Last updated July 7, 1997

SERAFINA:        Muchas veces, Federico,
                 en equívocas respuestas
                 me habéis querido decir
                 no sé qué, y no soy tan necia
                 que, ya que no entiendo el todo,
                 alguna parte no entienda.
                 La primera vez dijisteis
                 que veníais en defensa
                 de un agravio que me hacían
                 en que nadie me merezca;
                 pues me mereció quien fue
                 dueño de mi vida.  Esta 
                 proposición repetida
                 y no explicada, me lleva
                 curiosamente a saber
                 qué queréis decir en ella.
                 Habladme claro.
FEDERICO:                          Sí haré.
SERAFINA:        Pues proseguid.
FEDERICO:                          Oye atenta;
                 que, aunque mi silencio quiso
                 [recatarte la fineza],
                 añadiéndola el callarla
                 al realce de hacerla,
                 con todo, viendo cuán poco
                 mi fe contigo merezca,
                 desnudo de tu favor,
                 que della me vista es fuerza.
                 Antes, Serafina hermosa,
                 que yo a tu corte viniera
                 --declarado amante iba 
                 a decir, pero la lengua,
                 más cortés que yo, turbada,
                 con tan grande voz no acierta;
                 permite que mi osadía
                 se vaya por mi modestia--.
                 Vine a tu corte, llamado
                 del aplauso de las fiestas
                 que Carlos en nombre tuyo
                 mantenía.  Vite en ellas
                 la noche que la fortuna,
                 mala autora de comedias,
                 empezándola en festín,
                 vino a acabarla en tragedia.
                 A tus umbrales estaba,
                 desvelada centinela
                 del sueño de tus amantes,
                 cuando la llama violenta
                 en pirámides de humo
                 iba buscando su esfera;
                 y arrojándome al peligro,
                 si hay peligro que lo sea
                 a vista de tanto premio
                 como tu vida...

Salen LISARDA y NISE

LISARDA: La lengua ten, falso, aleve, tirano. FEDERICO: (¿De dónde salió esta fiera a matar segunda vez?) LISARDA: Y tú, perdóname, bella Serafina, que interrumpa lo que Federico cuenta; que si he callado hasta aquí, ya desde aquí hablar es fuerza, porque tú no hagas empeño de su traición. FEDERICO: (Ella intenta, sin duda, decir quién es, porque a Serafina pierda.) SERAFINA: Pues ¿qué novedad te obliga, César, a tal acción? LISARDA: Ésta. -- ¿Para esto, traidor amigo, agradecido a la deuda del socorro del caballo, te di de mis dichas cuenta? ¿Para esto te hice dueño de alma y vida, siendo en ella... FEDERICO: (Ya es aquesto declararse.) LISARDA: el secreto de que intentas valerte para matarme aquí con mis armas mesmas? FEDERICO: (¿Adónde irá a parar esto?) LISARDA: Pues no ha de ser. Y pues ciega la fortuna me ha traído a esta ocasión, porque veas quién fue quien te dio la vida, y que todo lo que él cuenta fue por contárselo yo, yo fui, Serafina bella, el que estaba a tus umbrales, yo el que a la llama soberbia se arrojó, y el que en mis brazos pude restaurarte della, por señas que, a medio traje, ni bien viva ni bien muerta, estabas en una cuadra, donde el desmayo a su puerta rémora fue de la fuga. Si no bastan estas señas para que veas quién es quien te obliga o quien te fuerza, di que te dé Federico otra joya como ésta.

Dale la joya y vase

FEDERICO: Oye, aguarda. SERAFINA: Deteneos; no vais tras él; que, aunque quiera vuestro valor del desaire salvaros, ya es diligencia excusada, pues ya está sabida la traición vuestra. FEDERICO: Señora... SERAFINA: Nada digáis. ¿Vos, Federico, bajeza tan grande como valeros de traidoras diligencias? ¿Vos servirme con engaño? ¿Vos amarme con cautela? ¿A quien su secreto os fía vendéis? Pues ¿tan pocas prendas de sangre y valor tenéis que os valéis de las ajenas? FEDERICO: ¡Vive el Cielo...! SERAFINA: Bien está. FEDERICO: ...que yo... SERAFINA: Suspended la lengua. FEDERICO: ...fui quien os dio... SERAFINA: ¿Este testigo ¿cómo es posible que mienta? FEDERICO: Como... SERAFINA: Nada os he de oír. PATACÓN: Por Dios, que hizo buena hacienda.

A CÉSAR

Deten, Celia, a tu señora. FEDERICO: Haz tú, por tu vida, Celia, que me escuche una palabra. CÉSAR: (A muy buen puerto te llegas, cuando puedo dar albricias de que la enfades y ofendas.)

A CÉSAR

SERAFINA: ¿Qué te dice, Celia?

A SERAFINA

CÉSAR: Dice que de hablar le des licencia, como si no fuera yo interesado en tu ofensa. Ni le hables ni le oigas. SERAFINA: ¿Cómo puedo, si estoy muerta por ver si tiene disculpa? Haz tú como que me ruegas que le escuche. CÉSAR: (Sólo esto la faltaba a mi paciencia.)

A NISE

PATACÓN: Dime, embustera menor de la mayor embustera, ¿qué ha sido esto? NISE: Sí diré. (¡Ah, quién esforzar pudiera el enredo de mi ama!) Mas dime, antes que lo sepas, ¿traes daga? PATACÓN: Sí. ¿Para qué? NISE: Para que cortar quisiera la suela de un ponleví que dar paso no me deja.

A CÉSAR

SERAFINA: Cierto que estás importuna; yo oiré, pues tú lo deseas. CÉSAR: (No lo desearas tú más.)

A PATACÓN

NISE: Daca. PATACÓN: Yo cortaré; suelta.

A FEDERICO

SERAFINA: A Celia le agradeced, Federico, que a oíros vuelva. FEDERICO: Ya sé que a Celia la vida debo. CÉSAR: (¡Si bien lo supieras!) SERAFINA: (¡Quiera amor tenga disculpa!) CÉSAR: (¡Quiera amor que no la tenga!) SERAFINA: ¿Qué tenéis, pues, que decirme? FEDERICO: (Menos importa que sepa que yo he tenido una dama que no que piense su ofensa, y que sufro que lo diga quien ella misma no sea.) Yo, señora, antes de veros, porque después no pudiera, serví en Milán una dama. NISE: ¡Cielos! ¿Hay quien me defienda? ¡Que me matan! PATACÓN: ¿Qué te toma, demonio? NISE: Las plantas vuestras sean, señora, mi sagrado. SERAFINA: ¿Hay tan grande desvergüenza? PATACÓN: Señores, ¿qué enredo es éste? SERAFINA: ¿Así entráis en mi presencia? PATACÓN: Señora, ¡viven los cielos...! FEDERICO: ¿Cómo es posible te atrevas, pícaro, desvergonzado, a una cosa como ésta? PATACÓN: Pues ¿a qué me atrevo yo más que a cortar una suela de un zapato? NISE: Tú lo eres. FEDERICO: ¡Vive el cielo...! PATACÓN: Considera... SERAFINA: Deteneos. (a Nise) Di, ¿qué causa le has dado tú? NISE: Sólo ésta. El príncipe mi señor de Orbitelo... SERAFINA: Di. NISE: Don César tiene, señora, una joya que más que a su vida precia, porque la sacó de un fuego adonde su fe se acendra. Federico, que es de aquéste amo, anda muerto por ella, y me dice que, si la hurto, me dará toda su hacienda. PATACÓN: ¿Yo he dicho tal? FEDERICO: (¡Vive Dios, que Nise el engaño alienta!) NISE: Hablándome en esto ahora y dándole por respuesta que yo no era ladrón, dijo: "Pues ya que ladrón no seas, para que nunca decir lo que yo te he dicho puedas, te he de dar muerte." Y sacando la daga, con ira fiera quiso matarme. Y así nada que te diga creas, porque anda por levantar algún testimonio a César. Y ahora tenle, señora, para que tras mí no venga.

Vase NISE

SERAFINA: Agradeced que no os hago dar cuatro tratos de cuerda. PATACÓN: Fueran muy bellacos tratos. FEDERICO: (¡Que aquesto por mí suceda!) SERAFINA: Mirad si vuestra traición a cada paso se aumenta, pues para cobrar la joya hacíades diligencias; porque no hubiese podido reconveniros con ella. FEDERICO: En aquel engaño y éste veréis si escucháis mi pena, que en una disculpa caben. SERAFINA: ¿En qué disculpa? FEDERICO: Oídme atenta: Yo serví en Milán, señora, una dama, antes que viera vuestra gran beldad...

Sale LAURA

LAURA: Enrique Esforcia pide licencia para besarte la mano. SERAFINA: Pues ¿cómo desa manera, sin pedirme, Laura, albricias, me das tan alegres nuevas para mí? Dile que entre, y que bien venido sea. FEDERICO: (No sea sino mal venido. ¿Quién en el mundo creyera, sino echándose a pensar imaginadas novelas, que desde Alemania el padre de Lisarda al Po viniera a embarazarme el decir --¡ay infelice!--que es ella la que, en César disfrazada, celosa vengarse intenta de mí? Porque, si la digo quién es, Serafina es fuerza que de parte de su agravio se ponga, y vengarle quiera, como a quien debe el estado, que ha litigado en su ausencia tan contra mí). SERAFINA: En tanto, pues, que Enrique a mis ojos llega, proseguid vos. A una dama servisteis. ¿Qué consecuencia tiene eso con esta joya? FEDERICO: Ninguna; que, aunque quisiera, no puedo decir lo que iba a decir. Mas considera que quien adora no engaña, que no ofende quien desea, que no agravia quien estima, y que no injuria quien precia. En un instante me han puesto, o mi fortuna o mi estrella, un cordel a la garganta, una mordaza en la lengua para no poder hablar; Y pues que callar es fuerza y acudir volando a que ella esta venida sepa, te suplico me perdones el no darte más respuesta con decir que, aunque más pienses, hay más que pensar, que piensas.

Vase FEDERICO. [SERAFINA habla] a PATACÓN

SERAFINA: Esperad vos y decidme: ¿qué confusiones son éstas? PATACÓN: No puedo, no puedo hablar, porque mi fortuna adversa o mi hado o mi qué sé yo me ha dado en esta hora mesma un tapaboca en el alma, en la boca un tente-lengua. Sólo te puedo decir, en metáfora de bestia, que, aunque tú lo pienses más, hay más que pensar, que piensas.

Vase PATACÓN

CÉSAR: ¿Qué será esta confusión? SERAFINA: No sé, si ya no es que sea ser Enrique su enemigo, y por no verle se ausenta. CÉSAR: No es, sino que la mentira no le iba saliendo buena, que iba a decir... SERAFINA: No será. CÉSAR: Sí será. SERAFINA: ¿Qué te va, Celia, a ti en malquistarme a mí primero con la fineza y después con la disculpa? CÉSAR: Ofenderme que te ofenda.

Sale ENRIQUE y arrodíllase

ENRIQUE: Dame, señora, la mano, si es posible que merezca tan gran dicha. SERAFINA: A ti los brazos con toda el alma te esperan agradecidos. Levanta, y tan bien venido seas como de mí recibido, donde agradecerte pueda las finezas que te debo. ENRIQUE: En criado no hay finezas, porque nunca pudo ser obligación lo que es deuda. SERAFINA: Bien ajena desta dicha me hallas. ¿Qué venida es ésta? ENRIQUE: Sobre ya cansados años, desengaños y experiencias, llamado de las memorias de Lisarda, mi hija bella, me vuelven a descansar, y el haber muerto en mi ausencia mi hermano, a quien le dejé, me da, señora, más priesa que pensé, porque me hallaba favorecido del César. SERAFINA: Ahora te agradezco más la visita; que quien lleva tan digno cuidado es mucho que otra cosa le divierta. No quiero hacerte este cargo. ENRIQUE: Señora, ni lo agradezcas; que, aunque viniera por ti, otra causa hay porque venga. Pasando a Milán, llegué a Miraflor, una aldea, donde mi prima Dïana, que es de Orbitelo princesa, vive retirada. SERAFINA: Ya lo sé; que yo he estado en ella, y también, yendo a Milán, no quise pasar sin verla. ENRIQUE: Y halléla tan afligida, tan desconsolada y muerta...

Las manos blancas no ofenden part 7

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu