JUAN: Señora, aunque es el respeto
alma de un noble, tal vez
rompe a las leyes el fuero
la necesidad.
CELIA: (¡Ay triste!) Aparte
JUAN: Hoy es fuerza conoceros,
saber cómo estáis aquí,
con qué fin, con qué intento;
que me costáis dos pesares
ya, si sois la que sospecho;
y he de saber de un criado,
que aquí quedó, qué se ha hecho,
cómo se fue y vos entrasteis.
Descubríos, o grosero
me haréis ser con vos.
CELIA: (Huir Aparte
ya no puedo.) Deteneos,
señor don Juan, y advertid
que me debéis más respeto
por quien sois y por quien soy.
JUAN: Ni os conozco ni os entiendo.
¿Quién sois? ¿Cómo estáis aquí?
¿Dónde el crïado? ¿Qué es esto?
CELIA: Tres cosas me preguntáis,
y a dos he de responderos.
Yo he venido a buscaros,
don Juan, porque me importa mucho hablaros.
Entrando en esta casa, vi que había
en este cuarto un hombre, y de él salía.
presumiendo que fuera algún crïado
vuestro, le pregunté por vos. Turbado
me dijo el tal, "Aquí vendrá al momento;
si le habéis de esperar, a este aposento
entrad. Dejóme en él, y por de fuera
volvió a cerrar la puerta, de manera
que la llave que él tuvo acaso ha sido
causa de quedar yo y haberse él ido.
Con que respuesta he dado
al cómo estoy aquí, y él ha faltado.
Quién soy y a lo que vengo
no lo puedo decir.
JUAN: Pues de eso tengo
más deseo, y es tanto
que no he de ir a buscarle, aunque he sabido
que de casa no puede haber salido;
y así quitad el manto
del rostro.
CELIA: Ved, don Juan...
JUAN: Quitad el velo.
CELIA: ...lo que hacéis; que soy yo.
Descúbrese CELIA y tápase
luego
JUAN: ¡Válgame el cielo!
CELIA: Para haceros hoy dueño
de mi honor os busqué. De aqueste empeño
me sacad; que ya veis que, si he venido
aquí, sólo en confianza vuestra ha sido.
Nada deciros quiero.
Mi hermano es, mujer yo, y vos caballero.
JUAN: ¡Cielos! ¿En qué me miro?
FÉLIX: (Nuevo semblante ya en don Juan admiro. Aparte
¿Quién será esta embozada
que le asombra tapada y destapada?)
JUAN: (¿Qué debo yo hacer aquí Aparte
en tan fiera, en tan tirana
ocasión como me vi?
Celia, de Félix hermana,
viene a valerse de mí;
Félix, buscando a un traidor,
para alentar con valor
su venganza y mi venganza,
puso en mí la confianza
de su vida y de su honor.)
FÉLIX: Grande confusión ha sido
la que hoy en vos ha infundido
esa dama.
JUAN: Sí lo es;
y tan grande que, después
de haberla vos prevenido,
la habéis de hallar, os prometo,
mayor que la imagináis;
porque no cabe en conceto
humano lo que miráis,
que sólo cabe en su efeto.
FÉLIX: Pueda yo, don Juan, tener
parte en tal pena, por ver
si en ella os puedo servir.
JUAN: Ni yo os lo puedo decir,
ni vos lo podéis saber.
FÉLIX: ¿No soy vuestro amigo?
JUAN: Sí.
FÉLIX: ¿Y no soy noble?
JUAN: También.
FÉLIX: Pues fiaos, don Juan, de mí.
CELIA: (Don Juan, mirad que no es bien Aparte
que yo...)
Dentro don DIEGO
DIEGO: Abrid, don Juan, aquí.
JUAN: Éste es don Diego.
DIEGO: Abrid, pues.
JUAN: (Fuerza es preguntar quién es Aparte
esta dama; y si la mira
Lisarda, hará su mentira
verdad. Con esto después,
si satisfacerla quiero
con decir quién es --¡hoy muero,
que está su hermano delante!--,
seré, por ser buen amante
ahora, mal caballero.
Y así nadie la ha de ver.)
Don Félix, esta mujer
he de encubrir de Lisarda.
Que este aposento la guarda
a nadie deis a entender.--
Entraos, mi señora, ahí.
CELIA: (¡Duélase el cielo de mí!) Aparte
Éntrase CELIA
FÉLIX: ¿Queréis que entre a estarme yo
con ella?
JUAN: No, por Dios, no,
don Félix.
Dentro
DIEGO: ¿No abrís aquí?
JUAN: Ya está abierto.
Abre don JUAN y salen don DIEGO y
criados
DIEGO: ¿Qué es aquesto,
don Juan? ¿Qué? ¿Todavía andas
lleno de locos discursos,
de imaginaciones varias?
¿Dónde está aquese crïado?
JUAN: Señor, cuando le buscaba
aquí, se había ya salido
con alguna llave falsa.
DIEGO: Tú te disculpas con eso,
por no empeñarme a mí en nada;
y haces mal, porque de nadie
puedes fïarte con tanta
satisfacción.
A FÉLIX
Perdonad,
caballero; que, aunque haya
de fiarse de vos don Juan,
puedo con tal confïanza
hablar.
FÉLIX: Podéis con razón,
y nadie verdad tan clara
negará; pero el buscarme
don Juan es por otras causas
que a mí en hallar a don César
también hoy, señor, me alcanzan.
DIEGO: Pues decid qué habéis sabido
los dos; que ya es excusada
diligencia aquí encubrirme
el criado.
JUAN: Si mi palabra
te doy de que, cuando entré
a buscarle, aquí no estaba,...
DIEGO: ¿Cómo, si aquesos criados
nunca de la puerta faltan,
pudo salir? --Id, a ver
si se oculta dentro en casa,
por esa puerta, y nosotros
por esotra.
Vanse los criados
FÉLIX: ¡Tente!
JUAN: ¡Aguarda!
Se acerca don DIEGO a la puerta donde está
escondida CELIA. Don JUAN y don FÉLIX lo detienen. Por la
otra puerta salen LISARDA y BEATRIZ y se quedan cerca de la
puerta
LISARDA: En fin, ¿no pudo salir?
BEATRIZ: No, señora, porque estaban
los crïados a la puerta
con mil prevenciones y armas.
LISARDA: ¡Oh, permita la Fortuna
que bien de este empeño salga!
Si así teme una inocente,
¿cómo teme una culpada?
DIEGO: ¡Vive Dios, que he de ser yo
aquí el primero que haga
diligencias de saber...!
JUAN: ¿Quién dice que no las hagas?
Mas ya este cuarto está visto;
miremos toda la casa.
LISARDA: (¿Mirar la casa? ¡Ay de mí! Aparte
Sin duda a saber alcanza
algo. Apuremos el caso.)
Señor, ¿tú das voces tantas?
DIEGO: ¿A qué has venido tú aquí?
LISARDA: A ver qué es esto en que andas.
DIEGO: En busca de un hombre.
LISARDA: (¡Ay cielos!) Aparte
DIEGO: Y este aposento me guardan
más que todos, y he de verle.
JUAN: No has de entrar aquí.
FÉLIX: Repara
que...
DIEGO: Los dos me lo estorbáis
por conseguir la venganza
sin mí. ¡Apartaos, por Dios!
¡Qué resistencia tan vana!
¿Quién está aquí?
Se acerca a la puerta. Sale CELIA
CELIA: Una mujer
infeliz y desdichada.
(Aquí, cielos soberanos, Aparte
echó el resto mi desgracia.)
FÉLIX: (Muriendo estoy por saber Aparte
quién es aquesta tapada.)
DIEGO: Por cierto, señor don Juan,
que no os merece mi casa
tan poco respeto como
guardáis en ella a Lisarda.
¿Una mujercilla dentro
de su cuarto? ¡Enhoramala!
¿Harto Madrid no tenéis?
JUAN: ¿Yo mujer? Señor, repara...
LISARDA: Mira, don Juan, si fue todo
cuanto dije verdad clara.
Tú no has visto, por lo menos
--en vano se alienta el alma--
al escondido que dices,
y yo he visto la tapada.
JUAN: (Ni hablar puedo ni callar.) Aparte
LISARDA: Señora, el embozo basta;
que he de saber quién me hace
este pesar en mi casa.
JUAN: (Pues no lo perdamos todo.) Aparte
A LISARDA
Tente; que no has de mirarla.
LISARDA: ¿Tú la defiendes?
JUAN: Es fuerza.
CELIA: (¿Hay mujer más desdichada?) Aparte
Dentro CASTAÑO
CASTAÑO: Toma esta puerta, porque
por ella, Otáñez, no salga.
Dentro don CÉSAR
CÉSAR: Sí saldré.
JUAN: ¿Qué ruido es éste
en el cuarto de Lisarda?
DIEGO: Con un empeño se olvida
otro, según los que andan.
Sale OTÁÑEZ
OTÁÑEZ: Señor, el hombre que buscas
hallamos. Sacó la espada
para hacer paso con ella
por donde a la calle salga.
Sale don CÉSAR cubierto el rostro con la capa
y la espada desnuda.
DIEGO: Dime, ¿es aquéste, don Juan,
el crïado que buscabas?
JUAN: No, señor; otro hombre es éste.
Bien el talle, el brío, las galas
dan a entender que no es el
que encerrado quedó en casa.
CELIA: (Éste es don César.) Aparte
Aparte a CÉSAR
Señor,
mi vida y la tuya ampara.
DIEGO: Hombre que de tanto honor
la reputación agravias,
¿quién eres?
CÉSAR: Un hombre soy.
DIEGO: Quita del rostro la capa.
CÉSAR: No puedo; porque encubierto,
sin que me veas la cara,
me has de dar la muerte aquí
en la defensa bizarra
de esta mujer. Ella y yo
habemos de aquesta casa
de salir, si con mi muerte
mis intentos no se atajan.
DIEGO: ¿Qué mujer?
CÉSAR: Esta mujer;
que yo no digo Lisarda;
ni la conozco ni sé
quién es. Y si esto no basta
para que segura quede,
habré de llevarme a entrambas.
DIEGO: Hombre, demonio, o quien eres,
aunque en algo satisfagas
esta sospecha, conviene,
para que quede asentada,
el que sepamos quién eres.
CÉSAR: Aquésa es pretensión vana
por ahora.
JUAN: También lo es
que sea tal tu arrogancia
que pienses que entre nosotros
te has de llevar esa dama,
sin que sepamos por qué
y cómo en aquesta casa
estáis tú y ella?
CÉSAR: No puedo
decirlo.
FÉLIX: Pues las espadas
harán bocas en tu pecho
por donde la verdad salga.
Disparan dentro
LISARDA: ¿Qué pistola es ésta, cielos?
¿Aun los sustos no acaban?
CÉSAR: Ésta es la seña que espero.
DIEGO: Ninguno allá fuera salga.
Deteneos, caballeros.--
Hombre, yo te doy palabra
de ampararte y de valerte
si de estas dudas me sacas.
CÉSAR: ¿Dasme esa palabra?
DIEGO: Sí.
Desembózase don CÉSAR
CÉSAR: Don César soy. ¿Qué os espanta?
DIEGO: ¿Tú diste muerte a mi hijo?
FÉLIX: ¿Tú me robaste a mi hermana?
JUAN: ¿Tú en casa estás de mi prima?
CÉSAR: Sí; pero a ninguno agravia
mi valor. Si a don Alonso
di muerte, fue cara a cara,
riñendo solo con él;
si en casa estoy de Lisarda,
es porque me dejó Celia
oculto en aquesta sala;
y, si esto de Celia digo,
es porque no importa nada,
que casado estoy con ella,
que es esta misma tapada.
Y si estas satisfacciones
para tus quejas no bastan,
yo he de salir; que ya tengo
quien me guarde las espaldas;
que esa pistola es la seña
de la gente que me aguarda.
FÉLIX: Cuando no hubiera ninguno,
César, yo solo bastara;
que, siendo mi hermano ya,
es obligación hidalga.
JUAN: Yo soy, don Félix, tu amigo;
mas por don Diego mi espada...
DIEGO: Yo la palabra le di
y he de cumplir mi palabra.--
Mas decid ¿dónde estuvisteis
escondido en esta casa?
Sale MOSQUITO de la escalera
MOSQUITO: Eso yo lo he de decir.
Aquí estuvo.
DIEGO: ¡Cosa extraña!
BEATRIZ: ¿Hurtásteme tú el vestido?
MOSQUITO: Y el azafate y las cajas.
DIEGO: Con cuyo gran desengaño
aquí la comedia...
MOSQUITO: Aguarda;
que falta el decir ahora
a todos una palabra;
y es, porque nada se ignore,
que don Félix, concertada
la parte de aquella muerte,
que fue de tanta importancia,
a pagar de su dinero
quedó libre; con que acaba,
por empeño escrita, El
escondido y la tapada.
FIN DE LA COMEDIA
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