CLARA: Pensarás que me he enojado,
Inés, por haberme dicho
su capricho y mi capricho,
y antes gran gusto me has dado,
porque no hay para mí cosa
como hombres de extraños modos,
y que al fin me tengan todos
por vana y por caprichosa.
¿Qué quisieras, que estuviera
muy firme yo, y muy constante,
sujeta solo a un amante
que mil desaires me hiciera
porque se viera querido?
Eso no; el que he de querer,
con sobresalto ha de ser
mientras que no es mi marido.
Y así, por dársele hoy
a don Hipólito, quiero
ir al Parque, donde espero,
porque disfrazada voy,
pasear, hablar, reír,
preguntar y responder,
ser vista, en efeto, y ver,
porque no se ha de admitir
al amante más fïel
por el gusto que ha de dar.
INÉS: ¿Pues por qué?
CLARA: Por el pesar
que yo le he de dar a él.
INÉS: Y tienes mucha razón;
con lo cual hemos llegado
a la calle que fue Prado
en virtud del azadón.
CLARA: Pues bajemos por aquí
a la de Álamos, que es
arrendajo del Pajés.
INÉS: Parece que cantan.
CLARA: Sí.
Vanse y suena dentro MūSICA
[MÚSICA]: "Mañanicas floridas
de abril y mayo,
despertad a mi niña,
no duerma tanto."
Salen Don LUIS y Don HIPÓLITO
LUIS: Sólo haceros compañía,
don Hipólito, pudiera
vencer de mi pena fiera
la grave melancolía.
HIPÓLITO: Por divertiros yo a vos
de vuestro primo en la muerte,
os traigo de aquesta suerte
al Parque, donde los dos
divirtamos la mañana.
LUIS: Más hermoso el sol parece,
porque embozado amanece
entre nubes de oro y grana.
HIPÓLITO: Desde aquí podemos ver
la gente que va bajando.
¡Qué tierno va enamorando
don Sancho allí a la mujer
de aquel letrado, su amigo!
LUIS: Que es amistad, no se ignore,
porque otro no la enamore.
HIPÓLITO: A un pleito está aquí, y yo digo
que parecer tomará
de los dos, pues le conviene
verla a ella por el que tiene
como a él por el que da.
LUIS: Maldiciente estáis, ¡que no
os reduzga yo!
HIPÓLITO: Advertid
que no hay hombre hoy en Madrid
de mejor lengua que yo.
¿Aquella no es Flora?
LUIS: Sí.
HIPÓLITO: Harto es que a fiesta de a pie
haya venido.
LUIS: ¿Por qué?
HIPÓLITO: Porque en mi vida la vi
sino en coche; por aquesta
fue por quien se ha presumido
que le dijo a su marido,
"Con lo que la casa cuesta
de alquiler, echemos coche."
Y volviéndole a decir,
"¿Pues dónde hemos de vivir
y estar el día y la noche?"
Dijo, "si el coche tuviera,
sin casa vivir podía
en el coche todo el día
y de noche en la cochera."
LUIS: Eso es como lo que pasa
a doña Clara de Ovalle,
pues viviendo hacia la calle
le sobra toda la casa.
HIPÓLITO: Es verdad, y cierto día,
cumpliendo el plazo, el casero
vino a pedille el dinero
de la casa en que vivía,
y ella dijo, "¿Hay tal traición?
¿Esta desvergüenza pasa?
Aunque yo alquilo la casa,
no vivo sino al balcón."
LUIS: ¿Qué diera porque os oyera?
HIPÓLITO: Por eso no lo oirá, no,
que anoche la dije yo
que de casa no saliera.
Salen doña CLARA e INÉS, con mantos y
con sombreros
CLARA: Mejor mañana no vi
en mi vida.
INÉS: Ni yo, a fe;
pero tápate.
CLARA: ¿Por qué?
INÉS: Don Hipólito está allí.
LUIS: ¿Habéis visto en vuestra vida
mujer más airosa?
HIPÓLITO: No,
ni al Parque jamás salió
más aseada y bien prendida.
LUIS: Pues la donada, por Dios,
que no es muy mala.
HIPÓLITO: Embistamos
esta empresa, pues estamos
en el campo dos a dos.
INÉS: Don Hipólito y don Luis
llegan a hablarnos.
CLARA: Repara
en que de ninguna suerte
respondas una palabra,
que no quiero que los dos
me conozcan.
INÉS: Si tapadas
estamos, y en este traje,
que es en el que todas andan,
¿cómo te han de conocer?
CLARA: Si le respondo, en el habla;
que persuadirse que puede
estar segura una dama
solamente con taparse,
es bueno para la farsa,
mas no para sucedido.
HIPÓLITO: Señora doña tapada,
que a honrar el festín alegre
que hoy la primavera traza
en este verde salón
donde vivas flores danzan
al son del agua en las piedras
y al son del viento en las ramas
de rebozo habéis venido,
dad licencia cortesana
a un hombre para que os diga
que ha sido acción excusada
madrugar tanto, supuesto
que árbitro del sol y el alba,
esa negra sutil nube
trae consigo la mañana,
y a cualquiera hora que vos
descubriérades la llama,
amaneciera y tuviera
luz el día, aliento el alba.
¿No me respondéis? ¿Por señas
me habláis? No me desagrada.
¿Ni aun para pedir no habláis?
¿No? Pues sois la mejor dama
que he visto en toda mi vida.
Albricias me pide el alma
de que me ha deparado una
mujer que no pide y calla.
LUIS: ¿Y vos también profesáis
la religión cartujana?
¡Linda cosa, vive Dios,
que ha dos mil años que andaba
buscándoos! Mas que seáis
tuerta, zurda, coja o manca,
pedigüeña, melindrosa,
contrahecha, roma o calva,
desde aquí por vos me muero.
HIPÓLITO: Ya que me negáis el habla
como si hubiera reñido
con vos, mostradme la cara.
¿Ni eso tampoco? Mirad
que dais a entender que es mala.
Es verdad; yo no lo dudo;
mas mujer tan extremada
no ha menester perfección
mayor que no hablar palabra.
[Hace gestos ella]
Mas si yo no entiendo mal,
eso es decir que me vaya;
pero veis aquí que yo
no quiero entenderos nada,
que en mi vida he sido mudo
y muy poco se me alcanza
de esto de hablar con la mano.
¿Qué hacéis? ¿Volverme la espalda?
Arte de enseñar a hablar
a los mudos, oye, aguarda.
LUIS: No vi mujer en mi vida
de mejor gusto.
HIPÓLITO: Su casa
sepamos, que, vive el cielo,
que he de verla y he de hablarla
hoy en ella, hasta saber
en qué este embeleco para.
LUIS: Sigámosla pues.
HIPÓLITO: Sigamos,
que ya veis cuánto me arrastra
una mujer tramoyera,
pues el serlo solo es causa
de que a doña Clara ame,
y aquesta, si no me engaña
la pinta, lo es mucho más
que la misma doña Clara.
Vanse y salen ARCEO y Doña LUCÍA
LUCÍA: No me tienes que decir
que no te has de disculpar
de hacerme anoche esperar.
ARCEO: No pude anoche venir,
vive Dios, doña Lucía.
LUCÍA: ¿Pues qué tuviste que hacer?
ARCEO: Si eso pudieras saber,
supieras que la fe mía
te trata verdad.
LUCÍA: ¿Pues qué
es que yo saber no puedo?
ARCEO: No es nada.
LUCÍA: Ofendida quedo
dos veces de ti, porque
no venir anoche a verme,
hoy venir y no fïarme
un secreto, es agraviarme,
Arceo.
ARCEO: No sé qué hacerme...
Ea, no haya secreto entero,
que eres dueña y soy crïado.
Anoche entró rebozado
en mi casa un caballero
por mi señor preguntando...
--mas que has de callar advierte--.
Éste, pues, por una muerte
ausente está, y aguardando
a mi señor, me detuvo...
--nadie, en fin, lo ha de saber--.
Pues hasta el amanecer
hablando con él estuvo;
luego en casa se quedó
donde dice que ha de estar...
--mira que lo has de callar--
...escondido, y solo yo
lo sé, que en fin soy secreto.
Don Juan de Guzmán se llama.
De la casa de una dama,
que esto no oí bien, en efeto,
saliendo una noche, dio
a un caballero la muerte
y, en fin, está de esta suerte
retirado donde no
lo saben más que los dos.
Y pues me fío de ti
esto no salga de aquí.
Dije. ¡Bendito sea Dios,
que salí de este cuidado!
LUCÍA: Y yo por él darte quiero
los brazos.
ARCEO: Más bien espero.
Sale PERNÍA, vejete
PERNÍA: A muy mal tiempo he llegado.
¿Hay tan gran bellaquería?
ARCEO: Pernía a los dos nos vio.
LUCÍA: Poco importa, porque no
es muy celoso Pernía.
Mas vete de aquí.
ARCEO: Sí haré,
y corriendo como un potro.
[Vase]
PERNÍA: Doña Lucía, si otro
entrara como yo entré,
¡estaba bueno el honor
de esta casa! A mi señora
he de contar cuanto ahora
pasa, pues de tu rigor
vengarme, ingrata, no espero.
Hecho estoy un fuego, un rayo:
¿de cuándo acá así un lacayo
se prefiere a un escudero?
LUCÍA: Unas cartas me ha traído
este hombre de un hermano
que está en las Indias, y es llano
que el abrazo el porte ha sido,
pues solo te quiero a ti.
PERNÍA: Pues trueca el modo, crüel,
y desde hoy quiérele a él
y dame el abrazo a mí.
LUCÍA: Sí abrazaré, procurando
hacer que calles, supuesto...
Mas mi señora...
Sale Doña ANA
ANA: ¿Qué es esto?
PERNÍA: Es que aquí andan abrazando.
LUCÍA: Hame traído Pernía
nuevas de un hermano mío,
y gozoso mi albedrío
tales extremos hacía.
PERNÍA. Es, señora, caso llano,
y creella te conviene.
(Para cada abrazo tiene Aparte
doña Lucía un hermano).
ANA: Salga y mire si está puesto
el coche, que es hora ya
de ir a misa...
[Vase él despacio]
¿Pues no va
presto?
PERNÍA: ¿Aquesto no es ir presto?
LUCÍA: ¿Tú, señora, tan dejada
del aliño y la belleza,
que, fuera de la tristeza,
vives de ti descuidada?
ANA: No hay consuelo para mí,
ni me has de ver en tu vida
sino triste y afligida.
LUCÍA: ¿Pues qué remedias así?
ANA: ¿Quién te ha dicho que yo quiero
remediar, sino sentir?,
aunque si llego a advertir
que es el remedio primero
del mal el sentir el mal,
por sentille más no sé
si el sentirle dejaré,
pues es mi desdicha tal
que apeteciendo el morir
sin pretender resistille,
por no dejar de sentille
le dejara de sentir.
Desde el día que a don Juan
en mi casa sucedió
aquella desdicha, y yo
veo que todos me dan
la culpa sin merecella,
tan muerta y tan otra estoy
que aun sombra mía no soy.
LUCÍA: Si tan noble como bella
tu perfección me asegura
de callarlo, yo diré
que a dónde está don Juan sé.
ANA: ¡Qué neciamente procura
tu lisonja divertir
mi mal!
LUCÍA: Yo sé dónde está,
y aunque tú no lo oigas, ya
lo tengo yo de decir.
Don Juan a Madrid llegó,
--mas que lo calles te pido--,
y está en la casa escondido
de nuestro vecino; yo
lo sé porque una crïada
me lo ha dicho ahora a mí,
pero no salga de aquí:
ya ves que es cosa pesada.
ANA: ¿Qué dices?
LUCÍA: Lo que es verdad.
ANA: Siendo dicha mía, no sé
si algún crédito le dé
siendo esa temeridad.
Salen Doña CLARA e INÉS
INÉS: ¿Qué es lo que tu pasión hacer procura?
CLARA: ¿Qué? Llevar adelante una locura,
que aunque nada importara
el verme don Hipólito de Lara,
por lo que se ha picado
no ha de salir hoy, no, de este cuidado.
INÉS: Que hay aquí gente mira.
CLARA: ¿Faltará a una mujer una mentira
que la saque de otra? Dama hermosa,
[Se dirige a Doña ANA]
si quien dice mujer dice piadosa,
un rato --mal mi pena significo--
que me dejéis entrar aquí os suplico
mientras que un hombre pasa
esa calle; sagrado vuestra casa
sea de mi cuidado,
pues casa de deidad siempre es sagrado.
Mañanas de abril y mayo, part 3
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu