Last updated November 2, 1997

Salen don GUTIERRE Alfonso y COQUÍN

GUTIERRE: Déme los pies vuestra alteza, si puedo de tanto sol tocar, ¡oh rayo español!, la majestad y grandeza. Con alegría y tristeza hoy a vuestras plantas llego, y mi aliento, lince y ciego, entre asombros y desmayos, es águila a tantos rayos, mariposa a tanto fuego; tristeza de la caída que puso con triste efeto a Castilla en tanto aprieto; y alegría de la vida que vuelve restituída a su pompa, a su belleza, cuando en gusto vuestra alteza trueca ya la pena mía. ¿Quién vio triste la alegría? ¿Quién vio alegre la tristeza? Y honrad por tan breve espacio esta esfera, aunque pequeña; porque el sol no se desdeña, después que ilustró un palacio, de iluminar el topacio de algún pajizo arrebol. Y pues sois rayo español, descansad aquí; que es ley hacer el palacio el rey también, si hace esfera el sol. ENRIQUE: El gusto y pesar estimo del modo que le sentís, Gutierre Alfonso Solís; y así en el alma le imprimo, donde a tenerle me animo guardado. GUTIERRE: Sabe tu alteza honrar. ENRIQUE: Y aunque la grandeza de esta casa fuera aquí grande esfera para mí, pues lo que de otra belleza, no me puedo detener; que pienso que esta caída ha de costarme la vida; y no sólo por caer, sino también por hacer que no pasase adelante mi intento; y es importante irme; que hasta un desengaño cada minuto es un año, es un siglo cada instante. GUTIERRE: Señor, ¿vuestra alteza tiene causa tal, que su inquietud aventure la salud de una vida que previene tantos aplausos? ENRIQUE: Conviene llegar a Sevilla hoy. GUTIERRE: Necio en apurar estoy vuestro intento; pero creo que mi lealtad y deseo... ENRIQUE: Y si yo la causa os doy, ¿qué diréis? GUTIERRE: Yo no os la pido; que a vos, señor, no es bien hecho examinaros el pecho. ENRIQUE: Pues escuchad: yo he tenido un amigo tal, que ha sido otro yo. GUTIERRE: Dichoso fue. ENRIQUE: A éste en mi ausencia fïé el alma, la vida, el gusto en una mujer. ¿Fue justo que, atropellando la fe que debió al respeto mío, faltase en ausencia? GUTIERRE: No. ENRIQUE: Pues a otro dueño le dio llaves de aquel albedrío; al pecho que yo le fío, introdujo otro señor; otro goza su favor. ¿Podrá un hombre enamorado sosegar con tal cuidado, descansar con tal dolor? GUTIERRE: No, señor. ENRIQUE: Cuando los cielos tanto me fatigan hoy, que en cualquier parte que estoy, estoy mirando mis celos, tan presentes mis desvelos están delante de mí, que aquí los miro, y así de aquí ausentarme deseo; que aunque van conmigo, creo que se han de quedar aquí. MENCÍA: Dicen que el primer consejo ha de ser de la mujer; y así, señor, quiero ser --perdonad si os aconsejo-- quien os dé consuelo. Dejo aparte celos, y digo que aguardéis a vuestro amigo, hasta ver si se disculpa; que hay calidades de culpa que no merecen castigo. No os despeñe vuestro brío; mirad, aunque estéis celoso, que ninguno es poderoso en el ajeno albedrío. Cuanto al amigo, confío que os he respondido ya; cuanto a la dama, quizá fuerza, y no mudanza fue; oídla vos, que yo sé que ella se disculpará. ENRIQUE: No es posible.

Sale don DIEGO

DIEGO: Ya está allí el caballo apercibido. GUTIERRE: Si es del que hoy habéis caído, no subáis en él, y aquí recibid, señor, de mí, una pía hermosa y bella, a quien una palma sella, signo que vuestra la hace; que también un bruto nace con mala o con buena estrella. Es este prodigio, pues, proporcionado y bien hecho, dilatado de anca y pecho; de cabeza y cuello es corto, de brazos y pies fuerte, a uno y otro elemento les da en sí lugar y asiento, siendo el bruto de la palma tierra el cuerpo, fuego el alma, mar la espuma, y todo viento. ENRIQUE: El alma aquí no podría distinguir lo que procura, la pía de la pintura, o por mejor bizarría, la pintura de la pía. COQUÍN: Aquí entro yo. A mí me dé vuestra alteza mano o pie, lo que está --que esto es más llano--, o más a pie, o más a mano. GUTIERRE: Aparte, necio. ENRIQUE: ¿Por qué? Dejalde, su humor le abona. COQUÍN: En hablando de la pía, entra la persona mía, que es su segunda persona. ENRIQUE: Pues ¿quién sois? COQUÍN: ¿No lo pregona mi estilo? Yo soy, en fin, Coquín, hijo de Coquín, de aquesta casa escudero, de la pía despensero, pues le siso al celemín la mitad de la comida; y en efeto, señor, hoy, por ser vuestro día, os doy norabuena muy cumplida. ENRIQUE: ¿Mi día? COQUÍN: Es cosa sabida. ENRIQUE: Su día llama uno aquél que es a sus gustos fïel, y lo fue a la pena mía; ¿cómo pudo ser mi día? COQUÍN: Cayendo, señor, en él; y para que se publique en cuantos lunarios hay, desde hoy diré: "A tanto cay San Infante don Enrique." GUTIERRE: Tu alteza, señor, aplique la espuela al ijar; que el día ya en la tumba helada y fría, huésped del undoso dios, hace noche. ENRIQUE: Guárdeos Dios, hermosísima Mencía; y porque veáis que estimo el consejo, buscaré a esta dama, y de ella oiré la disculpa. (Mal reprimo Aparte el dolor, cuando me animo a no decir lo que callo. Lo que en este lance hallo, ganar y perder se llama; pues él me ganó la dama, y yo le gané el caballo).

Vanse el infante don ENRIQUE, don ARIAS, don DIEGO y COQUÍN

GUTIERRE: Bellísimo dueño mío, ya que vive tan unida a dos almas una vida, dos vidas a un albedrío, de tu amor e ingenio fío hoy, que licencia me des para ir a besar los pies al rey mi señor, que viene de Castilla; y le conviene a quien caballero es irle a dar la bienvenida. Y fuera de esto, ir sirviendo al infante Enrique, entiendo que es acción justa y debida, ya que debí a su caída el honor que hoy ha ganado nuestra casa. MENCÍA: ¿Qué cuidado más te lleva a darme enojos? GUTIERRE: No otra cosa, ¡por tus ojos! MENCÍA: ¿Quién duda que haya causado algún deseo Leonor? GUTIERRE: ¿Eso dices? No la nombres. MENCÍA: ¡Oh qué tales sois los hombres! Hoy olvido, ayer amor; ayer gusto, y hoy rigor. GUTIERRE: Ayer, como al sol no veía, hermosa me parecía la luna; mas hoy, que adoro al sol, ni dudo ni ignoro lo que hay de la noche al día. Y escúchame un argumento. Una llama en noche oscura arde hermosa, luce pura, cuyos rayos, cuyo aliento dulce ilumina del viento la esfera. Sale el farol del cielo, y a su arrebol toda a sombra se reduce; ni arde, ni alumbra, ni luce, que es mar de rayos el sol. Aplico agora; yo amaba una luz, cuyo esplendor bebió planeta mayor, que sus rayos sepultaba, una llama me alumbraba; pero era una llama aquélla, que eclipsas divina y bella siendo de luces crisol; porque hasta que sale el sol, parece hermosa una estrella. MENCÍA: ¡Qué lisonjero os escucho!, muy parabólico estáis. GUTIERRE: En fin, ¿licencia me dais? MENCÍA: Pienso que la deseáis mucho; por eso cobarde lucho conmigo. GUTIERRE: ¿Puede en los dos haber engaño, si en vos quedo yo, y vos vais en mí? MENCÍA: Pues, como os quedáis aquí, adiós, don Gutierre. GUTIERRE: Adiós.

Vase don GUTIERRE. Sale JACINTA

JACINTA: Triste, señora, has quedado. MENCÍA: Sí, Jacinta, y con razón. JACINTA: No sé qué nueva ocasión te ha suspendido y turbado; que una inquietud, un cuidado te ha divertido. MENCÍA: Es así. JACINTA: Bien puedes fïar de mí. MENCÍA: ¿Quieres ver si de ti fío mi vida, y el honor mío: Pues escucha atenta. JACINTA: Di. MENCÍA: Nací en Sevilla, y en ella me vio Enrique, festejó mis desdenes, celebró mi nombre, ¡felice estrella! Fuése, y mi padre atropella la libertad que hubo en mí. La mano a Gutierre di, volvió Enrique, y en rigor, tuve amor, y tengo honor. Esto es cuanto sé de mí.

Vanse y sale doña LEONOR e INÉS, con mantos

INÉS: Ya sale para entrar en la capilla. Aquí le espera, y a sus pies te humilla. LEONOR: Lograré mi esperanza, si recibe mi agravio la venganza.

Salen el REY, un VIEJO, y SOLDADOS

SOLDADO 1:¡Plaza! SOLDADO 2: Tu majestad aquéste lea. REY: Yo le haré ver. SOLDADO 3: Tu alteza, señor, vea éste. REY: Está bien. SOLDADO 1: (Pocas palabras gasta). Aparte SOLDADO 2:Yo soy... REY: El memorial aqueste basta. SOLDADO 1:Turbado estoy; mal el temor resisto. REY: ¿De qué os turbáis? SOLDADO 1: ¿No basta haberos visto? REY: Sí basta. ¿Qué pedís? SOLDADO 1: Yo soy soldado; una ventaja. REY: Poco habéis pedido, para haberos turbado. Una jineta os doy. SOLDADO 1: Felice he sido. VIEJO: Un pobre viejo soy; limosna os pido. REY: Tomad este diamante. VIEJO: ¿Para mí os le quitáis? REY: Yo no os espante; que, para darle de una vez, quisiera sólo un diamante todo el mundo fuera. LEONOR: Señor, a vuestras plantas mis pies turbados llegan; de parte de mi honor vengo a pediros con voces que se anegan en suspiros, con suspiros que en lágrimas se anegan, justicia. Para vos y Dios apelo. REY: Sosegaos, señora, alzad del suelo. LEONOR: Yo soy... REY: No prosigáis de esa manera. Salíos todos afuera.

Vanse todos

Hablad agora, porque si venisteis de parte del honor, como dijisteis indigna cosa fuera que en público el honor sus quejas diera, y que a tan bella cara vergüenza la justicia lo costara. LEONOR: Pedro, a quien llama el mundo justiciero, planeta soberano de Castilla, a cuya luz se alumbra este hemisferio; Júpiter español, cuya cuchilla rayos esgrime de templado acero, cuando blandida al aire alumbra y brilla; sangriento giro, que entre nubes de oro, corta los cuellos de uno y otro moro; yo soy Leonor, a quien Andalucía llama --lisonja fue--, Leonor la bella; no porque fuese la hermosura mía quien el nombre adquirió, sino la estrella; que quien decía bella, ya decía infelice, que el hombre incluye y sella, a la sombra no más de la hermosura, poca dicha, señor, poca ventura. Puso los ojos, para darme enojos, un caballero en mí, que ¡ojalá fuera basilisco de amor a mis despojos, áspid de celos a mi primavera! Luego el deseo sucedió a los ojos, el amor al deseo, y de manera mi calle festejó, que en ella veía morir la noche, y espirar el día. ¿Con qué razones, gran señor, herida la voz, diré que a tanto amor postrada, aunque el desdén me publicó ofendida, la voluntad me confesó obligada? De obligada pasé a agradecida, luego de agradecida a apasionada; que en la universidad de enamorados, dignidades de amor se dan por grados. Poca centella incita mucho fuego, poco viento movió mucha tormenta, poca nube al principio arroja luego mucho diluvio, poca luz alienta mucho rayo después, poco amor ciego descubre mucho engaño; y así intenta, siendo centella, viento, nube, ensayo, ser tormenta, diluvio, incendio y rayo. Dióme palabra que sería mi esposo; que éste de las mujeres es el cebo con que engaña el honor el cauteloso pescador, cuya pasta es el Erebo que aduerme los sentidos temeroso. El labio aquí fallece, y no me atrevo a decir que mintió. No es maravilla. ¿Qué palabra se dio para cumplilla? Con esta libertad entró en mi casa, si bien siempre el honor fue reservado; porque yo, liberal de amor, y escasa de honor, me atuve siempre a este sagrado. Mas la publicidad a tanto pasa, y tanto esta opinión se ha dilatado, que en secreto quisiera más perdella, que con público escándalo tenella. Pedí justicia, pero soy muy pobre; quejéme de él, pero es muy poderoso; y ya que es imposible que yo cobre, pues se casó, mi honor, Pedro famoso, si sobre tu piedad divina, sobre tu justicia, me admites generoso, que me sustente en un convento pido; Gutierre Alfonso de Solís ha sido.

El médico de su honra part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham