This file last updated May 20, 2001

CLARA:            Pensarás que me he enojado,   
               Inés, por haberme dicho
               su capricho y mi capricho,
               y antes gran gusto me has dado,
                  porque no hay para mí cosa
               como hombres de extraños modos,  
               y que al fin me tengan todos
               por vana y por caprichosa.
                  ¿Qué quisieras, que estuviera
               muy firme yo, y muy constante,
               sujeta solo a un amante  
               que mil desaires me hiciera
                  porque se viera querido?
               Eso no; el que he de querer,
               con sobresalto ha de ser
               mientras que no es mi marido. 
                  Y así, por dársele hoy
               a don Hipólito, quiero
               ir al Parque, donde espero,
               porque disfrazada voy,
                  pasear, hablar, reír,    
               preguntar y responder,
               ser vista, en efeto, y ver,
               porque no se ha de admitir
                  al amante más fïel
               por el gusto que ha de dar.   
INÉS:          ¿Pues por qué?
CLARA:                        Por el pesar
               que yo le he de dar a él.
INÉS:             Y tienes mucha razón;
               con lo cual hemos llegado
               a la calle que fue Prado 
               en virtud del azadón.
CLARA:            Pues bajemos por aquí
               a la de Álamos, que es
               arrendajo del Pajés.
INÉS:          Parece que cantan.
CLARA:                             Sí.     

Vanse y suena dentro MūSICA
[MÚSICA]: "Mañanicas floridas de abril y mayo, despertad a mi niña, no duerma tanto."
Salen Don LUIS y Don HIPÓLITO
LUIS: Sólo haceros compañía, don Hipólito, pudiera vencer de mi pena fiera la grave melancolía. HIPÓLITO: Por divertiros yo a vos de vuestro primo en la muerte, os traigo de aquesta suerte al Parque, donde los dos divirtamos la mañana. LUIS: Más hermoso el sol parece, porque embozado amanece entre nubes de oro y grana. HIPÓLITO: Desde aquí podemos ver la gente que va bajando. ¡Qué tierno va enamorando don Sancho allí a la mujer de aquel letrado, su amigo! LUIS: Que es amistad, no se ignore, porque otro no la enamore. HIPÓLITO: A un pleito está aquí, y yo digo que parecer tomará de los dos, pues le conviene verla a ella por el que tiene como a él por el que da. LUIS: Maldiciente estáis, ¡que no os reduzga yo! HIPÓLITO: Advertid que no hay hombre hoy en Madrid de mejor lengua que yo. ¿Aquella no es Flora? LUIS: Sí. HIPÓLITO: Harto es que a fiesta de a pie haya venido. LUIS: ¿Por qué? HIPÓLITO: Porque en mi vida la vi sino en coche; por aquesta fue por quien se ha presumido que le dijo a su marido, "Con lo que la casa cuesta de alquiler, echemos coche." Y volviéndole a decir, "¿Pues dónde hemos de vivir y estar el día y la noche?" Dijo, "si el coche tuviera, sin casa vivir podía en el coche todo el día y de noche en la cochera." LUIS: Eso es como lo que pasa a doña Clara de Ovalle, pues viviendo hacia la calle le sobra toda la casa. HIPÓLITO: Es verdad, y cierto día, cumpliendo el plazo, el casero vino a pedille el dinero de la casa en que vivía, y ella dijo, "¿Hay tal traición? ¿Esta desvergüenza pasa? Aunque yo alquilo la casa, no vivo sino al balcón." LUIS: ¿Qué diera porque os oyera? HIPÓLITO: Por eso no lo oirá, no, que anoche la dije yo que de casa no saliera.
Salen doña CLARA e INÉS, con mantos y con sombreros
CLARA: Mejor mañana no vi en mi vida. INÉS: Ni yo, a fe; pero tápate. CLARA: ¿Por qué? INÉS: Don Hipólito está allí. LUIS: ¿Habéis visto en vuestra vida mujer más airosa? HIPÓLITO: No, ni al Parque jamás salió más aseada y bien prendida. LUIS: Pues la donada, por Dios, que no es muy mala. HIPÓLITO: Embistamos esta empresa, pues estamos en el campo dos a dos.

INÉS: Don Hipólito y don Luis llegan a hablarnos. CLARA: Repara en que de ninguna suerte respondas una palabra, que no quiero que los dos me conozcan. INÉS: Si tapadas estamos, y en este traje, que es en el que todas andan, ¿cómo te han de conocer? CLARA: Si le respondo, en el habla; que persuadirse que puede estar segura una dama solamente con taparse, es bueno para la farsa, mas no para sucedido. HIPÓLITO: Señora doña tapada, que a honrar el festín alegre que hoy la primavera traza en este verde salón donde vivas flores danzan al son del agua en las piedras y al son del viento en las ramas de rebozo habéis venido, dad licencia cortesana a un hombre para que os diga que ha sido acción excusada madrugar tanto, supuesto que árbitro del sol y el alba, esa negra sutil nube trae consigo la mañana, y a cualquiera hora que vos descubriérades la llama, amaneciera y tuviera luz el día, aliento el alba. ¿No me respondéis? ¿Por señas me habláis? No me desagrada. ¿Ni aun para pedir no habláis? ¿No? Pues sois la mejor dama que he visto en toda mi vida. Albricias me pide el alma de que me ha deparado una mujer que no pide y calla. LUIS: ¿Y vos también profesáis la religión cartujana? ¡Linda cosa, vive Dios, que ha dos mil años que andaba buscándoos! Mas que seáis tuerta, zurda, coja o manca, pedigüeña, melindrosa, contrahecha, roma o calva, desde aquí por vos me muero. HIPÓLITO: Ya que me negáis el habla como si hubiera reñido con vos, mostradme la cara. ¿Ni eso tampoco? Mirad que dais a entender que es mala. Es verdad; yo no lo dudo; mas mujer tan extremada no ha menester perfección mayor que no hablar palabra.

[Hace gestos ella]
Mas si yo no entiendo mal, eso es decir que me vaya; pero veis aquí que yo no quiero entenderos nada, que en mi vida he sido mudo y muy poco se me alcanza de esto de hablar con la mano. ¿Qué hacéis? ¿Volverme la espalda? Arte de enseñar a hablar a los mudos, oye, aguarda. LUIS: No vi mujer en mi vida de mejor gusto. HIPÓLITO: Su casa sepamos, que, vive el cielo, que he de verla y he de hablarla hoy en ella, hasta saber en qué este embeleco para. LUIS: Sigámosla pues. HIPÓLITO: Sigamos, que ya veis cuánto me arrastra una mujer tramoyera, pues el serlo solo es causa de que a doña Clara ame, y aquesta, si no me engaña la pinta, lo es mucho más que la misma doña Clara.
Vanse y salen ARCEO y Doña LUCÍA
LUCÍA: No me tienes que decir que no te has de disculpar de hacerme anoche esperar. ARCEO: No pude anoche venir, vive Dios, doña Lucía. LUCÍA: ¿Pues qué tuviste que hacer? ARCEO: Si eso pudieras saber, supieras que la fe mía te trata verdad. LUCÍA: ¿Pues qué es que yo saber no puedo? ARCEO: No es nada. LUCÍA: Ofendida quedo dos veces de ti, porque no venir anoche a verme, hoy venir y no fïarme un secreto, es agraviarme, Arceo. ARCEO: No sé qué hacerme... Ea, no haya secreto entero, que eres dueña y soy crïado. Anoche entró rebozado en mi casa un caballero por mi señor preguntando... --mas que has de callar advierte--. Éste, pues, por una muerte ausente está, y aguardando a mi señor, me detuvo... --nadie, en fin, lo ha de saber--. Pues hasta el amanecer hablando con él estuvo; luego en casa se quedó donde dice que ha de estar... --mira que lo has de callar-- ...escondido, y solo yo lo sé, que en fin soy secreto. Don Juan de Guzmán se llama. De la casa de una dama, que esto no oí bien, en efeto, saliendo una noche, dio a un caballero la muerte y, en fin, está de esta suerte retirado donde no lo saben más que los dos. Y pues me fío de ti esto no salga de aquí. Dije. ¡Bendito sea Dios, que salí de este cuidado! LUCÍA: Y yo por él darte quiero los brazos. ARCEO: Más bien espero.
Sale PERNÍA, vejete
PERNÍA: A muy mal tiempo he llegado. ¿Hay tan gran bellaquería? ARCEO: Pernía a los dos nos vio. LUCÍA: Poco importa, porque no es muy celoso Pernía. Mas vete de aquí. ARCEO: Sí haré, y corriendo como un potro.
[Vase]
PERNÍA: Doña Lucía, si otro entrara como yo entré, ¡estaba bueno el honor de esta casa! A mi señora he de contar cuanto ahora pasa, pues de tu rigor vengarme, ingrata, no espero. Hecho estoy un fuego, un rayo: ¿de cuándo acá así un lacayo se prefiere a un escudero? LUCÍA: Unas cartas me ha traído este hombre de un hermano que está en las Indias, y es llano que el abrazo el porte ha sido, pues solo te quiero a ti. PERNÍA: Pues trueca el modo, crüel, y desde hoy quiérele a él y dame el abrazo a mí. LUCÍA: Sí abrazaré, procurando hacer que calles, supuesto... Mas mi señora...
Sale Doña ANA
ANA: ¿Qué es esto? PERNÍA: Es que aquí andan abrazando. LUCÍA: Hame traído Pernía nuevas de un hermano mío, y gozoso mi albedrío tales extremos hacía. PERNÍA. Es, señora, caso llano, y creella te conviene. (Para cada abrazo tiene Aparte doña Lucía un hermano). ANA: Salga y mire si está puesto el coche, que es hora ya de ir a misa...
[Vase él despacio]
¿Pues no va presto? PERNÍA: ¿Aquesto no es ir presto? LUCÍA: ¿Tú, señora, tan dejada del aliño y la belleza, que, fuera de la tristeza, vives de ti descuidada? ANA: No hay consuelo para mí, ni me has de ver en tu vida sino triste y afligida. LUCÍA: ¿Pues qué remedias así? ANA: ¿Quién te ha dicho que yo quiero remediar, sino sentir?, aunque si llego a advertir que es el remedio primero del mal el sentir el mal, por sentille más no sé si el sentirle dejaré, pues es mi desdicha tal que apeteciendo el morir sin pretender resistille, por no dejar de sentille le dejara de sentir. Desde el día que a don Juan en mi casa sucedió aquella desdicha, y yo veo que todos me dan la culpa sin merecella, tan muerta y tan otra estoy que aun sombra mía no soy. LUCÍA: Si tan noble como bella tu perfección me asegura de callarlo, yo diré que a dónde está don Juan sé. ANA: ¡Qué neciamente procura tu lisonja divertir mi mal! LUCÍA: Yo sé dónde está, y aunque tú no lo oigas, ya lo tengo yo de decir. Don Juan a Madrid llegó, --mas que lo calles te pido--, y está en la casa escondido de nuestro vecino; yo lo sé porque una crïada me lo ha dicho ahora a mí, pero no salga de aquí: ya ves que es cosa pesada. ANA: ¿Qué dices? LUCÍA: Lo que es verdad. ANA: Siendo dicha mía, no sé si algún crédito le dé siendo esa temeridad.
Salen Doña CLARA e INÉS
INÉS: ¿Qué es lo que tu pasión hacer procura? CLARA: ¿Qué? Llevar adelante una locura, que aunque nada importara el verme don Hipólito de Lara, por lo que se ha picado no ha de salir hoy, no, de este cuidado. INÉS: Que hay aquí gente mira. CLARA: ¿Faltará a una mujer una mentira que la saque de otra? Dama hermosa,
[Se dirige a Doña ANA]
si quien dice mujer dice piadosa, un rato --mal mi pena significo-- que me dejéis entrar aquí os suplico mientras que un hombre pasa esa calle; sagrado vuestra casa sea de mi cuidado, pues casa de deidad siempre es sagrado.

Mañanas de abril y mayo, part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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