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SEMÍRAMIS: No sé cómo mi valor
ha tenido sufrimiento
hoy para haberte escuchado
tan locos delirios necios,
sin que su cólera ardiente
haya abortado el incendio
que en derramadas cenizas
te esparciese por el viento.
Pero ya que esta vez sola
templada me he visto, quiero
ir, no por ti, mas por mí,
a esos cargos respondiendo.
Dices que ignoras si fue
aquel eclipse sangriento
del día que me juraron
o favorable o adverso;
y bien la causa pudieras
inferir por los efectos;
pues no agüero, vaticinio
sería el que dio sucesos
tan favorables a Siria
desde que yo en ella reino.
Díganlo tantas victorias
como he ganado en el tiempo
que esposa de Nino he sido,
sus ejércitos rigiendo,
Belona suya, pues cuando
la Siria se alteró, vieron
los castigados rebeldes
en mi espada su escarmiento.
Sobre los muros de Icaria,
cuando estaba puesto a cerco,
¿quién fue la primera que
la plaza escaló, poniendo
el estandarte de Siria
en su homenaje soberbio,
sino yo? ¿Quién esguazó
el Nilo, ese monstruo horrendo
que es, con siete bocas, hidra
de cristal, en seguimiento
de la rota que le di
al gitano Tolomeo?
En la paz, ¿quién las dio más
esplendor, lustre y aumento
a las políticas doctas
con leyes y con preceptos?
Pues cuando Marte dormía
en el regazo de Venus,
velaba yo en cómo hacer
más dilatado mi imperio.
Babilonia, esa ciudad
que desde el primer cimiento
fabriqué, lo diga; hablen
sus muros, de quien pendiendo
jardines están, a quien
llaman pensiles por eso.
Sus altas torres, que son
columnas del firmamento,
también lo digan, en tanto
número, que el sol saliendo,
por no rasgarse la luz,
va de sus puntas huyendo.
Pero ¿para qué me canso
cuando mis obras refiero,
si ellas mismas de sí mismas
son las corónicas? Luego
recibirme a mí con salva,
al jurarme, todo el cielo,
padecer de asombro el sol
y de horror los elementos,
pues siguieron favorables
a esta causa los efectos,
bien claro está que serían
vaticinios y no agüeros.
Decir que Menón lo diga
es otro blasón, si advierto
que ninguno pudo ser
mayor; pues ¿qué más trofeo
que morir desesperado
de mi amor y de sus celos?
En cuanto a que di a mi esposo
muerte, ¿no es vano argumento
decir que, porque me dio
antes de morir el reino
por seis días, le maté?
¿No alega en mi favor eso
más que en mi daño? Sí; pues
si vivía tan sujeto,
tan amante y tan rendido
Nino a mi amor, ¿a qué efecto
había de reinar matando,
si ya reinaba viviendo?
Y cuánto le adoré vivo,
como a Rey, esposo y dueño,
¿no lo dice un mausoleo
que hice a sus cenizas, muerto?
Decir que a Ninias, mi hijo,
de mí retirado tengo,
y que, siendo mi retrato,
parece que le aborrezco,
es verdad lo uno y lo otro;
que como has dicho tú mesmo,
no me parece en el alma,
y me parece en el cuerpo.
Y aunque tú que en lo mejor
me parece has dicho, es cierto
que en lo peor me parece,
pues sería más perfecto
si hubiera de mí imitado
lo animoso que lo bello.
Es Ninias, según me dicen,
temeroso por extremo,
cobarde y afeminado;
porque no hizo sólo un yerro
Naturaleza en los dos,
si es que lo es el parecernos,
sino dos yerros: el uno
trocarse con su concepto,
y el otro habernos trocado
tan totalmente el afecto,
que, yo mujer y él varón,
yo con valor y él con miedo,
yo animosa y él cobarde,
yo con brío, él sin esfuerzo,
vienen a estar en los dos
violentados ambos sexos.
Ésta es la causa por que
de mí apartado le tengo,
y por que del reino suyo
no le doy corona y cetro,
hasta que disciplinado
en el militar manejo
de las armas y en las leyes
políticas del gobierno,
capaz esté de reinar.
Mas ya que murmuran eso,
parte, Licio, y di a Lísias,
ayo suyo, que al momento
Ninias venga a Babilonia.
Verán su ignorancia, viendo
que es próvido en esta parte,
y no tirano mi intento.
Y agora, a la conclusión
de tus discursos volviendo,
¿de qué vienes de estos cargos,
Lidoro, a ponerme pleito?
Ya que no me dé a prisión,
sólo responderte quiero
que ya echas de ver que aquí
has entrado a hablarme a tiempo
que estaba entre mis mujeres,
consultando con ese espejo
mi hermosura, lisonjeada
de voces y de instrumentos;
y así, en esta misma acción
has de dejarme, volviendo
las espaldas; pues aqueste
peine, que en la mano tengo,
no ha de acabar de regir
el vulgo de mi cabello,
antes que en esa campaña
o quedes rendido o muerto.
Laurel de aquesta victoria
ha de ser; porque no quiero
que corone mi cabeza
hoy más acerado yelmo
que este dentado penacho,
que es femenil instrumento;
y así, me le dejo en ella
entretanto que te venzo.
Y aunque pudiera esperar,
fïada en aquesos inmensos
muros, el asalto, no
me consiente el ardimiento
de mi cólera que apele
a lo prolijo del cerco.
A la campaña saldré
a buscarte; pues es cierto
que cuando no hubiera tanto
número de gentes dentro
de Babilonia, ni en ella,
por Atlante de su peso,
estuviesen Friso y Licas,
hermanos en el aliento
como en la sangre, y los dos
generales por sus hechos
de mar y tierra, yo sola
hoy con mis mujeres pienso
que te diera la batalla,
porque un instante, un momento
sitiada no me tuvieras.
Y así, vete, vete presto
a formar tus escuadrones;
que si te detienes, temo
que la ley de embajador
su inmunidad pierda, haciendo
que vuelvas por ese muro,
tan breves pedazos hecho,
que seas materia ociosa
de los átomos del viento.
LIDORO: Pues si a la batalla intentas
salir, en ella te espero.
LICAS: Y en ella verás que tiene
vasallos cuyos esfuerzos
sus laureles aseguran.
LIDORO: En el campo lo veremos.
FRISO: Sí verás, tan a tu costa,
que llores, Lidoro, el verlo.
LIDORO: Quien menos habla, obra más.
LICAS: Pues a obrar más.
FRISO: A hablar menos.
LIDORO: Toca al arma.
LICAS Al arma toca.
Vase LIDORO
SEMÍRAMIS: Dadme ese bruñido acero;
seguidme todos, y tú,
Licas, ostenta hoy tu esfuerzo;
mira que anda por hacerte
dichoso un atrevimiento.
LICAS: No entiendo a qué fin persuades
a mi valor, conociendo
ya mi valor.
SEMÍRAMIS: No te admires;
que yo tampoco lo entiendo.
Tocad al arma, y en tanto,
vosotras tenedme puesto,
mientras salgo a la campaña,
el tocador y el espejo,
porque en dando la batalla,
al punto a tocarme vuelvo.
Vase SEMÍRAMIS. Suenan cajas, trompetas y
ruido de armas y dicen dentro
VOCES: ¡Armas, armas!
OTROS: ¡Guerra, guerra!
OTROS: ¡Viva Semíramis!
TODOS: ¡Viva!
OTROS: ¡Viva Lidoro, y reciba
la posesión de esta tierra!
Salen LIDORO y SOLDADOS
SOLDADO: Ya de los muros salieron
diversas tropas, y ya
tu gente dispuesta está.
LIDORO: ¿Adónde, cielos, cupieron
tantas gentes? ¿Qué ciudad
tener pudo, sin espanto,
en sus entrañas a tanto
número capacidad?
Cuerpos tomaron sutiles,
sin duda, a tantos combates
las arenas del Eufrates,
las hojas de los pensiles.
Del sol el nuevo arrebol
las luces mira deshechas;
que las nubes de sus flechas
son noche alada del sol.
VOCES: ¡Guerra, guerra! Dentro
LIDORO: Ya hacia allí
trabada la lid se ve.
A morir matando iré.
Éntranse, y dase la batalla
LICAS: ¿Dónde estás, Lidoro? Dentro
LIDORO: Aquí
me hallarás; que nunca yo,
aunque me siga la suerte,
la espalda volví a la muerte.
SOLDADO: El rey en la lid entró;
seguidle, no le dejéis.
Vuelve a salir LIDORO herido, cayendo y tras
él LICAS y FRISO, y por otra parte sale SEMÍRAMIS
FRISO: Mía será esta victoria.
LICAS: Mía ha de ser esta gloria.
SEMÍRAMIS: Esperad, no le matéis.
FRISO: ¿Tú le defiendes?
SEMÍRAMIS: Sí, que hoy,
más que verle muerto quiero
de mis armas prisionero.
LIDORO: Rendido a tus pies estoy,
ya que mis desdichas son
tales, y ya que ninguna
vez se puso la Fortuna
de parte de la razón.
SEMÍRAMIS: Haced que de la batalla
el alcance no se siga.
FRISO: Apenas de la enemiga
hueste en el campo se halla
más que la ruina; que en sumas
tragedias, ya del Eufrates
las arenas son granates
y corales las espumas;
y huyendo por los desiertos,
de tus rigores esquivos,
los que han escapado vivos
van tropezando en los muertos.
SEMÍRAMIS: Que yo me diese a prisión
fue tu intento; y siendo así,
será prenderte yo a ti
debida satisfacción.
Fiera ingrata me llamaste
hoy, cuando a ti can leal;
luego si con nombre tal
me ofendiste y te ilustraste,
tiranías no serán
que yo en esta parte quiera,
procediendo como fiera,
tratarte a ti como can.
De mi palacio al umbral
atado te he de tener;
allí has de estar; que he de ver
si me le guardas leal
y vigilante desde hoy;
que si del can es empeño
el ser leal con su dueño,
desde aquí tu dueño soy.
LIDORO: Es verdad; pero aunque eres
tú mi dueño, y yo can sea,
no es justo que en mí se vea
esa lealtad que hallar quieres,
maltratado; pues si agravia
el dueño a su can, le pierde
el cariño, y al fin muerde
a su dueño con la rabia.
A tus pies estoy rendido;
no con tan grande rigor
me trates.
LICAS: El vencedor
siempre honra al que ha vencido.
Esto por merced, señora,
de haberlo rendido yo,
te pido humilde.
FRISO: Yo no,
que también le rendí agora,
sino que su singular
error castigues, porque
nadie se te atreva en fe
de que le has de perdonar.
LICAS: Vence dos veces, piadosa.
FRISO: El castigo es el vencer.
SEMÍRAMIS: Dices bien, y eso ha de ser.
LIDORO: Reina invencible y hermosa,
dame muerte, y no con tanto
oprobio quieras que viva.
SEMÍRAMIS: Poco mi soberbia altiva
se enternece de tu llanto.
A un villano haced llamar,
que desde Ascalón tras mí
vino a Nínive, a quien di
el oficio de cuidar
de los perros de mi caza.
Sale CHATO, de vejete
CHATO: Aquí está Chato, señora;
que para seguirte agora
el temor no le embaraza
de la guerra, porque ya
sabía que habías de ser
la que había de vencer,
según declarada está
en tu dicha la Fortuna.
Y ¿qué razones más llanas
que, estando lleno de canas
yo, no tener tú ninguna,
siendo los dos de una edad,
cuarenta años más o menos,
y con sucesos tan buenos
yo como tú?
SEMÍRAMIS: Levantad.
¿Qué sucesos?
CHATO: ¿Pueden ser
más iguales que enviudar
los dos a un tiempo, y quedar
sin marido y sin mujer?
Pero ya que me he casado,
sea para darme agora
algún oficio, señora,
que me saque de aperreado.
¿Qué me mandas?
SEMÍRAMIS: Que del modo
que alimentar, Chato, sueles
mis sabuesos y lebreles,
trates a ese hombre; y todo
su manjar ha de comer;
en mi zaguán han de verlo
cuantos pasaren, y al cuello
traílla le has de poner;
y tú como él, si no
le guardas, has de vivir.
CHATO: Pues si él se me quiere ir,
¿qué le tengo de hacer yo?
SEMÍRAMIS: Con aquesto, a la ciudad
volvamos. Ven tú conmigo;
que tienes de ser testigo
mayor de mi vanidad.
Al estribo te han de ver
de mi caballo.
LIDORO: ¿Ya estás
vengada?
LICAS: Reina...
SEMÍRAMIS: No más.
FRISO: Bien haces.
SEMÍRAMIS: Esto ha de ser;
que si de can blasonabas,
quejoso no es bien te ofrezcas,
pues te hago que parezcas
lo mismo de que te alabas.
FRISO: Con nueva salva reciba
Babilonia victoriosa
a su heroica reina hermosa.
TODOS: ¡Viva Semíramis, viva!
CHATO: ¡En buen cuidado esta vez
la fortunilla me ha puesto!
Sólo me faltaba esto
al cabo de mi vejez.
Si mi riesgo no remedia
el desvelo y el cuidado,
peor está que el soldado
de la primera comedia.
¿Guardar yo, siendo esto así
que en mi vida guardé un cuarto?
¡Guárdele otro! ¿No hace harto
un hombre en guardarse a sí?
Suena la música de chirimías
¡Con qué grande majestad
vuelve a la ciudad triunfante
esta altiva, esta arrogante
hija de su vanidad!
Ya en su palacio la espera
toda la gente; yo quiero
ir allá, pues de perrero
me he convertido en perrera.
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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