Last updated July 6, 1997

                 No me quiero detener
                 en pintar los lucimientos,
                 bordados, joyas y galas
                 de damas y caballeros;
                 porque me está dando priesa
                 el más extraño suceso
                 que oísteis jamás.  Y así baste
                 decir que, como entre sueños
                 pasó el festín y la noche
                 quedó en su común silencio,
                 yo, que saqué dél conmigo,
                 sin saberlo yo, en mi pecho...
                 un cuidado iba a decir,
                 y no es cuidado; un deseo,
                 y no es deseo tampoco;
                 un afecto, y no es afecto;
                 un agrado, y no es agrado;
                 un tormento, y no es tormento;
                 un no sé qué... ahora lo dije;
                 pues no sé lo que es, supuesto
                 que miento, si digo gusto,
                 y si digo pesar, miento;
                 tan nuevo huésped del alma
                 que, aposentándole dentro
                 della, aun ella no sabía
                 si era tristeza o contento.
                 Con este enigma, que aun hoy
                 ni le descifro ni entiendo,
                 a las puertas del palacio
                 me quedé absorto y suspenso,
                 sin saber adónde irme
                 (mas ¿qué mucho, si violento
                 estuviera en otra parte,
                 pues ya era aquélla mi centro?),
                 cuando a no pequeño espacio
                 escucho decir al eco
                 en desacordadas voces
                 de mal formados acentos:
                 "¡Fuego!"  No hube menester
                 segundo informe, supuesto
                 que, para saber adónde,
                 fue oírle y verle tan a un tiempo
                 que llegó a mí tan veloz
                 la llama como el estruendo.
                 El cuarto de Serafina
                 era el que en breve momento
                 de alcázar pasó a volcán,
                 de palacio a Mongibelo.
                 Toda su fábrica hermosa,
                 ruina del voraz incendio,
                 pirámide era de humo,
                 tan alta que los reflejos
                 de sus erradas centellas,
                 con presunción de luceros,
                 a pesar del viento, ardían
                 de esotra parte del viento.
                 Mal hubiese el aparato,
                 mal hubiese el lucimiento
                 de tanta encendida antorcha
                 como le adornó primero;
                 pues, descuidada pavesa
                 del abrasado festejo
                 el asunto dio al acaso
                 y a mí el asunto y el riesgo.
                 Pues, como más desvelado
                 o más cercano, creyendo
                 que en otro incendio llevaba
                 perdido a cualquiera el miedo,
                 me arrojé a entrar y, pasando
                 del hidrópico elemento
                 las ya destroncadas ruinas,
                 con que voraz y sediento
                 hacía iguales desperdicios
                 de lo precioso y lo bello,
                 sin que aquí al oro, allí al jaspe
                 tuviese su [s]ed respeto,
                 sin que respeto tuviese
                 su hambre aquí al pulido aseo           
                 ni allí al precioso menaje,
                 abrasando y consumiendo
                 desde el dorado artesón
                 al chapeado pavimiento,
                 aquí estudios del telar
                 y allí del pincel desvelos,
                 "¡Cielos, piedad!" una voz
                 en desmayado lamento
                 dijo, cuyo boreal norte
                 me dio en una cuadra puerto,
                 donde Serafina hermosa,
                 casi en el último aliento
                 de su vida, sin sentido,
                 duraba con sentimiento.
                 Ni bien desnuda, ni bien
                 vestida estaba; que a medio
                 traje debió de cogerla
                 el sobresalto y, queriendo
                 escapar, fue de la fuga
                 rémora el desmayo.  ¡Ah, cielos,
                 y quién supiera pintarla!
                 Pero aun contado no quiero,
                 cuando ella se está abrasando,
                 estarme yo discurriendo.
                 Con ella cargué en los brazos
                 y, Eneas de amor, rompiendo
                 canceles de fuego y humo,
                 salí al primer patio, a tiempo
                 que ya la lloraban muerta
                 los que, así como la vieron,
                 quitándola de mis brazos,
                 cuidaron de su remedio,
                 albergándola en la casa
                 de un anciano caballero,
                 sin que de mí ni mi acción
                 hiciese ninguno dellos
                 caso.  Mas ¿qué acción de pobre
                 se ha agradecido más que esto?
                 ¿Quién creerá que a quien me quita
                 estado, lustre y aumento
                 diese la vida?  Mas ¿quién
                 no lo creerá, si, acudiendo
                 ahora a desdoblar la hoja
                 que dejé, a confesar llego
                 que es la causa su hermosura
                 y no el aborrecimiento 
                 del padre, para que echase 
                 a Lisarda de mi pecho?
                 Diga del primer amor
                 lo que quisiere el más cuerdo;
                 que, en llegando a ver segundo,
                 siempre al segundo me atengo.
                 Quien me acuse de mudable
                 meta la mano en su pecho,
                 y verá cuántos cariños
                 de ayer son hoy cumplimientos.
                 En demanda, pues, de tanta
                 dicha como me prometo
                 o de la locura mía
                 o de su agradecimiento,
                 ya que dilató este acaso
                 saraos, justas y torneos,
                 prevenido, como pude,
                 de créditos y dineros,
                 galas, armas y caballos,
                 declarado amante vuelvo
                 a festejarla y servirla,
                 no sin esperanza, puesto
                 que, para que me conozca
                 dueño de su vida, llevo
                 una seña en esta joya
                 que, al quitármela del pecho,
                 la quité del pecho yo
                 para testigo y acuerdo
                 de mi acción.  Fundado en ella
                 y en mi sangre, que en efecto
                 si arde sin fuego, quizá 
                 arderá mejor con fuego,
                 he de obligarla.

Salen LISARDA, y quítale la joya, y NISE

LISARDA: No harás, ingrato. FEDERICO: ¿Qué es lo que veo? LISARDA: Que si no hay otro testigo de la deuda en que la has puesto, sino esta joya, esta joya no lo será ya.

Hace que la arroja

FEDERICO: ¿Qué has hecho, tirana? LISARDA: Arrojar al Po ese traidor instrumento de mi agravio; que, si a ti favoreció un elemento, a mí otro: llévese el agua lo que a ti te trajo el fuego. FEDERICO: ¡Oh, mal haya la atención de obligaciones que han puesto lazos al noble en las manos para no vengar despechos de mujer! Que ¡vive Dios! que, a no mirar que me ofendo más a mí que a ti, no sé lo que hiciera, al ver que pierdo la mejor prenda del alma! Mas yo amaré tan atento, yo idolatraré tan fino, yo serviré tan sujeto que no me haga falta. Y pues oíste lo que pretendo en este papel dorarte, más que de fino, de cuerdo, toma el papel a pedazos;

Rómpele

que más disculpa no quiero ya contigo; y pues el agua hoy te ha vengado del fuego, busca también quien te vengue de los átomos del viento. -- ¡Patacón!

Sale PATACÓN

PATACÓN: Bien podría hallarte yo allá, estando tú acá dentro. FEDERICO: ¿Está ya dispuesto todo? PATACÓN: Todo está, señor, dispuesto. FEDERICO: Pues llega la posta, y vamos. -- Adiós, Fabio. -- Y tú, áspid fiero, quédate; que, a no más ver de tu hermosura me ausento.

Vase FEDERICO

PATACÓN: Nise, adiós. Y en esta ausencia una cosa te encomiendo, aforrada della. NISE: ¿Qué es? PATACÓN: Casta, no casta. NISE: Ya entiendo.

Vase PATACÓN

FABIO: Bien pudiera yo vengarme, Lisarda, de tus desprecios con tus desprecios; mas es noble mi amor y no quiero que tus sentimientos sean despique a mis sentimientos; y así llóralos sin mí; porque al verte llorar, temo que a alguna ruindad me obliguen o mis celos o tus celos.

Vase FABIO

LISARDA: ¿Quién en el mundo se vio en igual desaire? Pero ¿cómo cobarde me aflijo y no animosa me vengo? NISE: ¿Qué venganza has de tener de hombre tan ruin y grosero como ha andado? ¿Éste era el fino? ¿Éste el rendido, el atento? ¡Ah, fuego de Dios en todos! LISARDA: No sé; mas sí sé, pues tengo esta joya en que fundar mis engaños. NISE: ¿Cómo es eso? Pues ¿no la arrojaste al río? LISARDA: No; porque el fin previniendo de que me podía servir, otra que tenía en el pecho arrojé, con que sus señas pudo desmentir el viento. Y pues lo que en un instante previne sucede, ¡ea, ingenio! a nueva fábula sea mi vida asunto; que, puesto que de celosas locuras están tantos libros llenos, no hará escándalo una más. NISE: ¿Qué intentas? LISARDA: ¿Desde el primero oriente mío no fui víbora, pues que naciendo la vida costé a mi madre? ¿Mi padre entre los estruendos de Marte no me crïó, por no dejarme a los riesgos de los bandos gebelinos, siendo él campeón de los güelfos? ¿Segunda naturaleza la costumbre no me ha hecho tan varonil que la espada rijo y el bridón manejo? ¿Hoy, apagados los bandos, por ir al César sirviendo, en Milán no me dejó encargada a Filiberto, su hermano? ¿Él en esta ausencia también (¡ay de mí!) no ha muerto, con que estoy libre? ¿Mi primo, el príncipe de Orbitelo, a quien su madre ha criado, sin que le haya visto el pueblo, entre sus damas, no es un hermoso joven bello, en cuyo labio la edad aun no dio el perfil primero de la juventud? ¿No van a Ursino amantes diversos de Serafina? NISE: Sí. LISARDA: Pues haz de todo esto un compuesto, y sígueme, sin que pongas objeción a mis intentos; que, si no hubiera extrañeza en los humanos afectos, la admiración se quedara inútil al mundo; puesto que no hubiera que admirar maravillas y portentos de un hombre con desengaños y de una mujer con celos.

Vanse

Salen dos damas con instrumentos, y TEODORO, viejo

TEODORO: ¿Traéis instrumentos? DAMA 1: Sí. TEODORO: Pues para aliviar su triste pena, en tanto que se viste, podéis cantar desde aquí, ya que experiencia tenemos que nada pasión tan fuerte, sino el canto, le divierte. DAMA 1: ¿Qué tono, Flora, diremos? DAMA 2: El de Aquiles, cuando está sirviendo a Deidamia; pues su letra otras veces es la que más gusto le da. TEODORO: Cantad, y sea el que fuere, pues a música inclinado, el cielo en ella le ha dado tanta gracia que prefiere a las aves; y podría ser que, como os escuchase, cantando él también, templase tan grave melancolía.

Cantan

DAMAS: "De Deidamia enamorado, hermosísimo imposible, en infantes años tiernos estaba el valiente Aquiles."

Sale CÉSAR vistiéndose

CÉSAR: ¿De Deidamia enamorado, hermosísimo imposible, en infantes años tiernos estaba el valiente Aquiles?

Canta

"¡Ay de mí, triste, que mi vida estas voces me repiten!"

DAMAS: "Tan rendido a sus pasiones, felices ya, ya infelices, que a gusto del pesar muere, y a pesar del gusto vive."

CÉSAR: ¿Tan rendido a sus pasiones, felices ya, ya infelices, que a gusto del pesar muere, y a pesar del gusto vive?

Canta

"¡Ay de mí, triste, que mi vida estas voces me repiten!"

DAMAS: "Tetis, su madre, temiendo que entre dos muertes peligre, la guerra que la amenaza y la pasión que le aflige, porque una no sepa dél y otra su dolor alivie, para que sirva a Deidamia traje de mujer le viste."

CÉSAR: ¿Para que sirva a Deidamia traje de mujer le viste?

Canta

"¡Ay de mí, triste, que mi vida estas voces me repiten!"

Callad, callad; que parece que el tono y letra que oí, no por Aquiles, por mí se hizo; pues en él me ofrece no sé qué sombras la idea que presumo que soy yo quien en mujer transformó su madre; pues que desea que, entre mujeres crïado, de Marte el furor ignore, y melancólico llore las amenazas del hado, sin que a mi dolor penoso alivie el daño; pues dél sólo me da lo crüel y me niega lo piadoso. Pues ya que como mujer, contra mi ambición altiva, quiere que encerrado viva, pudiera también hacer que como mujer sirviera a otra más bella, más rara Deidamia, de quien gozara sólo la vista siquiera. Y puesto que mis tormentos tanto me ahogan, callad, y para siempre arrojad o romped los instrumentos; que no quiero, cuando yo lloro un oculto pesar, oír cantar, por no cantar. TEODORO: ¿Esto no te agrada? CÉSAR: No. TEODORO: Pues ¿de cuándo acá, si el cielo de tal gracia te ha dotado que a tus voces se han parado los pájaros en su vuelo, la aborreces, siendo así que sólo el canto solía templar la melancolía? CÉSAR: Desde que reconocí que él la templaba, no quiero, Teodoro, usar dél; que es tal mi mal que sólo en mi mal me alivia el ver que dél muero. Y así dejadme morir, sentir, padecer, penar. ¿Qué tono como llorar? ¿Qué letra como gemir? TEODORO: ¿Es posible que de mí no te fiarás, pues he sido yo el que solo te ha servido, criado y enseñado? CÉSAR: Sí. De ti me quiero fïar. --

A las damas

Salíos las dos allá fuera.

Vanse las damas

CÉSAR: Oye la piedad primera que me debe mi pesar:

Las manos blancas no ofenden part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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