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ALMIRANTE: Puesto que el Can del estío ni fallece ni declina, puedes, hermosa sobrina, a la orilla de este río descansar de la fatiga que te enoja y amenaza. LEONOR: Noble ejercicio es la caza. ¿A quién no mueve y obliga su malicia generosa? ALMIRANTE: Tienes, sobrina, razón, que es gallarda imitación de la guerra belicosa. ¿Qué es mirar de canes mil cercado un espín valiente, defenderse diestramente con navajas de marfil? A éste hiere, a aquél derriba y, sacudiendo derechas sus puntas, de humanas flechas parece una aljaba viva. ¿Qué es mirar luego un lebrel que, cuando la presa pierde, de rabia sus manos muerde, y vuelve a cerrar con él? Y los dos con más fiereza herir los bizarros cuellos, ley de duelo que hasta en ellos puso la naturaleza. LEONOR: ¿A quién no causa alegría esta lucha imaginada? Si bien a mí más me agrada del viento la cetrería. ¿Qué es ver, sin mortal desmayo, una garza --cuyo aliento átomo es de pluma al viento, al fuego de pluma rayo, y de una y otra suprema región el término errante escala-- que en un instante ya se hiela o ya se quema; porque con medida tanta bate las alas, si vuela, que si las baja, las hiela, las quema, si las levanta? ¿Qué es ver dos halcones luego hacer puntas, que esto es batir la vela, y después, cometas sin luz ni fuego, retar la garza, que diestra corre, siendo a tanto viento poca valla un elemento, un cielo poca palestra? ¿Y, acudiendo aquí y allí, de dos contrarios vencida, bajar en sangre teñida una estrella carmesí, cuya victoria y destreza no adquieren triunfos más graves? Que es duelo que hasta en las aves puso la naturaleza.
Sale PEDRO PEDRO: (¿Qué tierra es ésta? No sé Aparte por dónde camino, lleno de mil temores. ¡No es bueno, que cansa el andar a pie! A Portugal he pasado, por ver si hallo en Portugal consuelo alguno en mi mal, ya que fui tan desdichado alcahuete. ¡Ved qué espantos, que aun en el primer indicio vine a perderme en oficio en que se han ganado tantos! ¿Qué he de hacer? Gente hay aquí y, a lo que el semblante ofrece, gente principal parece. Si se doliese de mí, que soy niño y solo, y nunca en tal me vi.) ALMIRANTE: Si te quieres retirar a la quinta, porque el sol, fénix del cielo y farol de belleza singular, ya se ausenta, llamaré quien traiga en tanto rigor un caballo.-- ¡Hola! PEDRO: ¿Señor? ALMIRANTE: ¿Quién sois vos? PEDRO: Pues yo ¿qué sé? ALMIRANTE: ¿Servísme? Porque no os vi otra vez en este suelo. ¿Sois mi crïado? PEDRO: Serélo, si no lo soy. Hele aquí un cuentecito. Entró un día en el palacio real un don Fulano de Tal, que al rey ni al mundo servía. Vio que a la hora de comer los de la cámara todos, con mil políticos modos, porque habían de traer las viandas, se quitaban las capas. El se quitó la suya, y en el cuerpo entró donde los demás entraban. Un mayordomo llegó, advirtiendo lo que hacía, preguntándole si había jurado; y él respondió, "No, señor; mas juraré, si eso importa." Lo que quiero es serviros; que primero votaré y renegaré, cuan[t]o más jurar. ALMIRANTE: Humor gastáis. PEDRO: No tengo otra cosa que gastar; es generosa mi mano, y así, señor, gasto lo que tengo.Dentro LUIS Pérez LUIS: ¡Ay triste! LEONOR: ¿Qué voz es aquélla, cielos? ALMIRANTE: Sobre ese campo de hielos un hombre a brazos resiste de las ondas el furor. LEONOR: Y ya entre abismos y asombros intenta sobre los hombros librar de tanto rigor a otro infelice.Dentro don ALONSO ALONSO: ¡Ay de mí! ALMIRANTE: Llegad y socorreréis ese hombre, y así tendréis mi gracia. PEDRO: Si desde aquí basto, yo socorreré sus desdichas. Mas, señor, soy pesado nadador. LEONOR: Ya la arena puerto fue de su tormenta.Salen LUIS Pérez y don ALONSO, mojados ALONSO: ¡Divinos cielos, mil gracias os doy! LUIS: ¡Vive Cristo, que ya estoy libre de esos cristalinos ímpetus! ALMIRANTE: Llegad, llegad; que daros favor deseo. PEDRO: Ahora sí...(Mas ¿qué veo?) AparteVase retirando PEDRO ALMIRANTE: ¿A tanta necesidad os retiráis? PEDRO: Yo nací piadoso y, viendo a los dos, me desmayo. (¡Vive Dios, Aparte que se ha venido tras mí Luis Pérez, por castigar aquella alcahuetería de su hermana y ama mía! Cierto es, me viene a matar. De aquí me importa a la guerra ir; pues en desdicha tal, de Castilla y Portugal en un día me destierra.)Yéndose ALMIRANTE: ¿Adónde vais? PEDRO: Hame dado de repente un accidente y así me voy de repente; y lo jurado jurado.Vase ALMIRANTE: Él es loco.-- ¡Ha, caballero! Dad al aliento valor en mis brazos. ALONSO: Hoy, señor, la vida de vos espero. ALMIRANTE: ¿Quién sois? Porque me han movido vuestras desdichas aquí; bien podéis fiaros de mí. ALONSO: Por no hablar inadvertido, sepa quién sois, y sabréis por qué en este estado estoy. ALMIRANTE: Sí haré. El almirante soy de Portugal. Bien podéis declararos ya; que labra tanto la piedad en mí que de ampararos aquí os doy la mano y palabra.ALONSO: Yo la acepto; y ahora digo que soy de la ilustre casa de los Tordoyas, linaje en toda aquesta comarca estimado. Don Alonso es mi nombre. Esta mañana, celoso de un caballero, entré en casa de una dama. Halléle en ella y le dije que en el campo le esperaba. Salió en fin, como quien era, con su capa y con su espada; reñimos, cayó en la tierra muerto de dos estocadas. ¡Desdicha fue! En este punto ya todo el lugar estaba alborotado, y salió la justicia a la campaña. Quiso prenderme; escapéme en un caballo a quien alas le ofreció mi pensamiento, y a quien la justicia mata de un arcabuzazo. A pie corrí y llegué hasta una casa de placer, a cuya puerta vi que, por mi dicha, estaba Luis Pérez. LUIS: Aquí entro yo; y así diré lo que falta. Mirando tan perseguido a don Alonso, y de tanta gente, le ofrecí guardar con mi pecho sus espaldas. Está a la falda del monte esta casa, que la llaman de placer, y de pesar ha sido por mi desgracia; de suerte que allí se estrecha el paso a la misma falda; y así era fuerza que todos delante de mí pasaran. Aquí pretendí primero, ya con corteses palabras, ya con ruegos, persuadir al corregidor dejara de seguir a don Alonso. No quiso, y con arrogancia quiso alcanzarle, y lo hiciera si yo con sola esta espada no lo defendiera al punto --¡voto a Dios!-- a cuchilladas, en cuya refriega pienso que me di tan buena maña que herí algunos cuatro o cinco. ¡Querrá Dios que no sea nada! Viéndome, pues, más culpado ya que don Alonso estaba, pretendí que me valiese antes el salto de mata que ruego de buenos. Viendo cerrado el paso y tomada la puente, con don Alonso en los brazos y la espada en la boca, arrojé entonces, como dicen, pecho al agua. Llegamos aquí, dichosos mil veces, pues nos ampara el valor de vuecelencia, donde no hay que temer nada, supuesto que de ampararnos ha dado aquí la palabra. ALMIRANTE: Yo la di, y la cumpliré. ALONSO: Y será fuerza aceptarla; que es grande el competidor. ALMIRANTE: Pues ¿cómo el muerto se llama? ALONSO: Supuesto que es caballero digno de toda alabanza, pues siempre se vieron juntos el valor y la desgracia, y que no pierde, en nombrarle, su nombre, honor, lustre y fama, es don Diego de Alvarado. LEONOR: ¡Ay de mí! ¡El cielo me valga! ¡Aleve! ¿A mi hermano has muerto? ALMIRANTE: ¡Traidor! ¿Mi sobrino matas? LUIS: ¡Cuerpo de Cristo conmigo, pues esto ahora nos falta! Ahora bien, por sí o por no, volveré a tomar la espada.
Toma la espada ALONSO: Vuecelencia se detenga, señor, y mire que agravia en un rendido su acero si con mi sangre le mancha. Yo di cuerpo a cuerpo muerte a don Diego en la campaña, sin traición ni alevosía, sin engaño y sin ventaja. Pues ¿de qué quiere vengarse? Fuera de esto, ¿la palabra de vuecelencia, señor, cuándo en ningún tiempo falta? LUIS: Y si no ¡viven los cielos, que, si esgrimo la hojarasca y viene Portugal junto, de oponerme a la demanda! ALMIRANTE: (¡Válgame Dios! ¿Qué he de hacer Aparte en confusión tan extraña? Aquí me llama mi honor, y allí mi sangre me llama. Pero partamos la duda.) Don Alonso, mi palabra es ley que se escribe en bronce; dila, y no puedo negarla. Mas mi venganza también es ley que en mármol se graba. Y por cumplir de una vez mi palabra y mi venganza, todo el tiempo que estuvieres en mi tierra, está guardada tu persona; pero advierte que, al salir de ella, te aguarda la muerte; que, si ofrecí defenderte hoy en mi casa, en mi casa te defiendo; pero no te di palabra de guardarte en el ajena. Y así, poniendo la planta en tierra del rey, verás que quien te libra te agravia, quien te asegura te ofende y quien te vale te mata. Vete ahora libre. LEONOR: Espera; que yo no he dado palabra de no ofenderte; y así, puedo tomar la venganza. ALMIRANTE: Tente, sobrina; y advierte que le defiendo. --¿Qué aguardas? Vete libre. Di ¿qué esperas? ALONSO: Besar tus invictas plantas por acción tan generosa. ALMIRANTE: No lo dirás cuando hayas dado a mi acero la vida. ALONSO: ¿Qué más airosa alabanza que morir a tales manos? LEONOR: ¡Sin vida voy! ALMIRANTE: ¡Voy sin alma! ALONSO: ¿Qué dices, Luis Pérez, de esto? LUIS: Que aun mejor está que estaba. Déjenos salir de aquí hoy, que en su poder nos halla; que, una vez allá, veremos quién se lleva el gato al agua.FIN DE LA JORNADA PRIMERA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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