This file was last updated on April 23, 2000

GOBERNADOR:       ¿Cómo ha sido la prisión?
FABIO:         Todos en su iglesia estaban
               escondidos, donde daban
               a su Dios adoración.
                  Llegué con armadas gentes,
               toda la casa cerqué,
               prendílos, y los llevé
               a cárceles diferentes;
                  y el suceso, en fin, concluyo
               con decir que en esta ruina
               prendí a la hermosa Justina
               y a Lisandro, padre suyo.
GOBERNADOR:       Pues si riquezas codicias,
               puestos, honores y más,
               ¿cómo esas nuevas me das,
               Fabio, sin pedirme albricias?
FABIO:            Si así estimas mis sucesos,
               las que me has de dar no ignoro.
GOBERNADOR:    Di.
FABIO:             La libertad de Floro
               y Lelio, que tienes presos. 
GOBERNADOR:       Aunque yo con su castigo
               parece que escarmentar
               quise todo este lugar,
               si la verdad, Fabio, digo,
                  otra es la causa por qué 
               presos han vivido un año,
               y es que así de Lelio el daño
               como padre aseguré.
                  Floro, su competidor,
               tiene deudos poderosos; 
               y estando los dos celosos
               y empeñados en su amor,
                  temí que habían de volver
               otra vez a la cuestión;
               y hasta quitar la ocasión, 
               no me quise resolver.
                  Con este intento buscaba
               algún color con que echar
               a Justina del lugar;
               pero nunca le topaba. 
                  Y pues su virtud fingida
               no sólo ocasión me da
               hoy de desterrarla ya,
               mas de quitarla la vida.
                  No estén más presos; y así 
               a sus prisiones irás,
               y con brevedad traerás
               a Lelio y a Floro aquí.
FABIO:            Beso mil veces tus pies.
               ¡Qué merced tan peregrina! 

Vase FLORO
GOBERNADOR: Ya está en mi poder Justina, presa y convencida; pues ¿qué espera mi rabia fiera, que ya en ella no ha vengado los enojos que me ha dado? A sangrientas manos muera de un verdugo.
A un CRIADO
Vos, mirad Que aquí la traigáis os mando hoy a la vergüenza dando escándalo a la ciudad; porque si en palacio está, nada a darla vida baste.
Salen FABIO, LELIO y FLORO
FABIO: Los dos por quien envïaste están a tus plantas ya. LELIO: Yo, que al fin sólo deseo parecer tu hijo esta vez, no te miro como juez, con los temores de reo, sino como padre airado, con los temores de hijo obediente. FLORO: Y yo colijo, viéndome de ti llamado, que es para darme, señor, castigos que no merezco. Pero a tus plantas me ofrezco. GOBERNADOR: Lelio, Floro, mi rigor justo con los dos ha sido, porque, si no os castigara, padre, no juez me mostrara. Pero teniendo entendido que en los nobles no duró nunca el enojo, y que ya quitada la causa está, intento piadoso yo haceros amigos luego. En muestras de la amistad aquí los brazos os dad. LELIO: Yo el venturoso a ser llego en ser hoy de Floro amigo. FLORO: Y yo de que lo seré doy mano y palabra. GOBERNADOR: En fe de eso a libraros me obligo, que si el desengaño toco que de vuestro amor tenéis, no dudo que lo seréis.
Dentro
DEMONIO: ¡Guarda el loco! ¡Guarda el loco! GOBERNADOR: ¿Qué es esto? LELIO: Yo lo iré a ver.
LELIO va a la puerta, y vuelve luego
GOBERNADOR: En palacio tanto ruido, ¿de qué puede haber nacido? FLORO: Gran causa debe de ser.

LELIO: Aqueste ruido, señor, --escucha un raro suceso-- es Ciprïano, que al cabo de tantos días ha vuelto loco y sin juicio a Antioquía. FLORO: Sin duda que de su ingenio la sutileza le tiene en aqueste estado puesto. TODOS: ¡Guarda el loco, guarda el loco!

Salen TODOS, y CIPRIANO, medio desnudo
CIPRIANO: Nunca yo he estado más cuerdo; que vosotros sois los locos. GOBERNADOR: Ciprïano, pues, ¿qué es esto? CIPRIANO: Gobernador de Antioquía, virrey del gran césar Decio, Floro y Lelio, de quien fui amigo tan verdadero, nobleza ilustre, gran plebe, estadme todos atentos; que por hablaros a todos juntos a palacio vengo. Yo soy Ciprïano; yo por mi estudio y por mi ingenio fui asombro de las escuelas, fui de las ciencias portento. Lo que de todas saqué fue una duda, no saliendo jamás de una duda sola confuso mi entendimiento. Vi a Justina, y en Justina ocupados mis afectos, dejé a la docta Minerva por la enamorada Venus. De su virtud despedido, mantuve mis sentimientos hasta que, mi amor pasando de un extremo en otro extremo, a un huésped mío, que el mar le dio mis plantas por puerto, por Justina ofrecí el alma, porque me cautivó a un tiempo el amor con esperanzas, y con ciencias el ingenio. De éste discípulo he sido, estas montañas viviendo, a cuya docta fatiga tanta admiración le debo que puedo mudar los montes desde un asiento a otro asiento; y aunque puedo estos prodigios hoy ejecutar, no puedo atraer una hermosura a la voz de mi deseo. La causa de no poder rendir este monstruo bello es que hay un Dios que la guarda, en cuyo conocimiento he venido a confesarle por el más sumo y inmenso. El gran Dios de los cristianos es el que a voces confieso; que aunque es verdad que yo agora esclavo soy del infierno, y que con mi sangre misma hecha una cédula tengo, con mi sangre he de borrarla en el martirio que espero. Si eres juez, si a los cristianos persigues duro y sangriento, yo lo soy; que un venerable anciano, en el monte mesmo, el carácter me imprimió que es su primer sacramento. Ea, pues, ¿qué aguardas? Venga el verdugo, y de mi cuello la cabeza me divida, o con extraños tormentos acrisole mi constancia; que yo rendido y resuelto a padecer dos mil muertes estoy, porque a saber llego que, sin el gran Dios que busco, que adoro y que reverencio, las humanas glorias son polvo, humo, ceniza y viento.
Déjase CIPRIANO caerse boca abajo en el suelo
GOBERNADOR: Tan absorto, Ciprïano, me deja tu atrevimiento que, imaginando castigos, a ninguno me resuelvo.
Pisándole
Levántate. FLORO: Desmayado, es una estatua de hielo.
Sacan presa a JUSTINA
CRIADO: Aquí está, señor, Justina. GOBERNADOR: (Verla la cara no quiero.) Aparte Con ese vivo cadáver todos sola la dejemos; porque, cerrados los dos, quizá mudarán de intento, viéndose morir el uno al otro; o sañudo y fiero, si no adoraren mis dioses, morirán con mil tormentos.
Vase el GOBERNADOR
LELIO: Entre el amor y el espanto confuso voy y suspenso.
Vase LELIO
FLORO: Tanto tengo que sentir que no sé qué es lo que siento.
Vase FLORO
JUSTINA: ¿Todos os vais sin hablarme? Cuando yo contenta vengo a morir, ¡aun no me dais muerte, porque la deseo!
Yendo tras ellos, ve a CIPRIANO
Mas sin duda es mi castigo, cerrada en este aposento, darme muerte dilatada, acompañada de un muerto, pues sólo un cadáver me hace compañía. ¡Oh tú, que al centro de donde saliste vuelves, dichoso tú, si te ha puesto en este estado la fe que adoro! CIPRIANO: Monstruo soberbio, ¿qué aguardas que no desatas mi vida en...?
Vela CIPRIANO, y levántase
¡Válgame el cielo! (¿No es Justina la que miro?) Aparte JUSTINA: (¿No es Cipriano el que veo?) Aparte CIPRIANO: (Mas no es ella, que en el aire Aparte la finge mi pensamiento.) JUSTINA: (Mas no es él: por divertirme, Aparte fantasmas me finge el viento.)
Recelándose uno de otro
CIPRIANO: Sombra de mi fantasía... JUSTINA: Ilusión de mi deseo... CIPRIANO: ...asombro de mis sentidos... JUSTINA: ...horror de mis pensamientos... CIPRIANO: ...¿qué me quieres? JUSTINA: ...¿qué me quieres? CIPRIANO: Ya no te llamo. ¿A qué efecto vienes? JUSTINA: ¿A qué efecto tú me buscas? Ya en ti no pienso. CIPRIANO: Yo no te busco, Justina. JUSTINA: Ni yo a tu llamado vengo. CIPRIANO: Pues ¿cómo estás aquí? JUSTINA: Presa. ¿Y tú? CIPRIANO: También estoy preso. Pero tu virtud, Justina, dime, ¿qué delito ha hecho?
Cóbranse los dos
JUSTINA: No es delito, pues ha sido por el aborrecimiento de la fe de Cristo, a quien como a mi Dios reverencio. CIPRIANO: Bien se lo debes, Justina; que tienes un Dios tan bueno que vela en defensa tuya. Haz tú que escuche mis ruegos. JUSTINA: Sí hará, si con fe le llamas. CIPRIANO: Con ella le llamo; pero aunque de él no desconfío, mis extrañas culpas temo. JUSTINA: Confía. CIPRIANO: ¡Ay, qué inmensos son mis delitos! JUSTINA: Más inmensos son sus favores. CIPRIANO: ¿Habrá para mí perdón? JUSTINA: Es cierto. CIPRIANO: ¿Cómo, si el alma he entregado al demonio mismo en precio de tu hermosura? JUSTINA: No tiene tantas estrellas el cielo, tantas arenas el mar, tantas centellas el fuego, tantos átomos el día, ni tantas plumas el viento, como Él perdona pecados. CIPRIANO: Así, Justina, creo, y por Él daré mil vidas. Pero la puerta han abierto
Saca FABIO a CLARÍN, MOSCÓN y LIVIA
FABIO: Entrad, que con vuestros amos aquí habéis de quedar presos.
Vase FABIO
LIVIA: Si ellos quieren ser cristianos, ¿acá qué culpa tenemos? MOSCÓN: Mucha; que los que servimos harto gran delito hacemos. CLARÍN: Huyendo del monte, vine de un riesgo a dar a otro riesgo.
Sale un CRIADO
CRIADO: A Justina y a Ciprïano el gobernador Aurelio llama. JUSTINA: ¡Dichosa seré si es para el fin que deseo! - No te acobardes, Ciprïano. CIPRIANO: Fe, valor y ánimo tengo; que si de mi esclavitud la vida ha de ser el precio, quien el alma dio por ti, ¿qué hará en dar por Dios el cuerpo? JUSTINA: Que en la muerte te querría dije; y pues a morir llego contigo, Ciprïano, ya cumplí mis ofrecimientos.
Vanse, y quedan los tres solos
MOSCÓN: ¡Qué contentos a morir se van! LIVIA: Mucho más contentos los tres a vivir quedamos. CLARÍN: No mucho; que falta un pleito que averiguar; y aunque aquésta no es ocasión, por si luego no hay lugar, no será justo que echemos a mal el tiempo. MOSCÓN: ¿Qué pleito es ése? CLARÍN: Yo he estado ausente... LIVIA: Di. CLARÍN: ...un año entero, y un año Moscón ha sido sin mi intermisión tu dueño; y a rata por cantidad, para que iguales estemos, otro año has de ser mía. LIVIA: ¿Pues de mí presumes eso, que había de hacerte ofensa? Los días lloraba enteros que me tocaba llorar. MOSCÓN: Y yo soy testigo de ello; que el día que no era mío guardé a tu amistad respeto. CLARÍN: Eso es falso, porque hoy no lloraba cuando dentro de su casa entré, y con ella estabas tú muy de asiento. LIVIA: No era hoy día de plegaria. CLARÍN: Sí era, que, si bien me acuerdo, el día que me ausenté era mío. LIVIA: Ése fue yerro. MOSCÓN: Ya sé en lo que el yerro ha estado. Éste fue año de bisiesto y fueron pares los días. CLARÍN: Yo me doy por satisfecho, porque no lo ha de apurar todo el hombre. Mas ¿qué es esto?
Suena gran ruido de tempestad, y salen TODOS, alborotados
LIVIA: La casa se viene abajo. MOSCÓN: ¡Qué confusión! ¡Qué portento! GOBERNADOR: Sin duda se ha desplomado la máquina de los cielos.
Durando la tempestad
FABIO: Apenas en el cadalso cortó el verdugo los cuellos de Ciprïano y de Justina cuando hizo sentimiento toda la tierra. LELIO: Una nube, de cuyo abrasado seno abortos horribles son los relámpagos y truenos, sobre nosotros cae. FLORO: De ella un disforme monstruo horrendo en las escamadas conchas de una sierpe sale, y, puesto sobre el cadalso, parece que nos llama a su silencio.
Esto se haga como mejor pareciere. El cadalso se descubrirá con las cabezas y cuerpos, y el DEMONIO en alto, sobre una sierpe
DEMONIO: Oíd, mortales, oíd lo que me mandan los cielos que en defensa de Justina haga a todos manifiesto. Yo fui quien, por disfamar su virtud, formas fingiendo, su casa escalé, y entré hasta su mismo aposento; y porque nunca padezca su honesta fama desprecios, a restitüir su honor de aquesta manera vengo. Ciprïano, que con ella yace en feliz monumento, fue mi esclavo; mas, borrando con la sangre de su cuello la cédula que me hizo, ha dejado en blanco el lienzo; y los dos, a mi pesar, a las esferas subiendo del sacro solio de Dios, viven en mejor imperio. Ésta es la verdad, y yo la digo, porque Dios mesmo me fuerza a que yo la diga, tan poco enseñado a hacerlo.
Cae velozmente, y húndese el DEMONIO
LELIO: ¡Qué asombro! FLORO: ¡Qué confusión! LIVIA: ¡Qué prodigio! MOSCÓN: ¡Qué portento! GOBERNADOR: Todos éstos son encantos que aqueste mágico ha hecho en su muerte. FLORO: Yo no sé si los dudo o si los creo. LELIO: A mí me admira el pensarlos. CLARÍN: Yo solamente resuelvo que, si él es mágico, ha sido el mágico de los cielos. MOSCÓN: Pues dejando en pie la duda del bien partido amor nuestro a el mágico prodigioso pedid perdón de los yerros.

FIN DE LA COMEDIA

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu