JORNADA TERCERA
Sale don JUAN como a escuras JUAN: Nada me sucede bien. ¿Qué roca habrá que contraste tanta avenida de penas, tantos golpes de pesares? Del aposento en que estaba por testigo de mis males, imposibles de sufrirlos, ya posibles de vengarme, celoso y desesperado salir pretendo a la calle a esperar a aquel galán tan feliz que coronarse pudo de tantos favores, de dichas que son tan grandes. Echéme por la ventana, porque allí no me estorbasen la venganza de mis celos; presumiendo que era fácil, ganando desde el tejado de la puerta los umbrales, y saltando de él a un patio donde la ventana sale, perdí el tino y di a otra casa... Pero parece que abren una puerta y entra gente, y con las luces que traen percibo mejor las señas. ¿Hay suceso semejante? ¡Vive Dios que esta es la casa de doña Ana! ¡Si tomase hoy puerto en el mismo golfo esta derrotada nave! Ella es, ¿qué he de hacer, cielos?, que no es bien que aquí me halle y presuma que he venido cobardemente a quejarme de mis celos, sin vengarlos. ¿Hay confusión más notable? ¿Qué haré?, que no me está bien ya ni el irme ni el quedarme.Escóndese y salen doña ANA y doña LUCÍA con luz ANA: Quítame este manto. Gracias a mi fortuna inconstante que me ha dado, ¡ay infelice!, un solo punto, un instante de tiempo para llorar, de lugar para quejarme; y así, ya que estoy a solas, sean tormentas, sean mares mis lágrimas y mis quejas, entre la tierra y el aire. LUCÍA: Señora, si de ese modo tan justos extremos haces, triunfará de amor la muerte. Consuelo tus penas hallen, que para todo hay consuelo, que si don Juan, por guardarle a don Pedro aquel decoro que debió a sus amistades, se arrojó por la ventana, ya en su seguimiento parten don Pedro, Arceo y Pernía, porque los dos no se maten. ANA: Y cuando remedie, ¡ay triste!, mi temor para adelante, ¿puede ya dejar de ser lo que fue? ¿Pueden borrarse de la memoria los celos en que yo no tuve parte? JUAN: De cuanto yo desde aquí puedo a las dos escucharles nada entiendo, y sólo entiendo que temo que me declaren mis congojas, mis desdichas, mis recelos, mis pesares, porque no es posible, no, que un celoso sufra y calle. LUCÍA: Acuéstate, por tu vida, porque en la cama descanses. ANA: No hay descanso para mí, fuera de que he de esperarle a don Pedro, que le dije que con lo que le pasase en alcance de don Juan, pues todos van a buscarle, viniese a avisarme, y ya parece que llaman. Abre.Salen don PEDRO, ARCEO y PERNÍA ANA: Señor Don Pedro, ¿qué hay? PEDRO: Que todo ha salido en balde. ANA: ¿Cómo? PEDRO: No habemos hallado a don Juan, y es bien notable suceso, porque de aquella ventana que al patio cae, para salir al portal hay una puerta, y la llave está echada, de manera que ha sido imposible hallarle, cuando ni en mi casa está ni salir pudo a la calle. ARCEO: No le hemos buscado bien, si va a decir las verdades, porque a un celoso, señora, lo ha de buscar el que hallarle quisiere, ahogado en los pozos o ahorcado por los desvanes. PERNÍA: Ya le he dicho que se meta en juntar sus consonantes y no hable palabra donde yo estoy. ARCEO: Quínola pasante, también yo le tengo dicho que de dar lanzadas trate y sacar, no para el toro, para el lacayo el alfanje, y no más. LUCÍA: Entre dos ruines sea mi mano el montante. PEDRO: No es posible hallarle, en fin. ANA: Son mis penas, no os espante; y bien dicen que son mías, pues ellas disponer saben tantas falsas apariencias que me culpen y le agravien. Plegue a Dios, señor don Pedro, que Él me destruya y me falte si aquel hombre vi en mi vida sino hoy, que pudo entrarse aquí tras de una mujer a quien siguió desde el Parque, y viome a mí. Mas ¿por qué lo digo, ¡ay Dios!, si escucharme no puede don Juan, y doy satisfaciones al aire? PEDRO: Quedad, señora, con Dios, que por si vuelve a buscarme a mi casa, vuelvo a ella. ¿Qué mandáis? ANA: No es bien que os mande, que os ruegue sí que volváis a la mañana a contarme lo que hubiere sucedido. PEDRO: Quedad con Dios.Vase ANA: Él os guarde. Lucía, cierra esas puertas y entra después a acostarme, que he de madrugar mañana, porque he de salir al Parque a hacer una diligencia. ¡Oh, si a este vivo cadáver hoy ese lecho de pluma sepulcro fuera de jaspe![Vase] JUAN: ¿Al Parque mañana? ¡Ay cielos! No estos desengaños basten, vuelvan atrás mis desdichas pues pasa el riesgo adelante. ARCEO: De todos estos enredos, de todos estos debates, vos tenéis, doña Lucía, la culpa, pues vos contastes a vuestra ama que en mi casa estaba don Juan. LUCÍA: De tales sucesos, quien me lo dijo a mí tiene mayor parte, que ya sabe quien me cuenta a mí el suceso que sabe, que es decirme que lo diga el decirme que lo calle. ARCEO: Eres tan dueña que puedes servir desde aquí adelante de molde de vaciar dueñas. LUCÍA: Tú escudero vergonzante. ARCEO: Eres dueña. LUCÍA: Eres un loco. ARCEO: Eres dueña. LUCÍA: Tú bergante. ARCEO: Eres dueña. LUCÍA: Tú un bufón. ARCEO: Eres dueña. LUCÍA: Tú un infame. ARCEO: Eres düeña. LUCÍA: Tú un sucio. ARCEO: Iten más, dueña; y no trates de desquitarte, porque no has de poder desquitarte. LUCÍA: ¿Cómo no? Eres... ARCEO: Di, di. LUCÍA: ¡Mal poeta! ARCEO: Tate, tate. ¿Poeta dijiste? A Dios, dueña, que ya quedamos iguales. LUCÍA: ¿De esta manera te vas? ARCEO: ¿Pues qué quieres? LUCÍA: Que te aguardes aquí mientras que mi ama acaba de desnudarse, y volveré a hablar contigo un rato.Vase ARCEO: Aquí espero. Madres, las que a los hijos paristes para nocturnos amantes de viejas, mirad en mí las desdichas a que nacen. Esperando una estantigua estoy, confuso y cobarde, aquí, donde mis suspiros pueblan estas soledades.Sale don JUAN JUAN: Ahora, desconfïanzas, es tiempo de aconsejarme si esto que pasa por mí son mentiras o verdades. El recatarme me importa de doña Ana; ella no sabe que la escucho, y en suspiros que mal pronunciados salen desde el corazón al labio, me ha dado ciertas señales de que mi desdicha llora, de que siente mis pesares. Estos crïados no pueden engañarse ni engañarme, puesto que Arceo a Lucía la contó cómo ocultarme pude en casa de don Pedro, y ella a doña Ana, bastante desengaño de que fue entonces ella a buscarme. Mas, ¡ay de mí!, si es esto como dicen señas tales, ¿don Hipólito a qué efeto dijo que a él iba a buscarle, o qué mujer es aquesta, y en fin, para qué ir al Parque mañana quiere doña Ana? ¿Para que a mí no me falte cuidado? Pues vive Dios, que tengo de averiguarle. Si aquí estoy, será imposible que disimule y que calle, y imposible, si me ven, de que la ida del Parque averigüe; luego irme será lo más importante. Este crïado a Lucía espera; mientras no sale no está cerrada la puerta: salir pretendo a la calle por seguirla donde fuere. Que me prendan o me maten, todo, todo importa menos que no que me desengañe. ARCEO: Ya siento pasos. Lucía, seas bien venida, dame los brazos.[Abraza a don JUAN] ¡Barbada vienes!¿Quién es? JUAN: Callad, que no es nadie. ARCEO: ¿Cómo no es nadie? Yo soy tan cortés y tan galante que antes creeré que sois muchos. ¡Ay, ay! JUAN: ¡Vive Dios que os mate si no calláis!Dentro doña ANA ANA: ¿Qué rüido es aquel?Sale doña LUCÍA y topa con don JUAN LUCÍA: Eres notable. ¿Es posible que tu miedo tan grandes estruendos hace que des voces? Sal de presto para que aquí no te hallen. Vente tras mí. JUAN: Vamos. (Cielos, Aparte hasta que me desengañe he de callar, que esta es propria condición de amantes.)Al entrarse topa don JUAN con ARCEO ARCEO: ¡Otro diablo! ¡Vive Dios que tienen aquestos lances cosas de la dama duende!Sale doña ANA medio desnuda, con luz ANA: ¡Hola! ¿No responde nadie? Mas ¡ay de mí! ARCEO: Yo me embozo, por ver si puedo excusarme de que me conozcan.[Vuelve doña LUCÍA] LUCÍA: Ya no hay peligro que me espante, pues ya está en la calle Arceo... Mas...¿no es el que está delante? ¿Quién era, si él está aquí, el que yo puse en la calle? ARCEO: Aquí muero. ANA: Caballero que, recatado el semblante, la noble clausura rompes de estos sagrados umbrales: si necesidad acaso te ha obligado a extremos tales, de mis joyas y vestidos francas te daré las llaves. Ceba tu hidrópica sed en sus telas y diamantes, pero si más codicioso de honor que de hacienda, haces estos extremos, te ruego, ¡estoy muerta!, que no trates con tal desprecio, ¡ay de mí!, el honor, ¡estoy cobarde!, de una mujer infelice sujeta a desdichas tales. Porque si osado, a mi afrenta a aqueste cuarto llegaste, vive Dios, que antes que intentes hablarme palabra, que antes que ofenda al dueño que adoro, yo con mis manos me mate, porque si lágrimas solas no enternecen un diamante, rompiéndome el pecho yo le sabré labrar con sangre. ARCEO: No labraréis, si yo puedo, que fuera mucho desaire ser pelícana una dama y ser labradora un ángel. Grandes casos de Fortuna a vuestra casa me traen, no hacer mella en vuestras joyas ni a vuestra opinión ultraje. Y porque os aseguréis de mi término galante, segura quedáis de mí. A Dios, señora, que os guarde.Vase
Mañanas de abril y mayo, part 8
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu