Personas que hablan en ella:
Salen Don JUAN, embozado y ARCEO, gracioso, con una bujía en un candelero ARCEO: Ya he dicho que no está en casa mi señor, y es, caballero o fantasma o lo que sois, en vano esperarle, puesto que no sé a qué hora vendrá a acostarse. JUAN: Yo no puedo irme de aquí sin hablarle. ARCEO: Pues en el portal sospecho que estaréis mucho mejor. JUAN: Mejor estaré aquí dentro. ARCEO: Muerto de capa y espada, que tan pesado y tan necio has dado en andar tras mí rebozado y encubierto, agradécelo al Señor que te tengo mucho miedo, que si no, yo te pusiera a cuchilladas muy presto en la calle. JUAN: No lo dudo; mas no os turbéis; de paz vengo. De don Pedro soy amigo; sosegaos. ARCEO: ¡Lindo sosiego! JUAN: Y sentaos aquí. ARCEO: Yo estoy en mi casa, y si yo quiero me sentaré. JUAN: Pues estad como quisiéredes. ARCEO: Cierto que sois fantasma apacible y que tenéis mil respetos del convidado de piedra. JUAN: Decidme, ¿qué hace don Pedro fuera de casa a estas horas? ¿Diviértele amor o juego? ARCEO: Juego o amor le divierte. JUAN: Todo es uno, a lo que pienso, pues amor y juego, en fin, son de la Fortuna imperios. ¿Anda de ganancia ahora? ARCEO: Yo de pérdida me veo. JUAN: ¿Está desfavorecido? ARCEO: No lo sé. JUAN: ¿Pues sus secretos no fía de vos? ARCEO: No fía, sino presta algunos de ellos. ¿No bastaba entrometido sino preguntón?Sale Don PEDRO PEDRO: ¿Qué es esto? ARCEO: Esperad en hora mala en la calle o el infierno, si no queréis... PEDRO: Dime, loco, ¿qué ha sido? ARCEO: Vienes a tiempo, que si un poco más te tardas, a ese embozado sospecho que le echo por la ventana tan alto, que de este vuelo, ya que no sietedurmiente, sino volante, primero que volviera, se mudaran los trajes y los dineros, y se hablaran otras lenguas. PEDRO: ¿Quién es? ARCEO: No lo sé, mas pienso que es algún hombre casado que viene a verte encubierto, pues no se ha dejado ver la cara. PEDRO: Pues, caballero, ¿a quién buscáis así? JUAN: A vos. PEDRO: Decid qué queréis. JUAN: Dirélo en quedando solos. ARCEO: ¿Ves si digo bien? PEDRO: Majadero, salte allá fuera. ARCEO: En buen hora. (Mas aunque ir a parlar tengo Aparte con doña Lucía, la dueña de mi vecina, más quiero ser hoy crïado que amante, y he de estarme aquí, por serlo, escuchando cuanto digan.)Vase PEDRO: Ya estoy solo, y sólo espero que me digáis qué queréis. JUAN: Cerrad la puerta. PEDRO: Suspenso me tenéis. Ya está cerrada. JUAN: Pues ahora, a esos pies puesto, me dad, don Pedro, los brazos. PEDRO: Don Juan, amigo, ¿qué es esto? ¿Cómo os atrevéis a entrar así en Madrid, sin que el riesgo de vuestra vida miréis? JUAN: Como la muerte no temo, así no guardo la vida, que ya de tratarlas tengo con la compañía perdido a mis desdichas el miedo. Ya sabéis, como quien fue por la vecindad, tercero de mi desdichado amor aquel venturoso tiempo, que amé a doña Ana de Lara, cuyo divino sujeto se coronó de hermosura, se laureó de entendimiento. Ufano con mi esperanza y con su favor soberbio viví; en esto no me alabo, antes me desluzgo en esto, que en materia de favores es tan desdichado el premio que es el que le goza más el que lo merece menos. Ya sabéis que viento en popa este amor, este deseo, en el mar de la Fortuna tuvo de su parte el cielo hasta que, alterado el mar, el bajel del pensamiento en piélagos de desdichas corrió tormenta de celos. Una noche... --ciegamente lo que vos sabéis os cuento; pero dejad que lo diga, ya que es el pesar tan necio, que repetirle el dolor es repetirle el consuelo--, una noche, pues, salí de su casa yo, creyendo que para mí solo estaba el falso postigo abierto de un jardín, cuando llegando a abrirle, ¡ay Dios!, por de dentro, hacia la parte de fuera torcer otra llave siento. Suspendo la acción y a un lado me retiro, por si puedo mis celos averiguar, si es que han menester los celos para estar averiguados más diligencia que serlo. Entreabrieron el postigo y a la poca luz que dieron las estrellas en la calle, entrar solo un hombre veo que, sin luz y sin razón, andaba dos veces ciego. Bien le pudiera matar a mi salvo entonces, pero quise apurar la malicia a mis desdichas, y quedo me estuve un rato, ¡mal haya tan curioso sufrimiento! El, tentando las paredes, que no estaba, no, tan diestro como yo en ellas, que había estudiádolas más tiempo, llegó a tropezar en mí, y desalumbrado, viendo que había gente en el portal, dijo atrevido y resuelto, "No puede haber aquí nadie; que matarlo o conocerlo no me importe; otro no tenga las dichas que yo no tengo." No sé qué le respondí, y los dos con un esfuerzo hasta la calle salimos, donde solos cuerpo a cuerpo reñimos, hasta que igual mostró la Fortuna el duelo entre los dos, ¡ay de mí!, pues a quien me dio primero celos, le di yo la muerte, como quien dice, "Hoy intento que sea paz de nuestra lid, o morir o tener celos." Y dándome lo peor, quedé celoso y él muerto. Al ruido de las espadas llegó la justicia luego, y yo, apelando a los pies de la ejecución que hicieron las manos, me puse en salvo, mas no tanto que cogiendo un criado que esperaba con un rocín en el puesto, no dijese a la justicia quién era: sólo por ellos son señores los señores, que al fin se sirven de buenos. Con esta declaración me ausenté, mas no pudiendo vivir ausente y celoso, de esta manera me he vuelto a Madrid, y confïado en vuestra amistad, me atrevo a venirme a vuestra casa, y escarmentado, en efecto, de la lengua de un crïado, me he recatado del vuestro. Aquí estaré algunos días, sólo hasta saber si puedo ver a doña Ana, por quien tantas desdichas padezco, que aunque es verdad que ofendido estoy, la estimo y la quiero tanto, que solo a quejarme hoy a la corte me vuelvo por ver si acaso, ¡ay de mí!, se disculpa, que si llego, hablándola alguna noche siendo vos solo el tercero, a oír satisfacciones, que antes que ella las diga las creo, me iré a Flandes consolado de que sus disculpas llevo, que haciendo amistades sean camaradas de mis celos, porque así estaré seguro que ni el pesar ni el contento me maten, bien como aquel que está herido de un veneno y otro veneno le cura; que este es el último extremo de un hombre celoso, pues no puede, ni yo lo creo, hacer de su parte más que decir, "Quejoso vengo a creer cuanto digáis; y pues que vivir no puedo, haces que muera del gozo si he de morir del tormento." PEDRO: En dos empeños me pone la merced que me habéis hecho de valeros de esta casa y de mí, y es el primero el ampararos en ella, y así, cortésmente ofrezco casa, hacienda, honor y vida, don Juan, al servicio vuestro. El segundo es ayudaros en vuestro amor; para esto y para todo es forzoso, supuesto que él ha de veros, fïaros de ese criado, que aunque ha poco que le tengo, tengo de él satisfacción. No hablo ahora en vuestro pleito, que ya sabéis que un don Luis de Medrano, que era deudo del muerto, es quien se ha mostrado parte. JUAN: Ya nos conocemos los dos. PEDRO: Pues esto dejado, porque, en efeto, no quiero hablaros en penas hoy, de doña Ana lo que puedo deciros es que ni el rostro la he visto desde el suceso de esa noche, ni en ventana, ni en iglesia, ni en paseo de Prado y Calle Mayor, que es mucho para mí, siendo como soy, vecino suyo. JUAN: Fineza es, don Pedro; pero ¿quién puede a mí asegurarme que es por mí y no por el muerto ese luto que ha vestido su hermosura? PEDRO: Mas ¡qué presto a lo que le está peor discurre el entendimiento! JUAN: ¿Qué queréis? Es más honrado el mal que el bien. PEDRO: No lo entiendo. JUAN: Yo sí, pues dudo del bien cuanto dice, y del mal creo cuanto imagina, y mirad cuál es más honrado, puesto que uno siempre está tratando verdad, y otro está mintiendo. Pero lo que de la noche restaba al noturno velo, se ha desvanecido ya, de la hermosa luz huyendo del sol. Recogeos y haced del día noche. PEDRO: No puedo, porque tengo aquestas horas que hacer, y antes agradezco haberme hallado vestido. JUAN: Desvelado galanteo tenéis, pues os recogéis tan tarde y volvéis tan presto. PEDRO: Ando por averiguar, don Juan amigo, unos celos, por dejar desengañada una pretensión que tengo, y he de ir al Parque, porque su apacible sitio ameno de las flores y las damas es el cortesano imperio de estas mañanas de abril y mayo, y he de ir siguiendo esta dama. Vos podéis descansar en tanto. Arceo.Sale ARCEO ARCEO: Señor. PEDRO: Haz que luego al punto se haga en aqueste aposento una cama, y esto sea con recato y con silencio, que importa que nadie sepa que al señor don Juan tenemos en casa, y de ti lo fío solamente. A Dios.Vase ARCEO: Tú has hecho conmigo lo que se suele con los galeotes, y es cierto, pues de ellos nada hay seguro sino lo que se fía de ellos. JUAN: Yo me recaté de vos, Arceo, hasta conoceros.Vanse y salen doña CLARA e INÉS, criada INÉS: En fin, ¿que has dado en que has de ir al Parque? CLARA: ¿Quieres saber si puede dejar de ser, Inés? Pues has de advertir que me ha dicho que no vaya a él don Hipólito, y creo que fue alentar mi deseo para que más presto vaya, pues si ayer cuando me habló, que viniera me dijera, presumo que no viniera, y solo porque llegó a persuadirse que había de obedecerle, me ha dado tal gana, que he madrugado dos horas antes del día. INÉS: No es en nosotras hoy nueva esa culpa, ese pecado, que pecar en lo vedado es el patrimonio de Eva. Pero no sé lo que diga de este amor, de este deseo de los dos, porque no creo lo que a los dos os obliga. Don Hipólito es un hombre por loco y por maldiciente conocido de la gente más que por su propio nombre. Tú, perdona que lo diga, mujer, en justo o injusto, muy amiga de tu gusto, de tu libertad amiga. Él a todas quiso bien, tú a todos quisiste mal: dime, ¿amor tan desigual cómo ha de parar en bien?
Mañanas de abril y mayo, part 2
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu