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LIVIA: Señor, el gobernador
me ha mandado que te llame,
y a la puerta está esperando.
FLORO: Mejor será que yo aguarde;
(Pensaré en tanto el engaño.) Aparte
y ansí es bien que le despaches.
LISANDRO: Estimo tu cortesía.
Aquí volveré al instante.
Vanse LISANDRO y LIVIA
FLORO: ¿Eres tú la virtüosa
que a las lisonjas süaves
del templado viento llamas
descomedidos ultrajes?
Pues ¿cómo de tu recato
y de tu casa las llaves
rendiste?
JUSTINA: Floro, detente:
no tan descortés agravies
opinión de quien el sol
hizo el más costoso examen
de pura y limpia.
FLORO: Ya llega
aquesa vanidad tarde,
pues ya yo sé a quien has dado
libre entrada...
JUSTINA: ¡Que así hables!
FLORO: ...por un balcón...
JUSTINA: No pronuncies.
FLORO: ...a tu honor.
JUSTINA: ¡Que así me trates!
FLORO: Sí, que no me merecen más
hipócritas humildades.
LELIO: (Floro no fue el del balcón. Aparte
Sin duda que hay otro amante,
puesto que ni él ni yo fuimos.)
JUSTINA: Pues tienes ilustre sangre,
no ofendas nobles mujeres.
FLORO: ¡Que noble mujer te llames
cuando a tus brazos le admites
y por tus balcones sale!
Rindióte el poder; que como
es gobernador su padre,
te llevó la vanidad
de ver que a Antioquía mande...
LELIO: (De mí habla.) Aparte
FLORO: ...sin mirar
otros defectos más grandes
que la autoridad le encubre
en sus costumbres y sangre.
Pero no...
Sale LELIO
LELIO: Floro, detente,
y no en mi ausencia me agravies;
que hablar del competidor
mal son despechos cobardes.
Y salgo a que no prosigas,
corrido de tantos lances
como contigo he tenido,
sin que en ninguno te mate.
JUSTINA: ¿Quién, sin culpa, se vio nunca
en tan peligrosos lances?
FLORO: Cuanto yo de ti dijera
detrás te diré delante,
y es verdad no sospechosa.
JUSTINA: Tente, Lelio; Floro, ¿qué haces?
LELIO: Tomar la satisfacción
adonde escucho el desaíre.
Empuñan las espadas
FLORO: Yo, sustentar lo que dije
donde lo dije.
JUSTINA: ¡Libradme,
cielos, de tantas fortunas!
FLORO: Y yo sabré castigarte.
Sale el GOBERNADOR, GENTE y LISANDRO
TODOS: Teneos.
JUSTINA: ¡Ay infelice!
GOBERNADOR: ¿Qué es esto? Mas ¿no es bastante
indicio espadas desnudas,
para que pueda informarme?
JUSTINA: ¡Qué desdicha!
LISANDRO: ¡Qué pesar!
TODOS: Señor...
GOBERNADOR: Baste, Lelio, baste.
¿Tú inquieto, siendo mi hijo?
¿Tú de mi favor te vales
para alterar a Antíoquía?
LELIO: Señor, advierte...
GOBERNADOR: Llevadles;
que no ha de haber excepción
ni privilegios de sangre
para no igualar castigos,
pues son las culpas iguales.
LELIO: (Celos truje, y llevo agravios.) Aparte
FLORO: (Penas a penas se añaden.) Aparte
Llévanlos
GOBERNADOR: En diferentes prisiones,
y con gente que los guarde,
a los dos tened. Y vos,
Lisandro, ¿tan nobles partes
es posible que manchéis
sufriendo...
LISANDRO: No, no os engañen
deslumbradas apariencias.
porque Justina no sabe
la ocasión.
GOBERNADOR: ...dentro en su casa,
queréis que viva ignorante,
mozos ellos y ella hermosa?
En delito tan culpable
me templo, porque no digan
que sentencio como parte,
siendo apasionado juez;
mas vos que esto ocasionasteis,
ya perdida la vergüenza,
sé que volveréis a darme
ocasión, que la deseo,
para que nos desengañen
de vuestra virtud mentida
verdaderas liviandades.
Vanse el GOBERNADOR y su GENTE
JUSTINA: Mis lágrimas os respondan.
LISANDRO: Ya lloras sin fruto y tarde.
¡Oh qué mal, Justina, hice
el día que a declararte
llegué quién eras! ¡Oh nunca
te contara que, en la margen
de un arroyo, en ese monte
fuiste parto de un cadáver!
No me des satisfacciones.
JUSTINA: Los cielos han de abonarme.
LISANDRO: ¡Qué tarde será...
JUSTINA: No hay plazo
que en la vida llegue tarde...
LISANDRO: para castigar delitos!
JUSTINA: ... para acrisolar verdades.
LISANDRO: Por lo que vi te condeno.
JUSTINA: Yo a ti por lo que ignoraste.
LISANDRO: Déjame, que voy muriendo,
donde mi dolor me acabe.
JUSTINA: Pierda yo a tus pies la vida;
pero no me desampares.
Vanse. Salen el DEMONIO, CIPRIANO, MOSCÓN y
CLARÍN
DEMONIO: Desde que en tu casa entré,
te he visto sin alegría:
profunda melancolía
en tu semblante se ve.
Tu alivio no es bien que estorbes,
queriéndomelo ocultar,
pues sabré destachonar
la clavazón de los orbes,
por sólo el menor deseo
que te ofenda y te fatigue.
CIPRIANO: No habrá mágica que obligue
al imposible que veo:
son mis ansias infelices.
DEMONIO: Tu amistad me las confiese.
CIPRIANO: Quiero a una mujer.
DEMONIO: ¿Y es ése
el imposible que dices?
CIPRIANO: Si tú supieras quién es...
DEMONIO: Curiosa atención te doy,
mientras que burlando estoy
de que tan cobarde estés.
CIPRIANO: La hermosa cuna temprana
del infante sol, que enjuga
lágrimas cuando madruga,
vestido de nieve y grana;
la verde prisión ufana
de la rosa cuando avisa
que ya sus jardines pisa
abril, y entre mansos hielos
al alba es llanto en los cielos
lo que es en los campos risa;
el detenido arroyuelo,
que el mormurar más süave
aun entre dientes no sabe,
porque se los prende el hielo;
el clavel, que en breve cielo
es estrella de coral;
el ave, que liberal
vestir matices presuma,
veloz cítara de pluma,
al órgano de cristal;
el risco que al sol engaña,
si a derretirle se atreve,
pues, gastándole la nieve,
no le gasta la montaña;
el laurel que el pie se baña
con la nieve que atropella,
y, verde Narciso de ella,
burla sin temer desmayos
en esta parte los rayos
y los hielos en aquélla;
al fin, cuna, grana, nieve,
campo, sol, arroyo o rosa,
ave que canta amorosa,
risa que aljófares llueve,
clavel que cristales bebe,
peñasco sin deshacer,
y laurel que sale a ver
si hay rayos que le coronen
son las partes que componen
a esta divina mujer.
Estoy tan ciego y perdido,
porque mi pena te asombre,
que, por parecerla otro hombre,
me engañé con el vestido.
Mis estudios di al olvido
como al vulgo mi opinión,
el discurso a mi pasión,
a mi llanto el sentimiento,
mis esperanzas al viento,
y al desprecio mi razón.
Dije, y haré lo que dije,
que ofreciera liberal
el alma a un genio infernal
--de aquí mi pasión colige--
porque este amor que me aflige
premiase con merecella;
pero es vana mi querella,
tanto que presumo que es
el alma corto interés,
pues no me la dan por ella.
DEMONIO: ¿Tu valor ha de seguir
los pasos desesperados
de amantes que se acobardan
en los primeros asaltos?
¿Tan lejos ejemplos viven
de bellezas que postraron
su vanidad a los ruegos,
su altivez a los halagos?
¿Quieres lograr tus deseos,
siendo su prisión tus brazos?
CIPRIANO: ¿Eso dudas?
DEMONIO: Pues envía
allá fuera esos crïados,
y quedemos los dos solos.
CIPRIANO: Idos allá fuera entrambos.
MOSCÓN: Yo obedezco.
CLARÍN: Y yo también.
(El tal huésped es el diablo.) Aparte
Escóndese CLARÍN
CIPRIANO: Ya se fueron.
DEMONIO: (Poco importa Aparte
que Clarín se haya quedado.)
CIPRIANO: ¿Qué quieres ahora?
DEMONIO: Esa puerta
cierra.
CIPRIANO: Ya solos estamos.
DEMONIO: ¿Por gozar a esta mujer
aquí dijeron tus labios
que darás el alma?
CIPRIANO: Sí.
DEMONIO: Pues yo te acepto el contrato.
CIPRIANO: ¿Qué dices?
DEMONIO: Que yo le acepto.
CIPRIANO: ¿Cómo?
DEMONIO: Como puedo tanto,
que te enseñaré una ciencia
con que podrás a tu mando
traer la mujer que adoras;
que yo, aunque tan docto y sabio,
traerla para otro no puedo.
Las escrituras hagamos
ante nosotros dos mismos.
CIPRIANO: ¿Quieres con nuevos agravios
dilatar las penas mías?
Lo que ofrecí está en mi mano,
pero lo que tú me ofreces
no está en la tuya, pues hallo
que sobre el libre albedrío
ni hay conjuros ni hay encantos.
DEMONIO: Hazme la cédula tú
con tal condición.
CLARÍN: (¡Mal año! Aparte
Según lo que agora he visto,
no es muy bobo aqueste diablo.
¡Yo darle cédula! Aunque
se me tuvieran mis cuartos
sin alquilar veinte siglos,
no la hiciera.)
CIPRIANO: Los engaños.
son para alegres amigos,
no para desconfïados.
DEMONIO: Quiero darte en testimonio
de lo que yo puedo y valgo
algún indicio, aunque sea
de mi poder breve rasgo.
¿Qué ves de esta galería?
CIPRIANO: Mucho cielo y mucho prado,
un bosque, un arroyo, un monte.
DEMONIO: ¿Qué es lo que más te ha agradado?
CIPRIANO: El monte, porque es, en fin,
de la que adoro retrato.
DEMONIO: Soberbio competidor
de la estación de los años,
que te coronas de nubes
por bruto rey de los campos,
deja el monte, mide el viento:
mira que soy quien te llamo.
Y mira tú si a una dama
traerás, si yo a un monte traigo.
Múdase un monte de una parte a otra del
tablado
CIPRIANO: ¡No vi más confuso asombro!
¡No vi prodigio más raro!
CLARÍN: (Con el espanto y el miedo Aparte
estoy dos veces temblando.)
CIPRIANO: Pájaro que al viento vuelas,
siendo tus plumas tus ramos;
bajel que en el viento surcas;
siendo jarcias tus peñascos:
vuélvete a tu centro, y deja
la admiración y el espanto.
DEMONIO: Si ésta no es prueba bastante,
pronuncien otra mis labios.
¿Quieres ver esa mujer
que adoras?
CIPRIANO: Sí.
DEMONIO: Pues rasgando
las duras entrañas, tú,
monstruo de elementos cuatro,
manifiesta la hermosura
que en tu oscuro centro guardo.
Ábrese un peñasco, y está
JUSTINA durmiendo
¿Es aquélla la que adoras?
CIPRIANO: Aquélla es la que idolatro.
DEMONIO: Mira si dártela puedo,
pues donde quiero la traigo.
CIPRIANO: Divino imposible mío,
hoy serán centro tus brazos
de mi amor, bebiendo al sol
luz a luz y rayo a rayo.
Ciérrase el monte
DEMONIO: Detente, que hasta que firmes
la palabra que me has dado,
no puedes tocarla.
CIPRIANO: Espera,
parda nube del más claro
sol que amaneció a mis dichas...
Mas con el viento me abrazo.
Ya creo tus ciencias, ya
confieso que soy tu esclavo.
¿Qué quieres que haga por ti?
¿Qué me pides?
DEMONIO: Por resguardo
una cédula firmada
con tu sangre y de tu mano.
CLARÍN: (El alma le diera yo Aparte
por no haberme aquí quedado.)
CIPRIANO: Pluma será este puñal,
papel este lienzo blanco,
y tinta para escribirlo
la sangre es ya de mis brazos.
Escribe con la daga en un lienzo, habiéndose
sacado sangre de un brazo
(¡Qué hielo! ¡Qué horror! ¡Qué asombro!) Aparte
Digo yo, el gran Ciprïano,
que daré el alma inmortal...
(¡Qué frenesí! ¡Qué letargo!) Aparte
...a quien me enseñare ciencias...
(¡Qué confusiones! ¡Qué espantos!) Aparte
...con que pueda atraer a mí
a Justina, dueño ingrato;
y lo firmé de mi nombre
DEMONIO: (Ya se rindió a mis engaños Aparte
el homenaje valiente,
donde estaban tremolando
el discurso y la razón.)
¿Has escrito?
CIPRIANO: Sí, y firmado.
DEMONIO: Pues tuyo es el sol que adoras.
CIPRIANO: Tuya por eternos años
es el alma que te ofrezco.
DEMONIO: Alma con alma te pago,
pues por tuya te doy
la de Justina.
CIPRIANO: ¿Qué tanto
término para enseñarme
la magia tomas?
DEMONIO: Un año,
con condición...
CIPRIANO: Nada temas.
DEMONIO: ...que en una cueva encerrados,
sin estudiar otra cosa,
hemos de vivir entrambos,
sirviéndonos solamente
a los dos este crïado,
Saca a CLARÍN
que curioso se quedó,
pues, con nosotros llevando
su persona, este secreto
de esta suerte, aseguramos.
CLARÍN: (¡Oh nunca yo me quedara! Aparte
¡Que habiendo vecinos tantos
que acechen, no haya un demonio
que venga al punto a llevarlos!)
CIPRIANO: Está bien. Dos dichas juntas
ingenio y amor lograron,
pues Justina será mía,
y yo vendré a ser espanto
del mundo con nuevas ciencias.
DEMONIO: No salió mi intento en vano.
CLARÍN: El mío sí.
DEMONIO: Ven con nosotros
(Ya vencí el mayor contrario.) Aparte
CIPRIANO: Dichosos seréis, deseos,
si tal posesión alcanzo.
DEMONIO: (No ha de sosegar mi envidia Aparte
hasta que los gane a entrambos.)
Vamos, y de aqueste monte
en lo oculto y lo intrincado
oirás la primer lición
hoy de la mágica.
CIPRIANO: Vamos.
que, con tal maestro mí ingenio,
mi amor con dueño tan alto,
eterno será en el mundo
el mágico Ciprïano.
FIN DE LA SEGUNDA JORNADA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu