Last updated November 2, 1997
Personas que hablan en ella:
Suena ruido de caja, y sale cayendo el infante don ENRIQUE, don ARIAS y don DIEGO, y algo detrás el REY don Pedro, todos de camino
ENRIQUE: ¡Jesús mil veces! ARIAS: ¡El cielo te valga! REY: ¿Qué fue? ARIAS: Cayó el caballo, y arrojó desde él al infante al suelo. REY: Si las torres de Sevilla saluda de esa manera, ¡nunca a Sevilla viniera, nunca dejara a Castilla! ¿Enrique! ¡Hermano! DIEGO: ¡Señor! REY: ¿No vuelve? ARIAS: A un tiempo ha perdido pulso, color y sentido. ¡Qué desdicha! DIEGO: ¡Qué dolor! REY: Llegad a esa quinta bella, que está del camino al paso, don Arias, a ver si acaso recogido un poco en ella, cobra salud el infante. Todos os quedad aquí, y dadme un caballo a mí, que he de pasar adelante; que aunque este horror y mancilla mi rémora pudo ser, no me quiero detener hasta llegar a Sevilla. Allá llegará la nueva del suceso.
Vase el REY
ARIAS: Esta ocasión de su fiera condición ha sido bastante prueba. ¿Quién a un hermano dejara, tropezando de esta suerte en los brazos de la muerte? ¡Vive Dios! DIEGO: Calla, y repara en que, si oyen las paredes, los troncos, don Arias, ven, y nada nos está bien. ARIAS: Tú, don Diego, llegar puedes a esa quinta; y di que aquí el infante mi señor cayó. Pero no; mejor será que los dos así le llevemos donde pueda descansar. DIEGO: Has dicho bien. ARIAS: Viva Enrique, y otro bien la suerte no me conceda.
Llevan al infante, y sale doña MENCÍA y JACINTA, esclava herrada
MENCÍA: Desde la torre los vi, y aunque quien son no podré distinguir, Jacinta, sé que una gran desdicha allí ha sucedido. Venía un bizarro caballero en un bruto tan ligero, que en el viento parecía un pájaro que volaba; y es razón que lo presumas, porque un penacho de plumas matices al aire daba. El campo y el sol en ellas compitieron resplandores; que el campo le dio sus flores, y el sol le dio sus estrellas; porque cambiaban de modo, y de modo relucían, que en todo al sol parecían, y a la primavera en todo. Corrió, pues, y tropezó el caballo, de manera que lo que ave entonces era, cuando en la tierra cayó fue rosa; y así en rigor imitó su lucimiento en sol, cielo, tierra y viento, ave, bruto, estrella y flor. JACINTA: ¡Ay señora! En casa ha entrado... MENCÍA: ¿Quién? JACINTA: ...un confuso tropel de gente. MENCÍA: ¿Mas que con él a nuestra quinta han llegado?
Salen don ARIAS y don DIEGO, y sacan al infante don ENRIQUE, y siéntanle en una silla
DIEGO: En las casas de los nobles tiene tan divino imperio la sangre del rey, que ha dado en la vuestra atrevimiento para entrar de esta manera. MENCÍA: (¿Qué es esto que miro? ¡Ay cielos!) Aparte DIEGO: El infante don Enrique, hermano del rey don Pedro, a vuestras puertas cayó. y llega aquí medio muerto. MENCÍA: ¡Válgame Dios, qué desdicha! ARIAS: Decidnos a qué aposento podrá retirarse, en tanto que vuelva al primero aliento su vida. ¿Pero qué miro? ¡Señora! MENCÍA: ¡Don Arias! ARIAS: Creo que es sueño fingido cuanto estoy escuchando y viendo. Que el infante don Enrique, más amante que primero, vuelva a Sevilla, y te halle con tan infeliz encuentro, ¿puede ser verdad? MENCÍA: Sí es; ¡y ojalá que fuera sueño! ARIAS: Pues, ¿qué haces aquí? MENCÍA: De espacio lo sabrás; que ahora no es tiempo sino sólo de acudir a la vida de tu dueño. ARIAS: ¿Quién le dijera que así llegara a verte? MENCÍA: Silencio, que importa mucho, don Arias. ARIAS: ¿Por qué? MENCÍA: Va mi honor en ello. Entrad en ese retiro, donde está un catre cubierto de un cuero turco y de flores; y en él, aunque humilde lecho, podrá descansar. Jacinta, saca tú ropa al momento, aguas y olores que sean dignos de tan alto empleo.
Vase JACINTA
ARIAS: Los dos, mientras se adereza, aquí al infante dejemos, y a su remedio acudamos, si hay en desdichas remedio.
Vanse don ARIAS y don DIEGO
MENCÍA: Ya se fueron, ya he quedado sola. ¡Oh quién pudiera, ah cielos, con licencia de su honor hacer aquí sentimientos! ¡Oh quién pudiera dar voces, y romper con el silencio cárceles de nieve, donde está aprisionado el fuego, que ya, resuelto en cenizas, es ruina que está diciendo: "Aquí fue amor"! Mas ¿qué digo? ¿Qué es esto, cielos, qué es esto? Yo soy quien soy. Vuelva el aire los repetidos acentos que llevó; porque aun perdidos, no es bien que publiquen ellos lo que yo debo callar, porque ya, con más acuerdo, ni para sentir soy mía; y solamente me huelgo de tener hoy que sentir, por tener en mis deseos que vencer; pues no hay virtud sin experiencia. Perfeto está el oro en el crisol, el imán en el acero, el diamante en el diamante, los metales en el fuego; y así mi honor en sí mismo se acrisola, cuando llego a vencerme, pues no fuera sin experiencias perfecto. ¡Piedad, divinos cielos! ¡Viva callando, pues callando muero! ¡Enrique! ¡Señor! ENRIQUE: ¿Quién llama? MENCÍA: ¡Albricias... ENRIQUE: ¡Válgame el cielo! MENCÍA: ...que vive tu alteza! ENRIQUE: ¿Dónde estoy? MENCÍA: En parte, a lo menos donde de vuestra salud hay quien se huelgue. ENRIQUE: Lo creo, si esta dicha, por ser mía, no se deshace en el viento, pues consultando conmigo estoy, si despierto sueño, o si dormido discurro, pues a un tiempo duermo y velo. Pero ¿para qué averiguo, poniendo a mayores riesgos la verdad? Nunca despierte si es verdad que agora duermo; y nunca duerma en mi vida si es verdad que estoy despierto. MENCÍA: Vuestra alteza, gran señor, trate prevenido y cuerdo de su salud, cuya vida dilate siglos eternos, fénix de su misma fama, imitando al que en el fuego ave, llama, ascua y gusano, urna, pira, voz y incendio, nace, vive, dura y muere, hijo y padre de sí mesmo; que después sabrá de mí dónde está. ENRIQUE: No lo deseo; que si estoy vivo y te miro, ya mayor dicha no espero; ni mayor dicha tampoco, si te miro estando muerto; pues es fuerza que sea gloria donde vive ángel tan bello. Y así no quiero saber qué acasos ni qué sucesos aquí mi vida guiaron, ni aquí la tuya trajeron; pues con saber que estoy donde estás tú, vivo contento; y así, ni tú que decirme, ni yo que escucharte tengo. MENCÍA: (Presto de tantos favores Aparte será desengaño el tiempo). Dígame ahora, ¿cómo está vuestra alteza? ENRIQUE: Estoy tan bueno, que nunca estuvo mejor; sólo en esta pierna siento un dolor. MENCÍA: Fue gran caída; pero en descansando, pienso que cobraréis la salud; y ya os están previniendo cama donde descanséis. Que me perdonéis, os ruego, la humildad de la posada; aunque disculpada quedo... ENRIQUE: Muy como señora habláis, Mencía. ¿Sois vos el dueño de esta casa? MENCÍA: No, señor; pero de quien lo es, sospecho que lo soy. ENRIQUE: Y ¿quién lo es? MENCÍA: Un ilustre caballero, Gutierre Alfonso Solís, mi esposo y esclavo vuestro. ENRIQUE: ¡Vuestro esposo!
Levántase don ENRIQUE
MENCÍA: Sí, señor. No os levantéis, deteneos; ved que no podéis estar en pie. ENRIQUE: Sí puedo, sí puedo.
Sale don ARIAS
ARIAS: Dame, gran señor, las plantas, que mil veces todo y beso, agradecido a la dicha que en tu salud nos ha vuelto la vida a todos.
Sale don DIEGO
DIEGO: Ya puede vuestra alteza a ese aposento retirarse, donde está prevenido todo aquello que pudo en la fantasía bosquejar el pensamiento. ENRIQUE: Don Arias, dame un caballo; dame un caballo, don Diego. Salgamos presto de aquí. ARIAS: ¿Qué decís? ENRIQUE: Que me deis presto un caballo. DIEGO: Pues, señor... ARIAS: Mira... ENRIQUE: Estáse Troya ardiendo, y Eneas de mis sentidos, he de librarlos del fuego.
Vase don DIEGO
¡Ay, don Arias, la caída no fue acaso, sino agüero de mi muerte! Y con razón, pues fue divino decreto que viniese a morir yo, con tan justo sentimiento, donde tú estabas casada, porque nos diesen a un tiempo pésames y parabienes de tu boda y de mi entierro. De verse el bruto a tu sombra, pensé que, altivo y soberbio, engendró con osadía bizarros atrevimientos, cuando presumiendo de ave, con relinchos cuerpo a cuerpo desafïaba los rayos, después que venció los vientos; y no fue sino que al ver tu casa, montes de celos se le pusieron delante, porque tropezase en ellos; que aun un bruto se desboca con celos; y no hay tan diestro jinete, que allí no pierda los estribos al correrlos. Milagro de tu hermosura presumí el feliz suceso de mi vida, pero ya, más desengañado, pienso que no fue sino venganza de mi muerte; pues es cierto que muero, y que no hay milagros que se examinen muriendo. MENCÍA: Quien oyere a vuestra alteza quejas, agravios, desprecios, podrá formar de mi honor presunciones y concetos indignos de él; y yo agora, por si acaso llevó el viento cabal alguna razón, sin que en partidos acentos la troncase, responder a tantos agravios quiero, porque donde fueron quejas, vayan con el mismo aliento desengaños. Vuestra alteza, liberal de sus deseos, generoso de sus gustos, pródigo de sus afectos, puso los ojos en mí; es verdad, yo lo confieso. Bien sabe, de tantos años de experiencias, el respeto con que constante mi honor fue una montaña de hielo, conquistada de las flores, escuadrones que arma el tiempo. Si me casé, ¿de qué engaño se queja, siendo sujeto imposible a sus pasiones, reservado a sus intentos, pues soy para dama más, lo que para esposa menos? Y así, en esta parte ya disculpara, en la que tengo de mujer, a vuestros pies humilde, señor, os ruego no os ausentéis de esta casa, poniendo a tan claro riesgo la salud. ENRIQUE: ¡Cuánto mayor en esta casa le tengo!
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham