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JUAN: ¡Cielos! ¿Qué es esto que miro! LEONOR: ¡Ay de mí! JUEZ: ¡El cielo me valga! LUIS: Ninguno deje su puesto; esténse como se estaban, mientras que al señor Bautista le digo cuatro palabras. JUEZ: ¡Hola! LUIS: No, no os alteréis. MANUEL: El llamar no es de importancia, si no queréis que os respondan crïados que en vuestra casa os sirvieron otra vez. JUEZ: ¿Así mi poder se trata? ¿Así el respeto se pierde a la justicia? LUIS: ¿Quién guarda más su respeto que yo, supuesto, señor, que en nada os ofendo, antes os sirvo con puntualidades tantas que, porque vos no os canséis buscándome en partes varias, vengo a buscaros? JUEZ: ¿Así os pone vuestra arrogancia delante de la señora que es la parte a quien agravia la traición que ha derramado la sangre que la venganza está pidiendo a los cielos, con lengua que finge el nácar de estas flores, que han vivido desde entonces con dos almas? LUIS: Antes con esto la obligo, pues que la quito la causa de un rencor tan indignado a su sangre ilustre y clara, por haber crédito dado a un testigo que la engaña. O si no, decid, señora, si cuerpo a cuerpo matara don Alonso a vuestro hermano, sin traición y sin ventaja, ¿siguiérades rigurosa el castigo y la venganza? LEONOR: No; porque, aunque a las mujeres las leyes les son negadas de los duelos de los hombres, las que mi valor alcanzan saben las obligaciones que se debe a una desgracia. Si en igual campo a don Diego hubiera muerto, en mi casa estuviera don Alonso seguro de mi venganza. Yo misma--¡viven los cielos!-- la amparara y perdonara, a ser noble su desdicha. LUIS: Pues yo tomo esa palabra; y, pues la ley del derecho nadie la ignora, asentada ley es que se ratifique el testigo o que no valga.-- Éste, Bautista, es tu dicho. Hele leído, y declara lo que es verdad y mentira.

Dale a JUAN Bautista el papel
LEONOR: (¡Determinación bizarra!) Aparte LUIS: Primeramente tú aquí dices que escondido estabas cuando miraste reñir a los dos en la campaña. ¿Ésta es verdad? JUAN: Sí lo es. LUIS: Dices que de entre unas ramas me viste salir a mí y ponerme con mi espada al lado de don Alonso. Pues sabes que aquí te engañas, di la verdad. JUAN: Ésta lo es. LUIS: Miente tu lengua tirana.
Dispara una pistola, y cae JUAN Bautista en el suelo
JUAN: ¡Válgame el cielo! LUIS: Señor juez, vuesa merced añada aquesta muerte al proceso; y adiós.--Tú, Manuel, desata los caballos que han traído estos señores y marcha; que, pues aquí han de quedarse, no les harán mucha falta.-- Adiós.
Vanse LUIS Pérez y MANUEL
JUEZ: ¡Por vida del rey, que tan soberbia arrogancia o me ha de costar la vida o ha de quedar castigada! JUAN: Escucha, señora, y sabe que muero con justa causa; pues cuanto he dicho fingí por conseguir a su hermana. Don Alonso dio la muerte cuerpo a cuerpo y cara a cara a tu hermano. Esto es verdad; que a voces lo diga basta para que en mi triste muerte esta deuda satisfaga.
Muere. Vuelven a salir ALGUACIL 1, ALGUACIL 2 y los otros que llevaban preso a PEDRO, y él resistiéndose
ALGUACIL 1: A la voz de la escopeta, lengua de fuego, que habla a los vientos, hemos vuelto a saber si algo nos mandas. JUEZ: Venid todos; que Luis Pérez aquí en este monte aguarda. PEDRO: ¿No lo dije yo, que había de venir tras mí sin falta? JUEZ: Hoy han de morir; y aquí, porque aquéste no se vaya, que bien se ve estar culpado, queden dos hombrres de guarda con él. PEDRO: Si era mi delito callar dónde Luis estaba, ¿yo no dije que vendría y vino? ¿Qué culpa hallan en mí? JUEZ: Los dos nos quedemos con él.-- Ven, traidor, y calla.
Vanse el JUEZ, PEDRO, ALGUACIL 1, ALGUACIL 2, y todos los hombres, llevándose el cadáver de JUAN Bautista
LEONOR: Mucho sentiré que alcancen este hombre; que, aunque airada estuve con él, sabiendo la verdad, con justa causa podrá trocar el valor en agravio la venganza. La vida tengo de darle si puedo, en desdicha tanta. ¡Que a tanto el valor obligue que temple al mismo que agravia!
Vase. Salen LUIS Pérez y MANUEL
LUIS: Pues rendidos a su aliento los caballos se desmayan, en la espesura del monte esperemos cara a cara.
Dentro el JUEZ
JUEZ: En esta parte se esconden entre las espesas ramas; cercadlos por todas partes. MANUEL: Perdidos somos; que en tanta gente no hemos de poder defendernos, pues la espalda no está segura jamás. LUIS: Sí está. Escuchad una traza; si con toda aquesta gente riñésemos cara a cara, no podrán jamás cercarnos, si estamos espalda a espalda, pues hallarán siempre así el rostro, el pecho y la espada. Reñid vos con quien cayere hacia esa parte, y sed guarda de mi vida, y de la vuestra yo. MANUEL: Pues si tú me la guardas, seguro estoy, venga el mundo.
Salen el JUEZ y todos los que pudieren, pónense los dos de espaldas y andan alrededor riñendo, y procuran apartarlos
JUEZ: ¡A ellos! LUIS: ¡Llegad, canalla!-- Manuel, ¿cómo va? MANUEL: Muy bien. ¿Qué hay por allá? LUIS: Linda daga. JUEZ: Demonios son estos hombres. LUIS: Pues que ya nos desamparan el puesto, ¡a la cumbre!
Vase
MANUEL: ¡Al monte!
Vase
JUEZ: Seguidlos, y no se vayan.
Vanse. Salen por lo alto ISABEL y doña JUANA
ISABEL: Aquel arcabuz que oí, de horror y tristeza lleno, siendo para todos trueno, rayo ha sido para mí. ¡Válgame Dios! ¿Qué será el tardar Luis y Manuel? Que un pensamiento crüel asombro y temor me da. Amiga, ¿qué te parece? JUANA: ¿Cómo quieres que te den respuesta voces de quien la misma duda padece? ISABEL: Bajemos de esta montaña; que menos mal es morir de una vez que no sentir muerte prolija y extraña.
Salen LUIS Pérez y MANUEL
LUIS: Procurad, Manuel, salir; que una vez allá los dos, a una escuadra--¡voto a Dios!-- no nos hemos de rendir. ISABEL: ¡Luis! JUANA: ¡Manuel! MANUEL: ¡Mi bien! LUIS: ¡Hermana! ISABEL: ¿Qué es esto? LUIS: Que el mundo viene sobre nosotros. MANUEL: No tiene el hado defensa humana.
Recoge ISABEL una piedra
ISABEL: No temáis al mundo entero, si os asegura, y no en vano, este peñasco en mi mano, y en las vuestras ese acero.
Salen el JUEZ y su gente
JUEZ: Trepad la montaña arriba, que, a pesar de ofensas tantas, tengo de poner las plantas sobre su cerviz altiva. ¡Vive el cielo, que ha de ser plaza todo este horizonte y cadalso aqueste monte que mi justicia ha de ver! Quien me diere vivo o muerto a Luis Pérez, le daré dos mil escudos. LUIS: A fe, que es muy barato el concierto; tasáisme en precio muy vil; yo os taso en más. Quien me diere vivo o muerto al juez, espere de mi mano cuatro mil. JUEZ: ¡Tirad, matadle! ¡Del cielo castigue un rayo a los dos!
Disparan un arcabuz, y cae LUIS
LUIS: Muerto soy. ¡Válgame Dios! JUEZ: Date a prisión. LUIS: ¿Cómo? Apelo a la espada. Mas ¡ay triste!, en pie no puedo tenerme. Llegad, llegad a prenderme.
Viene rodando
JUEZ: Aun muerto se me resiste. ISABEL: Esperad, no le matéis o, si esa saña atrevida a él le quitó la vida, con ella no me dejéis. JUEZ: Caminad a Salvatierra; que en tal presa voy contento.
Vanse LUIS Pérez preso, el JUEZ y su gente. Habla MANUEL en lo alto
MANUEL: ¡Suelta! JUANA: ¿Qué intentas? MANUEL: Intento despeñarme de esta sierra. JUANA: ¡Detente! MANUEL: ¡Suelta o, por Dios, que te arroje de mis brazos a ese valle, hecha pedazos, donde muramos los dos!
Baja MANUEL. Sale don ALONSO muy alborotado
ALONSO: ¿Qué es esto? MANUEL: Que llevan preso a Luis Pérez este día. A riesgo de la honra mía, de mi amistad el exceso se ha de ver. ALONSO: Vamos tras él; que, aunque encubierto he venido, y estarlo aquí he pretendido, si ha llegado a tan crüel estado y a tales puntos de un amigo los extremos, las máscaras nos quitemos, y muramos todos juntos.
Vanse. Salen ALGUACIL 1 y ALGUACIL 2 con PEDRO
ALGUACIL 1: Bravo ruido es el que suena en el monte y en el valle. PEDRO: Espérenme aquí un poquito; que yo iré y, en un instante, bien informado de todo, veloz volveré a contarles lo que pasa. ALGUACIL 2: Estése quedo, y un átomo no se aparte, o detendránle dos balas. PEDRO: Serán rémoras notables. Ahora bien, pues que no quieren que vaya y vuelva a informarles, vayan y vuelvan los dos a informarme a mí, que es fácil. ALGUACIL 2: No te habemos de dejar un minuto. PEDRO: ¿Hay más constantes guardas? ¿Soy día de fiesta, para que todos me guarden? Si bien tengo aquí un consuelo, y es que no vendrá a buscarme, mientras preso estoy, Luis Pérez, si este sagrado me vale. ALGUACIL 1: Gran gente viene a nosotros. PEDRO: Es verdad, y aquí adelante vienen dos arcabuceros, y detrás otros que tales. En medio de todos cuatro un hombre embozado traen, y luego infinita gente.
Salen el JUEZ y ALGUACIL 3, ALGUACIL 4 que traen a LUIS Pérez embozado
JUEZ: ¿Dónde aquel preso dejasteis? ALGUACIL 3: Aquí, señor. JUEZ: Los dos juntos de aquesta manera marchen. ALGUACIL 4: No podrá Luis, porque tiene hecho un brazo dos mil partes, y ya fallece, señor, con la falta de la sangre. JUEZ: Dejadle cobrar aliento, y por ahora destapadle. PEDRO: Sólo aquí pudo la suerte perseguirme y apurarme la paciencia. ¿Cuánto va que pára esto en que se hace un cepo para los dos, para los dos una cárcel, para los dos una horca, un cordel y un enterrarme con él en un mismo hoyo? LUIS: ¿Quién aquí se queja? PEDRO: Nadie. LUIS: No temas, Pedro; que ya no tienes que recelarte; que ayer de matar fue día, y hoy de morir. ¡Ah inconstantes presunciones de los hombres, qué desvanecidas yacen! JUEZ: ¿Qué gente nos sale al paso allí, y tantas armas trae?
Salen doña LEONOR, doña JUANA, ISABEL y algunos criados
LEONOR: Yo soy, con estas señoras, que, corrida de mirarme vengativa, por engaños de un traidor, quiero mostrarme piadosa y agradecida a desengaño tan grande. Dadme ese preso; que yo le perdono como parte. ISABEL: O si no, le quitaremos. Dadnos el preso al instante. PEDRO: ¿En qué ha de parar aquesto? LUIS: Hermosa Leonor, no trates de darme vida.
Salen don ALONSO, MANUEL y otros
ALONSO: Señor, escucha. JUEZ: Otro nuevo lance es aquéste. ALONSO: Don Alonso de Tordoya soy; que sabe agradecer de esta suerte mi amistad acciones tales. Aquesto es venir restados, por eso no hay que excusarse en entregarnos el preso. MANUEL: Cuantos miras aquí antes morirán que desistir de una acción tan admirable. ISABEL: Venga el preso. ALONSO: El preso venga. JUEZ: Probad, si queréis llevarle. ALONSO: ¡A ellos, y mueran todos! LEONOR: Aquí estoy de vuestra parte, don Alonso; pero luego advierte que has de pagarme el haber muerto a mi hermano. ALONSO: De eso ahora no se trate; que yo os daré la disculpa. PEDRO: (Y parará en que se casen.) Aparte ALONSO: ¿No hay remedio, señor juez? JUEZ: No habrá remedio que baste. ALONSO: Pues, ¡ánimo y pelead! ¡Ea, amigos, dadles, dadles!
Éntranlos a cuchilladas, y sale por otra puerta libre LUIS Pérez con don ALONSO
ALONSO: Ya, Luis Pérez, estáis libre. LUIS: Don Alonso, amigo, antes estoy preso; que quisiera pagar acción semejante y, mientras me desempeño, mi vida a esas plantas yace. ALONSO: Deja[d] ahora cumplimientos. LUIS: ¿Qué haremos? PEDRO: Meterte fraile, que es el camino mejor para vivir y librarte. Pero dime, ¿será hora en que puedas perdonarme? Harto he pasado por ti, por caminos y con hambres.-- Señor don Alonso, a vos os suplico de mi parte que me alcancéis el perdón. ALONSO: Luis Pérez,... LUIS: Amigo, baste; yo le perdono por vos. Vamos desde aquí al instante por mi hermana y doña Juana, pues quedaron de esperarme, dando con aquesto fin a las hazañas notables de Luis Pérez, y su vida dirá la segunda parte.

FIN DE LA COMEDIA

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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