ANA: Holgaréme, por cierto,
que sea, no sagrado, sino puerto,
pues la congoja vuestra
bien que os importa el ocultaros muestra.
LUCÍA: Un hombre aquí se ha entrado.
CLARA: ¡Ay Dios!, que es mi marido, y pues me ha dado
vuestra piedad licencia,
aquí he de retirarme con prudencia.
Haced que una crïada le despida,
porque me va la fama, honor y vida.
ANA: Pues decid...
CLARA: Nada espero.
Vase
ANA: Turbada me dejó con su sombrero.
LUCÍA: Yo voy tras ella, porque no sea ganga
y se eche alguna sábana en la manga.
Sale Don HIPÓLITO
HIPÓLITO: Perdonad que a la esfera,
dosel florido de la primavera,
donde son vuestros bellos resplandores
la primera oficina de las flores,
pisar mi pie presuma
calzado más de plomo que de pluma.
ANA: (Disimular fingiendo enojo intento). Aparte
¿Quién os dio para tanto atrevimiento,
caballero, osadía?
HIPÓLITO: Yo la tomé de la ventura mía,
que hasta veros, divina
deidad, vencer la nube que, cortina
de humo, ocultaba el fuego,
descanso no tuviera, y así luego,
con el humo pasado
y agora de esos rayos abrasado,
llorar y arder presumo:
arder del fuego, pues lloré del humo.
ANA: No entiendo, caballero,
estilo tan cortés y lisonjero,
ni sé qué causa he dado
para que de esta suerte hayáis entrado
en mi casa. Si esfera
la llamáis de la hermosa primavera,
no introduzgáis en ella tal desmayo
que expire su esplendor antes del rayo;
si humo seguís que en sombras se resuelve,
no le esperéis, que el humo nunca vuelve,
y si buscáis el fuego,
no os acerquéis a él, y volveos luego,
que no vive enseñado a acciones tales
el antiguo blasón de estos umbrales.
HIPÓLITO: Vos ni veros ni oíros
en el Parque dejasteis, y el seguiros
a riesgo de ofenderos,
también fue por oíros y por veros;
y ahora advierto que fuera acción piadosa
oíros discreta cuando os miro hermosa,
porque si allí sin veros os oyera,
a la dulce armonía suspendiera
el alma y el sentido,
de esa voz que es veneno del oído;
y si hermosa os mirara
sin oíros discreta, aquí postrara
alma y vida en despojos
de esa luz que es veneno de los ojos;
y así, porque no muera al advertiros
tan hermosa, me da la vida oíros;
y así, porque no muera al conoceros
tan discreta, me da la vida el veros,
de suerte que mi vida
está de un daño y otro defendida.
Quedad con Dios, en fin, porque no quiero,
ya que he sido atrevido, ser grosero,
pues ser grosero culpa mía habría sido,
y vuestra lo ha de ser ser atrevido.
Vase
ANA: ¿Hay cosa semejante?
¡Que entre un hombre marido y salga amante,
y de sus mismas penas descuidado,
llegue celoso y vuelva enamorado!
Salen Doña LUCÍA, doña CLARA,
e INÉS
CLARA: ¿Fuese?
ANA: Sí.
CLARA: Tus pies pido.
ANA: Vos tenéis un finísimo marido.
CLARA: Harto a Dios lo que paso en eso ofrezco,
pues sabe Dios lo que con él padezco.
ANA: Creyó, en fin, que era yo, ¡raro suceso!,
la dama que siguió, que aun para eso
sirvió el sombrero y el estar con manto
y el ser los trajes parecidos tanto
que, como en los conceptos, repetidos
se encuentran también dos en los vestidos.
Sale PERNÍA
PERNÍA: Ya está el coche esperándote, señora.
ANA: Lucía, mira ahora
la calle.
LUCÍA: Bien podrás seguramente
salir.
CLARA: Aquesa vida el cielo aumente.
ANA: Ved si serviros puedo
en otra cosa.
CLARA: Yo obligada quedo.
[Doña CLARA habla aparte con INÉS]
(Y no sé si ofendida,
pues lo que no pensé en toda mi vida
que suceder pudiera,
que es tener celos yo --¿quién tal creyera?--
acaso ha sucedido).
INÉS: (¿Qué has sentido?)
CLARA: (Que haya este hombre a otra enamorado
y en mi misma presencia requebrado).
Vanse [doña CLARA e INÉS]
ANA: Nada oigo, nada miro, nada siento,
que para mí no sea otro tormento.
LUCÍA: ¿Pues qué tienes agora?
ANA: Ver que en todos la suerte se mejora,
en todos convalece,
y solo en mí de cualquier mal fallece.
Cuando es culpada, halla esta la salida;
así, inocente, pierdo yo la vida,
porque no está la culpa en que lo culpa,
sino en que fue dichosa la disculpa.
Vanse y salen Don PEDRO por la puerta derecha y Don
JUAN por la izquierda, que es por donde está la puerta
izquierda de su aposento y encuéntranse en el
tablado
PEDRO: Seáis, don Juan, bien llegado.
JUAN: Vos, don Pedro, bien venido.
¿Cómo en el Parque os ha ido?
PEDRO: Mal.
JUAN: ¿Cómo?
PEDRO: Como he hallado
la dama que iba a buscar
y creo que son desvelos
de otro amante, cuyos celos
ando por averiguar,
para que desengañado
cure con dolor al pecho,
que es mi amigo el que sospecho,
y está ya desconfïado.
JUAN: ¿Es doña Clara la dama?
PEDRO: Sí.
JUAN: ¿Y el galán?
PEDRO: Es un hombre
de buena opinión y nombre;
don Hipólito se llama,
y esto para otro lugar.
¿Vos que habéis hecho?
JUAN: Sentir,
desesperarme, morir
sin poderlo remediar.
Decid, ¿qué traza daremos
para que logre mi fe
ver a doña Ana?
PEDRO: No sé,
que no hay verla; mas pensemos
si habrá por dónde.
Sale ARCEO
[ARCEO]: Señor,
don Hipólito, un tu amigo,
te busca ahí fuera; testigo
no puede venir peor,
que él dirá cuanto supiere.
JUAN: Por lo que puede pasar,
presente tengo de estar
a cuanto aquí sucediere,
a vuestro lado.
PEDRO: No es justo
que os vea; a vuestro aposento
os retirad.
JUAN: Mucho siento...
PEDRO: Don Juan, hacedme este gusto.
[Don JUAN y ARCEO se van al paño] Sale don
HIPÓLITO
HIPÓLITO: ¿Qué hay, don Pedro, cómo estáis?
PEDRO: A vuestro servicio, ¿y vos?
HIPÓLITO: Al vuestro.
PEDRO: ¿Pues qué miráis?
HIPÓLITO: Si hay aquí más que los dos.
PEDRO: No. ¿Qué queréis?
HIPÓLITO: Que me oigáis.
Esta mañana salí
a ese verde hermoso sitio,
a esa divina maleza,
a ese verde paraíso,
a ese parque, rica alfombra
del más supremo edificio,
dosel del Cuarto Planeta,
con privilegio de Quinto,
esfera, en fin, de los reyes,
de Isabel y de Filipo,
desde cuyo heroico asiento,
siempre bella y siempre invicto,
están, católicas luces,
dando resplandor al indio,
siendo en el jardín del aire
ramilletes fugitivos...
PEDRO: (¿En qué parará el venir Aparte
a contar lo que yo he visto?)
Don JUAN al paño
JUAN: Sin duda sabe que allí
hoy a su dama ha seguido
y viene quejoso de él.
De todo estaré advertido.
HIPÓLITO: De cuantas al alba dieron
envidia en varios corrillos,
tejiendo corros sin orden,
dando vueltas sin aviso,
una embozada hermosa
tal ventaja a todas hizo
que obscureció con su sombra
las demás luces: yo he visto
salir al campo a traer rosas
de sus jardines floridos,
pero a dejar rosas no,
sino hoy, que al desperdicio
de un pie debió el campo cuantas
fueron al contacto altivo,
quedando blancos jazmines,
quedando marchitos lirios.
Bajaba por una cuesta
una mujer, ¡qué mal digo!,
un encanto, sí, embozado;
disfrazado, sí, un hechizo.
El sutil manto en celajes
ya obscuros y ya distintos,
o negaba o concedía
el rostro. ¿Cuándo ha salido
más hermosa el alba? ¿Cuándo
se mostró el sol más lucido,
que cuando el alba entre sombras,
que cuando el sol entre visos
da regateada la luz
y anda dudoso el sentido
haciendo apuesta entre sí,
si lo ha visto o no lo ha visto?
PEDRO: (Todo esto vendrá a parar Aparte
en que doña Clara ha sido,
por venir a hablar en ella).
JUAN: ¡Oh, qué cansados estilos!
HIPÓLITO: Coronaba sobre el manto
los bien descuidados rizos,
airoso un blanco sombrero
por una parte prendido
de un corchete de diamantes
sobre un penacho que hizo
lisonja al aire, diciendo
a sus halagos rendido:
"Pues inclinada la frente,
sí a cuanto me dicen digo,
mejor que mi dueño yo
sé obligarme de suspiros".
El talle era bien sacado,
y de buen gusto el vestido
más que rico; pero si era
de buen gusto ¿qué más rico?
Dejo aquí, por no cansaros,
lo que en el Parque tuvimos,
y voy a que la seguí
a su casa, que atrevido
entré en ella, que vi al sol
cara a cara, que rendido,
lo que antes diera por verla
diera por no haberla visto
después, porque de sus rayos
mariposa mi albedrío,
entró enamorando el riesgo,
salió halagando el peligro.
Esta, pues, mal lisonjeada
beldad, turbado lo digo...
[Al paño]
ARCEO: Aquí es ello.
JUAN: Escucha.
PEDRO: (Ahora Aparte
se va a declarar conmigo.)
HIPÓLITO: ...es una vecina vuestra:
esa pared sola ha sido
la que su esfera divide,
y pues que como vecino
es fuerza...
JUAN: ¡Ay de mí! ¿Qué escucho?
PEDRO: (¿Qué haré si don Juan lo ha oído?) Aparte
HIPÓLITO: ...que sepáis quién es, decidme
su nombre, porque atrevido
pienso adorar su belleza,
y para todo es arbitrio
entrar, don Pedro, informado,
y más de tan buen amigo.
JUAN: Estaba por responderle
yo.
ARCEO: Detente.
PEDRO: (¿Quién se ha visto Aparte
en igual duda? ¿Qué haré?
Si quién es aquí le digo
será alentar su esperanza;
si lo niego es desvarío,
pues podrá saberlo de otro;
si el amor le significo
de don Juan, su honor ofendo...
Mas queden con buen estilo
un amor desengañado,
un honor seguro y limpio,
y atajados unos celos
con la verdad, sin peligro
de no decir la verdad.
Mucho haré si lo consigo).
Don Hipólito, pues ya
vuestra relación he oído,
oídme a mí, y agradeced
de que tan a los principios
os halle este desengaño.
La dama que habéis seguido,
doña Ana de Lara es,
y más que por su apellido
ilustre por su virtud,
que esa casa que habéis dicho
es el templo de la Fama;
paréceme desvarío
seguir ese galanteo
que os aseguro, os afirmo,
que intentáis un imposible.
HIPÓLITO: Yo noticia os he pedido,
no consejo, y pues la llevo,
quedad con Dios, que si altivo
muriere mi pensamiento
osado y desvanecido,
de atrevimiento tan noble
¿qué más premio que el castigo?
Vase y sale don JUAN
JUAN: Decidme ahora, don Pedro,
que el sol apenas ha visto
en esta ausencia a doña Ana;
más diréis bien, si ha salido
de su casa antes que el sol
a ser del Parque prodigio.
PEDRO: No sé qué os diga.
JUAN: Yo sí.
PEDRO: ¿Qué?
JUAN: Que huyamos el peligro;
ya la he perdido dos veces;
ya verla ni hablarla estimo.
Haced que me busquen postas,
que esta noche, ¡ah, cielo impío!,
he de volver de una vez
la espalda.
PEDRO: Mirad...
JUAN: Ya miro
que en mi presencia hallo a otro
en su casa, ¡estoy sin juicio!,
y que en mi ausencia después
sale, ¡con razón me aflijo!,
a ser vista, ¡qué rigor!,
de donde trae, ¡qué martirio!,
nuevo amor. ¡Oh, quién quitara
del año este mes florido!
Mas no tiene culpa él;
yo sí, que una sombra sigo,
yo sí, que un áspid adoro,
yo sí, que amo un basilisco.
Mañanas de abril y mayo:
noches para mí habéis sido.
Mañanas de abril y mayo, part 4
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu