CLARA: Yo haré lo que me mandáis,
que a conceptos tan corteses,
que a discursos tan galantes,
hace mal quien no obedece.
Descúbrese
HIPÓLITO: (¡Doña Clara es, vive Dios!) Aparte
CLARA: ¿Qué os admira? ¿Qué os suspende?
Yo soy; proseguid, que va
el discursillo excelente.
HIPÓLITO: Ni me suspendo ni admiro,
sino solo de que pienses
que no te había conocido
y sabido que tú eres,
pero quíseme vengar
de que salgas desta suerte
de casa, trocando el nombre.
CLARA: ¡Oh, qué anciano chiste es ése!
HIPÓLITO: ¡Vive Dios, que cuando dije
a don Luis que no viniese
tras mí, le dije quién eras!
Venga él, y si no dijere
que es verdad, castiga entonces
mis culpas con tus desdenes.
Yo voy por él y dirá...
CLARA: Todo cuanto tú quisieres.
No le llames.
HIPÓLITO: ¿Pues por qué?
CLARA: Porque es el Muñoz que miente
más que vos, del refrancillo.
HIPÓLITO: No, no; mejor es que entre
a desengañarte. (Y no es Aparte
sino que yo busco este
desahogo, con que pueda
admirarme y suspenderme
de que de una mano a otra
así una mujer se trueque).
Vase y sale don JUAN
JUAN: De toda la Florida
la esfera de matices guarnecida
celoso he discurrido,
y hallar en ella, ¡ay cielos!, no he podido
mis celos. ¿Cuándo, cielos,
se hicieron de rogar tanto los celos,
que se esconden buscados?
Mas huyen porque están ya declarados.
¿No es aquella doña Ana?
Vano es mi enojo y mi venganza vana,
pues sola la he topado.
¿Quién creerá que es tan necio mi cuidado
que me pesa de vella
no estando don Hipólito con ella?
Volverme quiero, pero ¿cómo, cielos,
podré, que son mis rémoras mis celos?
Fiera enemiga mía,
falsa sirena y enemiga harpía,
esfinge mentirosa,
áspid de nieve y rosa,
¿dónde está aquel amante
que tan firme te adora, tan constante,
porque me vengue en él de ti mi acero
y no en ti de él mi lengua?
CLARA: Caballero,
vos venís engañado
con tanta pena y tanto desenfado,
pues ocasión no ha habido
para que a mí tan necio y atrevido
me habléis, sin conocerme, con desprecio.
JUAN: Decís bien; atrevido anduve y necio.
Por otra dama os tuve,
que como a luna y sol guarda una nube,
con embozos de sol hallé una luna.
Perdonad, mi señora,
que no hablaba con vos.
Sale doña ANA
ANA: Yo puedo ahora
serviros de testigo,
pues no hablaba con vos, sino conmigo.
CLARA: Pues si con vos hablaba,
hable con vos, que aquí mi enojo acaba.
Vase
ANA: Mucho me huelgo, don Juan,
de que hayáis llegado a tiempo
que os desengañen y engañen
a vos vuestros ojos mesmos,
porque si vos padecéis
a un mismo instante los yerros,
ya es fuerza que lo creáis
como quien pasa por ellos,
pues pensar que lo que vos
creéis no puede otro creello
es hacer más advertido
al otro, y a vos más necio,
y no hay ninguno que quiera
tan mal a su entendimiento.
JUAN: ¡Oh, qué necio desengaño,
doña Ana!, pues cuando veo
que es verdad que me engañaron
mis ojos, también advierto
que el desengaño me ofende
pues tú le traes a este puesto.
Luego engaño y desengaño
todo ha sido engaño; luego
no te puedes excusar
del agravio de mis celos,
pues hoy, como del engaño
del desengaño me ofendo,
pues el engaño era agravio
y el desengaño es desprecio.
ANA: En haber venido aquí
ni te engaño ni te ofendo,
pues por ti solo he venido.
JUAN: ¿Pues pudiste tú saberlo?
ANA: No, mas pude adivinarlo
de esta manera viniendo
por hacer que te buscara
don Hipólito.
JUAN: ¿A qué efeto?
ANA: A efeto de que te diese
la satisfación él mesmo.
JUAN: ¡Oh, qué necia prevención!
Porque cuando da muy necio
el que fue segundo amante
al que fue amante primero,
de celos satisfaciones,
es cuando le da más celos.
ANA: No hagas graduación de amores,
pues no soy mujer que puedo
tener primero y segundo.
JUAN: ¡Calla, calla!, que me acuerdo
de una noche... Mas aquí,
más que yo dice el silencio.
ANA: Pluguiera a Dios las disculpas
que yo de esa noche tengo
pudiera significarte,
pero puedo, si no puedo,
con decir que soy quien soy.
JUAN: Ojalá bastara eso.
ANA: Sí bastara si me amaras.
JUAN: Porque te amo no te creo.
ANA: Pues ves aquí que en mi casa
anoche un hombre encubierto
estaba, que allí se entró...
JUAN: Di.
ANA: De la justicia huyendo,
y en efeto, enternecido
a mi llanto o a su esfuerzo,
se fue y si le vieras tú
salir de mi casa, es cierto
que pagara yo la pena
de la culpa que no tengo.
JUAN: No hiciera, cuando aquel hombre
fuera un hombre como Arceo,
que es el que anoche en tu casa
escondido y encubierto
le tuvo doña Lucía.
LUCÍA: (¡Por Dios, que me ven el juego!) Aparte
ANA: ¿Qué dices?
LUCÍA: Lo que es verdad.
ANA: ¿Hay tan grande atrevimiento?
JUAN: Pero siendo un hombre noble
el que entonces quedó muerto,
y abriendo con llave, no
entraba... Pero no quiero
pronunciallo, por no ser
víbora yo de mi aliento.
Quédate a Dios, que te guarde,
doña Ana, para otro dueño,
que son muchos desengaños
para un hombre que va huyendo.
Por esperar a don Luis
solo me voy y me quedo.
Vase
ANA: Tente, espera, escucha, aguarda.
[LUCÍA]: (¿Quién diría mis secretos?) Aparte
Sale don HIPÓLITO y atrás doña
CLARA
HIPÓLITO: No pude hallar a don Luis
en todo el Parque.
CLARA: Yo vuelvo
tras don Hipólito a ver
en qué paran sus enredos.
LUCÍA: (¡Que hubiese tan mala lengua!) Aparte
A doña ANA
HIPÓLITO: ¡Pero, vive Dios, que es cierto,
Clara, que te conocí
desde el instante primero!
ANA: No hicisteis, porque si hubierais
conocídome, sospecho
que no os debiera mi honor,
don Hipólito, estos riesgos.
[Se descubre]
Advertid que habláis conmigo.
HIPÓLITO: ¿Qué tramoya es esta, cielos?
CLARA: No hablaba sino conmigo;
como vos dijisteis puedo
decir yo, que yo también
quien hable conmigo tengo.
HIPÓLITO: ¡Vive Dios que me han cogido
por hambre las dos en medio!
ANA: Pues aunque vos me imitéis
a mí, imitaros no puedo
yo a vos, que no he de dejaros
sin averiguar primero
un engaño con los dos.
LUCÍA: (¡Que haya en el mundo parleros!) Aparte
HIPÓLITO: ¿Pues qué esperáis?
ANA: Un testigo
que ha de oírlo y ha de verlo,
y él viene ya, que esta sola
piedad al cielo le debo.
Salen don PEDRO, ARCEO y don JUAN
PEDRO: No habéis de ir de esa suerte,
ya que en el Parque os encuentro,
después que toda la noche
os busqué.
JUAN: Mirad que tengo
que hacer que me va el honor.
PEDRO: Oíd a doña Ana primero.
ARCEO: ¿Qué hay, Lucía?
LUCÍA: Parlerías.
Ya todo se sabe, Arceo.
ANA: Gracias a Dios que llegáis,
don Juan, una vez a tiempo
que mi verdad me ha informado.
Decid, doña Clara, ¿es cierto
que ayer fuistes a mi casa
de don Hipólito huyendo
y que él creyó que yo fui
la tapada?
CLARA: Sí, y queriendo
cortesanamente hacerle
una burla, escribí luego
un papel en vuestro nombre,
y en la casa de don Pedro
le fui a ver, donde pasó
lo que proseguirá él mesmo.
ANA: Con esto, don Juan, he dado
los desengaños que puedo;
el cielo en los otros hable,
pues solo los sabe el cielo.
Sale [don LUIS]
LUIS: Señor don Juan de Guzmán.
PEDRO: Peor se va poniendo esto.
ARCEO: Por Dios, que le ha conocido
don Luis, el primo del muerto.
HIPÓLITO: ¿Éste es don Juan de Guzmán?
El no conocerle siento
para haber en vuestra ausencia
hecho...
LUIS: Esperad, teneos,
que este duelo ha de vencer
la hidalguía y no el acero.
JUAN: Pudiérades esperar
a verme solo en el puesto.
LUIS: Importa que haya testigos
para lo que hacer intento.
A que fuese por espada,
que se me quebró riñendo
con vos, me disteis lugar;
si tardo, disculpa tengo,
pues por haberos escrito
este papel, me detengo:
de la causa en que soy parte
este es el apartamiento,
que si deudor de una vida
erais mío, noble y cuerdo
me la disteis; contra vos
derecho ninguno tengo.
Y si entonces no lo hice
fue porque allí, no teniendo
espada, no presumierais
que os daba el perdón de miedo,
y así os lo entrego, don Juan,
cuando en la cinta la tengo.
JUAN: No solo me dais la vida,
sino el honor, y pues viendo
estáis la dama que fue
la ocasión de este suceso,
ella os pague con los brazos
lo que con alma no puedo.
ANA: Pues con vuestras amistades
todos las nuestras hacemos.
CLARA: No hacemos, porque si ya
no tengo quien me dé celos,
no tengo a quien quiera bien.
HIPÓLITO: ¿Pues hay más de no quereros?
ANA: Arceo y doña Lucía
se casen luego al momento.
ARCEO: ¿Mas que nace el Antecristo
de Lucías y de Arceos?
JUAN: Mañanas de abril y mayo
dan fin: perdonad sus yerros.
FIN DE LA COMEDIA
Return to COMEDIA home page
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu