Last updated July 5, 1997


LAS MANOS BLANCAS NO OFENDEN


Personas que hablan en ella:


PRIMERA JORNADA


Salen LISARDA y NISE con mantos, y PATACÓN, vestido de camino

LISARDA: ¿Cuándo parte tu señor? PATACÓN: Dentro de un hora se irá. LISARDA: ¿No sabré yo dónde va? PATACÓN: Aunque arriesgara el temor de su enojo, lo dijera, a saberlo, te prometo, o por no guardar secreto o por temer de manera tu condición siempre altiva que estoy temiendo, y no en vano, cuando aquesta blanca mano, por blanca que es, me derriba dos o tres muelas siquiera, como si tuviera yo culpa en que se vaya o no. LISARDA: ¿Tras el ausencia primera, de que aun hoy quejosa vivo, segunda ausencia previene? PATACÓN: ¿Qué le hemos de hacer, si tiene espíritu ambulativo? El no puede estar parado. NISE: Para reloj era bueno. PATACÓN: Y aunque más se lo condeno, es a ver tan inclinado que, solamente por ver, de una en otra tierra pasa, siempre fuera de su casa. NISE: Malo era para mujer. PATACÓN: Pues nada a ti te pregunto, calla, Nise; que es en vano querer de mi canto llano echarle tú el contrapunto. NISE: Pues yo ¿qué digo? LISARDA: Dejad los dos tan necia porfía, como veros cada día opuestos; que es necedad insufrible; y dime (¡ay cielo!) ¿dónde Federico está ahora? PATACÓN: Mientras que va disponiendo mi desvelo maletas y postas, él salió; no sé dónde ha ido. LISARDA: Pues ya que a verle he venido donde mi pena crüel, si algún alivio me deja, a vista de olvido tanto, sin que yo sepa qué es llanto, llegue él a saber qué es queja. Búscale y dile que aquí estoy. PATACÓN: Yo lo buscaré, bien que dónde está no sé. Mas Fabio, que viene allí, quizá lo dirá. LISARDA: Aunque Fabio no importara que me viera, y vengar en él pudiera con un agravio otro agravio, con todo, en la galería que cae sobre el Po, le espero retirada; que no quiero dar a la desdicha mía otro testigo. PATACÓN: ¡Detente! LISARDA: ¿Por qué? PATACÓN: Porque en esta parte esconderte hoy o taparte tiene un grande inconveniente. LISARDA: ¿Y qué es? PATACÓN: Que algún entendido que está de puntillas puesto no murmure que entra presto lo tapado y lo escondido; y, antes de ver en qué para, diga, de sí satisfecho, que este paso está ya hecho. LISARDA: En que entra Fabio repara, y no quiero que me vea. NISE: Tápate, y vente a esconder.--

A PATACÓN

Y tú puedes responder, pues que yo no sé quién sea, que si tapada y cubierta es fácil haga otro tanto, que yo le daré este manto, y aquí se queda esta puerta.

Escóndense las dos

PATACÓN: Aunque a estorbaros me aplico, no puede mi condición conseguirlo.

Sale FABIO

FABIO: Patacón, ¿adónde está Federico? PATACÓN: A buscarle voy; aguarda aquí. (¡Quiera Dios le halle, Aparte para que pueda avisalle adónde queda Lisarda!) FABIO: (Loco pensamiento mío, Aparte no te quejarás de mí, porque no fíe de ti el mal que de mí no fío; pues cuando pedir pudiera albricias de que hoy se va quien tantos celos me da con la más hermosa fiera destos montes y estos mares, no permite mi esperanza que tome tan vil venganza, a costa de los pesares de la ausencia de un amigo, a quien ofendió el deseo. Y pues a callar me veo obligado, ni aun conmigo lo he de hablar; séllese el labio, y quien alivio no espera sufra, calle, gima y muera.)

Sale FEDERICO con un papel

FEDERICO: Pues ¿no me avisarais, Fabio, que estabais aquí? FABIO: Ya fue a buscaros Patacón. FEDERICO: Ociosa es su pretensión, si va a otra parte, porqué en esa cuadra escribiendo a Lisarda este papel estaba, diciendo en él cómo ausentarme pretendo, por decirla algo . . . LISARDA: (¡Ay de mí!) FEDERICO: . . . a un negocio que ha importado para el pleito de mi estado. LISARDA: (¿Haslo oído, Nise?) NISE: (Sí. Por decirte algo, te escribe no más.) LISARDA: (¡Ah, tirano!) FABIO: Pues, ¿esa la causa no es de la ausencia? FEDERICO: No; que hoy vive tan muerta la pretensión como viva otra esperanza, cuya vana confïanza es imán del corazón. Tras ella voy, sin saber si la he de perder o hallar. Tened lástima a un pesar, que el buscarle es su placer. FABIO: No me atrevo a preguntaros nada; que no he de inquirir lo que no queráis decir. Sólo he venido a buscaros para saber en qué puedo en esta ausencia serviros, y dónde podré escribiros. FEDERICO: De queja tan cuerda quedo advertido; y porque no se agravie nuestra amistad de mi silencio, notad la causa que me obligó a volver; veréis si es mucha. LISARDA: (Escucha con atención.) NISE: (Bueno es que él la relación haga y digas tú el "escucha.")

FEDERICO: Ya sabéis que yo de Ursino había nacido heredero, si el cielo no me quitara lo que me había dado el cielo; pues siendo así que Alejandro, de Ursino príncipe y dueño, siendo hermano de mi padre y habiendo sin hijo muerto, me tocaba, por varón, de aquel estado el gobierno, o mi desdicha o mi estrella o mi fortuna ha dispuesto que Teodosio, emperador de Alemania, a quien por feudo toca la elección, por ser colonia del sacro imperio, a mi prima Serafina, que en infantes años tiernos quedó, por muerte del padre, en posesión haya puesto, como inmediata heredera, bien que a salvo mi derecho del último poseedor. Mas ¿para qué ahora os cuento lo que sabéis? Pues sabéis que nos hallamos a un tiempo, ella princesa de Ursino y yo el más pobre escudero de su casa; cuya instancia ocasión fue de no habernos visto los dos desde entonces; que aquel hidalgo proverbio de "pleitear y comer juntos" sólo para dicho es bueno; porque no sé cómo pueden avenirse dos afectos conformes al trato, estando a la voluntad opuestos. Con este pesar, por no decir, con este despecho, que a un ánimo generoso nada ha de quitarle el serlo, viví ocioso cortesano de Milán, adonde, expuesto a los desaires de pobre, anduve siempre, os prometo, vergonzoso, siempre triste, melancólico y suspenso; que no hay estado en el mundo (perdonen cuantos nacieron atareados a su afán) peor que el de pobre soberbio; hasta que, pensando un día en qué pudiera ser medio a mis tristezas, que fuera lícito divertimiento, vine a dar (fuese locura o inclinación, que no quiero poner en razón ideas de un ocioso pensamiento, que doméstico enemigo alimentaba yo mesmo) en que el vivir ignorado sería el mejor acuerdo, llevando mis vanidades engañadas por diversos rumbos; que necesidad a solas tiene consuelo, pero con testigos no. Mas ¡qué recibido yerro, no sentir verla y sentir ver que vean que la tengo! Esta, pues, locura, dije antes y a decirlo vuelvo ahora, a ausentarme, Fabio, me persuadió; a cuyo efecto pedí licencia al cariño que tuve a Lisarda un tiempo, bien que a pesar del rencor de su padre; porque siendo en estos bandos de Italia yo Gebelino y él Güelfo, declarados enemigos fuimos siempre. ¿Quién vio, cielos, en la familia de una alma vivir de puertas adentro en un lecho y a una mesa amor y aborrecimiento? Deste, pues, ceño heredado, en el litigado pleito se vengó de mí, no como debió un noble; pues habiendo dejado en Milán su hija al abrigo de unos deudos que en esta ausencia han faltado, por gozar no sé qué sueldos del César, pasó a Alemania, donde, a Serafina afecto más que a mí, favoreció su partido. Pero esto no es del caso; y así vamos a que, a ausentarme resuelto, pedí licencia al cariño que tuve. Advertid, os ruego, pues hablo con vos, y no puede Lisarda saberlo, que deciros que le tuve no es deciros que le tengo, sin que por esto tampoco penséis que el mudar de afecto nace de aquella ojeriza. Y así aquí la hoja doblemos; que, para acudir a todo, yo la desdoblaré presto. Salí, Fabio, de Milán solamente con intento de complacer el capricho de mis locos devaneos; pero apenas vi las cuatro cortes de nuestro emisferio, a quien parece que miran afables cuatro elementos (pues Nápoles, toda halagos, e[s] blanda región del viento; toda montes Roma, es de la tierra fértil centro; toda mar Venecia, de agua población; y toda fuego Sicilia, abrasada esfera) cuando los ojos volviendo a mis sentimientos, vi no enmendar mis sentimientos la vaguedad de mi vida; pues antes iban creciendo con la hermosa variedad de tanto glorioso objeto; y así traté de volverme, que nunca duran más que esto veletas que sólo están contemporizando al viento; si bien otro intento, Fabio, fue causa, pues fue el intento, rematando con las ruinas de mi poca hacienda, expuesto a hacerme yo mi fortuna, irme a la guerra que veo que los alemanes rompen con los esgüízaros. Pero ¿qué más guerra que un cuidado, más asalto que un deseo, más campaña que un amor, ni más arma que unos celos? Celos dije, y amor dije; pues para que veáis si es cierto, aquí haced punto, que aquí os he menester atento. Volviendo, pues, a Milán, hube de tocar en pueblos del principato de Ursino, y hallélos todos envueltos en públicas alegrías, bailes, músicas y juegos. Pregunté la causa y supe que era haber cumplido el tiempo de su pupilar edad Serafina, y que el consejo, que había hasta allí gobernado en forma de parlamento, a otro día la ponía en posesión del gobierno, con calidad que en un año hubiese de elegir dueño que los rigiese, por no estar a mujer sujetos. A este efecto hacía el estado regocijos y a este efecto cuantos príncipes Italia tiene, a su hermosura atentos más que a su estado (¿qué mucho, si la hermosura es imperio que se compone de tantos vasallos como deseos?), procuraban festejarla, siendo de todos primero acreedor de tanta dicha don Carlos Colona, excelso príncipe de Bisiniano, que en los comunes festejos tiene el primero lugar. Aténgome a su derecho, porque está muy adelante el que por casamentero tiene al vulgo, y muy atrás quien tiene de un vulgo celos. Añadióse a esta noticia que Carlos, fino y atento, un torneo de a caballo mantenía, defendiendo que ninguno merecía ser de Serafina dueño. Quien defiende una verdad muy poco le debe al riesgo. Yo no sé con qué ocasión, pues antes debiera cuerdo hüir, Fabio, sus aplausos para huir mis sentimientos, entré en deseo de ver la novedad del torneo, y fui a la corte de Ursino; mas ¡qué sin vista, qué ciego sigue el dictamen del hado un infeliz, no advirtiendo dónde está el daño ni dónde está el favor! Porque el cielo, que con letras de oro tiene en campo azul sus decretos ya iluminados, no hace caso del discurso nuestro; y así el mal y el bien se vienen sucedidos ellos mesmos. Dígolo porque, llegando disfrazado y encubierto de noche, hallé la ciudad hecha humano firmamento. Los horrores de las sombras con las máquinas del fuego desdén hicieron del día. Perdone el sol, si me atrevo a decir que, si duraran los materiales reflejos de tanto esplendor, la aurora misma no le echara menos; pues naciendo no podía darla más luz que muriendo. De una en otra calle, pues, con vista vagueando a tiento, al palacio llegué, adonde también informado advierto que hacía un público sarao las vísperas del torneo, que había de ser a otro día. Aquí, entre la gente envuelto más común, llegué al salón, donde vi en un trono excelso a Serafina. Esta vez el nombre trajo el concepto, no yo; y así permitidme decir, o vulgar o necio, que era cielo y Serafina el serafín de su cielo. Ya os dije que no la había visto desde sus primeros años; y así la objeción no será de fundamento, si dijere que fue ésta la primera vez que atento vi tan cara a cara al sol, que desalumbrado y ciego quedé a sus rayos. No sé, (si a las mejoras atiendo que hallé en su hermoso semblante) que dos manos tiene el tiempo, que una va perficionando cuando otra va destruyendo; mas bien sé (si en las acciones de un diestro pintor lo advierto, pues cuando labra estudioso alguna imagen, al lienzo arrima el tiento y descansa luego la mano en el tiento), cuando no le sale a gusto el rasgo que deja hecho, lo que la derecha pinta borra la izquierda. Esto mesmo al tiempo sucede, pues, cuando en breves años tiernos va ilustrando perfecciones, va la hermosura en aumento; pero, cuando no le sale tan a su gusto el objeto, le quita con una mano el matiz que otra le ha puesto; siendo la edad de una dama tabla en que dibuja diestro hasta cierto punto, en que, de la imagen mal contento, él mismo vuelve a ir borrando lo que él mismo fue puliendo. En toda mi vida, Fabio, vi prodigio, vi portento, vi asombro, vi admiración de igual hermosura. Pero ¿qué mucho, si en cuatro lustros no ha tenido tiempo el tiempo para que desagradado cualquier rasgo no sea acierto?

Las manos blancas no ofenden part 2

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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