Last updated July 7, 1997
CÉSAR: (Aquí entro yo.)
Retírase
ENRIQUE: ...por haber hecho de su casa ausencia, con un ayo que tenía, su hijo el príncipe César, que me puso su aflicción en cuidado de que venga a buscarle, por tener, si no noticias, sospechas de que a Ursino había venido a la fama de sus fiestas. Y así la di la palabra, antes que a mi casa fuera, de buscarle y asistirle hasta que conmigo... SERAFINA: Espera; que a saber que había venido el príncipe sin licencia, ya lo supiera de mí mi señora la princesa. ENRIQUE: Luego ¿aquí está? SERAFINA: En este instante se aparta de aquí, por señas que me ha dado en esta caja la más conocida muestra de que fue quien me libró de un incendio en que muriera, a no llegar él. ENRIQUE: ¡Oh, cuánto estimo una y otra nueva, y que sea mi sobrino a quien la vida le debas! Y así, señora, permite que en verle no me detenga. ¿Hacia dónde iba? SERAFINA: No sé; mas él sin duda está cerca. CÉSAR: (Y tanto, que te espantaras, [¡ay de mí] si lo supieras.) ENRIQUE: Iré a buscarle. SERAFINA: Mejor será que conmigo vengas; que yo haré que te le llamen. ENRIQUE: Convengo en la diligencia, por ser preciso que yo, aunque le encuentre y le vea, no le conoceré, porque le dejé en edad muy tierna. SERAFINA: Ven conmigo; que él vendrá a verte. -- Y tú, Laura, ordena a Lidoro que ese cuarto, que tiene al parque otra puerta que a aquestos jardines pasa, a Enrique se le prevenga. ENRIQUE: Tus plantas beso. SERAFINA: (Fortuna, deja de afligirme, y deja de pensar en quién será cuál me obligue y cuál me ofenda.)
Vanse todos y queda solo CÉSAR
CÉSAR: Si algún ingenio quisiere escribir una novela, ¿podrá inventarla fingida mayor que en mí se halla cierta? Dejo aparte que la fuga de mi casa me pusiera en ocasión deste traje; y dejo que en la deshecha fortuna airada del Po, dejando a Teodoro en tierra, me diese el favor de Carlos felice puerto a las mesmas plantas de la que buscaba; dejo que me favorezca, obligándome a que haga de la infamia conveniencia, de que otro con mi nombre y mi estado la pretenda; y voy a qué fin tendrá una plática tan nueva, que apenas halla ejemplar; y si le halla, será apenas. Mi tío es fuerza que encuentre con este fingido César; y cuando él no le conozca, por el consiguiente es fuerza, a la fama de que ya le halló, de mi patria vengan vasallos que a él desconozcan y a mí me conozcan. ¡Ea, ingenio! ¿Qué hemos de hacer, para que esto no suceda, hasta hallar un medio airoso yo, en que declararme pueda? Sólo uno se me ofrece. Este joven, cosa es cierta, que, en viendo que en sus alcances andan, parecer no quiera; que claro está que no espere ver su traición descubierta: luego avisárselo importa; pues, no pareciendo él, queda mi secreto resguardado. ¡Quién adónde está supiera, antes que con él mi tío diese, para que en su ausencia yo procure declararme con Serafina, y que sepa quién soy! Mas ¡ay infelice! Que si ella ofendida trueca los favores en venganzas, es preciso que la pierda. Pero ¿ha de faltar alguna amorosa estratagema para decirla quién soy, con tal industria que pueda no pesarme de lo dicho? Mas la industria ha de ser ésta: ¿de la comedia el papel no es de galán?
Salen por un lado LISARDA y por otro CARLOS
CARLOS: ¡Celia! LISARDA: ¡Celia! CÉSAR: (Aquí se queda la industria remitida a la experiencia.)
¿Qué es, Carlos, lo que mandáis? César, ¿qué es lo que queréis? CARLOS: Que un instante me escuchéis. LISARDA: Que una palabra me oigáis. CÉSAR: A vos iré, porque a vos, César, primero que oíros tengo también que deciros. CARLOS: Pues, siendo así que los dos tenéis secretos, yo quiero, pues lo que yo he de decir ambos lo podéis oír, tomar la mano primero. Celia, aunque no es generoso pecho el que hace en la ocasión prenda de la obligación, ya sabéis que un amoroso afecto nunca ha vivido debajo de ley; y así, que yo me valga de ti, en fe de haberte servido, cuando a tierra te saqué, ni es desdoro ni es bajeza. Por mí, pues, una fineza hoy has de hacer. CÉSAR: Mal podré excusarme agradecida. ¿Qué es la fineza? CARLOS: Sabrás que en un rendido no hay más gusto, más alma, más vida que vivir imaginando en que pueda merecer; y así te suplico, al ver cuánto la agradas, que, cuando te mandare Serafina cantar alguna canción, sea ésta que a mi pasión le dictó la peregrina fe con que siempre la he amado; y que, diciendo que es mía, lo dulce de tu armonía la encarezca mi cuidado; porque, oyéndola de ti, la oirá menos fiera y brava. CÉSAR: (¡Esto sólo me faltaba! Mas para echarle de mí, lo aceptaré.) Corto es deste servicio el empleo para lo que yo deseo hacer por ti. CARLOS: Toma, pues; que no es nueva confianza dar mi esperanza a tu voz; pues si ella es viento veloz, al viento doy mi esperanza.
Dale un papel y vase
LISARDA: Aunque yo venía (¡ay de mí!) a saber, Celia divina, lo que dijo Serafina de la joya que la di, que tienes habiendo oído que hablar conmigo, no es ya ésa mi pretensión. CÉSAR: Pues sabrás que yo la he tenido contigo, que es una nueva de que me has de dar albricias. LISARDA: Ya sé que mi bien codicias. Y si el afecto te lleva a honrarme, di lo que ha habido. CÉSAR: No dese género fue la nueva. Has de saber... LISARDA: ¿Qué? CÉSAR: Que de Orbitelo ha venido (no le diré el nombre, pues hablando confuso, infiero que es mejor) un caballero, tu tío pienso que es, de parte de la princesa. A buscarte viene. Di, ¿no es nueva de gusto? LISARDA: ¿A mí a buscarme? CÉSAR: (Ya le pesa.) LISARDA: ¿A mí? CÉSAR: ¿No eres de Orbitelo? LISARDA: Claro es. CÉSAR: Pues a ti te busca. ¿Qué te suspende ni ofusca? LISARDA: ¿A qué fin (válgame el cielo) me ha de buscar? CÉSAR: ¿Qué sé yo? Pero el haberte venido, sin que lo hubiese sabido tu madre, la causa dio, sin duda, para buscarte. LISARDA: (¿Quién creyera que tomara el nombre de quien faltara de allá, porque en esta parte, tras el nombre y no tras él viniese a llamarme a mí?) CÉSAR: De qué te asustas me di. LISARDA: De que es fortuna cruel. (¿Qué he de hacer, que estoy cogida en la mentira?) CÉSAR: Turbado estás, César. LISARDA: Hame dado, Celia, enfado su venida; y por sólo castigar la diligencia de haber venido, me he de esconder, y ninguno me ha de hallar. CÉSAR: Harás muy bien; que ya eres muy grande para que así se anden tus deudos tras ti. LISARDA: Y si tú ayudarme quieres, di que tú me lo dijiste, y que, enfadado de ver su curiosidad, poner en un caballo me viste, y salir del sitio huyendo. CÉSAR: Digo que yo lo haré así (porque me está bien a mí, y es sólo lo que pretendo). LISARDA: Pues, Celia, si tú me ayudas, imagina que eres dueño de Orbitelo. Deste empeño me has de sacar. CÉSAR: ¿Qué lo dudas? ¿Qué haré yo en servirte en [esto]? Y más, que a mí me está bien. LISARDA: ¿Por qué a ti? CÉSAR: Porque eres quien en obligación me has puesto bien grande hoy. LISARDA: Yo te suplico me digas la obligación, para estimarte esa acción. CÉSAR: Desairar a Federico con Serafina. LISARDA: Pues ¿qué pudo eso importarte a ti? CÉSAR: Algo me importa. LISARDA: ¡Ay de mí! ¿Le amas acaso? CÉSAR: No sé. Mas basta decirte aquí que, en mi fortuna cruel, el descomponerle a él es darme la vida a mí.
Vase
LISARDA: ¿Qué escucho? ¡Valedme, cielos! Que en mi ciega confusión se verifican que son hidras cortadas los celos; pues donde unos mueren, vi nacer otros (¡oh hado infiel!). ¿El descomponerle a él es darme la vida a mí? Aun esto más me acobarda que el buscar a César. ¡Cielos! ¿No bastaban unos celos, sino otros celos?
Sale FEDERICO recatándose
FEDERICO: ¡Lisarda! LISARDA: Pues ¿cómo me hablas, tirano, desa suerte? FEDERICO: Aunque debiera hablarte de otra manera, ya es otro tiempo, y en vano estilo a mudar me atrevo, cuando es fuerza hablar así, por lo que me debo a mí, no por lo que a ti te debo; que, aunque mi vida ofendida de tus acciones está, yo soy quien soy, y me da nuevo cuidado tu vida. Guardarla, ingrata, pretendo del peligro en que se halla. Aquí está tu padre. LISARDA: Calla, calla, ingrato; que ahora entiendo que tú con Celia has tratado para ausentarme de ti. FEDERICO: ¿Yo con Celia? LISARDA: Ingrato, sí; tú a Celia se lo has contado. FEDERICO: ¿Yo a Celia? LISARDA: Sí. Pensarás, con que vienen a buscarme y que es mi padre, ausentarme del sitio. Pues no podrás conseguirlo; que he de estar, a tu pesar, compitiendo tu fineza, deshaciendo cuanto llegues a intentar con ella y con Serafina, de que ya principio fue la joya, que no arrojé, y hoy la he entregado. FEDERICO: Imagina que no hablarte en eso yo y hablarte en esto es mostrar que un pesar de otro pesar se va apoderando. LISARDA: No te he de creer. Y pues veo que el decirme Celia aquí que a César buscan de ti nace, ni uno ni otro creo. Y así tu necia porfía no piense darme cuidado, pues antes tú me has quitado alguno que yo tenía. FEDERICO: Mira... LISARDA: No hay que mirar. FEDERICO: Advierte... LISARDA: No hay que advertir. FEDERICO: Oye... LISARDA: No tengo de oír. FEDERICO: Escucha... LISARDA: No he de escuchar; que ya sé que es todo engaño. ¿Pensaste que me asustara, y que al punto me ausentara? Pues no ha de ser; que en tu daño he de estar (¡viven los cielos!) impidiéndote el favor, y que has de morir de amor, pues que yo muero de celos.
Vase
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu