BEATRIZ: Digo que en toda mi vida
no he visto tan excelentes
y aliñados azafates.
LISARDA: Verélos, porque no piense
don Juan que no los estimo.
Pero ¿qué estrago es aquéste?
BEATRIZ: Esto ya es hecho, porque es
paso de La dama duende,
y no he de pasar por él.
LISARDA: ¿Quién entró que de esta suerte
lo ha puesto, Beatriz?
BEATRIZ: Ninguno
pudo entrar, porque yo siempre
tuve la llave conmigo.
LISARDA: Pues, siendo eso así, tú tienes
la culpa, que lo dejaste
de modo que se cayese.
BEATRIZ: ¿Cómo pudo?
LISARDA: ¿Quién querías
que para esto sólo abriese?
BEATRIZ: Quien no abrió para esto sólo.
¿Hay más desdichada suerte,
señores?
LISARDA: Pues ¿qué más falta?
BEATRIZ: Mi vestido, y sin ponerle.
LISARDA: ¿Qué vestido?
BEATRIZ: El que me dio
don Juan.
Llora. Salen don DIEGO y OTÁÑEZ
DIEGO: ¿Qué ruido es aquéste?
BEATRIZ: ¡Y el manto también!
LISARDA: Aquí
puso Beatriz todo este
regalo que envió don Juan,
y le hallamos de esta suerte,
y falta un vestido suyo.
BEATRIZ: ¡Ay, señor, y sin ponerle!
OTÁÑEZ: Sí; pero no sin quitarle.
Si una viga más tuviese
esta casa, no faltara,
Beatriz, tu vestido.
DIEGO: Siempre
en las mudanzas de casa
aquestas cosas suceden.
Id cogiendo todo eso;
y tú, trata recogerte
en tu cuarto; porque el tiempo
que aquí don Juan estuviere
sin desposarse ha de ser
el que menos ha de verte.
LISARDA: Tanto obedecerte estimo
que, porque a verme no entre
de noche en mi cuarto, quiero
estar recogida. --Venme
a desnudar, Beatriz.
BEATRIZ: Quien
me ha desnudado a mí puede;
que sabrá mejor que yo.
Llora
LISARDA: No llores; que fácilmente
se remediará. (Aunque he dicho Aparte
que tengo de recogerme,
no lo he de hacer hasta ver
a qué hora don Juan viene.)
Trae luz, Beatriz.
BEATRIZ: ¡Ay, señores,
mi vestido, y sin ponerle!
¡Notable desdicha ha sido!
Vanse LISARDA y BEATRIZ
OTÁÑEZ: Ha estado aquí tanta gente
hoy que no es mucho que falte
aun más que esto.
DIEGO: Otáñez, ¿tiene
prevenido ya su cuarto
don Juan?
OTÁÑEZ: Y curiosamente
aderezado.
DIEGO: Id a ver
si en él falta algo, y ponedle
luces; porque ya la noche
cerrando baja.
Vase OTÁÑEZ
¡Oh, qué alegre
día fuera para mí,
si mi hijo viviera éste!
¡Oh, si me viera vengado
del traidor que le dio muerte!
Mas no quiso mi fortuna
tantas dichas concederme
que llegase...
Sale CELIA con manto
CELIA: Caballero,
si el amparar las mujeres
heredada obligación
es de todos los que tienen
noble sangre, pues con ella
nacieron a ser corteses,
amparad una mujer,
ya que la trajo su suerte
a vuestros pies; que no en vano
esta dicha he de deberle.
Un hombre, que de mi honor
le hicieron dueño las leyes
bárbaras que dispusieron
que padezca el inocente
los delitos del culpado,
siguiéndome --¡ay de mí!-- viene,
y está en que no me conozca
el honor suyo y mi muerte.
Haced, por quien sois, señor,
que hasta aquí --¡ay cielos!-- no entre;
porque yo, si no...
DIEGO: Callad,
no digáis más; que no deben
escuchar los caballeros
más razón a las mujeres,
para ampararlas, que verlas
afligidas. A tenerle
saldré, y aun a desvelarle
las sospechas que trajere.
Y, a no poder con razones,
podré con la espada; que este
pecho volcán es que ostenta
dentro fuego y fuera nieve.
Aquí esperad. Más de aquí
no habéis de pasar; que en este
cuarto una hija mía vive
y no quiero yo que llegue
a saber que hoy en el mundo
aquestas cosas suceden.
Vase
CELIA: Bien hasta aquí ha sucedido
este atrevimiento. Déme
fortuna Amor, si es que Amor
fortuna para sí tiene.
Acercaréme al tabique
de la escalera.
Abre la puerta. Salen don CÉSAR, y MOSQUITO
vestido de mujer
CÉSAR: Ahora puedes
salir mejor porque, siendo
ahora cuando anochece,
antes que se enciendan luces,
podrá ser salir sin verte;
que yo, hasta que eche de ver
que estás fuera, por si vuelves,
no me quitaré de aquí,
a todo trance valiente.
MOSQUITO: ¡Dios vaya conmigo, amén!
CÉSAR: La seña, Mosquito, advierte
que ha de ser, cuando en la calle
estés con armas y gente,
disparar una pistola,
porque a mi noticia llegue,
para que yo salga.
MOSQUITO: Salga
yo ahora, que es lo que conviene.
CELIA: Un bulto se ve acercando
a mí.
MOSQUITO: Un bulto hacia mí viene.
CELIA: No podré llamar a César
en tanto que no se fuere.
Truecan lugares CELIA y MOSQUITO
MOSQUITO: Él no me ha visto, pues no
me habla nada.
CELIA: ¡Oh, si se fuese!
MOSQUITO: ¡Oh, si encontrase la puerta!
Sale don DIEGO, y llégase a
MOSQUITO
DIEGO: Señora, seguramente
podréis salir; que en la calle
no hay un hombre que os espere.
MOSQUITO: (Es grande merced que me hacen.) Aparte
DIEGO: Este portal, el de enfrente
y todos están seguros.
MOSQUITO: (Lindamente me parece. Aparte
Si hay ángeles entrecanos,
el de mi guarda es aquéste.)
DIEGO: Venid conmigo; que yo
hasta donde vos quisiereis
iré con vos.
MOSQUITO: (Que me place. Aparte
Si esto ahora me sucede
por un vestido inhumano,
que a media pierna me viene,
yo juro de no traer
otro traje eternamente.
Bien hayan los tres poetas
que piadosos y corteses
sacaron a luz los "Pri-
vilegios de las mujeres".)
DIEGO: ¡Pobre señora afligida!
Aun a hablarme no se atreve.
Vanse
CELIA: Ya se van los que allí hablaban;
razón no pude entenderles.
Ahora por la noticia
de esta casa en pasos breves
llegaré hasta la escalera.--
César, señor...
CÉSAR: ¿Por qué vuelves,
Mosquito?
CELIA: No soy quien juzgas,
don César.
CÉSAR: ¿No? Pues ¿quién eres?
CELIA: Detente; no te alborotes.
Celia soy.
CÉSAR: ¿Celia?
CELIA: Sí; que este
extremo de amor no más
que Celia supiera hacerle.
Dejéte anoche --fue fuerza--
cerrado --¡raro accidente!--
y he enviado esta mañana
a Inés, para que te diese
aquella llave maestra
con que tú salir pudieses
de aquí, donde a tus desdichas
les fuera más conveniente.
Halló la justicia aquí,
volvió después --¡dura suerte!--
y halló alquilada la casa
a tu enemigo en tan breve
tiempo. Mas ¿cuándo desdichas
gastaron más tiempo que éste?
No se atrevió a entrar en ella.
Yo, viéndote en tan urgente
peligro, aunque en casa estoy
de quien guardada me tiene,
de ella he salido. No importa
el cómo; basta que puede
mi ingenio haber hecho que
el mismo don Diego fuese
quien me trajese hasta aquí,
y a esta causa detenerme
no puedo. La llave es ésta;
con ella, cuando pudieres,
saldrás. Y adiós, César; que
si donde me dejó, vuelve
don Diego, y no me halla allí,
podrá ser que algo sospeche.
CÉSAR: Oye, escucha.
CELIA: No es posible;
y más ahora que viene
con luz. Cierra tú esa puerta,
porque a ti no puedan verte;
que a mí no importa, supuesto
que aquí don Diego me tiene;
pues el llegar hasta aquí
disculpará fácilmente
el mismo temor.
CÉSAR: ¡Ay, Celia,
mucho mi vida te debe!
Amor, déjame pagar
obligaciones tan fuertes.
Cierra la puerta. Sale con luz OTÁÑEZ,
don JUAN y don DIEGO
DIEGO: No quiso, en fin, la mujer
que acompañándola fuese
más que a esa primera calle.
JUAN: ¡Extrañas cosas suceden!
CELIA: (No llego a hablar a don Diego, Aparte
hasta que sólo se quede.)
DIEGO: Llevad esa luz al cuarto
de don Juan, ya que merece
mi casa desde este día
tan noble y honrado huésped...
JUAN: La dicha, señor, es mía.
DIEGO: ...que yo he de quedarme en éste.
Vase
CELIA: (Pues ¿cómo, sin acordarse Aparte
don Diego de que me tiene
aquí, en su cuarto ha entrado?
Sin duda, volviendo a verme
adonde me dejó y viendo
que faltaba, le parece
que me fui, sin esperarle.)
JUAN: Hoy tengo de recogerme
temprano, porque Lisarda
no se enoje.
CELIA: (Si ha de verme Aparte
don Juan, mejor es contarle
lo que ha pasado; no lleguen
a echarme menos en casa,
que es ya muy tarde.)
Sale CASTAÑO
CASTAÑO: Aquí viene
un caballero a buscarte.
JUAN: ¿A estas horas? Dile que entre.
CASTAÑO: Entrad.
Sale don FÉLIX
FÉLIX: A solas me importa
hablaros.
CELIA: (¡Mi hermano es éste!) Aparte
JUAN: Salíos los dos, y dejad
la luz sobre ese bufete.
Vanse OTÁÑEZ y CASTAÑO
CELIA: (En extraño aprieto estoy. Aparte
Ni a salir puedo atreverme
ni [a] estar aquí. Aquí me escondo,
hasta que se vaya Félix.)
JUAN: Ya estáis solo. ¿Qué traéis?
Hablad.
FÉLIX: Sí haré, si pudiere.
JUAN: Apasionado venís.
Mejor estaréis en este
cuarto; entrad donde os sentéis.
CELIA: (¡Ay de mí, si llega a verme!) Aparte
FÉLIX: No he venido tan despacio.
Escuchad; yo seré breve.
Don Juan, si sois mi amigo,
y si de que lo soy vuestro es testigo
aquesta casa, donde --¡voz no tengo!--
vos me buscasteis, y a buscaros vengo,
que en un día no más están trocados
en los dos con la casa los cuidados;
oídme, aunque parezca villanía,
venir tan puntüal la pena mía
a cobrar una deuda a que obligado
estáis.
JUAN: A todo estoy determinado.
Decidme; ¿qué mandáis?
FÉLIX: Una fineza
digna de ese valor y esa nobleza.
JUAN: Decis, pues, ¿qué queréis?
FÉLIX: Que, si habéis hecho
más diligencias, como yo sospecho,
de saber de don César, homicida,
que a vuestro primo le quitó la vida;
si habéis rastreado --¡ay cielos!-- o sabido
dónde en todo Madrid está escondido,
pues le habéis de buscar determinado...
JUAN: ¿Qué?
FÉLIX: Que habéis de llevarme a vuestro lado.
JUAN: Eso, Félix, yo había
de pedíroslo a vos.
FÉLIX: La pena mía
esto os ruega, porque --¡desdicha fuerte!--
me importa, más que a vos, darle la muerte.
JUAN: Pues ¿qué os ha sucedido
con él de anoche acá, que os ha movido
a salir sólo a esto?
FÉLIX: Yo os dijera
la causa, si la causa lo sufriera;
que pronuncian de un noble--¡ay Dios!--los labios,
o mal o tarde o nunca los agravios.
JUAN: ¿Agravios, Félix?
FÉLIX: Sí.
JUAN: No sois mi amigo
si más claro no habláis aquí conmigo.
FÉLIX: Sí hablaré, aunque el honor con la voz lucha.
JUAN: Hablad, pues otro vos sólo os escucha.
FÉLIX: Yo tengo --¡dudo, ay Dios, cómo lo diga!--
una aleve, una fiera, una enemiga,
una injusta tirana,
una --¿qué sirven frases?-- una hermana.
Ya lo dije, y en la ansia que me aflige,
sólo es consuelo ver que a vos lo dije.
Esta, pues, causa fiera
de que yo desde Italia me viniera,
en Madrid me ha tenido,
hermano, con cuidado de marido.
¡Mal haya parentesco tan injusto
que es tan todo al pesar, tan nada al gusto!
Que otros celosos tienen ocasiones
de engañar con halagos sus pasiones;
mas no un hermano, que, entre sus desvelos,
halagos no halla en que engañar sus celos.
En fin, anoche a Celia --ya los visteis--
llevé a una casa --testigo fuisteis--;
pues hoy de ella ha faltado --¡ay enemiga!--,
diciendo que iba a ver a cierta amiga,
y volviendo por ella,
no estaba de visita ya con ella.
La amiga, pues, turbada
dijo que de su casa disfrazada
salió, porque la dijo ser su intento
el irme a verme a mí al retraimiento,
y que importaba mucho sola fuese,
porque, al verla, de mí nadie supiese.
Diréis que esta desdicha ¿en qué ha tocado
a César? Pues de él nace mi cuidado,
cuando en la guerra yo de paz gozaba,
el dueño de la casa en que hoy estaba
me escribió que la muerte
que a vuestro primo dio César --¡oh fuerte
dolor!-- por ella fue, yo he inferido
que, habiendo ayer --¡ay Dios!-- César venido,
y hoy mi hermana faltado,
no le dé aquella causa este cuidado.
Y así, pues a vos hoy en esto alcanza
un enojo venganza,
y en mí mi desagravio,
cuerdo solicitad e inquirid sabio
dónde está. Deudos tiene, amigos tiene,
y buscarle entre todos nos conviene;
que yo, desesperado,
ya que tan claramente aquí os he hablado,
me voy huyendo, porque en tanto abismo
aun yo tengo vergüenza de mí mismo.
Vase
JUAN: Esperad; que no tengo de dejaros
ir solo, y es preciso acompañaros.--
Cerrad --¡hola!-- esta puerta
y, hasta que vuelva yo, a nadie esté abierta.
Vase
CELIA: ¿Habrá, cielos más desdichas?
¿Habrá, cielos, más temores
que en mi agravio se conjuren,
que en mi daño se convoquen?
¿Qué he de hacer aquí?
Salen medio vestidas LISARDA y BEATRIZ
LISARDA: ¿Qué dices,
Beatriz?
BEATRIZ: Digo lo que oyes
LISARDA: ¿Don Juan ha vuelto a salir
de casa a la media noche?
BEATRIZ: Sí, señora.
CELIA: (Mas ¿qué dudo? Aparte
Estas ciegas confusiones,
si no...)
LISARDA repara en CELIA
Mas ¡ay de mí!)
LISARDA: Aguarda.
BEATRIZ: Pues ¿qué hay que así te alborote?
LISARDA: ¿Quién eres?
CELIA: Una mujer.
LISARDA: ¿A quién buscas aquí?
CELIA: A un hombre.
LISARDA: Descúbrete.
CELIA: No haré.
Éntrase. Gritando BEATRIZ
BEATRIZ: Ésta
es, sin duda,...
LISARDA: No des voces.
BEATRIZ: ...la que me hurtó mi vestido.
LISARDA: Huyendo de mí, se esconde.
BEATRIZ: No entres allí, sin llamar
gente.
LISARDA: ¡Qué poco conoces
de celos! Toma esa luz.
Donde hay celos, no hay temores.
Éntranse LISARDA y BEATRIZ tras CELIA. Sale
don CÉSAR
CÉSAR: Ya que, tan quieta la casa,
ruido ninguno se oye,
saldré, pues que tengo llave
con que abrir, para ir adonde
repare el daño de Celia
que escuché. ¿Ahora estáis torpes,
pies? Mirad que las desdichas
tienen pasos de ladrones.
La puerta hallé ya. Adiós, pues,
infelices confusiones
de un desdichado. ¡Ay, Lisarda,
goza feliz tus amores,
sin verlo yo!
Al abrir la puerta don CÉSAR, sale don
JUAN
JUAN: ¿Quién va allá?
CÉSAR: (¡Ay de mí!) Aparte
JUAN: ¿Quién es?
CÉSAR: Un hombre.
JUAN: ¿Qué hombre en esta casa?
CÉSAR: Uno
que, si el mundo se le opone,
ha de salir, sin que nadie
le conozca ni lo estorbe.
JUAN: Sí hiciera, a no ser yo quien
a estorbarlo se dispone.
Vuelve a salir CELIA, y LISARDA tras
ella
LISARDA: Tengo de verte la cara.
CELIA: No harás, aunque a eso te arrojes.
LISARDA y CÉSAR:¿Cómo has de estorbarlo?
JUAN y CELIA: Así.
Mata CELIA la luz, y sacan don CÉSAR y don
JUAN las espadas y riñen. Habla dentro BEATRIZ
BEATRIZ: Ruido de espadas se oye.
CÉSAR: Alborotada la casa
está. Vuelvo a entrarme donde
no me vean.
LISARDA: ¡Hola! ¡Luces!
CELIA: El mismo secreto logre,
escondiéndome en él.
JUAN: No
te siguen mis pies veloces
por no dejar esta puerta.
LISARDA: Porque la puerta no tomes,
de ella no me he de apartar.
JUAN: ¡Traed luces!
LISARDA: ¿Nadie me oye?
CÉSAR: ¿Quién va?
CELIA: ¡César!
CÉSAR: Entra, Celia,
y en la escalera te esconde.
Éntranse LISARDA y don JUAN por las puertas de
los lados, y don CÉSAR y CELIA por la de la escalera
FIN DE LA JORNADA SEGUNDA
El escondido y la tapada, part 7
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu