INÉS: No des por hecho, señora,
lo que, para haber de ser,
aun faltan por suceder
más de mil cosas ahora;
el ser verdad su venida,
que los dos le hayan de hallar
luego, y luego le han de dar
por la tetilla la herida.
CELIA: Bien mi temor desconfía,
porque es tirana mi estrella.
Hacen ruido dentro
INÉS: Aguárdate. ¿No es aquélla
la seña que antes solía
don César hacer?
CELIA: Sí.
INÉS: ¡Dios
mejora los días!
CELIA: Pues
métele tú en casa, Inés,
mientras le buscan los dos.
Vase INÉS
Que hoy verá César, es llano,
cómo mi ingenio le guarda
de su padre de Lisarda,
de su primo y de mi hermano.
Salen INÉS, don CÉSAR y
MOSQUITO
CÉSAR: Hasta llegar a tus brazos,
hermosa Celia, no sé
si tuve vida; y así,
pues que mis ojos te ven,
dame, señora, a besar
todo el chapín de tus pies.
MOSQUITO: Y a mí todo el ponleví
de tus zapatos, Inés.
CELIA: Seas, don César, bien venido
a aquesta casa; que, aunqué
no pueda servirte en ella
hoy como yo imaginé,
por causa de haber venido
mi hermano...
CÉSAR: ¡La voz detén!
¿Qué dices? ¿Tu hermano está
hoy en Madrid?
CELIA: El día que
escribí que tú vinieras,
supe cómo venía él;
que no te enviara a llamar
a no saberlo después.
CÉSAR: ¿No estaba en la guerra?
CELIA: Sí;
y lo que le hizo volver
tan presto fue haberle escrito
el suceso tuyo.
CÉSAR: Pues
según eso en mayor riesgo
en tu casa estoy.
CELIA: ¿Por qué?
CÉSAR: Porque no es posible estar
un punto en ella.
CELIA: Sí es;
que pueden, don César, mucho
amor, ingenio y mujer.
Yo en casa, don César, tengo
prevenido donde estés,
si no bien acomodado,
seguro a lo menos bien.
CÉSAR: ¿De qué suerte?
CELIA: De esta suerte.
Aquesta casa que ves
tiene dos cuartos, el bajo
y el alto, que es éste, en que
yo vivo; porque en esotro
vive un extranjero, a quien
vienen despachos de Roma.
Esto convino saber
por si acaso el dueño hallaba
para toda ella alquiler.
Por de dentro de ella tiene
secreta escalera que
comunica los dos cuartos,
aunque condenada esté,
por ser los huéspedes dos.
Aqueste tabique, pues,
por la parte está de abajo;
de suerte, don César, que
yo por la parte de arriba
con mil trastos le ocupé
el día que por mi carta
a mi casa te llamé,
y de que venía mi hermano
aviso tuve también.
Me hallé confusa, sitiada
de los dos, por no saber
qué hacer con los dos; y así
escucha lo que pensé.
Cerrar hice la escalera
por acá arriba muy bien,
tabicando sobre tabla
una puerta; que no fue
difícil tomar el yeso
sobre tomiza o cordel;
de suerte que no quedó
ni aun señal en la pared;
mayormente que la cuadra
donde cae sirve también
de tocador mío y la tengo
colgada toda, con que
está más disimulada.
Aquí estarás, César, bien
todo el tiempo que mi hermano
dentro de casa no esté;
y en estando en casa, dentro
de esta escalera.
MOSQUITO: ¡Pardiez,
que habrá lindo San Alejo!
CÉSAR: ¿Qué dices?
CELIA: ¿Qué hay que temer?
CÉSAR: Mil inconvenientes, Celia.
CELIA: Di cuáles son.
CÉSAR: Vamos, pues,
salvando dificultades.
¿Es posible no saber
tu hermano que esa escalera
estaba aquí?
CELIA: Sí; porqué
en ausencia suya yo
aqueste cuarto alquilé;
y así no sabe don Félix
todos los secretos de él.
CÉSAR: ¿Cómo, si vino celoso
tu hermano, te dejó hacer
esa pared?
CELIA: Un crïado,
viendo su cuidado, fiel
me avisó; y así ya estaba
hecho cuando llegó él.
CÉSAR: Yo estimo, Celia, en el alma
el cuidado y la merced,
mas ya que vino tu hermano
a este tiempo, ¿para qué
hemos de estar con cuidado
tan grande? Y así me iré
contento de haberte visto.
Quédate con Dios.
CELIA: Detén
los pasos, César; que no
de aquí has de salir, ni es bien;
que está a gran riesgo tu vida.
CÉSAR: ¿De qué suerte?
CELIA: Has de saber
que en la posada que estás
te van a matar.
CÉSAR: Pues ¿quién?
Quisiera saber.
CELIA: Don Félix;
que aquí se lo dijo a él
don Juan.
Llaman dentro
Pero ¿qué, llamaron?
INÉS: Sí; y mi señor mismo es.
CELIA: Pues ya no puedes salir,
por fuerza te has de esconder.
INÉS: El tabique sirva ahora,
ya que no sirva después.
CÉSAR: Por tu opinión solamente
me escondo ahora; mas después
que se haya acostado, Celia,
he de salir.
A INÉS
CELIA: Presto ve,
mientras allá abren la puerta,
y en esa escalera, Inés,
encierra a los dos.
MOSQUITO: ¿A mí
han de encerrarme también?
INÉS: Claro está; y no abras en tanto
que recogida no esté
la casa, y en lo más bajo
estad sin ruido.
CÉSAR: ¡Ah, poder
de la Fortuna, mi vida
acabe ya de una vez!
Vanse don CÉSAR y MOSQUITO con INÉS.
Salen don JUAN y don FÉLIX
FÉLIX: Ya estoy en mi casa. Idos,
don Juan.
JUAN: Pues de ella os saqué,
y os conocieron a vos
y a mí no, hasta que quedéis
seguro, no he de dejaros.
CELIA: (Pues viene don Juan con él, Aparte
sin duda a buscar a César
vienen los dos.)
FÉLIX: Sí ha de ser.
--¡Hola!
Sale un CRIADO
CRIADO: ¿Señor?
FÉLIX: Esta hacienda
toda en salvo la poned
abajo en el cuarto de ese
caballero milanés,
en tanto que hablo a mi hermana.
JUAN: Yo el primero a todo iré.
Vanse don JUAN y CRIADO
CELIA: (La casa van despojando; Aparte
buscarle sin duda es.)
FÉLIX: ¡Hermana!
CELIA: Félix, ¿qué traes?
FÉLIX: Traigo una pena cruel.
CELIA: (Los dos han sabido allá Aparte
que aquí don César esté.)
FÉLIX: Llamóme don Juan de Silva,
para que fuera con él
a buscar a su enemigo;
--¡dijera el mío más bien!--.
Al fin llegué a la posada
y al huésped le pregunté
dónde un forastero estaba
que hoy después de anochecer
llegó a su casa. Que no
había hecho más que haber
dejádole allí dos mulas
dijo, e ídose después.
Esperándole estuvimos
más de dos horas o tres,
hasta que un hombre llegó
de color y, al parecer
de don Juan, que yo jamás
le vi, dijo que era él.
Embestímosle los dos,
desembarazóse bien,
y al ruido de las espadas
llegó justicia a querer
conocernos, y don Juan
dio con el uno a sus pies.
Resistímonos, en fin,
hasta que no faltó quien
entre las voces decía,
"Don Félix de Acuña es."
Habiéndome conocido,
apelamos a los pies.
A riesgo traigo la vida,
por ser una muerte, y ser
en resistencia; y así,
pues ausentarme ha de ser
fuerza, no has de quedar, Celia,
donde me escriban después
alguna cosa de ti
que no lo esté a mi honor bien.
Y así conmigo al instante
en casa de mi tío ven,
donde quedarás guardada
de su cuidado; porque
no he de ausentarme yo, en tanto
que tú segura no estés.
CELIA: Don Félix...
FÉLIX: No hay que decirme.
CELIA: ...advierte...
FÉLIX: Aquesto ha de ser.
No hay, Celia, que replicar.
Sale INÉS
INÉS: (En un instante se ve Aparte
mudada toda la casa.
¿Qué es lo que intentan hacer?)
Salen dos CRIADOS
CRIADO 1: Baja tú aquese escritorio.
CRIADO 2: Tira de este brocatel;
que hasta las camas están
ya desarmadas también
abajo, y no quede aquí
sólo un clavo en la pared.
Quitan las colgaduras, y queda debajo una pared
blanca, con dos puertas a los lados, y en medio una blanqueada
disimulada
FÉLIX: Celia, vamos; que esto es fuerza.
Vente con tu ama, Inés.
CELIA: (¿A quién, cielos, en el mundo Aparte
esto pudo suceder?)
INÉS: (¿Mas que a los de la escalera Aparte
los han de mudar también?)
Vanse. Sale don JUAN
JUAN: No se quede aquí ninguno;
salid, y cerrad después.
Vanse todos. Abren la puerta de en medio don
CÉSAR y MOSQUITO
CÉSAR: Más de medianoche es ya.
MOSQUITO: ¿Si se habrá olvidado Inés
de que nos tiene escondidos?
CÉSAR: Pues ya tan quieta se ve
la casa, abre aquesa puerta;
despega un poco el cancel;
que, teniendo colgadura
encima de la pared,
no nos podrán ver; sabremos
qué ruido el que han hecho es.
MOSQUITO: ¿Dónde está la colgadura?
CÉSAR: Llama a Inés.
MOSQUITO: ¡Inés! ¡Ce, ce!
CÉSAR: ¡Quedo! No te vean ni oigan.
MOSQUITO: ¿Quién nos ha de oír ni ver,
si estamos en el desierto?
Por Dios, que a mi parecer
alemanes han entrado
en esta casa.
CÉSAR: ¿Por qué
lo dices?
MOSQUITO: Porque ha quedado
desvalijada.
CÉSAR: ¿Que estés
tan loco que digas eso?
MOSQUITO: Más lo estás tú, en buena fe,
si dices esotro. Sal,
y verás que no hay que ver;
pues, para que tú lo veas,
sin duda, si es o no es,
sólo han dejado una luz
por descuido o por merced.
Ni una silla, ni un bufete,
ni un cuadro, ni un escabel,
ni un baúl, ni un escritorio,
ni una cama, ni un cordel,
ni un jergón, ni una cortina,
ni una Celia, ni una Inés
nos han dejado.
CÉSAR: ¿Qué es esto?
Que, aunque yo el ruido escuché,
los golpes, sin las palabras,
no se daban a entender.
Gran novedad habrá sido
la que a esto ha obligado.
MOSQUITO: Aun bien
que viviremos más anchos.
Pero pudieran haber
Inés y Celia dejado
siquiera un pan que comer.
CÉSAR: ¡Que estés ahora de gracia!
MOSQUITO: Esto de desgracia es.
CÉSAR: Y así, viendo lo que ha sido,
y lo que aquí importa hacer,
es irnos; porque, si Félix
ha llegado ya a entender
que por causa de su hermana
a don Alonso maté,
y que hoy estoy en Madrid,
¿quién duda que aquesto es
por vengarse?
MOSQUITO: Pues ¿por dónde
hemos de salir? ¿No ves
cerradas todas las puertas?
CÉSAR: Por las ventanas.
MOSQUITO: También
son todas rejas.
CÉSAR: Por una
guarda del tejado. Ven
conmigo.
MOSQUITO: Yo ruego a Dios
que una gatada no dé.
CÉSAR: ¡Cielos! ¿Semejante caso
a quién pudo suceder?
FIN DE LA JORNADA PRIMERA
El escondido y la tapada, part 4
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu