Last updated July 7, 1997


JORNADA TERCERA


Salen ENRIQUE y SERAFINA

ENRIQUE: Ya que César, mi sobrino, según todos me han contado, de que le busqué enfadado, de aquí ausentarse previno, no quiero hacerle pesar; que, con saber que está aquí, basta a mi intento; y así licencia me habéis de dar, señora, para volverme, porque el amor de Lisarda, que ya avisada me aguarda, no me sufre detenerme más largo plazo. SERAFINA: Aunque [sea] tan forzosa la ocasión que os lleva, mi obligación, que agasajaros desea, os ruega que por dos días más o menos esperéis una fiesta, en que veréis celebrar las damas mías mis años; pues, sólo a fin de hacérosla a vos mayor, licencia ha dado mi amor para que entren al festín, respecto de que sentados no han de estar los caballeros y entren los aventureros de máscara disfrazados; con cuya ocasión podría ser que el príncipe viniese de embozo, porque pudiese lograrse nuestra porfía. Porque, si verdad os digo, siento que no le llevéis con vos y que le dejéis entre uno y otro enemigo, ya que han dispuesto los cielos que haya de ser mi favor aquí academia de amor y allá campaña de celos. ENRIQUE: Si él, receloso que yo le he de llevar, se ha escondido, debe de hallarse corrido, y esto es sin duda, que no venga al festín, en sabiendo que yo en él he de asistir. SERAFINA: Pues procuremos fingir algún modo, previniendo que él venga, y que vos no os vais sin ver la fiesta. ENRIQUE: Ese intento, con fingir yo que me ausento, fácilmente le lográis. SERAFINA: Decís bien; y así encerrado en vuestro cuarto podéis quedaros; y con que estéis en la fiesta retirado, se consigue el un efeto, a ventura que también se consiga el otro. ENRIQUE: Bien me parece, aunque os prometo que cada instante que no veo a Lisarda es para mí un siglo. SERAFINA: Yo lo creo así. Y pues a tiempo llegó Federico, la deshecha empezad a hacer. ENRIQUE: Sí haré, aunque al mirarle no sé cómo sanear la sospecha de haberme desafïado, y no haber con él reñido.

Sale FEDERICO

FEDERICO: (¡A qué mal tiempo he venido, pues con Enrique he encontrado! Que, aunque le dije que yo otro día le vería, como la pretensión mía no era de reñir, si no de salvar a aquella fiera, no volví al duelo hasta ahora.) SERAFINA: En fin, ¿os vais? ENRIQUE: Sí, señora. SERAFINA: Id con Dios; que, aunque quisiera deteneros, no es razón. ENRIQUE: Otra vez beso tus pies. FEDERICO: (¿Esto despedirse no es? Logróse mi pretensión; que no habiendo parecido Lisarda, Enrique se va; y ella ¿quién duda que habrá delante a su casa ido, siendo informada de que era él el que estaba aquí, puesto que más no la vi desde que se lo avisé?) SERAFINA: No me dejéis de escribir, pues os merece mi celo la atención. ENRIQUE: Guárdeos el cielo. (Supuesto que esto es fingir que me voy, y no me voy, yo pensaré retirado, ya que no me haya llamado, la obligación en que estoy.)

Vase ENRIQUE

SERAFINA: Mucho, Federico, estimo que en esta ocasión vengáis. FEDERICO: ¿En qué os sirvo? SERAFINA: En que sepáis... (¡Mal mis afectos reprimo!) FEDERICO: (¡Mal a escucharla me animo!) SERAFINA: (¡Ciega estoy!) FEDERICO: (¡Estoy perdido!) SERAFINA: ...que, no habiendo parecido César, Enrique se va y que en cualquier parte está de mi amparo defendido; y pues cesa con su ausencia el ver al competidor, cese también el rencor de la pasada pendencia. FEDERICO: Cuando nuestra competencia sobre mi opinión cargara, aun siendo quien soy, dejara desairada mi opinión, porque no hubiera razón, señora, que os disgustara el que más rendido visteis siempre a vuestro gusto fiel. SERAFINA: Y si no, dígalo aquel secreto que me dijisteis, cuando disculpar quisisteis una y otra grosería. FEDERICO: Si pudiera la voz mía, ya lo dijera, señora. SERAFINA: Que no pudisteis no ignora mi atención; que no sería razón engañarme a mí; y, no pudiendo a la culpa hacer verdad la disculpa, fue bien callarla. FEDERICO: ¡Ay de mí!, que, aunque todo eso [fue] así, a vista de tu crueldad no fue con mi voluntad. SERAFINA: Mucho, pues, de verme admira tan valida la mentira. FEDERICO: Es huérfana la verdad. SERAFINA: Bien puede ser que lo sea; pero ya no he de creer que la hay, sin dejarse ver. FEDERICO: Bien fácil es que se vea, que se examine y se crea, con sola una condición. SERAFINA: ¿Qué es? FEDERICO: Salvar tu indignación. SERAFINA: ¿La indignación mía? FEDERICO: Sí. SERAFINA: ¿Es contra mí? FEDERICO: No es aquí sino contra mi atención. SERAFINA: Pues ¿cómo de mí huye, cuando contra ti es? Que no lo entiendo. (Mucho me voy descubriendo.) FEDERICO: Como te ofendí callando, y a mí me ofendiera hablando. SERAFINA: Pues yo quiero que te ofenda, a precio de que se entienda. FEDERICO: ¿Cómo quieres que lo diga cuando tu precepto obliga que a Enrique servir pretenda? SERAFINA: ¿A Enrique? FEDERICO: Sí. SERAFINA: Ya prevengo, introduciendo una dama antes, y ahora su fama, la disculpa. FEDERICO: Si a ver vengo que libre ese paso tengo, no me queda que temer. SERAFINA: A mí sí. Y así, hasta ver si es verdad, oiré. FEDERICO: Escuchad. SERAFINA: Decid. Pero no, callad; que no lo quiero saber.

Vase SERAFINA

FEDERICO: ¡Ay, infelice! ¡Qué presto se vengó! Mas ¿qué me espanta si es mujer, y se le vino a las manos la venganza? Huyó el rostro a la disculpa para que nunca llegara a saber que ama y no ofende quien piensa [que ofende y no ama]. ¿Quién en el mundo habrá visto dos acciones tan contrarias como enojar con finezas y ofender con esperanzas? ¿Qué será (válgame el cielo) que Enrique sin ver se vaya a César, si a verle vino? Y si sabe que es Lisarda, ¿cómo se vuelve sin verla? Si no lo supo, ¿a qué causa busca a César, si no es César? ¡El cielo otra vez me valga! Que no acabo de entenderme, por más que me entiendo.

Sale PATACÓN

PATACÓN: ¿En qué andas, que no te hallo en todo el día? FEDERICO: ¿Por qué de no hallar te espantas a quien está tan perdido que aun él mismo no se halla? PATACÓN: ¿Qué tenemos? ¿Anda acaso otro enredo de Lisarda u otro embeleco de Nise por aquí? FEDERICO: No sé qué anda. Mas dime, ¿has sabido della? PATACÓN: Desde la historia pasada de la joya y de la suela no han parecido más ambas. FEDERICO: Sin duda que, aunque al decirla yo que aquí su padre estaba, desprecio hizo del aviso; después, mejor informada, se ausentó; y si es que se fue para esperarle en su casa, habrá hecho lo mejor. PATACÓN: Hallo una gran repugnancia para que ella eso eligiese. FEDERICO: Y ¿qué es? PATACÓN: Que corduras haga quien siempre locuras hizo. FEDERICO: La necesidad es sabia, y mudaría de acuerdo. PATACÓN: Ríete desas mudanzas, porque el serlo con amor tiene tales circunstancias que el que una vez pierde el juicio no se halla, si le halla. Pero dejando esto aparte, ¿no me dirás lo que pasa con Serafina? FEDERICO: Es mi amor cifra que no se declara, letra que no se descifra y enigma que no se alcanza; de suerte que mi discurso, entre confusiones varias, si tal vez calla, es ofensa, y ofensa, si tal vez habla. Ni la entiendo ni me entiende. PATACÓN: Con poca razón te espantas; que amor palaciego es escaparate del alma, donde se ven por defuera juguetes de porcelana, trastos de imaginación, melindres de filigrana, retruécanos de cristal y tiquis-miquis de ámbar que, aunque se ven, no se tocan. FEDERICO: Deja locuras cansadas, y dime lo que hay de nuevo. PATACÓN: La comedia de las damas es lo más nuevo que hay. Por esos jardines andan; que como esta noche es, todo es tratar de las galas, los aparatos, las joyas y trajes que todas sacan. A Celia, que hace el galán, diz que ha dado dos alhajas Serafina que, mejor que ella, de misterio cantan. Y como aqueste alborozo se ha seguido de hacer gracia la princesa de que puedan entrar dentro de la sala las máscaras que quisieren, están ya calles y plazas, tomándolo desde luego, llenas de invenciones varias. FEDERICO: Eso mira a no querer verse en la fiesta obligada a dar a nadie lugar. PATACÓN: Y ¿a qué mira que en la estancia donde ha de ser la comedia un apartado se haga? FEDERICO: A que algún ministro anciano, a título de sus canas, pueda estar sentado. PATACÓN: ¡Cuántos, sin ser ministros, tomaran unas canas a estas horas! FEDERICO: ¿Por qué? PATACÓN: Porque se excusaran del de detrás que rempuja, del del lado que le aja, del del otro que le aprieta, del de delante que parla, redimiendo de camino la liga que ya le mata, el callo que ya le duele. Y lo peor destas andanzas es que su incomodidad es la fiesta quien la paga, diciendo que es larga; pues, hombre en pie, ¿no ha de ser larga, si a cuenta de fiesta pones desde salir de tu casa, tres horas que aquí la esperas, sin dos por romper la guarda? FEDERICO: ¡Oh, quién tuviera tu humor!

Sale a la puerta TEODORO de máscara

TEODORO: ¡Señor Federico! FEDERICO: Aguarda. ¿Me nombraron? PATACÓN: Hacia allí un máscara es quien te llama. FEDERICO: ¿Qué es lo que mandáis? TEODORO: Aparte me escuchad una palabra.

Descúbrese

¿Conoceisme? FEDERICO: Sí; que nunca fue mi voluntad ingrata a quien debe lo que a vos, Teodoro, y con vida y alma os conozco y reconozco deudor de finezas tantas. TEODORO: Pues buena ocasión se ofrece ahora para pagarlas. FEDERICO: ¿En qué? TEODORO: Ya sabéis que yo desterrado de mi patria por vos salí. FEDERICO: Y sé también que de Orbitelo en la casa, opuesto a vuestra fortuna... TEODORO: Pues sabed... FEDERICO: ¿Qué? TEODORO: Que yo, a causa de enmendarla, si es que puede un desdichado enmendarla, saqué a César, con intento (no digo ahora la traza ni el traje en que le saqué) que en el concurso se hallara de amantes de Serafina, por si por dicha lograra él su amor, yo su perdón. Mas, corriendo una borrasca, yo tomé tierra y él no. Llorando, pues, su desgracia, juzgándole ya por muerto, oí a un hombre que pasaba por donde yo me alargué, entre otras mil nuevas varias, que el príncipe de Orbitelo en este sitio quedaba; y, juzgando que podía ser que del golfo escapara, a saber si es cierto vengo, solamente en confianza desta máscara y de vuestro favor; y así a vuestras plantas os suplico, pues no puedo descubrir a otro la cara, me hagáis merced de decirme si esta nueva es cierta o falsa. FEDERICO: Mucho me pesa, Teodoro, de que de deciros haya que es falsa; porque el que aquí hoy con el nombre se halla de César, yo sé muy bien que no lo es, antes me saca de una duda que tenía ver que su muerte fue causa de que otro tomase el nombre por quien a buscarle andan. TEODORO: ¡Ay infelice de mí! FEDERICO: No así os aflija su falta; que ya que a César no halléis, me halláis a mí; que palabra os doy de favoreceros con Serafina, y que haga que os perdone, si librase sólo en eso mi esperanza. TEODORO: ¡El cielo os guarde! Mas ¿cómo pueden no sentir mis ansias la muerte infeliz de un joven que crié y perdí? ¡Mal haya tan mal pensado consejo! FEDERICO: Venid conmigo a mi estancia, donde hablaremos mejor de nuestras fortunas varias, y cubríos, no os conozcan otras máscaras que pasan. TEODORO: Reparáis bien. ¡Ay fortuna, qué mal juzgué que te hallara, pues nunca es la buena nueva tan cierta como la mala!

Vanse TEODORO y FEDERICO, quedando solo PATACÓN. Sale FABIO con máscaras

Las manos blancas no ofenden part 10

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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