This file was last updated on September 26, 2000
JORNADA SEGUNDA
Salen MANUEL y doña JUANA de camino MANUEL: Nunca viene solo el mal. JUANA: Es que desdichas y penas se llaman unas a otras. MANUEL: ¡Ay, Juana, cuánto me pesa el verte venir así, peregrinando por tierras extrañas! Cuando pensé que Galicia puerto fuera de nuestra tormenta, ha sido golfo de mayor tormenta; pues otro nuevo accidente nos saca de Salvatierra y trae a la Andalucía, corriendo de esta manera ajenas patrias. JUANA: Manuel, cuando yo dejé mi tierra y padres por ti, salí a más desdichas dispuesta. No salí yo por vivir eligiendo esta ni aquella provincia, sino por sólo vivir contigo, así sea donde quiera mi desdicha o donde mi dicha quiera. MANUEL: ¿Cón qué acciones, qué palabras podrá declarar la lengua un justo agradecimiento? Pero dejando finezas amorosas a una parte, ¿dónde aquel criado queda que recibí en el camino para que conmigo venga a buscarte algún regalo en tanto que pides treguas con blando sueño al cansancio?Sale PEDRO JUANA: Ya él a nuestra vista llega. PEDRO: ¿Qué es, señor, lo que me mandas? MANUEL: Que tú conmigo te vengas por San Lúcar.-- Tú, mi bien, retírate donde puedas descansar. JUANA: Aquí estaré llorando tu breve ausencia.Vase MANUEL: Presto volveré a adorarte.-- Parece que esta tristeza, adivina del pesar que tengo de darla, empieza a hacer tales sentimientos. PEDRO: ¿Cómo hacer pesar intentas a una mujer a quien debes tan peregrinas finezas? Que, aunque es verdad que yo soy criado tan nuevo que apenas conoces por tal, pues sólo ha dos días que me entregas secretos tuyos, he visto en mil amorosas muestras obligaciones muy grandes. MANUEL: No puedo negar la deuda; mas, Pedro, a fuerza del hado no hay humana resistencia. Huyendo de Portugal, pasé a Galicia, y voy de ella huyendo a la Andalucía. Cosas son que el cielo ordena. No vengo a quedarme aquí; que tampoco en esta tierra mi persona está segura, sino, sirviendo en la guerra, pasar en esta ocasión por esa inconstante selva de espuma y sal a las islas del norte. ¡Los cielos quieran, besen sus doradas torres las católicas banderas! Listarme quiero, y soldado guardar la vida a quien cercan tantas desdichas. Yo apuesto que tú ahora entre ti piensas que el dejar aquesta dama será con infame afrenta de su honor, poniendo a riesgo su hermosura con mi ausencia. Pues no ha de ser de esa suerte, sino dejándola quieta y segura en un convento de San Lúcar donde tenga, en tanto que vuelvo yo, aunque es muy poca, mi hacienda; que a mí la espada me basta. PEDRO: Acción generosa es ésa, digna de tu gran valor.Tocan dentro cajas Pero ¿qué cajas son éstas? MANUEL: Habrá algún cuerpo de guardia sin duda por aquí cerca, y saldrán de él. PEDRO: Sí, bien dices; que allí se ve la bandera. MANUEL: Vámonos llegando allá; que, pues el primero encuentra éste mi suerte, en él quiero sentar la plaza. Tú llega, pregunta por el alférez; di que dos hombres intentan sentarse en su compañía.Retírase. Salen dos soldados y LUIS Pérez PEDRO: Éste que hacia mí se acerca, dirá de él.-- Señor soldado, por cortesía le ruega un forastero le diga quién es de aquesta bandera el alférez? SOLDADO 1: Aquél es a quien el pecho atraviesa una banda roja. PEDRO: ¿Aquél que tiene buena presencia y está de espaldas ahora? SOLDADO 1: El mismo. LUIS: Ustedes me tengan por soldado y por amigo. SOLDADO 2: Todos serviros desean.Vanse los soldados PEDRO: Solo ha quedado el alférez. Famosa ocasión es ésta. LUIS: (¡Válgame Dios, qué dichoso Aparte en ese estado me viera, si no tuviera un cuidado que me aflige y me atormenta!) PEDRO: Señor alférez... LUIS: (Que deje Aparte yo una hermana tan resuelta en tanto riesgo!) PEDRO: Señor alférez... LUIS: (¿Qué me aprovecha Aparte adquirir aquí el valor, si por más que yo le adquiera por una parte, por otra quiere el cielo que se pierda? Pero en tanta confusión una cosa me consuela, y es que un amigo...) PEDRO: ¡Señor alférez! (A esotra puerta.) Aparte LUIS: (...vive en mi casa y me guarda Aparte las espaldas. PEDRO: (Desta oreja Aparte debe de ser sordo. Voy por esotra. ¡Linda flema!) ¡Señor alférez! LUIS: ¿Quién llama? PEDRO: Un soldado que desea...Túrbase PEDRO ...mas no desea el soldado. Y, si de alguna manera alguna vez deseó, mintió; que atrevida lengua deseó por boca de ganso.Hace que se va LUIS: ¡Aguarda, villano, espera! ¿No te acuerdas que te dije que en ningún tiempo me vieras, porque había de matarte en cualquier estado y tierra que te hallase? PEDRO: Así es verdad. Mas ¿quién hallarte creyera hoy alférez en San Lúcar? LUIS: ¡Vive el cielo, que mi afrenta he de castigar en ti, pues fuiste la causa de ella!Acomete a PEDRO. Sale MANUEL PEDRO: ¡Ay, que me matan! MANUEL: ¿Qué veo? ¿A mi criado atropella un soldado? -- ¡Ha caballero! No sé yo qué causa no mueva para que a aquese criado se trate de esa manera,sin mirar... Pero ¿qué veo? LUIS: ¡Válgame el cielo! ¿Qué miro? MANUEL: Con justa razón me admiro. LUIS: Con el ansia no lo creo. ¡Manuel! MANUEL: ¡Luis! Pues ¿qué es aquesto?
Abrázanse ¿No fuisteis a Portugal? ¿Qué ocasión en lance tal hoy nuestra amistad ha puesto? LUIS: Y vos, Manuel, ¿no os quedasteis en mi casa en Salvatierra? ¿Con qué ocasión a esta tierra a darme muerte llegasteis? ¿Cómo cumple de esta suerte un amigo noble y fiel obligaciones de aquél que en una deuda tan fuerte le pone, cuando le fía su honor? Testigo es el cielo que otro bien, otro consuelo en mi ausencia no tenía. MANUEL: Los dos en esta ocasión, como un corazón tenemos, igualmente padecemos una misma confusión. Sacadme primero vos de otra pena, y yo después os satisfaré; porque es fuerza que estemos los dos solos cuando haya de hablar, porque os importa el secreto. LUIS: Que estoy rendido, os prometo, a un pesar y otro pesar. Y, por salir del cuidado que vuestro recato advierte, abreviemos de esta suerte. ¿Es vuestro aquese criado? MANUEL: Hasta San Lúcar venía; en el camino le vi y acaso le recibí. LUIS: Pues válgale aqueste día ese sagrado.-- Ahora advierte, villano, lo que te digo; que no hay cada día un amigo que te libre de la muerte. Vete pues. PEDRO: Muy bien me está. Mas quiero saber de ti adónde has de ir desde aquí, porque yo no vaya allá. (¿Dónde iré que no te vea? Aparte Mas ya una industria advertí para escaparme de ti, y aqueste remedio sea que al fin, por no hablarte y verte, pues tu enojo me destierra, tengo de estarme en mi tierra, pues me libro de esta suerte.)Vase LUIS: Ya estamos solos yo y vos y, pues primero de mí queréis saber quién aquí nos ha juntado a los dos, sabed que fue en Portugal, después que salí del río, mayor el peligro mío; porque al dejar su cristal la tierra que allí se ve es tierra del Almirante de Portugal; y al instante que nos vio su amparo fue nuestro sagrado. Mas luego que supo a quién --¡trance fuerte!-- don Alonso dio la muerte, convertido en rabia y fuego, de su tierra nos echó; que era el muerto su sobrino. Contaros por el camino lo que a los dos nos pasó será imposible. En efecto, hasta San Lúcar llegamos y el duque, al punto que entramos, nos honró mucho, os prometo, porque, como es general capitán en esta guerra que hace el rey a Inglaterra, generoso y liberal a don Alonso le dio una jineta; él a mí la bandera, y soy aquí alférez; que es cuanto yo de mí he podido contaros. Lo que sabéis ahora vos decid, Manuel; que por Dios, amigo, que, hasta escucharos, a vuestro acento y estilo tan grande atención daré que, mientras habláis, tendré pendiente el alma de un hilo. MANUEL: Os arrojasteis al río, y en este instante llegó la justicia, y como os vio luchar con el centro frío, desesperó de tomar por entonces la venganza; y, perdida la esperanza, volvió corrida al lugar. Fuime yo a la casa vuestra, adonde huésped me vi y la merced recibí que mi obligación hoy muestra. Mas el corazón recela de contaros hoy alguna en que duerme la Fortuna, aunque es un Argos que vela. No sé cómo aquí prosiga, ni que humano estilo halle para que diga y que calle lo que es bien que calle y diga. Mas si os acordáis, Luis, que al despediros dijisteis con voces al cielo tristes: "Pues en mi casa vivís, mirad por mi honor, Manuel," con esto explicarme entiendo, pues digo que vengo huyendo porque he mirado por él. LUIS: Manuel, el curso veloz tened que mi muerte labra; que es áspid cada palabra, basilisco cada voz, con que me matáis aquí, de toda piedad ajeno. ¿A quién se ha dado veneno en palabras, sino a mí? MANUEL: Juan Bautista, un labrador rico, a vuestra hermana bella, enamorádose de ella, sirve con público amor. Llegó a tanto atrevimiento que alguna noche escaló nuestra casa. LUIS: ¡Ah, cielo! MANUEL: Yo, que siempre velaba atento, de mi aposento salí; hasta una cuadra llegué donde embozado le hallé, y dije resuelto así: "Esta casa, caballero, es de un hombre de valor. Alcaide soy de su honor. Y así castigar espero osadía tan villana." Embisto osado y crüel con él; pero luego él se arrojó por la ventana. Tras él me arrojé; en la calle otros dos hombres estaban que la espalda le guardaban; mas yo, dispuesto a matalle, a los tres acometí. Al uno herí, otro cayó muerto, y Juan Bautista huyó. Consideradme ahora a mí, forastero, en tierra ajena, cargado de una mujer; mirad lo que puedo hacer sino volver a más pena la espalda. Si en esto he errado, sólo habré errado la acción, no a lo menos la intención. Que, habiendo considerado que hiciérades vos, por Dios, en lance tan infelice lo mismo allí, así hice yo lo que hiciérades vos.
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu