Last updated September 14, 1997

                   Heredero de mi padre
               quedé, Teodoro, en infancia
               tan tierna que no sentía,
               hasta otro tiempo, su falta.
               Mi madre, guardando noble
               la viudedad de romana
               antigua, como matrona
               de su lustre y de su fama,
               dejó a Milán y a Orbitelo
               y, reduciendo su casa
               a moderada familia,
               la trajo entre estas montañas
               donde Miraflor del Po
               es tan abreviado alcázar
               que apenas sus poblaciones
               de cuatro villanos pasan.
               Cubrió de funestos lutos
               su vivienda, con tan rara
               austeridad que aun al campo
               apenas dejó ventana.
               En esta soledad y este
               retiro fue mi crïanza
               del delito del nacer
               una prisión voluntaria.
               En ella (que, aunque lo sepas,
               no importa el decirlo nada,
               puesto que un triste, aunque diga
               lo que se sabe, descansa)
               con tan grande, con tan ciega
               terneza me mira y ama
               que el aire, que apenas pase
               junto a mí, la sobresalta.
               Si alguna tarde la pido
               licencia para ir a caza,
               aun los conejos presume
               que son fieras que me matan;
               y lo más que me concede
               es, cuando más se adelanta,
               chucherías de las aves,
               varetas, ligas y jaulas.
               Si a las orillas del río
               salgo a pescar con la caña,
               desvanecido en sus ondas
               temiendo queda que caiga.
               Verme arcabuz en las manos
               es llorar que se dispara
               o se revienta.  Si ve
               que algún caballo me agrada,
               por manso que sea, presume
               que se desboca y me arrastra.
               Espada no me permite
               traer, siendo así que la espada
               a los hombres como yo
               se ha de ceñir con la faja.
               La familia que me asiste
               sólo es de dueñas y damas
               y sólo lo que de mí
               la gusta es tocar un arpa,
               a cuyo compás tal vez,
               porque buscando esta gracia
               a otra, quizá dio conmigo,
               llora mi voz lo que canta.
               A ti solo, por no hallar
               mujer en el mundo sabia,
               que si la hubiera en el mundo,
               sin duda es que la buscara,
               me dio por maestro, de quien
               he aprendido lo que llaman
               buenas letras; de manera
               que hijo de viuda es tanta
               la atención con que me cría,
               el temor con que me guarda,
               que presumo que la misma
               naturaleza se agravia,
               quejosa de que el cabello
               crecido y trenzado traiga,
               y por eso no ha querido
               brotar, Teodoro, en mi cara
               aquella primera seña
               que a la juventud esmalta.
               Dejemos en este estado
               la desdicha de que haya
               crecido un hombre a no más
               que a crecer, sin que le haga
               pasaje la edad a que
               a ver sus iguales salga;
               y vamos a otro suceso,
               cuya novedad extraña,
               criándola como me crían,
               nunca ha salido del alma.
               Serafina, que hoy de Ursino
               es princesa propietaria,
               vencido el pleito, de que
               tú fuiste parte contraria,
               pues de Federico amigo,
               ayudaste sus instancias,
               cuya ojeriza te tiene
               sin tu familia y tu casa,
               y confiscada tu hacienda,
               desterrado de tu patria,
               a besar la mano al César,
               que en esta ocasión se hallaba
               en Milán, porque viniendo,
               llamado de la arrogancia
               del esgüízaro rebelde,
               dar quiso una vuelta a Italia,
               pasó a vista de Belflor,
               adonde mi madre trata,
               por deudo o por amistad,
               aquella noche hospedarla.
               Vila, Teodoro, y vi en ella
               la beldad más soberana
               que pudo en su fantasía,
               lámina haciendo del aura,
               del pensamiento colores,
               jamás dibujar la varia
               imaginación de quien
               piensa en lo que a ver no alcanza;
               si ya no es que, como era
               mi pecho una lisa tabla
               en quien amor no había escrito
               ningún mote de sus ansias,
               sin ser menester borrar
               líneas de primera estampa,
               pudo escribir fácilmente,
               y escribió:  "Muera quien ama."
               Apenas besé su mano
               cuando mi madre me manda
               retirar, por dar lugar
               a que descanse en la cama.
               Tan breve fue la visita
               que pienso que, si tornara
               a verme, no era posible
               que me conociese.  ¡Oh cuánta
               debe, Teodoro, de ser
               la no medida distancia
               que hay desde el ver al mirar!
               Dígalo el que viendo pasa
               o el que mirando se queda;
               pues siendo una cosa entrambas,
               uno esculpe en bronce duro
               y otro imprime en cera blanda.
               Tan triste salí y tan ciego
               de haberla visto y dejarla
               que, curiosamente osado,
               dando la vuelta a una cuadra
               que a su hospedaje salía,
               a la breve luz escasa
               de la llave de la puerta
               falseó mi vista las guardas.
               De sus prendidos adornos
               fue despojando bizarra
               el cabello y, viendo yo
               que a cada flor que quitaba
               iba quedando más bella,
               dije:  "Sin duda es avara
               la hermosura allá en el mundo,
               pues sobre perfección tanta,
               pidiendo ayuda al aliño,
               pide lo que no le falta."
               Apenas él se vio libre
               de trenzas y de lazadas,
               cuando empezó a desmandarse
               por el cuello y por la espalda.
               Perdone esta vez Ofir,
               peinado monte de Arabia,
               porque esta vez no han de hilarse
               sus hebras en sus entrañas.
               De negro azabache era
               ondeado golfo, y con tanta
               oposición por la nieve
               o se encoge o se dilata
               que, cuando la blanca mano
               en crencha al lado le aparta,
               jugando siempre el dibujo
               de la frente a la garganta,
               de ébano y marfil hacía
               taracea negra y blanca.
               A fácil prisión reduce
               una cinta la arrogancia
               de aquel desmandado vulgo,
               tras cuya acción se levanta
               con tal gala que no era
               para quedarse sin gala.
               Lo que dijera no sé
               de una pollera que a gayas,
               siendo primeravera de oro,
               brotaba flores de plata.
               No sé (¡ay Dios!) lo que dijera
               de un guardapié que guardaba
               no sé qué cendal azul,
               no sé qué rasgo de nácar,
               de cuyos jazmines era
               botón un átomo de ámbar,
               si no fueras tú (¡ay de mí!)
               Teodoro, el que me escucharas.
               Que canas y dignidad
               de maestro me acobardan,
               y no suenan bien verdores,
               donde hay dignidad y canas.
               Y así diré solamente
               que, apenas se vio acostada,
               cuando sirviendo la cena
               de mi madre las crïadas,
               dejándome con la noche,
               ella se fue con el alba.
               Cómo quedé no te digo;
               tú que lo imagines basta;
               pues eres testigo fiel
               de mis repetidas ansias.
               Muriérame de tristeza
               si en un acaso no hallara,
               para engañar al dolor,
               tan pequeña circunstancia
               como fue que, hablando della
               mi madre, dijo una dama:
               "No era mala la princesa
               para hija."  A que recatada
               respondió con falsa risa:
               "¡Quién con la piedra encontrara
               filosofal del amor!
               ¡Que a fe que no fuera falsa!"
               ¡Qué bien contento es un triste!
               Pues, cuando de darle tratan
               algún alivio a su pena,
               cualquiera cosa le basta.
               Dígolo porque sobró,
               dicha sola una palabra,
               para que yo no muriese,
               a cuenta desta esperanza.
               Pero aun este breve alivio
               ya de entre manos me falta,
               pues ya sé (la culpa tuvo
               leer tú en público la carta)
               que a Serafina pretenden
               cuantos príncipes Italia
               tiene, a cuyo efecto es toda
               su corte saraos y danzas,
               máscaras, justas, torneos,
               en que todos se señalan,
               porque, celoso de todos,
               muera en mi desconfianza.
               Mil veces me hubiera huido
               desta prisión que me guarda,
               si presumiera de mí
               que yo pudiera agradarla.
               Mas ¿dónde he de ir si, criado
               entre meninas y damas,
               sé de tocados y flores
               más que de caballos y armas?
               ¡Mal haya, no el amor digo
               de mi madre, mas mal haya,
               dejando en salvo su amor,
               de su amor la circunstancia!
               Pues ella, para que tema
               verme en público, me ata
               las manos.  Ésta es mi pena,
               éste mi dolor, mi ansia,
               mi tristeza, mi desdicha,
               mi mal, mi muerte y mi rabia.
TEODORO:       De todo cuanto me has dicho
               no he de responderte a nada,
               sino a aquel punto no más
               que tocaste, en que yo, a causa
               de amigo de Federico,
               ausente estoy de mi patria.
CÉSAR:         Pues ¿qué me importa a
mí
               eso?
TEODORO:            El todo de tu esperanza.
CÉSAR:         ¿Cómo?
TEODORO:                  Como interesado
               soy en que tú a Ursino vayas;
               pues si por dicha lograses
               tú el fin de dicha tan alta,
               templará tu casamiento
               de Serafina la saña,
               y yo volveré a vivir
               con mi familia y mi casa.
CÉSAR:         Supongo que tú me ayudes
               a que desta prisión salga;
               ¿qué he de hacer yo en el concurso
               de tantos como la aman,
               si apenas los nombres sé
               de lo que es tela o es valla?
               Y si la verdad confieso,
               sólo el pensarlo me espanta;
               que no en vano a la costumbre
               todos en el mundo llaman
               segunda naturaleza.
TEODORO:       Mira, amor vuela con alas
               ocultamente; y así
               nadie ve por dónde anda.
               Esto es decirnos que siempre,
               con sus elecciones varias,
               tal vez le agrada lo fiero,
               tal vez lo hermoso le agrada,
               tal le complace lo altivo,
               y tal lo altivo le cansa.
               Siendo así, no desconfíes,
               que tu hermosura y tu gracia
               y más, si es que alguna vez
               donde ella lo escuche cantas,
               podrá ser que la enamores
               más por las delicias blandas
               que esotros por los estruendos.
               Angélica lo declara;
               hermoso quiso a Medoro
               más que a Orlando altivo.  Trata
               de enamorarla tú el gusto,
               podrá ser que, si es que alcanza
               más lo bello en los festines
               que lo fiero en las campañas,
               lo que una Angélica hizo
               una Serafina haga.
               Vente conmigo, que yo
               te pondré en Ursino casa.
               Tu madre, viéndote allá,
               es preciso que te valga
               de todos los lucimientos.
               Y pues que la edad te salva
               de torneos y de justas,
               apela para las galas,
               el ingenio y la belleza;
               y cuando no logres nada
               ¿en qué peor estado entonces
               te hallarás que el que hoy te hallas?
CÉSAR:         Dices bien, y las acciones
               que tocan en temerarias
               no se han de pensar; y así
               ¿cuándo quieres que me vaya?
TEODORO:       Esta noche; y pues yo tengo
               llave que a tu cuarto pasa,
               abierto estará; teniendo
               puesta en la sirga una barca
               que el Po abajo nos conduzca
               a la quinta en que hoy se halla
               Serafina, en tanto que
               la ruina del cuarto labran.
CÉSAR:         Sola una dificultad
               resta ahora, para que salga.
TEODORO:       ¿Qué es?
CÉSAR:                 Que es preciso que pase
               por delante de la cama
               de mi madre; y si me ve
               salir, es fuerza la haga
               novedad.
TEODORO:               ¿No habrá un disfraz
               con que, a aquella luz escasa
               que la queda, no conozca
               que tú seas el que pasa?
CÉSAR:         Sí; y el disfraz ha de ser...
TEODORO:       ¿Qué?
CÉSAR:                Que a la dama de guarda
               que duerme allí, quitaré...

Dentro

VOZ: ¡César! CÉSAR: Mi madre me llama. TEODORO: Responde, porque no entienda de nuestro secreto nada. CÉSAR: Pues adiós. TEODORO: ¿En qué quedamos? CÉSAR: En que saldré, aunque me haga injuria el disfraz que pienso. TEODORO: Antes viene bien la traza, para que no te conozcan, aunque en tus alcances vayan. CÉSAR: Pues espérame; y adiós. TEODORO: En vela mi amor te aguarda. CÉSAR: ¡Oh quiera el cielo que logre mi amor por ti esta esperanza! TEODORO: ¡Oh quiera el cielo que vuelva por ti yo a gozar mi patria!

Vanse. Salen SERAFINA, LAURA y CLORI

LAURA: Ya que tus melancolías te traen al campo, señora, no llores con el aurora, pues hay alba con quien rías. SERAFINA: Mal de las tristezas mías el pesar podrá aliviar risa o llanto. CLORI: Eso es mostrar que no hay ni puede haber a quien dé vida el placer, si a ti te mata el pesar. SERAFINA: ¿Por qué? CLORI: Porque, si tu estrella, señora, a verte ha llegado tan ilustre por tu estado, por tu perfección tan bella, y tú formas queja della, ¿quién con la suya estará contenta? SERAFINA: Más que me da mi estrella, Clori, me quita quien hacerme solicita certamen de amor; y ya que apuras mi sentimiento, ¿qué importa que celebrada viva en mi estado, adorada de uno y otro pensamiento, si al interés sólo atento vino a servirme el más fino, siendo el estado de Ursino la dama que adora fiel, pues cuando estaba sin él ninguno a mis ojos vino? ¿Por qué ha de pensar, me di, el que hoy miras más postrado que valgo yo por mi estado lo que no valgo por mí? ¿Quieres ver si esto es así? El día que se abrasó mi palacio, ¿cuál llegó desos amantes a darme vida? ¿Cuál, para librarme, a las llamas se arrojó? ¡Bueno es que, estando servida de tantos príncipes, fuese un hombre vil quien me diese a vista de todos vida! Y ser vil, es conocida cosa, pues se contentó con la joya que llevó, como si yo no le hubiera de pagar de otra manera el socorro. LAURA: En eso no puedes tu queja fundar; que a tus umbrales primero estaría. SERAFINA: Ahora quiero a nueva queja pasar. ¿Por qué otro había de estar a mis umbrales? Mal sales con la razón que los vales; que eso antes es ofendellos; porque yo pensaba que ellos dormían a mis umbrales. Con que de todos quejosa y de ninguno agradada, me huelgo ver dilatada aquella lid amorosa, por si en tanto que reposa en quietud el ardimiento, tregua hace mi sentimiento al ver que en su competencia ha de hacer la conveniencia, y no el gusto, el casamiento.

Sale CARLOS

Las manos blancas no ofenden part 4

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Electronic text by Vern G.Williamsenand J T Abraham

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