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IRENE:         A daros la bienvenida,
               o recibimos pudiera...
MENÓN          Guárdeos el Cielo, aunque ya 
               tarde lo uno y lo otro sea.
IRENE:         Dame, gran señor, tu mano.
NINO:          ¡Oh, Irene divina y bella! 
               Bien este favor merece 
               mi amor.
IRENE:                   No me lo agradezcas,
               que una pretensión me trae.
NINO:          ¿Qué habrá que negarte pueda?  
               Sin saberla, la concedo;
               di agora, pues.
IRENE:                        Ya te acuerdas
               que en la batalla de Lidia 
               quedé en el campo por muerta; 
               que me dio vida un soldado
               y me llevó hasta mi tienda.
               Pues este soldado agora,
               por no volverse a su tierra
               sin que el socorro le pague,
               me ha hecho contigo tercera
               de su pretensión.
NINO:                          ¿Qué ha sido?
IRENE:         Servirte, señor, intenta
               en la Corte.
NINO:                      Tú, después,
               infórmate de quién sea,
               y, conforme a su persona,
               oficio en mi casa tenga.
IRENE:         Silvia!
SILVIA:                Señora.
IRENE:                          A un crïado
               di que le dé la respuesta.
               Con esto, señor, si estás
               divertido en tus diversas
               obligaciones, no es justo
               que estorbe; dame licencia.
NINO:          Nunca tú, Irene, has podido
               estorbar, Y más en esta
               ocasión, donde no son
               los despachos la materia
               que se trata; antes, agora
               estimo que a tiempo vengas
               en que, escuchando a Menón,
               algún rato te diviertas;
               porque pintándome está
               una divina belleza,
               no perturbemos agora
               al gusto con que lo cuenta.
               Prosigue de esa hermosura
               muy por extenso las señas.
IRENE:         Sí, Menón.  Y yo también
               me holgaré ya de saberlas.
MENÓN:         Ya no podré yo decirlas,
               que retórica muy necia
               será, habiendo vos llegado,
               que otra hermosura encarezca.
NINO:          La que es deidad no es mujer,
               ni hace número con ellas.
               Irene es deidad, Menón;
               di lo que dices, y piensa
               que será ofenderla más
               la atención de no ofenderla.
IRENE:         Si no os riñera mi hermano, 
               yo de otra suerte os riñera.  
               Decid; que yo ser no puedo 
               para nada consecuencia.
MENÓN:         Sí haré. (¿Qué temo, si ya                Aparte
               poco importa que se ofenda?) 
               Digo, señor, que en el centro 
               hallé de una oscura cueva 
               bruto el más bello diamante, 
               bastarda la mejor perla, 
               tibio el más ardiente rayo, 
               y la más viva luz, muerta.  
               Estaba de toscas pieles 
               vestida, para que hicieran 
               lo inculto y florido a un tiempo 
               armonía más perfecta; 
               bien como un bello jardín 
               en una rústica selva, 
               más bello está cuando está 
               de la oposición más cerca.  
               Suelto el cabello tenía, 
               que en dos bien partidas crenchas, 
               golfo de rayos al cuello 
               inundaba; y de manera 
               con la libertad vivía 
               tanta república de hebras 
               ufana, que inobediente 
               a la mano que las peina, 
               daba a entender que el precepto 
               a la hermosura no aumenta, 
               pues todo aquel pueblo 
               estaba hermoso sin obediencia.  
               Ni bien rubio, ni bien negro 
               su variado color era, 
               sino un medio entre los dos; 
               como en la estación primera
               del día luces y sombras 
               confusamente se mezclan, 
               que ni bien sombras ni luces 
               se distinguen; así, hecha 
               del azabache y del oro 
               una mal distinta mezcla, 
               crepúsculo era el cabello, 
               siendo sus neutrales trenzas 
               para ser negras, muy rubias, 
               para ser rubias, muy negras. 
               No de espaciosa te alabo 
               la frente, que antes en esta 
               parte sólo anduvo avara 
               la siempre liberal maestra; 
               y fue sin duda porque 
               queriendo, señor, hacerla 
               de una nieve que hubo acaso, 
               la hubo de dejar pequeña, 
               porque no le fue posible 
               que entre la más pura y tersa 
               se hallase ya un poco más 
               de una nieve como aquélla.  
               Una punta del cabello 
               suplía la falta, y era 
               que a las cejas acechaba, 
               como diciendo, "Estas cejas 
               hijas son de mi color, 
               y quiero bajar por ellas 
               porque el amor no se alabe 
               de que las llevó por muestra."  
               Los ojos negros tenía. 
               ¿Quién pensara, quién creyera 
               que reinasen en los alpes 
               los etíopes?  Pues piensa 
               que allí se vio, pues se vieron 
               de tanta nevada esfera 
               reyes dos negros bozales, 
               y tan bozales, que apenas 
               política conocían.
               Su barbaridad se muestra 
               en que mataban no más 
               que por matar, sin que fuera 
               por rencor, sino por uso 
               de sus disparadas flechas.  
               Para que no se abrasasen 
               los dos en civiles guerras, 
               su jurisdicción partía, 
               proporcionada y bien hecha, 
               una valla de cristal, 
               sin que zozobrase en ella 
               la perfección, siendo así 
               que la nariz más perfecta, 
               es el mar de las facciones, 
               escollo es, donde las velas 
               del bajel de la hermosura 
               corren la mayor tormenta.  
               De sus mejillas la tez 
               era otra unión de diversas 
               colores. ¿Viste la rosa 
               más encendida y sangrienta 
               en la púrpura de Venus? 
               ¿La azucena viste en ella 
               con el candor de la aurora?  
               Pues tú allá te considera 
               esa azucena, esa rosa, 
               ajadas entre sí mesmas, 
               y sus mejillas verás 
               al mismo instante que vea; 
               a la rosa desteñida, 
               o teñida la azucena.
               La boca, corte del alma, 
               donde la hermosura reina, 
               ya severamente grave, 
               ya dulcemente risueña,
               era, no digo una joya 
               de corales y de perlas, 
               que esta alabanza común 
               ya es particular ofensa, 
               sino un archivo de todo 
               cuanto la Naturaleza 
               pudo asegurar; y así 
               grande hubo de ser por fuerza.  
               El cuello, blanca coluna 
               que este edificio sustenta, 
               era de marfil al torno; 
               de cuya hermosa materia 
               sobró para hacer las manos, 
               a emulación de sí mesma.  
               Este, pues, monstruo divino, 
               Venus mandó que estuviera 
               oculto, porque Dïana 
               le amenazó con tragedias.  
               Nació de una ninfa suya, 
               y entregándola a las fieras, 
               la defendieron las aves, 
               de quien el nombre conserva, 
               pues Semíramis se llama, 
               que quiere en la siria lengua 
               decir la hija del aire.
               Éste es su nombre y sus señas.
NINO:          Tú la has pintado de suerte,
               y de suerte encarecerla 
               has sabido, que ya al más 
               dormido afecto despiertas 
               para que verla desee; 
               y en mí es esto de manera, 
               Menón, que deseo tanto 
               el verla, que no he de verla; 
               porque quiero hacer por ti 
               una tan grande fineza, 
               como el excusar, Menón, 
               que tan bien no me parezca.
               El primor de la pintura 
               quiero pagártele a renta. 
               Veinte talentos te doy, 
               que a ella en mi nombre le ofrezcas.  
               Pero quiérote advertir 
               que en tu vida no encarezcas 
               hermosura a poderoso, 
               si enamorado estás de ella;
               porque quizá no hallarás
               otro que vencerse sepa;
               y alabar lo que se ama
               puede ser que sea fineza;
               pero no puede dejar
               de ser fineza muy necia.

Vase NINO
IRENE: ¿Qué retórico orador, qué enamorado poeta os dio para esa pintura tantas rosas y azucenas, tanto oro, tanto marfil, tanta nieve, tantas perlas? MENÓN: Todo esto fue desvelar, llegando vos, la sospecha del Rey. IRENE: Y antes que llegase, ¿porqué fue el encarecerla tanto, que ya la atención a oír estaba dispuesta? MENÓN: Porque el modo del hallarla, que no oisteis, le hizo fuerza para que se la pintara. IRENE: ¡Buena disculpa! MENÓN: ¿No es buena? IRENE: Sí debe de serlo; pero aunque yo quiera creerla, no puedo. MENÓN: ¿Porqué? IRENE: Porque acción, semblante, ni lengua no os disculpa como a quien tiene gana que le crean, sino como a quien no importa; y para mí mejor fuera no disculparos que no disculparos con tibiezas. MENÓN: ¿Vos desconfïanza? IRENE: ¿Quién os dijo que yo la tenga? MENÓN: Los celos que... IRENE: ¿Qué son celos? Callad; que es segunda ofensa. Una llave que tenéis de mis jardines, ¿qué es de ella? MENÓN: Yo os la volveré; y estimo de miraros tan exenta de los celos, pues con eso podré... IRENE: No podréis. La lengua tened, porque habrá sin mí quien castigue esa soberbia. MENÓN: ¿Sin vos? IRENE: Sí. MENÓN: ¿Pues puede haber quien sin vos a mí me ofenda?
Sale ARSIDAS
ARSIDAS: Yo, Menón, vengo buscándoos, por ser vos a quien apelan mis fortunas del piadoso tribunal de Irene bella. MENÓN: En mala ocasión venís; después podréis dar la vuelta. IRENE: Haced lo que el Rey os manda, que no viene sino en buena. MENÓN: Yo lo haré. Venid conmigo IRENE: Ved que es mía esta encomienda. MENÓN: (¡Cuánto hay en una hermosura Aparte de quererla o no quererla!)
Vase MENÓN
IRENE: (¡Ah vil! ¡Ah traidor! ¡Qué mal Aparte me pagas lo que me cuestas!)
Vase IRENE
ARSIDAS: ¿Qué es esto, cielos? Mas no es tiempo de que me atreva ni aun a pensarlo; porque el que se toma licencia para quejarse sin tiempo pierde el respeto a la queja, y es el tenerla desdicha, sin mérito de tenerla.
Vase ARSIDAS, y salen FLORO y SIRENE
FLORO ¿Eso pasó mientras yo al monte salí un momento? SIRENE: Sí, Floro del alma mía; y así, buscándote vengo para decirte que, aunque él, con enojo o con ruego, que te vayas diga, no te vayas. FLORO: Ya te obedezco. SIRENE: Por eso te doy los brazos.
Sale CHATO
CHATO: ¡Que siempre llego a mal tiempo! FLORO: Tropezó, y llegué a tenerla. CHATO: Claro está que en el tropiezo suyo había de estar. SIRENE: Yo... CHATO: No os disculpéis; yo me huelgo que os abrace; porque si cuando vino hizo lo mesmo, en señal de que se va. Dadle otro abrazo en el precio. FLORO: Antes, llegué a preguntarla qué para cenar tenemos. CHATO: ¿Quién os mete en pescudallo, si vos no habéis de traerlo? Y ya que en aquesto habramos, decidme, así os guarde el cielo; ¿es la boleta perpetua, o al quitar, la que allá os dieron? FLORO: Aquí está, y ella no dice hasta cuándo. CHATO: Soy un necio. Pensé que sí. FLORO: No os merece mi trato esa duda. Cierto que sois desagradecido, pues cuando un hombre está haciendo por vos todo lo que puede, le tratáis con tal despego. CHATO: Pues vos, ¿qué hacéis por mí? FLORO: Honraros en vuestra casa teniendo un soldado que en la Batria, la Siria, el Peleponeso, la Propóntida y la Licia, tantas hazaiías ha hecho. Venid, Sirene; no hagáis caso de este majadero.
Vase FLORO
CHATO: Ella os obedecerá, o la mataré sobre eso. Id, no hagáis caso de mí, pues el señor hazañero lo manda, habiendo hecho hazañas en la Sucia, Pieldequeso, Prepolente y Sïelicia. SIRENE: Si vos no tenéis esfuerzo para decir que se vaya, ¿tengo yo culpa? CHATO: No, cierto; yo la tengo, claro está.
Sale SEMÍRAMIS
SEMÍRAMIS: ¿Siempre habéis de estar riñendo? CHATO: No hay otra cosa que hacer. TODOS: ¡Qué desdicha! Dentro SEMÍRAMIS: ¿Qué es aquello? MENÓN: En lo intricado del monte Dentro se ha metido. NINO: ¡Piedad, cielos! Dentro CHATO: Yo no lo sé; pero allí entre la maleza veo venir corriendo un caballo. SEMÍRAMIS: Volando es, que no corriendo. MENÓN: ¡Corred todos! Dentro TODOS: ¡Qué tragedia! Dentro OTROS: ¡Qué desdicha! Dentro IRENE: ¡Acudid presto! Dentro SEMÍRAMIS: Nadie le alcanza; ¿qué mucho si se deja atrás el viento? ¿Cómo pudiera el valor, que está brotando en mi pecho, dar vida al gallardo joven que se despeña! Mas esto no quiere pensarse; suelta este bastón.
Quítale el bastón a CHATO y vase SEMÍRAMIS
CHATO: Ya le suelto. SIRENE: ¿Qué intentará? CHATO: ¿Qué sé yo? Pero sí sé, pues que veo que al encuentro le ha salido veloz, y enredando luego entre los pies del caballo mi garrote, darle ha hecho de ojos; con que finalmente o ya el choque o ya el despeño se ha trocado a una caída. SIRENE: ¿Ay, tal marimacha? CHATO: Luego que de pellejos cargada la vi en el lance primero, dije, "Aquesta tiene cara de echar caballos al suelo." NINO: ¡Válgame júpiter santo! Dentro SIRENE: El rey es. CHATO: Pues a escondernos; que haberle visto caer quizá será sacrilegio. SIRENE: Vamos de aquí huyendo. CHATO: Vamos.
Vanse CHATO y SIRENE. Salen NINO y SEMÍRAMIS
NINO: ¿Quién eres, prodigio bello, de amor divino milagro? Mas en dudarlo te ofendo; no me lo digas, que ya tu beldad me está diciendo que eres deidad de estos montes. Cuál de ellas dudo. Di presto. SEMÍRAMIS: Ni sé quién soy, ni es posible decírtelo, porque tengo aprisionada la voz en la cárcel del silencio. Basta saber que soy una mujer tan feliz, que puedo haberte dado la vida, oh generoso mancebo, cuyo semblante, no sé por qué secreto misterio, a amor y a veneración me está provocando a un tiempo. NINO: Espera, pues. SEMÍRAMIS Aventuro mucho si aquí me detengo. NINO: ¿Pues, en qué? SEMÍRAMIS En que me conozcan... MENÓN: Hacia esta parte fue. Dentro IRENE: Presto Dentro lleguemos donde se oculta, por si peligra. SEMÍRAMIS: ...y en que esos que os siguen me vean. NINO: ¿Porqué? SEMÍRAMIS: Porque licencia no tengo de dejarme ver. NINO: ¿Quién puso a la hermosura preceptos, siendo así que la hermosura siempre es libre y sin imperio? SEMÍRAMIS: Nada os puedo responder. (Huiré al monte; que no quiero Aparte que piense Menón jamás de mí que no le obedezco.)
Vase SEMÍRAMIS
NINO: Espera, detente, aguarda, prodigioso monstruo bello; que tras ti...
Salen MENÓN, LISÍAS, ARSIDAS, IRENE y SILVIA
ARSIDAS: ¿Señor? LISÍAS: ¿Señor? MENÓN: Perdona nuestros deseos. ¡Haber tan tarde llegado donde nunca fuera presto! IRENE: En albricias de tu vida, mi vida y alma te ofrezco. ¿Cómo te sientes? NINO: No sé, ¡ay de mí!, lo que [me] siento. No el golpe de la caída me aflige; otro más violento es el que siento en el alma; porque es un ardiente fuego, es tan abrasado rayo, que, sin tocar en el cuerpo, ha convertido en cenizas el corazón acá dentro. No os admire de que pase de un despeño a otro despeño tan aprisa. Amor es dios, y en dios nunca se da tiempo. Discurrid de aqueste monte los enmarañados senos; que al que una deidad humana en él hallare primero y la traiga a mi presencia, grandes mercedes le ofrezco. Porque no dudéis las señas villano es el traje, pero tan noblemente villano, que su rey le rinde el pecho. ¿Pero para qué, ¡ay de mí!, en pintarla me detengo, Si, en viéndola, diréis todos, ¿Éste es el hermoso incendio que abrasó al rey?" Mas ¿qué mucho? ¿Si es de estas selvas la Venus, la Dïana de estos bosques, la Amaltea de estos puertos, la Aretusa de estas fuentes, y la ella de todos ellos, que hasta que dije lo más, todo lo demás es menos? Busquémosla divididos, que yo he de ser el primero que estas ásperas montañas examine fresno a fresno, hoja a hoja y piedra a piedra. Mas mirad lo que os advierto; que, aunque sintáis abrasaros al mirarla, mis deseos licencia os dan de morir, mas no de morir contentos.
Vase NINO

La hija del aire, primera parte part 6

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