This file was last updated on September 26, 2000


LUIS PÉREZ EL GALLEGO


Personas que hablan en ella:


JORNADA PRIMERA


Salen LUIS Pérez, con la daga desnuda detrás de PEDRO, e ISABEL y CASILDA, deteniéndole
ISABEL: ¡Huye, Pedro! LUIS: ¿Dónde ha de ir, si yo le sigo? PEDRO: Las dos le detened. LUIS: ¡Vive Dios, que a mi mano has de morir! ISABEL: ¿Por qué le tratas así tan riguroso y crüel? LUIS: Por vengar, ingrata, en él las ofensas que hay en ti. ISABEL: No te entiendo. LUIS: Deja, pues, que mate a quien me ofendió, aleve hermana; que yo me declararé después contigo, y saldrá del pecho, envuelto en iras y enojos, por la boca y por los ojos todo el corazón deshecho. ISABEL: Cuando formas en mi daño máquinas y presunciones, aunque extraño tus acciones, mal tus razones extraño. ¿Tú descompuesto contigo, necio, atrevido, villano, mi enemigo y no mi hermano? LUIS: Y dices bien tu enemigo, pues el acero que ves, bañado quizá algún día en la sangre tuya y mía, pondrá un agravio a mis pies. PEDRO: (En tanto que quien metió Aparte paz en la ajena pendencia lleva lo peor, la ausencia me valga; que, ausente yo de este soberbio tirano, seguro resistiré con fuga de guardapié la daga de guardamano. Adiós, patria; que es forzoso no volver a verte más.) LUIS: Pedro, oye; pues que te vas más libre y más venturoso que tu traición mereció, advierte que desde aquí te guardes siempre de mí; porque, si por dicha yo de aquí a mil años te veo al cabo del mundo, allí no estás seguro de mí. PEDRO: Yo lo oigo y yo lo creo, y de la difinitiva no apelo, que la consiento. Y en cuanto a su cumplimiento, pues me permites que viva ausente, digo que iré, por complacer tus deseos, a vivir entre pigmeos. Mayor venganza no sé que a tus agravios se deba que es, huyendo de tus manos, ir a vivir entre enanos un desterrado hijo de Eva.
Vanse PEDRO y CASILDA
ISABEL: Ya se fue; solo has quedado conmigo, y he de saber qué causa llegó a tener tu deseo o tu cuidado. LUIS: Hermana, ¡pluguiera a Dios que nunca mi hermana fueras, porque al nacer no pusieras este nudo entre los dos! ¿Tú piensas que de ignorante he visto y disimulado, he conocido, he callado los extremos de un amante que te sirve y que pretende, no sólo manchar tu honor, sino la sangre y valor que de tus padres desciende? Pues no, Isabel, no he sufrido esta ofensa, este desprecio de inadvertido y de necio, sino de cuerdo, advertido y prudente, por medir mi sentimiento mejor; que los celos del honor una vez se han de pedir. Y, supuesto que ha de ser una vez sola y que estoy en la ocasión, sólo hoy mi sentimiento he de hacer público; por esto, hermana, sabe hoy de mí que lo sé; y si no, yo lo diré de otra manera mañana. Juan Bautista es quien desea favores tuyos. Sospecho que no hay valor en su pecho para que tu esposo sea. Esto basta que te diga por ahora el labio mío, por no decir que es judío. Este cuidado me obliga a salir de Salvatierra; que no fue en vano el venir a nuestra quinta a vivir las entrañas de una sierra. Y aun aquí no estoy seguro, pues con aquese crïado este papel te ha enviado, por cuya ocasión procuro darle muerte. Tú llegaste, colérico declaré lo que ha tanto que callé; habértelo dicho baste, para que haya alguna enmienda de este amor entre los dos; porque si no, ¡vive Dios, que si llego a que él entienda que este recelo he tenido, y que no lo he remediado, que, loco y deseperado, colérico y atrevido, le ponga a su casa fuego, quitando a la Inquisición ese trabajo. ISABEL: Bien son de hombre colérico y ciego tus razones, pues a mí, sin prevenir su disculpa, me haces dueño de la culpa que no tengo. LUIS: ¿Cómo así? ISABEL: Como cualquiera mujer nace sujeta a los daños que en lisonjeros engaños causa nuestro proceder. LUIS: Dijeras, hermana, bien, y esa disculpa lo fuera, cuando el papel no me diera color e indicio también de que tú... ISABEL: Calla; que ha sido mucho apurar. ¿Qué me quieres, Luis? Considera que eres mi hermano, no mi marido. Y, no siéndolo, si fueras cuerdo en aquesta ocasión, cualquiera satisfacción estimaras y admitieras, porque es mejor engañarse quien no puede remediar el daño que no esperar a que llegue a declararse del todo. Yo soy tu hermana, mis obligaciones sé. Hoy digo esto, y lo diré de otra manera mañana.
Vase
LUIS: Dices bien; pues mejor fuera, con cautela o con engaño, que disimulara el daño la satisfacción primera. Yo lo erré; ya de otra suerte me importará proceder. ¡Ay hermana, tú has de ser causa infeliz de mi muerte!
Sale CASILDA
CASILDA: Un gallardo portugués a nuestra quinta ha llegado. Pregunta por ti. LUIS: (Cuidado, Aparte disimulemos.) Di, pues, que entre.
Vase CASILDA. Sale MANUEL Méndez
MANUEL: Si más tardara, Luis Pérez, esta licencia, mi deseo o mi paciencia otro instante no esperara. LUIS: Mil veces, Manuel, me da los brazos, que el nudo fuerte, aunque le rompa la muerte, desatarle no podrá. ¿Qué buena venida es ésta? ¿Vos en Salvatierra? MANUEL: Sí; y el haber llegado aquí muchos cuidados me cuesta y peligros de la vida. LUIS: Pesárame que vengáis sin gusto. MANUEL: Si vos me honráis, todo mi dolor se olvida. LUIS: Hasta saber qué tenéis y qué causa os ha traído aquí y qué os ha sucedido en Portugal, me tendréis cuidadoso. Y, aunque sea demasiada ejecución en la primera ocasión saberlo, tanto desea partir vuestro sentimiento mi pecho que me ha obligado a salir deste cuidado. ¿Qué tenéis? MANUEL: Estadme atento.

Ya os acordaréis, Luis Pérez, si no es que la ausencia ha hecho su oficio en vuestra amistad, de aquel venturoso tiempo que mi huésped en Lisboa vivisteis, por los sucesos que de Castilla os llevaron a honrar mi casa. Mas esto no es del caso; ahora en el mío a lo que importa lleguemos. Ya os acordaréis también de aquel venturoso empleo que tuvo dentro de mí cautivo mi entendimiento. No tengo que encarecer de mi pasión los extremos; soy portugués, esto baste, pues todo lo digo en esto. Doña Juana de Meneses es el adorado dueño de mi vida, imagen bella, en cuyo encarecimiento torpe desmaya la voz, mudo fallece el aliento, por ser deidad a quien hizo sacrificio el Amor mesmo, por ídolo de su altar, por imagen de su templo. Amantes vivimos, pues, dos años en el sosiego que una voluntad premiada vive, sin tener más celos de su divina hermosura que aquéllos no más, aquéllos que bastan a despertar con un temor, con un miedo la voluntad, pero no a matarla con desprecios. Con estos celos vivía más amante y más contento, porque sin celos amor es estar sin alma un cuerpo. ¡Mal haya quien tuvo nunca por medicina el veneno, quien entre blandas cenizas despierta el oculto fuego, quien ponzoñoso animal doméstica, quien soberbio se engolfa a sulcar el mar por solo entretenimiento! ¡Y mala haya, en fin, quien hace burla de sus mismos celos! Pues ése el veneno prueba que después le deja muerto; pues ése el áspid regala que después rompe su pecho; pues ése el cristal adula que es después su monumento; porque al fin los celos son, ya declarados los celos, mar soberbio, fuego airado, áspid vil, dulce veneno. Fue la ocasión de los míos un bizarro caballero, galán, valiente, entendido, liberal, prudentey cuerdo, que yo no vengo en su honor mis penas, aunque las vengo en su sangre; que una cosa es matar con el acero y otra ofender con la lengua. Y así de mí nunca creo que le tengo más seguro que cuando ausente le tengo. Este caballero, en fin, --dejando locos rodeos de imposibles pretensiones contra su honor y respeto-- la pidió al padre. No os digo, para decirlo de presto, sino que era rico; baste, pues ya he dicho en solo esto que entre un rico y un avaro hechos iban los conciertos. Llegó de la boda el día, dijera mejor --¡ay cielos!-- de su muerte, porque juntas bodas y exequias hicieron, mezclando lutos y galas su tálamo y monumento. Porque apenas prevenidos los amigos y los deudos estaban, y ya la noche, tendiendo su manto negro, bajó más llena de horror, cuando temerario entro en su casa y, entre todos, desesperado y resuelto, busqué al novio, a quien hablaron la mano y la lengua a un tiempo. Aquélla dijo, "Yo soy de aquesta hermosura dueño;" y ésta de dos puñaladas le dejó en la tierra muerto, imitando trueno y rayo el puñal con el acento, dando mi acero la lumbre y dando su voz el trueno. Alborotáronse todos, y yo entre todos dispuesto a reñir, no por vivir sino por matar muriendo, cogí, saliéndome altivo, que entre el ruido y el estruendo no fue muy dificultoso, a doña Juana, a quien luego puse en un caballo --mal digo-- en un alado viento, tan veloz... Mas ¿para qué su ligereza encarezco, pues basta decir que fue tan obediente y ligero que me pareció veloz a mí, con venir huyendo? La raya de Portugal pasamos, y ya en el suelo castellano saludamos su tierra, que es nuestro puerto. A Salvatierra venimos, seguros de que hallaremos en vos amparo, Luis Pérez.

Arrodíllase
A vuestro pies estoy puesto; amigos somos los dos, y amigos tan verdaderos que a nuestra amistad le debe láminas de bronce el tiempo. Hospedad a un infeliz, no tanto, amigo, por serlo como porque a vuestras plantas de vos se vale; que es cierto que es obligación que debe un noble; y, si no por esto, por una dama a quien yo en esa alameda dejo a la orilla de ese río; porque, hasta hablaros y veros, no quise que ella viniese conmigo; y ahora, viniendo a buscaros, de un criado supe que en este desierto, en esta quinta vivís, donde a vuestros brazos llego agradecido, obligado, confïado, satisfecho, temeroso, perseguido y enamorado. No puedo pasar de aquí; que pues dije enamorado, yo creo que se me debe el favor de justicia y de derecho.

Luis Pérez el gallego part 2

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu