Last updated July 8, 1997

SERAFINA:      (Pues por ahora este engaño
               de esotra duda me absuelve,
               dél me valdré.)

A CÉSAR

(Disimula y finge que César eres, que importa mucho.) CÉSAR: (Sí haré, supuesto que tú lo quieres.)

A ENRIQUE

La alma y los brazos, señor, son vuestros; que, aunque ofenderme pude al principio de ver que haya quien seguirme intente, a cuya causa no quise hasta ahora que me vieses, entrado en mejor acuerdo, quiero saber qué le ofende a mi madre que yo tenga tan honradas altiveces como atreverme a adorar a quien tanto lo merece. LAURA: (¿Quién mete a Celia en esto, y a mi ama, que lo consiente?) FEDERICO: (No vi mejor disimulo, ni engaño más aparente.)

A CÉSAR

SERAFINA: (Prosigue. Dile más deso; que lo finges lindamente.) CÉSAR: Cuando pensé que, obligados ella y mis deudos de verme en tan generoso asunto empeñado, me acudiesen de asistencias que mi sangre y mi valor desempeñen, ¿es bien que me busque como huido? ENRIQUE: Sin causa te ofendes; que hasta saber de ti... CÉSAR: Basta; y si eso sólo pretenden, ya saben de mí; y así podrás, Enrique, volverte donde el amor de mi prima Lisarda es bien que te lleve; que yo quedo más dichoso, más feliz y más alegre que merezco, pues que quedo a vista de quien me puede, no coronar de favores, pero matar de desdenes. SERAFINA: (¡Qué bien lo finges!) FEDERICO: (No vi ingenio más excelente!) LAURA: (Yo estoy loca o lo están todos. Cielos, ¿qué embeleco es éste?) ENRIQUE: Aunque de vuestro consejo, César, debiera valerme, ya que os hallé, no es razón que yo vuestro lado deje. (Esto es dar color a no irme antes que me vengue.) Y así pensad que tenéis, para en cuanto se ofreciere, mi valor que os acompañe y mi edad que os aconseje. CÉSAR: Eso es volverme a dar ayo, y quizá será ponerme también en obligación que segunda vez me ausente. FEDERICO: (¡Qué bien a todo le sale!) SERAFINA: (Yo es bien su partido esfuerce, porque en su ausencia mejore su engaño y su honor enmiende.) Dice el príncipe muy bien. ¿Qué importa que sin vos quede? Y así, Enrique, podéis iros. ENRIQUE: Perdonadme que os acuerde que me aconsejasteis antes... SERAFINA: ¿Qué? ENRIQUE: Que sin él no me fuese. SERAFINA: Perdonadme vos también acordaros que dijeseis que saber dél os bastaba. ENRIQUE: Un adagio decir suele: "consejo el prudente muda." SERAFINA: Pues también yo soy prudente, y puedo mudar consejo. CÉSAR: ¿Esto en fin no se resuelve con no querer ir?

[LIDORO y PATACÓN] dentro

LIDORO: Entrad. SERAFINA: Id a ver qué ruido es ése. PATACÓN: No es nada, a mí que me arrastran. FEDERICO: Yo iré. ENRIQUE: Yo también. SERAFINA: Detente, Federico. Enrique irá. ENRIQUE: (¡Valedme, cielos, valedme!)

A FEDERICO

(¿Y la dama?} FEDERICO: (Ya está en salvo.) ENRIQUE: Está bien. (¡Valor, detente hasta mejor ocasión!)

Vase ENRIQUE

SERAFINA: En tanto que Enrique viene, Celia, los brazos me da; que, si estudiado tuvieses el papel que has hecho, no le hicieras mejor. CÉSAR: No tienes que agradecerme, señora, el que en tu gusto algo acierte. Y en cuanto al papel, descuida, que siempre que se ofreciere procuraré salir dél. FEDERICO: Yo es bien que tus plantas bese por la parte que me toca, en que mi desdicha enmiende. LAURA: Por un solo Dios, señora, que sepa yo qué te mueve, cuando a César dejo, y cuando vuelvo con Enrique a verte, a que haga su papel Celia? CÉSAR: Duda es ésta que me tiene en la misma confusión; pues aunque yo sepa hacerle, no la causa. SERAFINA: Pues sabréis (fuerza es decíroslo en breve) que este príncipe don César, que a Enrique huye el rostro siempre, es Lisarda, hija de Enrique. CÉSAR: ¿Lisarda? Pues ¿qué la mueve? SERAFINA: Los celos de Federico, tras quien disfrazada viene. CÉSAR: ¿Qué es lo que oigo? FEDERICO: Por lo menos, cuando oír eso me avergüen[ce], me confío en que ya sabes a quién la vida le debes, pues sabes cómo la joya ir a su mano pudiese. CÉSAR: ¿Lisarda, hija de Enrique? SERAFINA: Sí. CÉSAR: ¿Cómo, traidor, te atreves a decírmelo a mí, siendo tan mío el honor que ofendes? ¡Vive Dios...!

Empuña la espada

SERAFINA: Detente, Celia. CÉSAR: Es en vano detenerme. No soy Celia, César soy, ya que tú que lo sea quieres. SERAFINA: Mira, Celia, que no hay ninguno ahora presente con quien sea menester que el pasado enojo esfuerces. CÉSAR: Una vez en este traje, perdóname que no puede volverse atrás el valor. LAURA: (Ella lo que finge cree.) FEDERICO: (Tal género de locura ha sucedido mil veces.) CÉSAR: No embaracéis que una vida quite a un traidor, a un aleve. LAURA: Mira, Celia, que es locura creer que lo que finges eres. FEDERICO: Dejadla; que ya enseñado estoy que damas me afrenten y a hacer dello gala. CÉSAR: No con eso librarte pienses de mí, cobarde. FEDERICO: No tengo más medios de que valerme, Celia, contra ti; pues si las manos blancas no ofenden, tampoco los labios rojos. Que si pensase o creyese que no finges todavía, claro es...Pero Enrique vuelve. Vuestra Alteza no se enoje con quien a buscarla viene, traído de su amor. CÉSAR: Locuras de amor son las que ofenden. No entienda su agravio Enrique, hasta que yo dél le vengue.

Sale ENRIQUE

ENRIQUE: El ruido, señora, es que Lidoro, con la gente que a Federico siguió, como si aquí no estuviese, trae dos presos; uno es un crïado, por haberle en ese parque encontrado; otro, según me parece, que es Teodoro, ayo de César, que, llegando a conocerle sin máscara, le han prendido, por juzgarle delincuente, en este estado, y con ellos todos a tus plantas vienen.

Salen LIDORO, TEODORO, PATACÓN y NISE. [A PATACÓN]

NISE: Aunque aventure que aquí alguien pueda conocerme, a trueco de verte ahorcar, te he de seguir. PATACÓN: Antes ciegues, que tal veas.

A SERAFINA

A tus plantas humilde, señora, tienes al crïado de aquel loco, de aquel menguado imprudente de mi amo. Mas ¿qué culpa tengo yo de que él se ausente con la disfrazada dama del bofetón? SERAFINA: ¿Cómo mientes, si, estando aquí Federico, aseguras que se fuese? PATACÓN: ¿Quién diablos te trajo aquí? LIDORO: ¿Qué haremos dél? SERAFINA: Que lo dejes; que no es mucho ser traidor quien de su dueño lo aprende. PATACÓN: ¡Plegue a Dios que, sin llegar a vieja, tanta edad cuentes, que sea en tu comparación un niño movido el fénix! NISE: (Mi gozo cayó en el pozo.) PATACÓN: (¡Mas que tú con él cayeses!) TEODORO: Ya, señora, a vuestras plantas humilde llego a ofrecerme.

A FEDERICO

SERAFINA: (¿Qué haremos? Que si ve a Celia, atrás nuestro engaño vuelve.) FEDERICO: (No sé; mas ponte delante, por si encubrirla pudieses. Pero ¿qué es este alboroto?

Sale CARLOS

CARLOS: Señora, en tu cuarto a este... SERAFINA: Después lo sabré. --Pues ¿cómo Teodoro aquí a entrar se atreve? CARLOS: (¿Qué hace Celia en este traje delante de tanta gente?) TEODORO: Como un infeliz, señora... CÉSAR: (¡Quiera amor alcance a verme, para que diga quién soy!) TEODORO: ...tanto su vida aborrece que, a despecho de su vida, viene buscando su muerte; fuera de que mayor causa hay que aquí a venir me fuerce, por sacarte de un engaño que contra tu fama puede resultar. SERAFINA: ¿Engaño? TEODORO: Sí. SERAFINA: ¿Qué es? TEODORO: Que un traidor, un aleve, con el nombre de don César, engañar tu amor pretende. Yo le saqué de su casa (no es tiempo de contar éste que en traje de mujer) hasta que le dejé en la corriente ahogado del Po; y sabiendo que con su nombre te ofende, vengo a avisarte, porque de mi lealtad no te quejes. El que te ha dicho que es César no lo es. ENRIQUE: La voz suspende; que ese agravio a mí me toca, y así es bien que yo lo vengue. --

A CÉSAR

Pues ¿cómo, atrevido joven, loco y temerariamente el nombre de mi sobrino tomas y el respeto ofendes de Serafina? FEDERICO: A una dama no ofendas, Enrique, tente; que el que dijo que era César días ha que no parece, y aquesta es Celia, una dama, en quien los disfraces deben de durar de la comedia. SERAFINA: ¿Quién vio confusión más fuerte? ENRIQUE: Ése es otro nuevo engaño: creer yo que sea dama ese joven, cuando Serafina que es César dicho me tiene. TEODORO: Si Serafina lo ha dicho, ha dicho bien; que no pueden las deidades engañarse.

A CÉSAR

Dame los brazos mil veces, príncipe mío, en albricias de que con vida te encuentre. SERAFINA: (¡Qué cortesano Teodoro, advertido de que es éste engaño mío, procura alentarle, con hacerle César a Celia!)

A CÉSAR

(Tú, finge todavía que lo eres.) CÉSAR: ¿Qué he de fingir, si es verdad? LAURA: A su locura se vuelve. NISE: (¿En qué ha de parar aquesto?) PATACÓN: (¡El diablo que lo concierte!) ENRIQUE: Yo he de castigar, señora, este engaño. SERAFINA: Enrique, tente. CARLOS: Mira, Enrique, que ésta es Celia, una dama. ENRIQUE: Pues tú, aleve, ¿también me engañas? PATACÓN: Señores, ¿habrá enredo como éste? CÉSAR: Tú eres el que te engañas; que si alguno a eso se atreve, sólo es Carlos. CARLOS: ¿Yo, por qué? CÉSAR: Porque, siendo tú quien dese golfo en el traje que iba me sacaste, ahora no crees que me encubrió su disfraz, habiendo tan claramente dícholo todo Teodoro. CARLOS: Más con aqueso me ofendes; pues, siendo César, traición más grave es que te atrevieses a asistir a Serafina tan de cerca que pudiesen familiarmente tus ojos tal vez... FEDERICO: No lo digas, tente; que se ajan los decoros aun sólo con que se piensen. CARLOS Y FED.: ¡Muera un traidor! TEODORO: Eso no. ENRIQUE: Pues ya debo defenderte como a César. TEODORO: Y yo y todo. SERAFINA: Esperad todos; que ese duelo, ya que persuadida saber tu disfraz me tiene de quién es, yo he de acabarle. TODOS: ¿De qué suerte? SERAFINA: Desta suerte.

A CÉSAR

Príncipe, esta blanca mano tocaste tal vez; aleve ofensa fue que me hizo un disfraz, y es conveniente que sepan que aun de su dueño las blancas manos ofenden; y así, pues vos la agraviasteis, el irse con vos lo enmiende. CÉSAR: Federico, yo...

A SERAFINA

FEDERICO: ¿Así pagas una vida que me debes? SERAFINA: De vos este desagravio aprendí; y pues que ya tiene ejemplar vuestro honor, dél usad; y porque no quede en opinión que se supo el agravio sin saberse el dueño dél, quiero yo, salvándole para siempre, pagar aquella fineza. FEDERICO: ¿De qué suerte? SERAFINA: Desta suerte.

Sale LISARDA

Dad a Lisarda la mano. ENRIQUE: Al mirarte, oh hija aleve, la cólera no me sufre dejar de darte la muerte. FEDERICO: Si antes por salvar su vida me empeñé, fuerza es que lleve delante el empeño. ENRIQUE: Nadie defender mi hija puede de mí que no sea su esposo. FEDERICO: Yo lo soy. LISARDA: ¡Felice suerte es la mía, pues que logro tal dicha! PATACÓN: Con que corriente queda el refrán que "las blancas manos no agravian, mas duelen." TEODORO: Pues lograste tu ventura, logre el perdón. SERAFINA: Ya le tienes. PATACÓN: ¿Qué haremos, Nise, nosotros? NISE: Casarnos adredemente, porque sepan que podemos cualquiera de los oyentes. PATACÓN: No se meterán en eso; que ahora harto que hacer tienen en perdonarnos las faltas, y las del que más pretende serviros siempre, pues yerra a cuenta de que obedece.

FIN DE LA COMEDIA

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu