This file was last updated on May 21, 1998.

   
IRENE:         Yo la segunda seré
               que de esta montaña el centro
               discurra en alcance suyo

Vase IRENE
SILVIA: Todas haremos lo mesmo.
Vase SILVIA
UNOS: Al monte. Dentro OTROS: Al valle. Dentro OTROS: Al llano. Dentro ARSIDAS: ¡Oh, si quisiesen los cielos, pues ya besé al Rey la mano, honrado en un noble puesto, que hoy empezase obligando, pues hoy empecé sirviendo!
Vase ARSIDAS
UNOS: Al valle. Dentro OTROS: A la selva. Dentro OTROS: Al llano. Dentro OTROS: ¡Por acá! ¡Por acá! Dentro MENÓN: (Cielos, Aparte ¿qué efecto haréis sucedidos si pensados matáis, celos?) ¿Quién dijera si fuera ella? LISÍAS: Yo te lo diré bien presto.
Vase LISÍAS
MENÓN: ¡Ay de mí!, que de pensarlo a dar un paso no acierto.
Sale CHATO
CHATO: Consejo muda el prudente, oí decir a un discreto; y pues ya prudente soy, quiero mudar de consejo, y no huir del rey; mas antes pedirle he que me dé premio, pues era mío el garrote con que a su jamestad dieron la vida. Amigo... MENÓN: Hacia aquí ruido entre estas hojas siento. ¡Chato! CHATO: Señor! MENÓN: ¿Sabes dónde Semíramis está? CHATO: Pienso... seis maravedís, no sé donde fue. MENÓN: ¡Ay de mí! CHATO: Empero bien, señor, me podréis dar albricias de lo que ha hecho, si la queréis bien; porque ella y yo somos, sí por cierto, los que al rey la vida dimos, yo mi garrote poñendo y ella su manofitura. MENÓN: Calla, calla, que me has muerto. CHATO: ¿Yo os he muerto o vos a mí? ¿No sabéis que parece esto cuando uno pisa un pie a otro, y se queja él el primero? MENÓN: Ya a mí el buscarla me toca más que a todos, que si llego a hallarla antes, yo sabré ocultársela al deseo del Rey. ¡Ay corazón!, pues de ti mil sabios dijeron que sabes astrología y adivinar, yo te dejo la elección de mis acciones. Llévame tú donde, ¡ah cielos!, mi bien está; que los pasos tú los das, y yo me muevo.
Vase MENÓN
CHATO: ¡Cielos! ¿Qué habrá en este monte, que todos andan revueltos?
Sale SEMÍRAMIS
SEMÍRAMIS: Ocultarme por aquí de tanta gente quisiera, para que nunca pudiera quejarse Menón de mí. ¡Chato! CHATO: ¡Señora! SEMÍRAMIS: ¿Sabrás si la gente se ausentó que andaba en el monte? CHATO: No; antes pienso que agora hay más. SEMÍRAMIS: No digas que por aquí me viste, a nadie, pasar.
Sale MENÓN
MENÓN: Por aquí la he de buscar, si la hallase, ¡ay de mí! Pero, ¡cielos!, ¿no es aquélla? Aseguróme mis celos.
Sale ARSIDAS
ARSIDAS: ¿Pero no es aquélla, ¡cielos!, si advierto en las señas de ella? SEMÍRAMIS: Advierte... CHATO: Sí. SEMÍRAMIS: Ahora mi suerte me esconde en aquesta parte. CHATO: Ya es imposible ocultarte porque ya han legado a verte. MENÓN: ¡Arsidas! ARSIDAS: ¡Menón! MENÓN: ¡Oh impío cielo! CHATO: (¿De qué este soldado Aparte tanto a Menón ha turbado? Debe de ser como el mío.) MENÓN: ¿Adónde vais por aquí? ARSIDAS: Buscando una deidad vengo. CHATO: (¿No lo digo yo?) Aparte ARSIDAS: Pues tengo las señas que en ella vi. MENÓN: Yo, supuesto que aquí habemos llegado a un tiempo los dos, se la llevaré. Id con Dios. ARSIDAS: Los que servimos tenemos, y más con obligación, obligación de buscar ocasiones de agradar. Yo he de llevarla, Menón. CHATO: (Llévesela!) Aparte MENÓN: Si he llegado yo, ¿no son vanos desvelos? SEMÍRAMIS: ¿Qué soldado es éste, cielos? CHATO: (Otro como mi soldado.) Aparte MENÓN: ¿Pues a competir conmigo vuestra arrogancia se atreve? CHATO: Déjala que se la lleve, pues no va a comer contigo. ARSIDAS: El rey el justo poder me dio; y pues la pude hallar, conmigo la he de llevar. MENÓN: Y yo la he de defender. SEMÍRAMIS: Mi bien, mi señor, mi dueño, ¿qué es esto? ARSIDAS: De tu intención ya aquestos cariños son otro indicio no pequeño. MENÓN: Y yo la muerte os daré, porque ya que lo escucháis, nunca decirlo podáis. SEMÍRAMIS: ¡Ay de mí infeliz! ARSIDAS: Sabré también defenderme yo. MENÓN: Huye, Semíramis bella, SEMÍRAMIS: ¿Que es hüir mi altiva estrella. CHATO: ¿Quién mayor necedad vio? NINO: A aquel ruido acudid presto. Dentro IRENE: Hacia allí las voces son. MENÓN: ¡Qué horror!
Sale NINO, IRENE, SILVIA y criados
NINO: ¿Qué es esto, Menón? ARSIDAS: ¡Qué dicha! IRENE: Arsidas, ¿qué es esto?

ARSIDAS: Esta divina hermosura... MENÓN: Esta divina belleza... ARSIDAS: Hallé yo en esta aspereza. MENÓN: Vi al pie de esta peña dura. ARSIDAS: Para lograr mi ventura... MENÓN: Para estorbar tu apetito... ARSIDAS: Llevártela solicito, donde mi lealtad me mueve. MENÓN: Y yo, que no te la lleve, ni consiento ni permito. NINO: Tres cosas estoy mirando, tres acciones estoy viendo, que cuánto más las entiendo, aun más las estoy dudando. Tú, Menón, con quien el mando de mi laurel he partido; ¿tú confiesas atrevido que el mayor triunfo me quitas? ¿Tú, Arsidas, lo solicitas, de hoy a mi casa venido? Y tú, crüel, que entre fieras dudas das de amor indicio, cuando haces un beneficio, como si un agravio hicieras. Rescatad de tan severas confusiones mi sentido. A los tres, ¿qué os ha movido para estar, ¡suerte penosa!, tú turbado, tú medrosa y tú desagradecido? ARSIDAS: Mi turbación, bien, señor, fácil está de entender, llegándote yo a deber tanto. SEMÍRAMIS: Eso en mí no es temor, que fuera decirlo horror. MENÓN: Mi ingratitud, ¡ay de mí!, es lealtad. NINO: ¿Pues cómo así, oponiéndote a mi gusto MENÓN: Como tu gusto no es justo. NINO: ¿De qué suerte? MENÓN: Escucha. NINO: Di.

MENÓN: Aquella hermosa pintura, que hoy has visto imaginada, es ésta que miras viva, puesta conmigo a tus plantas. Semíramis es, señor, y si pretendí guardarla de ti, fue porque tú mismo advertiste a mi ignorancia que aun pintada no llevase a un poderoso a mi dama, porque era necia fineza. Ser consejo tuyo basta para ser disculpa mía; pues mal hiciera en llevarla viva al mismo que afeó el llevársela pintada. Bien pudiera ahora decir que, porque nadie llegara a ganar con tu deseo de haberla hallado las gracias, defendí que la trujese otro; bien pudiera darla otro nombre ahora, y después con industrias y con trazas entreteniendo tu amor, asegurar mi esperanza. No, señor; cansado está el mundo de ver en farsas la competencia de un rey, de un valido y de una dama. Saquemos hoy del antiguo estilo aquesta ignorancia, y en el empeño primero a luz los afectos salgan. El fin de esto siempre ha sido, después de enredos, marañas, sospechas, amores, celos, gustos, glorias, quejas, ansias, generosamente noble vencerse el que hace el monarca. Pues si esto ha de ser después, mejor es agora no haga pasos tantas veces vistos; dame tú esa mano. NINO: Aguarda; que para lo que yo tengo de hacer agora, me falta informarme del estado en que con ella te hallas. IRENE: (Mucho harán mis sentimientos, Aparte ¡cielos!, si hoy no se declaran. SEMÍRAMIS: Eso he de decirlo yo; que a mi decoro, a mi fama, a mi altivez, mi soberbia, mi ambición y mi arrogancia conviene que sepan todos que antes de ver que me llama Menón su esposa, no tuvo de mí más que confïanza de que, en siéndolo, sería suya; pues aunque me saca su valor de una prisión de esas rústicas montañas; aunque en su poder me tuvo, él sabe de mi constancia que no me debió jamás sino sola la esperanza, hasta que ya como esposa la mano le doy. NINO: Aguarda tú también; que, eso sabido, no es buen día en que se casan dama a quien debo la vida y amante que es mi privanza, ser en un monte y acaso. A ti, Menón, debo cuantas victorias hoy me coronan de la siempre verde rama de laurel; a ti, divino pasmo de aquestas montañas, la vida debo. Y así, con demostraciones varias honrar a los dos pretendo, a cuyo efecto la fama quiero que convide a cuantos príncipes contiene el Asia a estas bodas, y que en ellas públicas fiestas se hagan, que mis grandezas publiquen... (Y que dilaten mis ansias). Aparte MENÓN: Señor, aunque generoso a tus hechuras ensalzas, para un amante no hay fiestas como que fiestas no hagan. SEMÍRAMIS: ¿Por qué? Si el rey quiere honrarnos, Menón, con mercedes tantas, no a mi presunción le quites la vanidad de lograrlas. IRENE: Dice Semíramis bien. (¡Oh, si pudiesen mis ansias Aparte dar término, cielo, entre mi deseo y mi venganza!) NINO: Pues tú, bellísima Irene, a Semíramis gallarda contigo a Nínive lleva, por sus calles y sus plazas en tu real carro, vestida de plumas, joyas y galas. Triunfe, y como a mí se humillen; que a su beldad soberana su rey le debe la vida y solicita pagarla. IRENE: Ven, Semíramis, conmigo; que yo haré lo que el rey manda. (Y aun lo que el rey no mandare; Aparte pues haré que tu esperanza en el horror de mis celos tropiece, ya que no caiga.) NINO: Acompañad a las dos todos. SEMÍRAMIS: (Altiva arrogancia Aparte ambicioso pensamiento de mi espíritu, descansa de la imaginación; pues realmente a ver alcanzas lo que imaginaste; pues aun todo aquesto no basta; que para llenar mi idea mayores triunfos me faltan.

Vanse las damas
CHATO: ¡Ha visto y qué tiesa va! Apenas volvió la cara. ¡Ay tontilla, que no en vano hija del viento te llamas!
Vase CHATO
NINO: ¡Menón! MENÓN: ¿Señor? NINO: No las sigas tú, detente. MENÓN: ¿Qué me mandas? NINO: ¿Estamos solos? MENÓN: Testigos son los troncos y las ramas. NINO: Mi amigo eres. MENÓN: Tú mi rey. NINO: ¿Qué me debes? MENÓN: Honras altas. NINO: ¿Puedo hacer por ti más? MENÓN: No. NINO: ¿Tienes qué pedirme? MENÓN: Nada. NINO: ¿Qué harás tú por mí? MENÓN: Mi vida pondré, señor, a tus plantas. NINO: Menos quiero, pues porque no diga jamás la fama que Nino quitó a Menón su esposa, quiero que haga la amistad, y no el poder, una conveniencia extraña; y es que, esto asentado, agora volvamos a la pasada metáfora. ¿No dijiste que ésta verdadera farsa, tenía una novedad que era fácil desatarla? Pues yo quiero que sean dos, y que en el fin también haya nuevo estilo. Esto ha de ser. Ya que introducidos se hallan aquí rey, dama y valido, véncete tú, porque salga de andar en duelos de amor la majestad; desatada una, otra es desde hoy amarla yo y tú olvidarla. MENÓN: Señor, vencerse a sí mismo un hombre es tan grande hazaña, que sólo el que es grande puede atreverse a ejecutarla. Tú eres rey, vasallo soy. NINO: Pues ¿qué mayor alabanza que hacer tú una acción que fuese grande para mí? MENÓN: No se halla con tanto valor mi pecho. NINO: Pues tú me has de dar palabra de olvidarla. MENÓN: No podré; de morir, sí; en esa instancia te la doy; que ello está en mí, y no está en mí el olvidarla. NINO: Pues sí olvidarla no puedes, puede darlo a entender traza que ella entienda que la olvidas, y que mi amor no lo manda. MENÓN: Ni aqueso puedo tampoco; que fuera acción muy villana dar yo a partido mis celos. Tercero de mis desgracias, daré a entender que la olvido, y lo haré desde mañana; mas dando a entender también que eres tú quien me lo manda. NINO: ¿No te la puedo quitar? MENÓN: Ya sí, señor, mas repara que ésa es violencia forzosa, y ésta es ruindad voluntaria. En quitármela tú, harás una tiranía; en dejarla yo, una infamia; y al contrario, tú una grandeza en no amarla, yo una fineza en quererla. Mira agora las distancias que hay de tiranía a grandeza, y que hay de fineza a infamia. NINO: Pues ¿qué te vengo a deber yo en aquesta parte? MENÓN: Nada, sino el consejo de que me la quites; que si aguardas hallar conveniencia en mí, en mí, señor, no has de hallarla, ni es posible. NINO: ¿Cómo? MENÓN: Escucha. En nuestro cuerpo está el alma, sin tener determinado lugar; si muevo la planta, alma hay allí, alma también hay en la mano al mandarla. Sucede, pues, que me corte la planta o la mano, ¿falta con la porción de aquel cuerpo aquella porción que estaba del alma allí? No. ¿Qué se hace? A su estado, a incorporarla se reduce. Alma es en mí mi amor; lugar no se halla donde no esté; y así, aunque hoy a pedazos le deshaga, cortándome las acciones de verla, oírla y hablarla, en la razón que me queda, a la imitación del alma, siempre se ha de hallar mi amor tan cabal como se estaba. NINO: ¡Qué cansados argumentos! ¿Ser mi gusto no bastaba? MENÓN: No, señor. NINO: ¡Calla, villano! ¡Desagradecido, calla! ¡Calla, ingrato! Mas yo tuve la culpa de darte tantas alas, para que al sol mismo te opongas. Pero la saña del sol, que te las crió, sabrá quitarte las alas. MENÓN: ¡Señor! NINO: ¡No más! MENÓN: No de un soplo así tu hechura deshagas. NINO: No me deshaga mi hechura un rayo a mí siendo ingrata. MENÓN: Yo no puedo... NINO: Yo tampoco. MENÓN: ...ofrecer más de que... NINO: Basta. MENÓN: ¿Que soy tu privanza olvidas? NINO: Donde hay celos no hay privanza. Y puesto que esto ha de ser, yo he de decir que se haga la boda, y tú has de decir que a tu disgusto te casas, sin que a mirarla te atrevas desde este instante. Repara que te quebraré los ojos si te atreves a mirarla.
Vase NINO
MENÓN: ¡Ay Semíramis divina! ¡Ay hermosa! ¡Ay soberana hija del aire! ¡Llevóse tu nombre mis esperanzas.

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

La hija del aire, primera parte part 7

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu