Last updated July 8, 1997
CARLOS: Sabiendo que esta mañana
salías al campo, porqué
lo dijo alegre la rosa,
lo dijo ufano el clavel,
esperando cada uno
la dicha de florecer
más que al halago del sol,
al contacto de tu pie,
previne, por si querías
del río la pesca ver,
tres góndolas que veloces
parecen, sulcando en él,
tal vez dejando la orilla,
y cobrándola tal vez,
que un Aquilón africano
las engendró a todas tres.
Para música las dos
son, la otra para ti, en quien
brillar, a pesar del agua,
una ascua de oro se ve;
bien que la tienda desdice
el concepto; porque, aunqué
son de oro los masteleros,
de tela la tienda es,
con cuyo verde color
se corresponden después
gallardetes y casacas,
todo haciendo, al parecer,
un verde islote, si ya
no un escollo, como el que
hurta un poco sitio al mar,
y mucho agradable en él.
Pero aunque mi prevención
atenta a tu gusto esté,
con la música en el aire
y el agua con la red,
te suplico que no admitas
hoy el festejo, porqué
colérico el Po ha salido
de sus límites. No sé
si ha sido envidia del mar
que, llegando a conocer
que por huésped te esperaba,
se ha incorporado con él,
con cuya avenida es tal
de su furor el desdén
que, abrigándose a la orilla,
al más lejano bajel,
si no le da el temor alas,
de pluma calza los pies.
SERAFINA: La prevención agradezco,
Carlos, y el aviso; y pues
se ve el Po tan esplayado,
que lo que era campo ayer
hoy es golfo, y en su margen
sólo descollarse ven
cuatro o seis desnudos hombros
de dos escollos o tres,
y que vuestra prevención
no deja lograrse, haced
que la góndola en la arena
varada aguarde, hasta que
de la cólera del Po
templada la saña esté.
CARLOS: Así templara su saña...
SERAFINA: Basta; no me digas quién.
CARLOS: ¿Qué importa que yo lo calle,
si la que lo ha de saber
lo sabe ya?
SERAFINA: Y aun por eso
es justo el callarlo; pues,
para no saber, oír
retórica ociosa es. --
A CLORI y NISE
Venid conmigo las dos
por esta orilla.
CARLOS: Ya, pues
que me obliguéis a callar,
no me obliguéis a no ver;
y permitidme que siga
el divino rosicler,
mudo girasol de amor.
Salen FEDERICO y PATACÓN
FEDERICO: No pases de aquí.
PATACÓN: ¿Por qué?
FEDERICO: Porque está aquí Serafina.
PATACÓN: Pues antes por eso es bien
que pase y repase a verla;
que estoy muriendo por ver
si es tan bella como dices.
FEDERICO: El paso, loco, detén;
que, si no miente el temor
o el corazón, que es mal fiel,
es Carlos de Bisiniano
el que está allí. ¡Ansia cruel!
PATACÓN: ¿Al primer encuentro azar?
Mas ¿cuánto va que a perder
echamos el galanteo
al primer lance?
FEDERICO: ¿Por qué?
PATACÓN: Porque, si celos te da,
reñirás luego con él.
FEDERICO: No haré; que el que a competir
viene en público, ya sé
que ha de sentir y callar,
si desea merecer.
PATACÓN: ¡Cuánto me huelgo de verte,
señor, dese parecer!
FEDERICO: ¿Por qué?
PATACÓN: Porque hay quien murmure
que luego la espada esté
a cada paso en la mano.
FEDERICO: Cobarde debe de ser;
que, si a cualquier paso hay causa,
el no parecerle bien
que otro riña es argumento
de que no riñera él.
LAURA: ¿Dónde, caballero, vais?
Atrás el paso volved;
que está la princesa aquí.
FEDERICO: Pues hacedme vos merced
de saber si da licencia
a un forastero de que
bese su mano.
LAURA: Esperad
aquí. Mas ¿quién la diré
que sois?
FEDERICO: Federico Ursino.
LAURA: Perdonad no conocer
vuestra persona.
FEDERICO: No hay culpa
en vos. (Pues que ya la ves,
no es hermosa?)
PATACÓN: (No, por cierto,
sino así, un sí es, no es).
LAURA: Federico Ursino dice,
señora, licencia des
para que bese tu mano.
SERAFINA: Vuelve, Laura, a decir quién.
LAURA: Federico Ursino.
SERAFINA: ¿A mí
mi primo?
LAURA: Sí.
SERAFINA: Sólo fue
éste el necio que faltaba
para cansarme también.
LAURA: ¿Qué quieres que le responda?
SERAFINA: Di que llegue.
A FEDERICO
LAURA: Ya tenéis
licencia.
FEDERICO: (Turbado llego).
CARLOS: (Sólo ahora faltaba ser
competidor Federico.
Mas no se atreverá él,
pobre y deslucido, a serlo.)
FEDERICO: Pues no puedo merecer
besar, señora, tu mano,
merezca besar tus pies.
SERAFINA: Del suelo alzad.
FEDERICO: Extrañado
el atrevimiento habréis
de llegar a vuestros ojos;
pues porque no lo extrañéis
y sepáis con qué ocasión,
que sólo vengo sabed
del gobierno del estado
a daros el parabién.
Porque nadie más que yo
interesado se ve
en vuestro aumento; pues sólo
sentí la instancia perder
porque fuese otro y no yo
quien su posesión os dé.
Gocéisle la edad del Fénix
que, hijo y padre de su ser,
o nace para morir
o muere para nacer.
SERAFINA: Yo, Federico, os estimo
cumplimiento tan cortés.
FEDERICO: No es cumplimiento, señora,
y porque lleguéis a ver
cuán de veras mi verdad
desea satisfacer
la obligación de escudero,
vengo a pediros me deis,
por ser yo a quien más le toca,
licencia de deshacer
en vuestro nombre un agravio
que os hacen en un cartel.
CARLOS: ¿Qué agravio?
FEDERICO: Decir que nadie
la merece.
CARLOS: Pues ¿hay quién?
FEDERICO: Sí; quien la vida la da,
cuando en peligro la ve,
merece gozar la vida
que desde allí es suya, pues
nadie da lo que no es suyo;
y si entonces suya fue
la vida que dio ¿quién duda
que ahora lo sea también?
CARLOS: Aunque ésa es sofistería,
¿quién fue quien se la dio?
FEDERICO: Quien
(bien entrara aquí la joya;
¡mal haya Lisarda, amén!),
cuando otros de reposar
trataba de padecer,
y está tan desvanecido
de aquella acción que de fiel
se encubre, porque no quiere
más premio, más interés,
que el haberla conseguido.
Y así vengo a defender
que quien da una vida y calla
merece premio de ser
dueño de su vida antes,
y de su favor después.
CARLOS: Eso dirá la campaña.
FEDERICO: ¿Quién dice que no?
SERAFINA: Está bien.
Y pues tiene apelación
la porfía, suspended
los argumentos; que aquí
sólo se he de oír y ver.
Dentro LISARDA y CÉSAR
LISARDA: ¡Cielos, favor!
CÉSAR: ¡Piedad, cielos!
SERAFINA: ¿Qué dos veces escuché
en el monte y en el río?
FED. Y CARLOS: A lo que se deja ver...
FEDERICO: desbocado un caballo...
CARLOS: zozobrado allí un batel...
FEDERICO: por el monte a despeñarse...
CARLOS: por el río a perecer...
FEDERICO: con un generoso joven...
CARLOS: con una hermosa mujer...
FEDERICO: vaga de uno en otro risco.
CARLOS: va de uno en otro vaivén.
Dentro CÉSAR y LISARDA
CÉSAR: ¡Cielos, piedad!
LISARDA: ¡Favor, cielos!
SERAFINA: ¡Qué desdicha tan crüel!
¡Quién sus dos vidas pudiera
piadosa favorecer!
FEDERICO: Si tú lo deseas, yo ofrezco
la una.
Vase FEDERICO
CARLOS: Yo la otra también.
Vase CARLOS
SERAFINA: ¿Cómo, hidalgo, vos no vais
uno ni otro a socorrer?
PATACÓN: No me tocan los socorros;
que soy toreador de a pie.
LIS. Y CÉSAR: ¡Cielos, piedad! ¡Piedad, cielos!
CLORI: Ya Federico se ve...
LAURA: Ya Carlos allí se mira...
CLORI: que con gallarda altivez...
LAURA: que con osado denuedo...
CLORI: saliendo al bruto al través...
LAURA: los remos tomando a un barco...
CLORI: la capa enreda a los pies...
LAURA: dando cabo al leño frágil...
CLORI: y con la espada después...
LAURA: trayéndole de remolque...
CLORI: le ha podido detener...
LAURA: pudo a la orilla sacarle...
CLORI: y viendo al joven caer...
LAURA: y desmayada la dama...
CLORI: carga en los brazos con él...
LAURA: con ella carga en los brazos...
LAS DOS: y ambos llegan a tus pies.
Saca FEDERICO a LISARDA en los brazos, vestida de
hombre, y CARLOS a CÉSAR, vestido de mujer
FEDERICO: Ya la parte que me cupo
deste peligro excusé.
CARLOS: Y en la que me cupo a mí
estás servida también.
SERAFINA: ¡No vi más gallardo joven;
no vi más bella mujer!
LISARDA: ¡Cielos, aliento me dad!
CÉSAR: ¡Vida, hados, me conceded!
LISARDA: Para saber a quién debo
la vida...
CÉSAR: Para saber
dónde estoy...
LISARDA: (Pero ¿qué miro?)
CÉSAR: (Mas ¿qué es lo que llego a ver?)
LISARDA: (¿Federico no es aquéste?)
CÉSAR: (¿Ésta Serafina no es?)
FEDERICO: (¡Patacón!)
PATACÓN: (Nada me digas;
ya todas tus dudas sé.)
FEDERICO: (¿No es ésta Lisarda?)
PATACÓN: (Así
lo fuera yo.)
SERAFINA: En tanto que
vos, bella dama, cobráis
los colores que a la tez
robó el susto, decid vos
¿quién sois?
LISARDA: En sabiendo a quién;
que no es justo una ignorancia
me acuse de descortés.
SERAFINA: Serafina soy.
LISARDA: Ahora
que, rendido a vuestros pies,
no puedo errar el estilo,
que soy, señora, sabed
el príncipe de Orbitelo,
César...
CÉSAR: (¿Qué es lo que escuché?
Mi nombre ha dicho y mi estado.)
PATACÓN: ¡Vive Dios...
FEDERICO: (La voz detén.)
PATACÓN: (que es el enredo mayor!)
FEDERICO: (Oye y calla.)
PATACÓN: (Mal podré.)
LISARDA: ...que, habiendo oído a la fama
el certamen de un cartel,
a ser vuestro aventurero
vengo, confiado en que
no mereceros ninguno
es asunto suyo, pues
no es grosero quien ya sabe
que viene a no merecer.
Por llegar a vuestros ojos
tan veloz pretendí ser
que, con ansias de volar,
tuve a pereza el correr;
con que, apurado el caballo,
al freno rompió la ley,
si ya no fue de mi dicha
diligencia su altivez;
porque volar hacia el sol
lo acreditase el caer.
Sale NISE de lacayuelo
NISE: Y yo, Gandalín Menique,
ragazzo suyo, doy fe
que es verdad cuanto él ha dicho,
fecha a tantos de tal mes,
día de San Orbitelo,
supuesto que cae en él.
LISARDA: ¡Quita, necio!
PATACÓN: (¡Vive Dios,
que Nise el lacayo es!)
FEDERICO: (¡Calla!)
PATACÓN: (¿Quién ha de callar?)
FEDERICO: (Quien ve que no le está bien.)
SERAFINA: Vos seáis muy bien venido;
que a mí me pesa de haber
dado al peligro ocasión.
(Aunque le he visto otra vez,
no le conociera ahora;
pero tan de paso fue
que no percibí sus señas.)
A mi primo agradeced
el socorro.
LISARDA: Caballero,
yo os estimo la merced.
FEDERICO: Guárdeos el cielo. (¡Ah, tirana!)
SERAFINA: Si acaso cobrado habéis,
A CÉSAR
hermosa dama, el aliento,
decidme, ¿quién sois?
CÉSAR: (¿Qué hare?
Que decir quién soy, en este
traje, en público, no es bien,
ni que se sepa de mí
que yo he podido usar dél;
pues dejar que otro mi nombre
tome y pretenda con él
tampoco es justo.)
SERAFINA: Pues ¿no
habláis?
CÉSAR: (Qué decir no sé.)
Yo, señora...
SERAFINA: Proseguid.
CÉSAR: ...hija soy de un mercader
(forzoso es disimular
y fingir hasta después)
que a embarcarse al puerto iba,
cuando, empezando a romper
sus márgenes el Po, hizo
que zozobrase el bajel.
Queriendo salir a tierra,
(esto solo verdad es)
para darme a mí la mano,
la tomó primero él,
a cuyo tiempo, rompiendo
la sirga (¡ay de mí!) el cordel,
con un embate, me hizo
volver al golfo otra vez,
sin que él, en la orilla ya,
me pudiese socorrer.
Echóse al agua el barquero,
procurando defender
su vida, con que yo (¡ay triste!)
sola en el barco quedé,
expuesta a las inclemencias
del hado, ya no crüel
para mí, sino piadoso,
pues he llegado a tus pies.
(¡Mal haya el infame acaso
que acción tal me obliga a hacer!)
SERAFINA: A Carlos de Bisiniano
lo podéis agradecer. --
Y ya que de dos fortunas
teatro esta playa fue,
por cuenta mía las dos
desde hoy han de correr.
Id, César, a descansar. --
¡Lidoro!
Sale LIDORO viejo
LIDORO: ¿Qué mandas?
SERAFINA: Que
en vuestro cuarto esa dama
se albergue, porque no es bien
introducirla en el mío,
sin saber mejor quién es. --
En él podrás repararte
desta fortuna, hasta que
sepa tu padre de ti.
CÉSAR: ¡Vida los cielos te den!
SERAFINA: Ven, Laura. (¡Ay de mí!) Ven, Clori.
LAURA Y CLORI: ¿Qué es lo que llevas?
SERAFINA: No sé.
(No vi más gallardo joven,
no vi más bella mujer,
ni vi tampoco deseo
como el que llevo, de que
haya sido Federico
el que la vida me dé.)
Vanse SERAFINA, LAURA y CLORI
LIDORO: Venid, señora, conmigo
adonde servida estéis.
Vase LIDORO
CÉSAR: (Aquí no hay más que sufrir
de mi fortuna el desdén.)
Vase CÉSAR
CARLOS: (Aquí no hay más que pensar
nuevos contrarios vencer.)
Vase CARLOS
FEDERICO: ¡Fiera, enemiga, tirana,
falsa, alevosa y cruel,
que has venido a dar la muerte
a quien la vida te dé!
¿Qué es tu intento?
LISARDA: Caballero,
ni sé qué decís ni sé
quién sois. Tratad vos de amar,
mientras yo de aborrecer.
Vase LISARDA
PATACÓN: Y tú, aspidillo casero,
¿a qué has venido acá?
NISE: A que,
mientras yo de bufonear,
trate de callar usted.
Vase NISE
FEDERICO: ¿Quién vio igual locura?
PATACÓN: A mí
poco me estorbara, pues
esto no puede durar
más que hasta decir quién es.
FEDERICO: Pues a nadie se lo digas;
que no le está a mi amor bien
galantear una beldad,
cargado de una mujer.
PATACÓN: Pues ¿qué hemos de hacer?
FEDERICO: Callando
dejar el lance correr,
mientras él no se declare,
diciendo una y otra vez,
entre un olvidado amor
y un acordado desdén:
"Arded, corazón, arded;
que yo no os puedo valer."
FIN DE LA PRIMERA JORNADA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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