This file last updated May 20, 2001

CLARA:         Yo haré lo que me mandáis,
               que a conceptos tan corteses, 
               que a discursos tan galantes,
               hace mal quien no obedece.

Descúbrese
HIPÓLITO: (¡Doña Clara es, vive Dios!) Aparte CLARA: ¿Qué os admira? ¿Qué os suspende? Yo soy; proseguid, que va el discursillo excelente. HIPÓLITO: Ni me suspendo ni admiro, sino solo de que pienses que no te había conocido y sabido que tú eres, pero quíseme vengar de que salgas desta suerte de casa, trocando el nombre. CLARA: ¡Oh, qué anciano chiste es ése! HIPÓLITO: ¡Vive Dios, que cuando dije a don Luis que no viniese tras mí, le dije quién eras! Venga él, y si no dijere que es verdad, castiga entonces mis culpas con tus desdenes. Yo voy por él y dirá... CLARA: Todo cuanto tú quisieres. No le llames. HIPÓLITO: ¿Pues por qué? CLARA: Porque es el Muñoz que miente más que vos, del refrancillo. HIPÓLITO: No, no; mejor es que entre a desengañarte. (Y no es Aparte sino que yo busco este desahogo, con que pueda admirarme y suspenderme de que de una mano a otra así una mujer se trueque).
Vase y sale don JUAN
JUAN: De toda la Florida la esfera de matices guarnecida celoso he discurrido, y hallar en ella, ¡ay cielos!, no he podido mis celos. ¿Cuándo, cielos, se hicieron de rogar tanto los celos, que se esconden buscados? Mas huyen porque están ya declarados. ¿No es aquella doña Ana? Vano es mi enojo y mi venganza vana, pues sola la he topado. ¿Quién creerá que es tan necio mi cuidado que me pesa de vella no estando don Hipólito con ella? Volverme quiero, pero ¿cómo, cielos, podré, que son mis rémoras mis celos? Fiera enemiga mía, falsa sirena y enemiga harpía, esfinge mentirosa, áspid de nieve y rosa, ¿dónde está aquel amante que tan firme te adora, tan constante, porque me vengue en él de ti mi acero y no en ti de él mi lengua? CLARA: Caballero, vos venís engañado con tanta pena y tanto desenfado, pues ocasión no ha habido para que a mí tan necio y atrevido me habléis, sin conocerme, con desprecio. JUAN: Decís bien; atrevido anduve y necio. Por otra dama os tuve, que como a luna y sol guarda una nube, con embozos de sol hallé una luna. Perdonad, mi señora, que no hablaba con vos.
Sale doña ANA
ANA: Yo puedo ahora serviros de testigo, pues no hablaba con vos, sino conmigo. CLARA: Pues si con vos hablaba, hable con vos, que aquí mi enojo acaba.
Vase
ANA: Mucho me huelgo, don Juan, de que hayáis llegado a tiempo que os desengañen y engañen a vos vuestros ojos mesmos, porque si vos padecéis a un mismo instante los yerros, ya es fuerza que lo creáis como quien pasa por ellos, pues pensar que lo que vos creéis no puede otro creello es hacer más advertido al otro, y a vos más necio, y no hay ninguno que quiera tan mal a su entendimiento. JUAN: ¡Oh, qué necio desengaño, doña Ana!, pues cuando veo que es verdad que me engañaron mis ojos, también advierto que el desengaño me ofende pues tú le traes a este puesto. Luego engaño y desengaño todo ha sido engaño; luego no te puedes excusar del agravio de mis celos, pues hoy, como del engaño del desengaño me ofendo, pues el engaño era agravio y el desengaño es desprecio. ANA: En haber venido aquí ni te engaño ni te ofendo, pues por ti solo he venido. JUAN: ¿Pues pudiste tú saberlo? ANA: No, mas pude adivinarlo de esta manera viniendo por hacer que te buscara don Hipólito. JUAN: ¿A qué efeto? ANA: A efeto de que te diese la satisfación él mesmo. JUAN: ¡Oh, qué necia prevención! Porque cuando da muy necio el que fue segundo amante al que fue amante primero, de celos satisfaciones, es cuando le da más celos. ANA: No hagas graduación de amores, pues no soy mujer que puedo tener primero y segundo. JUAN: ¡Calla, calla!, que me acuerdo de una noche... Mas aquí, más que yo dice el silencio. ANA: Pluguiera a Dios las disculpas que yo de esa noche tengo pudiera significarte, pero puedo, si no puedo, con decir que soy quien soy. JUAN: Ojalá bastara eso. ANA: Sí bastara si me amaras. JUAN: Porque te amo no te creo. ANA: Pues ves aquí que en mi casa anoche un hombre encubierto estaba, que allí se entró... JUAN: Di. ANA: De la justicia huyendo, y en efeto, enternecido a mi llanto o a su esfuerzo, se fue y si le vieras tú salir de mi casa, es cierto que pagara yo la pena de la culpa que no tengo. JUAN: No hiciera, cuando aquel hombre fuera un hombre como Arceo, que es el que anoche en tu casa escondido y encubierto le tuvo doña Lucía. LUCÍA: (¡Por Dios, que me ven el juego!) Aparte ANA: ¿Qué dices? LUCÍA: Lo que es verdad. ANA: ¿Hay tan grande atrevimiento? JUAN: Pero siendo un hombre noble el que entonces quedó muerto, y abriendo con llave, no entraba... Pero no quiero pronunciallo, por no ser víbora yo de mi aliento. Quédate a Dios, que te guarde, doña Ana, para otro dueño, que son muchos desengaños para un hombre que va huyendo. Por esperar a don Luis solo me voy y me quedo.
Vase
ANA: Tente, espera, escucha, aguarda. [LUCÍA]: (¿Quién diría mis secretos?) Aparte
Sale don HIPÓLITO y atrás doña CLARA
HIPÓLITO: No pude hallar a don Luis en todo el Parque. CLARA: Yo vuelvo tras don Hipólito a ver en qué paran sus enredos. LUCÍA: (¡Que hubiese tan mala lengua!) Aparte
A doña ANA
HIPÓLITO: ¡Pero, vive Dios, que es cierto, Clara, que te conocí desde el instante primero! ANA: No hicisteis, porque si hubierais conocídome, sospecho que no os debiera mi honor, don Hipólito, estos riesgos.
[Se descubre]
Advertid que habláis conmigo. HIPÓLITO: ¿Qué tramoya es esta, cielos? CLARA: No hablaba sino conmigo; como vos dijisteis puedo decir yo, que yo también quien hable conmigo tengo. HIPÓLITO: ¡Vive Dios que me han cogido por hambre las dos en medio! ANA: Pues aunque vos me imitéis a mí, imitaros no puedo yo a vos, que no he de dejaros sin averiguar primero un engaño con los dos. LUCÍA: (¡Que haya en el mundo parleros!) Aparte HIPÓLITO: ¿Pues qué esperáis? ANA: Un testigo que ha de oírlo y ha de verlo, y él viene ya, que esta sola piedad al cielo le debo.
Salen don PEDRO, ARCEO y don JUAN
PEDRO: No habéis de ir de esa suerte, ya que en el Parque os encuentro, después que toda la noche os busqué. JUAN: Mirad que tengo que hacer que me va el honor. PEDRO: Oíd a doña Ana primero. ARCEO: ¿Qué hay, Lucía? LUCÍA: Parlerías. Ya todo se sabe, Arceo. ANA: Gracias a Dios que llegáis, don Juan, una vez a tiempo que mi verdad me ha informado. Decid, doña Clara, ¿es cierto que ayer fuistes a mi casa de don Hipólito huyendo y que él creyó que yo fui la tapada? CLARA: Sí, y queriendo cortesanamente hacerle una burla, escribí luego un papel en vuestro nombre, y en la casa de don Pedro le fui a ver, donde pasó lo que proseguirá él mesmo. ANA: Con esto, don Juan, he dado los desengaños que puedo; el cielo en los otros hable, pues solo los sabe el cielo.
Sale [don LUIS]
LUIS: Señor don Juan de Guzmán. PEDRO: Peor se va poniendo esto. ARCEO: Por Dios, que le ha conocido don Luis, el primo del muerto. HIPÓLITO: ¿Éste es don Juan de Guzmán? El no conocerle siento para haber en vuestra ausencia hecho... LUIS: Esperad, teneos, que este duelo ha de vencer la hidalguía y no el acero. JUAN: Pudiérades esperar a verme solo en el puesto. LUIS: Importa que haya testigos para lo que hacer intento. A que fuese por espada, que se me quebró riñendo con vos, me disteis lugar; si tardo, disculpa tengo, pues por haberos escrito este papel, me detengo: de la causa en que soy parte este es el apartamiento, que si deudor de una vida erais mío, noble y cuerdo me la disteis; contra vos derecho ninguno tengo. Y si entonces no lo hice fue porque allí, no teniendo espada, no presumierais que os daba el perdón de miedo, y así os lo entrego, don Juan, cuando en la cinta la tengo. JUAN: No solo me dais la vida, sino el honor, y pues viendo estáis la dama que fue la ocasión de este suceso, ella os pague con los brazos lo que con alma no puedo. ANA: Pues con vuestras amistades todos las nuestras hacemos. CLARA: No hacemos, porque si ya no tengo quien me dé celos, no tengo a quien quiera bien. HIPÓLITO: ¿Pues hay más de no quereros? ANA: Arceo y doña Lucía se casen luego al momento. ARCEO: ¿Mas que nace el Antecristo de Lucías y de Arceos? JUAN: Mañanas de abril y mayo dan fin: perdonad sus yerros.

FIN DE LA COMEDIA

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu