This file last updated September 12, 2000
BEATRIZ:       Digo que en toda mi vida
               no he visto tan excelentes
               y aliñados azafates.
LISARDA:       Verélos, porque no piense
               don Juan que no los estimo.
               Pero ¿qué estrago es aquéste?
BEATRIZ:       Esto ya es hecho, porque es
               paso de La dama duende,
               y no he de pasar por él.
LISARDA:       ¿Quién entró que de esta suerte
               lo ha puesto, Beatriz?
BEATRIZ:                              Ninguno
               pudo entrar, porque yo siempre
               tuve la llave conmigo.
LISARDA:       Pues, siendo eso así, tú tienes
               la culpa, que lo dejaste
               de modo que se cayese.
BEATRIZ:       ¿Cómo pudo?
LISARDA:                    ¿Quién querías
               que para esto sólo abriese?
BEATRIZ:       Quien no abrió para esto sólo.
               ¿Hay más desdichada suerte,
               señores?
LISARDA:                 Pues ¿qué más falta?
BEATRIZ:       Mi vestido, y sin ponerle.
LISARDA:       ¿Qué vestido?
BEATRIZ:                      El que me dio
               don Juan.

Llora. Salen don DIEGO y OTÁÑEZ
DIEGO: ¿Qué ruido es aquéste? BEATRIZ: ¡Y el manto también! LISARDA: Aquí puso Beatriz todo este regalo que envió don Juan, y le hallamos de esta suerte, y falta un vestido suyo. BEATRIZ: ¡Ay, señor, y sin ponerle! OTÁÑEZ: Sí; pero no sin quitarle. Si una viga más tuviese esta casa, no faltara, Beatriz, tu vestido. DIEGO: Siempre en las mudanzas de casa aquestas cosas suceden. Id cogiendo todo eso; y tú, trata recogerte en tu cuarto; porque el tiempo que aquí don Juan estuviere sin desposarse ha de ser el que menos ha de verte. LISARDA: Tanto obedecerte estimo que, porque a verme no entre de noche en mi cuarto, quiero estar recogida. --Venme a desnudar, Beatriz. BEATRIZ: Quien me ha desnudado a mí puede; que sabrá mejor que yo.
Llora
LISARDA: No llores; que fácilmente se remediará. (Aunque he dicho Aparte que tengo de recogerme, no lo he de hacer hasta ver a qué hora don Juan viene.) Trae luz, Beatriz. BEATRIZ: ¡Ay, señores, mi vestido, y sin ponerle! ¡Notable desdicha ha sido!
Vanse LISARDA y BEATRIZ
OTÁÑEZ: Ha estado aquí tanta gente hoy que no es mucho que falte aun más que esto. DIEGO: Otáñez, ¿tiene prevenido ya su cuarto don Juan? OTÁÑEZ: Y curiosamente aderezado. DIEGO: Id a ver si en él falta algo, y ponedle luces; porque ya la noche cerrando baja.
Vase OTÁÑEZ
¡Oh, qué alegre día fuera para mí, si mi hijo viviera éste! ¡Oh, si me viera vengado del traidor que le dio muerte! Mas no quiso mi fortuna tantas dichas concederme que llegase...
Sale CELIA con manto
CELIA: Caballero, si el amparar las mujeres heredada obligación es de todos los que tienen noble sangre, pues con ella nacieron a ser corteses, amparad una mujer, ya que la trajo su suerte a vuestros pies; que no en vano esta dicha he de deberle. Un hombre, que de mi honor le hicieron dueño las leyes bárbaras que dispusieron que padezca el inocente los delitos del culpado, siguiéndome --¡ay de mí!-- viene, y está en que no me conozca el honor suyo y mi muerte. Haced, por quien sois, señor, que hasta aquí --¡ay cielos!-- no entre; porque yo, si no... DIEGO: Callad, no digáis más; que no deben escuchar los caballeros más razón a las mujeres, para ampararlas, que verlas afligidas. A tenerle saldré, y aun a desvelarle las sospechas que trajere. Y, a no poder con razones, podré con la espada; que este pecho volcán es que ostenta dentro fuego y fuera nieve. Aquí esperad. Más de aquí no habéis de pasar; que en este cuarto una hija mía vive y no quiero yo que llegue a saber que hoy en el mundo aquestas cosas suceden.
Vase
CELIA: Bien hasta aquí ha sucedido este atrevimiento. Déme fortuna Amor, si es que Amor fortuna para sí tiene. Acercaréme al tabique de la escalera.
Abre la puerta. Salen don CÉSAR, y MOSQUITO vestido de mujer
CÉSAR: Ahora puedes salir mejor porque, siendo ahora cuando anochece, antes que se enciendan luces, podrá ser salir sin verte; que yo, hasta que eche de ver que estás fuera, por si vuelves, no me quitaré de aquí, a todo trance valiente. MOSQUITO: ¡Dios vaya conmigo, amén! CÉSAR: La seña, Mosquito, advierte que ha de ser, cuando en la calle estés con armas y gente, disparar una pistola, porque a mi noticia llegue, para que yo salga. MOSQUITO: Salga yo ahora, que es lo que conviene. CELIA: Un bulto se ve acercando a mí. MOSQUITO: Un bulto hacia mí viene. CELIA: No podré llamar a César en tanto que no se fuere.
Truecan lugares CELIA y MOSQUITO
MOSQUITO: Él no me ha visto, pues no me habla nada. CELIA: ¡Oh, si se fuese! MOSQUITO: ¡Oh, si encontrase la puerta!
Sale don DIEGO, y llégase a MOSQUITO
DIEGO: Señora, seguramente podréis salir; que en la calle no hay un hombre que os espere. MOSQUITO: (Es grande merced que me hacen.) Aparte DIEGO: Este portal, el de enfrente y todos están seguros. MOSQUITO: (Lindamente me parece. Aparte Si hay ángeles entrecanos, el de mi guarda es aquéste.) DIEGO: Venid conmigo; que yo hasta donde vos quisiereis iré con vos. MOSQUITO: (Que me place. Aparte Si esto ahora me sucede por un vestido inhumano, que a media pierna me viene, yo juro de no traer otro traje eternamente. Bien hayan los tres poetas que piadosos y corteses sacaron a luz los "Pri- vilegios de las mujeres".) DIEGO: ¡Pobre señora afligida! Aun a hablarme no se atreve.
Vanse
CELIA: Ya se van los que allí hablaban; razón no pude entenderles. Ahora por la noticia de esta casa en pasos breves llegaré hasta la escalera.-- César, señor... CÉSAR: ¿Por qué vuelves, Mosquito? CELIA: No soy quien juzgas, don César. CÉSAR: ¿No? Pues ¿quién eres? CELIA: Detente; no te alborotes. Celia soy. CÉSAR: ¿Celia? CELIA: Sí; que este extremo de amor no más que Celia supiera hacerle. Dejéte anoche --fue fuerza-- cerrado --¡raro accidente!-- y he enviado esta mañana a Inés, para que te diese aquella llave maestra con que tú salir pudieses de aquí, donde a tus desdichas les fuera más conveniente. Halló la justicia aquí, volvió después --¡dura suerte!-- y halló alquilada la casa a tu enemigo en tan breve tiempo. Mas ¿cuándo desdichas gastaron más tiempo que éste? No se atrevió a entrar en ella. Yo, viéndote en tan urgente peligro, aunque en casa estoy de quien guardada me tiene, de ella he salido. No importa el cómo; basta que puede mi ingenio haber hecho que el mismo don Diego fuese quien me trajese hasta aquí, y a esta causa detenerme no puedo. La llave es ésta; con ella, cuando pudieres, saldrás. Y adiós, César; que si donde me dejó, vuelve don Diego, y no me halla allí, podrá ser que algo sospeche. CÉSAR: Oye, escucha. CELIA: No es posible; y más ahora que viene con luz. Cierra tú esa puerta, porque a ti no puedan verte; que a mí no importa, supuesto que aquí don Diego me tiene; pues el llegar hasta aquí disculpará fácilmente el mismo temor. CÉSAR: ¡Ay, Celia, mucho mi vida te debe! Amor, déjame pagar obligaciones tan fuertes.
Cierra la puerta. Sale con luz OTÁÑEZ, don JUAN y don DIEGO
DIEGO: No quiso, en fin, la mujer que acompañándola fuese más que a esa primera calle. JUAN: ¡Extrañas cosas suceden! CELIA: (No llego a hablar a don Diego, Aparte hasta que sólo se quede.) DIEGO: Llevad esa luz al cuarto de don Juan, ya que merece mi casa desde este día tan noble y honrado huésped... JUAN: La dicha, señor, es mía. DIEGO: ...que yo he de quedarme en éste.
Vase
CELIA: (Pues ¿cómo, sin acordarse Aparte don Diego de que me tiene aquí, en su cuarto ha entrado? Sin duda, volviendo a verme adonde me dejó y viendo que faltaba, le parece que me fui, sin esperarle.) JUAN: Hoy tengo de recogerme temprano, porque Lisarda no se enoje. CELIA: (Si ha de verme Aparte don Juan, mejor es contarle lo que ha pasado; no lleguen a echarme menos en casa, que es ya muy tarde.)
Sale CASTAÑO
CASTAÑO: Aquí viene un caballero a buscarte. JUAN: ¿A estas horas? Dile que entre. CASTAÑO: Entrad.
Sale don FÉLIX
FÉLIX: A solas me importa hablaros. CELIA: (¡Mi hermano es éste!) Aparte JUAN: Salíos los dos, y dejad la luz sobre ese bufete.
Vanse OTÁÑEZ y CASTAÑO
CELIA: (En extraño aprieto estoy. Aparte Ni a salir puedo atreverme ni [a] estar aquí. Aquí me escondo, hasta que se vaya Félix.) JUAN: Ya estáis solo. ¿Qué traéis? Hablad. FÉLIX: Sí haré, si pudiere. JUAN: Apasionado venís. Mejor estaréis en este cuarto; entrad donde os sentéis. CELIA: (¡Ay de mí, si llega a verme!) Aparte FÉLIX: No he venido tan despacio. Escuchad; yo seré breve.

Don Juan, si sois mi amigo, y si de que lo soy vuestro es testigo aquesta casa, donde --¡voz no tengo!-- vos me buscasteis, y a buscaros vengo, que en un día no más están trocados en los dos con la casa los cuidados; oídme, aunque parezca villanía, venir tan puntüal la pena mía a cobrar una deuda a que obligado estáis. JUAN: A todo estoy determinado. Decidme; ¿qué mandáis? FÉLIX: Una fineza digna de ese valor y esa nobleza. JUAN: Decis, pues, ¿qué queréis? FÉLIX: Que, si habéis hecho más diligencias, como yo sospecho, de saber de don César, homicida, que a vuestro primo le quitó la vida; si habéis rastreado --¡ay cielos!-- o sabido dónde en todo Madrid está escondido, pues le habéis de buscar determinado... JUAN: ¿Qué? FÉLIX: Que habéis de llevarme a vuestro lado. JUAN: Eso, Félix, yo había de pedíroslo a vos. FÉLIX: La pena mía esto os ruega, porque --¡desdicha fuerte!-- me importa, más que a vos, darle la muerte. JUAN: Pues ¿qué os ha sucedido con él de anoche acá, que os ha movido a salir sólo a esto? FÉLIX: Yo os dijera la causa, si la causa lo sufriera; que pronuncian de un noble--¡ay Dios!--los labios, o mal o tarde o nunca los agravios. JUAN: ¿Agravios, Félix? FÉLIX: Sí. JUAN: No sois mi amigo si más claro no habláis aquí conmigo. FÉLIX: Sí hablaré, aunque el honor con la voz lucha. JUAN: Hablad, pues otro vos sólo os escucha. FÉLIX: Yo tengo --¡dudo, ay Dios, cómo lo diga!-- una aleve, una fiera, una enemiga, una injusta tirana, una --¿qué sirven frases?-- una hermana. Ya lo dije, y en la ansia que me aflige, sólo es consuelo ver que a vos lo dije. Esta, pues, causa fiera de que yo desde Italia me viniera, en Madrid me ha tenido, hermano, con cuidado de marido. ¡Mal haya parentesco tan injusto que es tan todo al pesar, tan nada al gusto! Que otros celosos tienen ocasiones de engañar con halagos sus pasiones; mas no un hermano, que, entre sus desvelos, halagos no halla en que engañar sus celos. En fin, anoche a Celia --ya los visteis-- llevé a una casa --testigo fuisteis--; pues hoy de ella ha faltado --¡ay enemiga!--, diciendo que iba a ver a cierta amiga, y volviendo por ella, no estaba de visita ya con ella. La amiga, pues, turbada dijo que de su casa disfrazada salió, porque la dijo ser su intento el irme a verme a mí al retraimiento, y que importaba mucho sola fuese, porque, al verla, de mí nadie supiese. Diréis que esta desdicha ¿en qué ha tocado a César? Pues de él nace mi cuidado, cuando en la guerra yo de paz gozaba, el dueño de la casa en que hoy estaba me escribió que la muerte que a vuestro primo dio César --¡oh fuerte dolor!-- por ella fue, yo he inferido que, habiendo ayer --¡ay Dios!-- César venido, y hoy mi hermana faltado, no le dé aquella causa este cuidado. Y así, pues a vos hoy en esto alcanza un enojo venganza, y en mí mi desagravio, cuerdo solicitad e inquirid sabio dónde está. Deudos tiene, amigos tiene, y buscarle entre todos nos conviene; que yo, desesperado, ya que tan claramente aquí os he hablado, me voy huyendo, porque en tanto abismo aun yo tengo vergüenza de mí mismo.

Vase
JUAN: Esperad; que no tengo de dejaros ir solo, y es preciso acompañaros.-- Cerrad --¡hola!-- esta puerta y, hasta que vuelva yo, a nadie esté abierta.
Vase
CELIA: ¿Habrá, cielos más desdichas? ¿Habrá, cielos, más temores que en mi agravio se conjuren, que en mi daño se convoquen? ¿Qué he de hacer aquí?
Salen medio vestidas LISARDA y BEATRIZ
LISARDA: ¿Qué dices, Beatriz? BEATRIZ: Digo lo que oyes LISARDA: ¿Don Juan ha vuelto a salir de casa a la media noche? BEATRIZ: Sí, señora. CELIA: (Mas ¿qué dudo? Aparte Estas ciegas confusiones, si no...)
LISARDA repara en CELIA
Mas ¡ay de mí!) LISARDA: Aguarda. BEATRIZ: Pues ¿qué hay que así te alborote? LISARDA: ¿Quién eres? CELIA: Una mujer. LISARDA: ¿A quién buscas aquí? CELIA: A un hombre. LISARDA: Descúbrete. CELIA: No haré.
Éntrase. Gritando BEATRIZ
BEATRIZ: Ésta es, sin duda,... LISARDA: No des voces. BEATRIZ: ...la que me hurtó mi vestido. LISARDA: Huyendo de mí, se esconde. BEATRIZ: No entres allí, sin llamar gente. LISARDA: ¡Qué poco conoces de celos! Toma esa luz. Donde hay celos, no hay temores.
Éntranse LISARDA y BEATRIZ tras CELIA. Sale don CÉSAR
CÉSAR: Ya que, tan quieta la casa, ruido ninguno se oye, saldré, pues que tengo llave con que abrir, para ir adonde repare el daño de Celia que escuché. ¿Ahora estáis torpes, pies? Mirad que las desdichas tienen pasos de ladrones. La puerta hallé ya. Adiós, pues, infelices confusiones de un desdichado. ¡Ay, Lisarda, goza feliz tus amores, sin verlo yo!
Al abrir la puerta don CÉSAR, sale don JUAN
JUAN: ¿Quién va allá? CÉSAR: (¡Ay de mí!) Aparte JUAN: ¿Quién es? CÉSAR: Un hombre. JUAN: ¿Qué hombre en esta casa? CÉSAR: Uno que, si el mundo se le opone, ha de salir, sin que nadie le conozca ni lo estorbe. JUAN: Sí hiciera, a no ser yo quien a estorbarlo se dispone.
Vuelve a salir CELIA, y LISARDA tras ella
LISARDA: Tengo de verte la cara. CELIA: No harás, aunque a eso te arrojes. LISARDA y CÉSAR:¿Cómo has de estorbarlo? JUAN y CELIA: Así.
Mata CELIA la luz, y sacan don CÉSAR y don JUAN las espadas y riñen. Habla dentro BEATRIZ
BEATRIZ: Ruido de espadas se oye. CÉSAR: Alborotada la casa está. Vuelvo a entrarme donde no me vean. LISARDA: ¡Hola! ¡Luces! CELIA: El mismo secreto logre, escondiéndome en él. JUAN: No te siguen mis pies veloces por no dejar esta puerta. LISARDA: Porque la puerta no tomes, de ella no me he de apartar. JUAN: ¡Traed luces! LISARDA: ¿Nadie me oye? CÉSAR: ¿Quién va? CELIA: ¡César! CÉSAR: Entra, Celia, y en la escalera te esconde.
Éntranse LISARDA y don JUAN por las puertas de los lados, y don CÉSAR y CELIA por la de la escalera

FIN DE LA JORNADA SEGUNDA

El escondido y la tapada, part 7

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu