JORNADA TERCERA
Salen don CÉSAR de la escalera, como acabó la jornada segunda, y saca a CELIA desmayada CÉSAR: Apenas...--Sin reparar mis desdichas en la ociosa murmuración del que diga que no está bien a la honra de Celia haberse ocultado, iré pasando por todas estas calumnias injustas, atento a su vida sola.-- Desmayada o muerta, en fin, ha estado apenas un hora; y, aunque rendida, y al susto de que a su hermano le oiga que la ha de dar muerte, ya a la pasión rigurosa de verse en ajena casa, donde sus peligros nota, mire yo qué medio pueden darme mis ansias dudosas. Llamar a quien con piedad la vida a Celia socorra no es posible; pues dejarla morir sin remedio y sola será crueldad. Si de cuantos oyeren después mi historia alguno ha de haber que diga qué tuve que hacer, no esconda su ingenio, sino anticipe el consejo a la congoja. Irme y dejarla es bajeza; y más habiendo ella propia venido a darme la vida. Declararme es acción loca. Si a darme la libertad has venido, oh Celia hermosa, ¿cómo eres tú misma, cómo la que me la quita ahora? ¿En quién hallaré consuelo? Mas a una persona sola me puedo fiar. Beatriz, en quien mi pena amorosa halló favor, o le hallaron mis dádivas generosas, valerla podrá; que, en fin, cualquier mujer es piadosa, y de la que está alfigida el mejor médico es otra. Yerre o acierte, a ella quiero declararme; que, aunque ponga a riesgo todo el secreto, ¿a qué más riesgo que ahora puede estar entonces? Haga leal a mi pena traidora. Este medio elijo, pues no me dan otro que escoja; y, pues aclarando el día viene en brazos de la aurora, a buscar voy un remedio. Ya vuelvo. Celia, perdona.Déjala sentada y vase, y vuelve CELIA en sí CELIA: ¡Ay de mí! Mi propio aliento es el que hoy más me ahoga; pues aun para respirar le niega al pecho la boca. Sin vida estoy; y con alma, toda viva y muerta toda. ¿A quién dieron sus desdichas en aire a beber ponzoña? César, si acaso...¿Qué es esto? ¿Fuera del tabique y sola estoy, sin hablar con nadie que me escuche y me responda? ¡César! ¡César! Me ha dejado, hase ido, es cierta cosa; pues él de aquí no saliera con tal riesgo su persona sino para irse... ¿Qué dudan mis desdichas, o qué ignoran? Pues dos veces serán ciertas, por ser desdichas y propias. ¡Ay ingrato, que primero que a mí, tú en salvo te pongas! ¿Qué he de hacer? Si hablo a Lisarda, estando de mí celosa, es error; si a don Juan hablo, siendo don Juan quien hoy toma a cargo el honor de Félix, es aventurarme loca. Sólo a don Diego pudiera decir menos temerosa todo el suceso; que al fin es noble, y sólo a la sombra de las canas del honor seguramente reposa. Esto es, si no lo mejor, lo menos malo, aunque ahora ejecutarse no pueda; porque ya una puerta y otra de Lisarda y de don Juan abren. Otra vez me esconda este sepulcro que yo, al rigor de mis congojas, como gusano de seda, fabriqué para mí propia.Éntrase en la escalera. Salen LISARDA, BEATRIZ, don JUAN y CASTAÑO, por las puertas de los lados LISARDA: Mira si está ya vestido mi padre. ¡Triste cuidado! JUAN: Mira si está levantado don Diego. ¡Pierdo el sentido! BEATRIZ: En su aposento hay ruido. CASTAÑO: Ruido en su cuarto sentí. LISARDA: Contaréle lo que vi. JUAN: Sin declararle por qué, licencia le pediré. LISARDA: ¿Es don Juan? JUAN: ¿Lisarda? LISARDA: Sí. JUAN: ¿Qué es esto? ¿Tan desvelada te tiene aquel embozado...? LISARDA: ¿Tan necio a ti te ha dejado aquella dama tapada...? JUAN: ¿...que a estas horas levantada estás? LISARDA: ¿...que me hablas así? JUAN: Yo digo lo que yo vi. LISARDA: Yo digo lo que vi yo. JUAN: Y eso ¿no es mentira? LISARDA: No. Pero esotro ¿es verdad? JUAN: Sí. LISARDA: Mira, no me hagas, don Juan, perder el juicio, por Dios. JUAN: Perderémosle los dos, si en eso tus cosas dan. LISARDA: Pues que presentes están sólo los que han entendido todo lo que ha sucedido, hablemos con más acuerdo. JUAN: ¿Cómo he de hablar, cuando pierdo de imaginarlo el sentido? LISARDA: Pues ¿qué viste? JUAN: Un hombre vi que de este cuarto salía, y con una llave abría. LISARDA: Pues escucha ahora. JUAN: Di. LISARDA: Si ayer, don Juan, vine aquí, ¿qué tiempo tuve, don Juan, para dar a ese galán llave del cuarto? ¿No ves cuánto mejor pensar es que son ladrones, que están más hechos a esos excesos? JUAN: No son en las ocasiones tan valientes los ladrones. LISARDA: Valientes hacen sucesos; y ayuda también a esos discursos haber habido un hurto, si ya no ha sido que quieres decir también que mi galán era quien hurtó a Beatriz el vestido. BEATRIZ: ¡Y nuevo! LISARDA: Más fundamento hubiera en lo que vi aquí. JUAN: ¿Qué viste? LISARDA: Una mujer vi recogida en tu aposento. JUAN: ¿Fuera tal mi atrevimiento que yo a tu casa trajera mujer la noche primera que era huésped? LISARDA: Quien le tiene tal que a media noche viene, tenerle en todo pudiera. JUAN: Si de una a otra queja pasa, ambas las he de amparar. ¿Qué había de ir a buscar si estaba mi dama en casa? Luego en suerte tan escasa bien claro te da a entender el que yo tuve que hacer otra cosa, o que no ha sido mi dama la que he escondido, pues que fuera la iba a ver, si no soy tan infeliz y tengo tan mala fama que presumas que mi dama le hurtó el vestido a Beatriz. BEATRIZ: ¡Y sin ponerle! LISARDA: Un matiz viste con igual porfía tu queja y la mía este día, porque haya quien arguya, para creída la tuya, [y] para duda la mía. JUAN: Porque no tiene en la ira tan grande facilidad el decir una verdad como oír una mentira. Fuera de que, si se mira igual la queja al dolor, aun en lo igual es mayor la mía, y apurar es justo que la tuya toca al gusto, Lisarda, y la mía al honor. LISARDA: Bien sabe mi vanidad que de tal hombre no sé. JUAN: Verdad cuanto dije fue. LISARDA: Será de otra calidad tu verdad de mi verdad. JUAN: Sí; que en mí duda el honor. LISARDA: En mí acredita el valor. JUAN: Yo sé que un hombre he encontrado. LISARDA: Yo, que una tapada he hablado.Sale don DIEGO DIEGO: ¿Qué es esto? LISARDA y JUAN: Nada, señor. DIEGO: ¿Tan presto los dos --¡ay Dios!-- levantados? Don Juan ¿pues tan mal hospedaje es esta casa para vos, y aun para ti, que los dos estáis a esta hora vestidos? JUAN: (Disimulen mis sentidos.) Aparte ¿No miras que, desvelados, mal amorosos cuidados consienten ojos dormidos? LISARDA: Si a mí me estuviera bien, la misma respuesta diera. JUAN: (¡Oh quién creerla pudiera!) Aparte LISARDA: (¡Oh quién no dudarla, quién!) Aparte DIEGO: La disculpa está muy bien fundada; y, porque veáis si en obligación me estáis, para sacar madrugué una licencia, con que hoy desposaros podáis, de las amonestaciones supliendo la dilación. JUAN: Yo estimo, como es razón, las muchas obligaciones en que cada día me pones; pero basta haber traído la dispensa, que ha suplido el parentesco, y no es bien hacer dispensar también el tiempo, que... LISARDA: Y yo te pido que lo dilates, señor, todo cuanto tú pudieres. DIEGO: Si esto pides y esto quieres, aun nunca será mejor. Pero paréceme error madrugar para tan vana, tan inútil, tan liviana pretensión; y, en fin, si no queréis hoy casaros, yo quizá no querré mañana. JUAN: Yo, señor, siempre... LISARDA: (¡Ay de mí!) Aparte JUAN: ...me tendré por muy dichoso en ser de mi prima esposo. Excusarte pretendí nuevos cuidados; y así... DIEGO: Claro está que no habrá sido otra la causa que ha habido; porque --aquí para los dos-- ni me la dijerais vos, no, ni yo la hubiera oído.Vase LISARDA: Bien ves cuán necio has estado. JUAN: ¿Has tú acaso, por tu vida estado más entendida? LISARDA: Sí; pues he disimulado tanta parte a mi cuidado. JUAN: Yo no sé disimular a mi costa mi pesar; y, hasta que sepa después quién el embozado es, no me tengo de casar.Vanse don JUAN y CASTAÑO LISARDA: ¡Cielos! ¿Habrá sufrimiento para tanta sinrazón? ¿Sospechas en mi opinión, en mi fe deslucimiento, cuando mi honor, siempre atento a su vanidad, ha sido risco del mar combatido, roble del viento azotado, donde uno y otro cuidado se quedaron con el ruido? Dígalo aquél que, sitiada, por agua y viento movida, de lágrimas combatida, de suspiros asaltada, en vano solicitada la admiró sin titubear; que al temer y al suspirar no la hicieron movimiento ni las ráfagas del viento, ni las ondas de la mar. BEATRIZ: Sentir, señora, es error las cosas con tanto extremo. LISARDA: A nadie más que a mí temo. BEATRIZ: Entra en este tocador [a aderezarte] mejor, que ya de ir a misa es hora. LISARDA: Poco gusto tengo ahora de tocarme; así me iré. Dame tú el manto, porqué no he de ir tarde así. BEATRIZ: Señora, el manto está aquí; que yo limpiándole ahora estaba. LISARDA: Ponle, y ponte el tuyo. Acaba, y llama a Otáñez.Vase BEATRIZ ¿Quién vio más pesares? ¿En mí halló entrada indicio tan grave? Mas, ¡ay!, que no hay quien se alabe de que se libró a esta ofensa, donde es vicio que se piensa más que virtud que se sabe. ¿Hombre en mi casa escondido que pudo dar tal cuidado?Tiene puesto el manto, siéntase en una silla y quédase suspensa. Sale don CÉSAR CÉSAR: Ocasión de hablar no he hallado a Beatriz; pero harto ha sido no ser de nadie sentido, y vuelvo --¡ay Dios!-- porque no a Celia, que aquí quedó desmayada, hallen aquí.-- ¿Todavía estás así, mi bien? LISARDA: ¿Quién me habla así? CÉSAR: Yo. LISARDA: Pues ¿tú, don César...? CÉSAR: ¡Qué azar! LISARDA: ¿...en mi casa? CÉSAR: ¡Qué temor! LISARDA: ¿Tú en mi cuarto? CÉSAR: ¡Qué rigor! LISARDA: Responde. CÉSAR: No acierto a hablar, porque, helado... LISARDA: ¡Qué pesar! CÉSAR: ...el labio... LISARDA: ¡Qué sinrazón! CÉSAR: ...enmudece... LISARDA: ¡Qué traición! CÉSAR: ...y al verte... LISARDA: ¡Qué atrevimiento! CÉSAR: ...le falta aliento al aliento, y razón a la razón. LISARDA: ¿Cómo, di, el rostro encubierto, César, --¡ay cielos!-- tuviste, cuando la vida me diste, y no ahora, que me has muerto? Erradas, César, advierto tus acciones, por indicios de trocados ejercicios; pues hacen tu voz y labios cara a cara los agravios, pero no los beneficios. Si, cuando más me adoraste, de mí más dejado fuiste, si del todo me perdiste, cuando a mi hermano mataste, baste ya, don César, baste la porfía; que ésta fue tu estrella. Ya me casé; ya no te queda esperanza. Si no vienes por venganza, di, ¿por qué vienes, por qué? Hable tu temeridad. CÉSAR: (¿Cómo la he de responder? Aparte Pues, cuando yo quiera hacer virtud la necesidad, echando a su voluntad la culpa, para movella, Celia, pues no llego a vella, cobrada al desmayo, está, sin duda, oyéndome ya. ¡Oh qué tirana es mi estrella!)
El escondido y la tapada, part 8
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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