lo son, esta vez la de don Gutierre Alfonso es mi accesorio, en quien fue mi pasto meridiano, un andaluz cordobés. Soy cofrade del contento; el pesar no sé quién es, ni aun para servirle. En fin, soy, aquí donde me veis, mayordomo de la risa, gentilhombre del placer y camarero del gusto, pues que me visto con él. Y por ser esto, he temido el darme aquí a conocer; porque un rey que no se ríe, temo que me libre cien esportillas batanadas, con pespuntes al envés, por vagamundo. REY: En fin, ¿sois hombre, que a cargo tenéis la risa? COQUÍN: Sí, mi señor; y porque lo echéis de ver, esto es jugar de gracioso en palacio.

Cúbrese

REY: Está muy bien; y pues sé quién sois, hagamos los dos un concierto. COQUÍN: ¿Y es? REY: ¿Hacer reír profesáis? COQUÍN: Es verdad. REY: Pues cada vez que me hiciéredes reír, cien escudos os daré; y si no me hubieres hecho reír en término de un mes, os han de sacar los dientes. COQUÍN: Testigo falso me hacéis, y es ilícito contrato de inorme lesión. REY: ¿Por qué? COQUÍN: Porque quedaré lisiado si le aceto, ¿no se ve? Dicen, cuando uno se ríe que enseña los dientes; pues enseñarlos yo llorando, será reírme al revés. Dicen que sois tan severo, que a todos dientes hacéis; ¿qué os hice yo, que a mí solo deshacérmelos queréis? Pero vengo en el partido; que porque ahora me dejéis ir libre, no le rehúso, pues por lo menos un mes me hallo aquí como en la calle de vida; y al cabo de él no es mucho que tome postas en mi boca la vejez; y así voy a examinarme de cosquillas. ¡Voto a diez, que os habéis de reír! Adiós, y veámonos después.

Vase COQUÍN y salen don ENRIQUE, don GUTIERRE, don DIEGO y don ARIAS, y toda la compañía

ENRIQUE: Déme vuestra majestad la mano. REY: Vengáis con bien, Enrique. ¿Cómo os sentís? ENRIQUE: Más, señor, el susto fue que el golpe. Estoy bueno. GUTIERRE: A mí vuestra majestad me de la mano, si mi humildad merece tan alto bien, porque el suelo que pisáis es soberano dosel que ilumina de los vientos uno y otro rosicler; y vengáis con la salud que este reino ha menester, para que os adore España, coronado de laurel. REY: De vos, don Gutierre Alfonso... GUTIERRE: ¿Las espaldas me volvéis? REY: ...grande querellas me dan. GUTIERRE: Injustas deben de ser. REY; ¿Quién es, decidme, Leonor, una principal mujer de Sevilla? GUTIERRE: Una señora, bella, ilustre y noble es, de lo mejor de esta tierra. REY: ¿Qué obligación la tenéis, a que habéis correspondido necio, ingrato y descortés? GUTIERRE: No os he de mentir en nada, que el hombre, señor, de bien no sabe mentir jamás, y más delante del rey. Servíla, y mi intento entonces casarme con ella fue, si no mudara las cosas de los tiempos el vaivén. Visitéla, entré en su casa públicamente; si bien no le debo a su opinión de una mano el interés. Viéndome desobligado, pude mudarme después; y así, libre de este amor, en Sevilla me casé con doña Mencía de Acuña, dama principal, con quien vivo, fuera de Sevilla, una casa de placer. Leonor, mal aconsejada --que no la aconseja bien quien destruye su opinión--, pleitos intentó poner a mi desposorio, donde el más riguroso juez no halló causa contra mí, aunque ella dice que fue diligencia del favor. ¡Mirad vos a qué mujer hermosa favor faltara, si le hubiera menester! Con este engaño pretende, puesto que vos lo sabéis, valerse de vos; y así, yo me pongo a vuestros pies, donde a la justicia vuestra dará la espada mi fe, y mi lealtad la cabeza. REY: ¿Qué causa tuvisteis, pues, para tan grande mudanza? GUTIERRE: ¿Novedad tan grande es mudarse un hombre? ¿No es cosa que cada día se ve? REY: Sí; pero de extremo a extremo pasar el que quiso bien, no fue sin grande ocasión. GUTIERRE: Suplícoos no me apretéis; que soy hombre que, en ausencia de las mujeres, daré la vida por no decir cosa indigna de su ser. REY: ¿Luego vos causa tuvisteis? GUTIERRE: Sí, señor; pero creed que si para mi descargo hoy hubiera menester decirlo, cuando importara vida y alma, amante fiel de su honor, no lo dijera. REY: Pues yo lo quiero saber. GUTIERRE: Señor... REY: Es curiosidad. GUTIERRE: Mirad... REY: No me repliquéis; que me enojaré, por vida... GUTIERRE: Señor, señor, no juréis; que menos importa mucho que yo deje aquí de ser quien soy, que veros airado. REY: (Que dijese le apuré Aparte el suceso en alta voz, porque pueda responder Leonor, si aquéste me engaña; y si habla verdad, porque, convencida con su culpa, sepa Leonor que lo sé). Decid, pues. GUTIERRE: A mi pesar lo digo; una noche entré en su casa, sentí ruido en una cuadra, llegué, y al mismo tiempo que ya fui a entrar, pude el bulto ver de un hombre, que se arrojó del balcón; bajé tras él, y sin conocerle, al fin pudo escaparse por pies. ARIAS: (¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto Aparte que miro?) GUTIERRE: Y aunque escuché satisfacciones, y nunca di a mi agravio entera fe, fue bastante esta aprensión a no casarme; porque si amor y honor son pasiones del ánimo, a mi entender, quien hizo al amor ofensa, se le hace al honor en él; porque el agravio del gusto al alma toca también.

Sale doña LEONOR

LEONOR: Vuestra majestad perdone; que no puedo detener el golpe a tantas desdichas que han llegado de tropel... REY: (¡Vive Dios, que me engañaba! Aparte La prueba sucedió bien). LEONOR: ...y oyendo contra mi honor presunciones, fuera ley injusta que yo, cobarde, dejara de responder; que menos perder importa la vida, cuando me dé este atrevimiento muerte, que vida y honor perder. Don Arias entró en mi casa... ARIAS: Señora, espera, detén la voz, vuestra majestad, licencia, señor me dé, porque el honor de esta dama me toca a mí defender. Esa noche estaba en casa de Leonor una mujer con quien me hubiera casado, si de la parca el crüel golpe no cortara fiera su vida. Yo, amante fiel de su hermosura, seguí sus pasos, y en casa entré de Leonor --atrevimiento de enamorado-- sin ser parte a estorbarlo Leonor. Llegó don Gutierre, pues; temerosa, Leonor dijo que me retirase a aquel aposento; yo lo hice. ¡Mil veces mal haya, amén, quien de una mujer se rinde a admitir el parecer! Sintióme, entró, y a la voz de marido, me arrojé por el balcón; y si entonces volví el rostro a su poder porque era marido, hoy, que dice que no lo es, vuelvo a ponerme delante. Vuestra majestad me dé campo en que defienda altivo que no he faltado a quien es Leonor, pues a un caballero se le concede la ley. GUTIERRE; Yo saldré donde...

Empuñan

REY: ¿Qué es esto? ¿Cómo las manos tenéis en las espadas delante de mí? ¿No tembláis de ver mi semblante: Donde estoy, ¿hay soberbia ni altivez? Presos los llevad al punto; en dos torres los tened; y agradeced que no os pongo las cabezas a los pies.

Vase el REY

ARIAS: Si perdió Leonor por mí su opinión, por mí también la tendrá; que esto se debe al honor de una mujer.

Vase don ARIAS

GUTIERRE: (No siento en desdicha tal Aparte ver riguroso y crüel al rey; sólo siento que hoy Mencía, no te he de ver).

Vase don GUTIERRE

ENRIQUE: (Con ocasión de la caza, preso Gutierre, podré ver esta tarde a Mencía). Don Diego, conmigo ven; que tengo de porfïar hasta morir o vencer.

Vanse don ENRIQUE, don DIEGO, y acompañamiento

LEONOR: ¡Muerta quedo! ¡Plegue a Dios, ingrato, aleve y crüel, falso, engañador, fingido, sin fe, sin Dios y sin ley, que como inocente pierdo mi honor, venganza me dé el cielo! ¡El mismo dolor sientas que siento, y a ver llegues, bañado en tu sangre, deshonras tuyas, porque mueras con las mismas armas que matas, amén, amén! ¡Ay de mí!, mi honor perdí. ¡Ay de mí!, mi muerte hallé.

Vase

FIN DEL PRIMER ACTO

El médico de su honra part 4

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham