Last updated July 7, 1997


JORNADA SEGUNDA


Salen LAURA y CLORI

CLORI: No se ha visto igual extremo en el mundo. LAURA: ¿Quién creyera que condición tan extraña a cuanto es agrado diera poder a una advenidiza mujer, a quien su deshecha fortuna echó a estos umbrales, porque dulcemente diestra la escuchó cantar tal vez desde el sitio en que se alberga en el cuarto de Lidoro, hechizada de manera al encanto de su voz que dueño absoluto sea de su voluntad? CLORI: No, Laura, en tu queja ni en mi queja hablemos; porque parece que aquí las voces se acercan. LAURA: Pues, la plática mudemos, hablando de nuestra fiesta.

Salen SERAFINA y CÉSAR vestido de mujer

SERAFINA: ¿Dónde, Celia, el instrumento dejaste? CÉSAR: En las flores bellas le dejé. SERAFINA: ¿Por qué? CÉSAR: Señora, porque a su dulce tarea, en metáfora de arco, descanse un rato la cuerda. SERAFINA: Ve por él, porque no hay cosa que más me alivie y divierta, de tantos necios pesares como una dicha me cuesta, que tu voz. Y así, entre tanto que por la apacible esfera voy deste jardín, te pido que al compás de las risueñas cláusulas de sus cristales el aire tu voz suspenda. CÉSAR: Beso, señora, tu mano, por el agrado que muestras a quien feliz e infeliz llegó a tus pies. (¡Ay adversa suerte mía! Aunque me quite fama y honor tu violencia, ¿qué importa, si no me quita que estos favores merezca?) Pero permitid ... (¡ay triste!) SERAFINA: ¿Qué? CÉSAR: Que hoy te pida licencia para no cantar. SERAFINA: ¿Por qué? CÉSAR: Porque, aunque es mi dicha inmensa en servirte y agradarte, no sé qué oculta tristeza se ha apoderado del alma, que más a llorar me fuerza que a cantar, y no sé cómo en un corazón se avenga el gusto y pesar a un tiempo. SERAFINA: Pues ¿qué es lo que sientes, Celia, que a tanto dolor te obliga? CÉSAR: ¿Qué es lo que quieres que sienta (¡Oh, quién pudiera decirlo! ¡Oh, quién callarlo pudiera!) si de mi padre ignorada, que, por llorarme por muerta, quizá no me busca viva, de mi natural tan fuera que admirada estoy de cuánto estoy en éste violenta? SERAFINA: Yo pensé que mis favores de tus fortunas pudieran contrapesar los acasos. CÉSAR: Pues si por ellos no fuera, ¿estuviera yo con vida? Y aunque por ellos la tenga, quizá son ellos también los que mi pesar aumentan. SERAFINA: ¿Cómo? CÉSAR: Como ellos son causa de que haya quien me aborrezca. Y si me excuso... SERAFINA: Prosigue. CÉSAR: ...es porque alguna no sienta oír mi voz. SERAFINA: Di; que yo gusto oírla. Canta apriesa; no temas la invidia. CÉSAR: Basta; ¿y si Clori y Laura fueran? SERAFINA: ¿Son, Celia, por quien lo dices? Yo te haré vengada dellas. -- Laura y Clori, ¿de qué habláis? LAURA: Viendo que todos desean en aquestas soledades dar alivio a tus tristezas, tus damas, por tener parte en tan digno asunto, intentan que, para hacerte un festejo, las des, señora, licencia el día que cumples años. SERAFINA: ¿Qué festejo? CLORI: Una comedia. SERAFINA: ¿Por qué, di, no la he de dar? Que yo me holgaré de verla. LAURA: Pues ya que muestras agrado en que la estudiemos, resta, porque es de música, a usanza de Italia... SERAFINA: ¿Qué? CLORI: Que entre Celia a ayudarnos. SERAFINA: ¿Qué papel ha de hacer? LAURA: El galán della; que su hermosura y su gracia es bien que a todas prefiera. SERAFINA: ¿Querrás, Celia? CÉSAR: ¿Por qué no? Antes me holgaré me veas en el traje de galán cantar amantes finezas; que ya di entre mis iguales de aquesta habilidad muestra, y no muy mal parecida. SERAFINA: Pues porque mejor lo seas, yo me encargo de tus galas. LAURA: (¿Otro favor?) CLORI: (Ten paciencia.) SERAFINA: (A un envidioso no hay castigo como que tenga más que envidiar.)

Vanse LAURA y CLORI

CÉSAR: Otra vez te beso la mano. SERAFINA: Piensa que no debo a mi fortuna otra dicha, si no es ésta de haberte aquí derrotado la tuya; pues de manera me obligas que, como dije, no hay cosa que me divierta ni alivie, si no eres tú. Y así te ruego no tengas pesar; que tú de tu padre, o él de ti, saber es fuerza, y en ninguna parte pueden hallarte sus diligencias mejor que conmigo. CÉSAR: Es cierto. Y si antes dijo mi lengua también que violenta estaba, es, con propiedad tan nueva, que no estuviera, señora, si en otra parte estuviera, menos violenta mi vida que donde está más violenta. SERAFINA: ¿Quieres saber a qué extremo mi agrado contigo llega? Pues sólo siente que Carlos fuese quien a esta ribera de aquel golfo te sacase. CÉSAR: ¿Por qué? SERAFINA: Porque no quisiera que hiciera por mi elección cosa que le agradeciera. CÉSAR: Pues Carlos (entremos, celos, en la experiencia primera), que es quien más fino te sirve, más amante te festeja, ¿no es quien más te obliga? SERAFINA: No; que, aunque debo a sus finezas más que a las de todos, ¿quién puso en razón las estrellas? Carlos me cansa. CÉSAR: ¿Quién duda que la gala y gentileza del príncipe de Orbitelo será causa? SERAFINA: Ten la lengua; que a César, Celia, también aborrezco. CÉSAR: (¿Quién creyera que a mí me sonara bien oír que aborrece a César? Pero vamos adelante; que no va mal la experiencia.) No me atrevo a discurrir en quién tu agrado merezca; pero atrévome a pensar --permíteme esta licencia-- que no es posible que deje alguno en la competencia de ser más bien visto que otro.

Sonríese SERAFINA

¿Falsa risa es la respuesta? SERAFINA: No es haberte concedido la malicia. CÉSAR: No es haberla negado tampoco. SERAFINA: No; y si la verdad confiesa mi voz, pues contigo ya no es bien que secreto tenga, y más cuando tu malicia la costa hizo a mi vergüenza, sabrás que de agradecida, más que de fina ni atenta, no digo el que más me agrada, el que menos me molesta es Federico mi primo. CÉSAR: Pues ¿qué ves en él que pueda obligarte, si no hay ninguno a quien menos debas? Litigar antes tu estado y ahora amarte es consecuencia que a él le pretende y no a ti. SERAFINA: Aunque con razón pudiera ofenderme dél, hay otra que me obliga a olvidar ésa. CÉSAR: ¿Qué razón? SERAFINA: Aunque no claro me lo haya dicho su lengua, sus equívocas razones, con las lágrimas envueltas, me han dado a entender que es él el que de aquella violencia del incendio me sacó, cuya presunción me lleva tras el agradecimiento de mi vida tan atenta que no sé cómo te diga, o sea obligación o sea simpatía de la sangre o elección del gusto o fuerza del hado o qué sé yo qué, que él solo las extrañezas de mi altiva condición ha podido... mas él llega; y por si acaso escuchó algo, hagamos la deshecha; toma el instrumento y canta. CÉSAR: (Está mi vida muy buena, sabiendo que Federico es quien su agrado merezca, ahora para cantar.) SERAFINA: ¿No vas? CÉSAR: (¡Mal haya el que llega a buscar sus celos, cosa que se siente si se encuentra!) SERAFINA: Canta, por mi vida, un tono. CÉSAR: Pues obedecer es fuerza, cantaré, como el cautivo, con el son de la cadena.

Toma CÉSAR el instrumento. Salen FEDERICO, escuchando lo que se canta, y PATACÓN. Canta

CÉSAR: "Ven, muerte, tan escondida que no te sienta venir, porque el placer del morir no me vuelva a dar la vida."

FEDERICO: Sin duda, por mí, oh hermosa deidad desta verde esfera, el concepto se escribió, pues yo... SERAFINA: Suspended la lengua, Federico (inclinación o lástima o sangre o deuda, por más que tú te declares, haré yo que él no te entienda); que no sé qué urbanidad impedir a nadie sea el gusto con que a otro escucha. FEDERICO: Quizá es pensión de su estrella quien a otro escucha con gusto que a mí me escuche con pena. SERAFINA: Pues porque no sea pensión, Celia, canta. FEDERICO: Cante Celia; pues para que llore yo ¿qué importa que cante ella?

Canta

CÉSAR: "Ven, muerte, tan escondida [que no te sienta venir, porque el placer del morir no me vuelva a dar la vida."]

FEDERICO: Sin duda esta letra, o bella Serafina, por mi suerte se escribió, puesto que en ella se ve escondida una muerte y declarada una estrella. Si una ha de ser mi homicida, máteme la declarada. Y así, a quitarme la vida, puesto que el morir me agrada... CÉSAR Y FEDERICO:"...ven, muerte, tan escondida." FEDERICO: Y, porque si muerto quedo, será mi muerte favor, ven; mas pisando tan quedo que los pasos del valor parezca que los da el miedo. Ven; que, habiendo de morir, yo te saldré a recibir. Mas ¡ay de mí! que querrás, para que yo sienta más... CÉSAR Y FEDERICO:"...que no te sienta venir." FEDERICO: El pesar no ha de quitar el placer de merecer, mas ¡cuál debo yo de estar el día que es mi placer no morir de tu pesar! Y al que me llegue a pedir razón le sabré decir que en mi dueño singular del vivir se hizo pesar... CÉSAR Y FEDERICO:"...porque el placer del morir." FEDERICO: Y tú, si otro te pidiere razón de por qué un desdén más agravia a quien más quiere, le podrás decir también otra que aquélla prefiere, diciendo, si es escondida llama amor, bien mi tristeza huye dél, porque ofendida de otro incendio otra fineza... CÉSAR Y FEDERICO:"...no me vuelva a dar la vida."

SERAFINA: Aguarda, Celia; que ya que a un tiempo en mis dos orejas, aquí música, allí llanto o suenan mal o no suenan, quiero ajustar una duda.

Salen LISARDA y NISE al paño

NISE: Federico y la princesa están aquí. LISARDA: Pues aguarda, que destas murtas cubiertas oiremos. NISE: ¡Que ha de haber murtas, ya que aquí no hubiese puertas!

Las manos blancas no ofenden part 6

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu