This file last updated September 12, 2000
INÉS:             No des por hecho, señora,
               lo que, para haber de ser,
               aun faltan por suceder
               más de mil cosas ahora;
                  el ser verdad su venida,
               que los dos le hayan de hallar
               luego, y luego le han de dar
               por la tetilla la herida.
CELIA:            Bien mi temor desconfía,
               porque es tirana mi estrella.

Hacen ruido dentro
INÉS: Aguárdate. ¿No es aquélla la seña que antes solía don César hacer? CELIA: Sí. INÉS: ¡Dios mejora los días! CELIA: Pues métele tú en casa, Inés, mientras le buscan los dos.
Vase INÉS
Que hoy verá César, es llano, cómo mi ingenio le guarda de su padre de Lisarda, de su primo y de mi hermano.
Salen INÉS, don CÉSAR y MOSQUITO
CÉSAR: Hasta llegar a tus brazos, hermosa Celia, no sé si tuve vida; y así, pues que mis ojos te ven, dame, señora, a besar todo el chapín de tus pies. MOSQUITO: Y a mí todo el ponleví de tus zapatos, Inés. CELIA: Seas, don César, bien venido a aquesta casa; que, aunqué no pueda servirte en ella hoy como yo imaginé, por causa de haber venido mi hermano... CÉSAR: ¡La voz detén! ¿Qué dices? ¿Tu hermano está hoy en Madrid? CELIA: El día que escribí que tú vinieras, supe cómo venía él; que no te enviara a llamar a no saberlo después. CÉSAR: ¿No estaba en la guerra? CELIA: Sí; y lo que le hizo volver tan presto fue haberle escrito el suceso tuyo. CÉSAR: Pues según eso en mayor riesgo en tu casa estoy. CELIA: ¿Por qué? CÉSAR: Porque no es posible estar un punto en ella. CELIA: Sí es; que pueden, don César, mucho amor, ingenio y mujer. Yo en casa, don César, tengo prevenido donde estés, si no bien acomodado, seguro a lo menos bien. CÉSAR: ¿De qué suerte? CELIA: De esta suerte. Aquesta casa que ves tiene dos cuartos, el bajo y el alto, que es éste, en que yo vivo; porque en esotro vive un extranjero, a quien vienen despachos de Roma. Esto convino saber por si acaso el dueño hallaba para toda ella alquiler. Por de dentro de ella tiene secreta escalera que comunica los dos cuartos, aunque condenada esté, por ser los huéspedes dos. Aqueste tabique, pues, por la parte está de abajo; de suerte, don César, que yo por la parte de arriba con mil trastos le ocupé el día que por mi carta a mi casa te llamé, y de que venía mi hermano aviso tuve también. Me hallé confusa, sitiada de los dos, por no saber qué hacer con los dos; y así escucha lo que pensé. Cerrar hice la escalera por acá arriba muy bien, tabicando sobre tabla una puerta; que no fue difícil tomar el yeso sobre tomiza o cordel; de suerte que no quedó ni aun señal en la pared; mayormente que la cuadra donde cae sirve también de tocador mío y la tengo colgada toda, con que está más disimulada. Aquí estarás, César, bien todo el tiempo que mi hermano dentro de casa no esté; y en estando en casa, dentro de esta escalera. MOSQUITO: ¡Pardiez, que habrá lindo San Alejo! CÉSAR: ¿Qué dices? CELIA: ¿Qué hay que temer? CÉSAR: Mil inconvenientes, Celia. CELIA: Di cuáles son. CÉSAR: Vamos, pues, salvando dificultades. ¿Es posible no saber tu hermano que esa escalera estaba aquí? CELIA: Sí; porqué en ausencia suya yo aqueste cuarto alquilé; y así no sabe don Félix todos los secretos de él. CÉSAR: ¿Cómo, si vino celoso tu hermano, te dejó hacer esa pared? CELIA: Un crïado, viendo su cuidado, fiel me avisó; y así ya estaba hecho cuando llegó él. CÉSAR: Yo estimo, Celia, en el alma el cuidado y la merced, mas ya que vino tu hermano a este tiempo, ¿para qué hemos de estar con cuidado tan grande? Y así me iré contento de haberte visto. Quédate con Dios. CELIA: Detén los pasos, César; que no de aquí has de salir, ni es bien; que está a gran riesgo tu vida. CÉSAR: ¿De qué suerte? CELIA: Has de saber que en la posada que estás te van a matar. CÉSAR: Pues ¿quién? Quisiera saber. CELIA: Don Félix; que aquí se lo dijo a él don Juan.
Llaman dentro
Pero ¿qué, llamaron? INÉS: Sí; y mi señor mismo es. CELIA: Pues ya no puedes salir, por fuerza te has de esconder. INÉS: El tabique sirva ahora, ya que no sirva después. CÉSAR: Por tu opinión solamente me escondo ahora; mas después que se haya acostado, Celia, he de salir.
A INÉS
CELIA: Presto ve, mientras allá abren la puerta, y en esa escalera, Inés, encierra a los dos. MOSQUITO: ¿A mí han de encerrarme también? INÉS: Claro está; y no abras en tanto que recogida no esté la casa, y en lo más bajo estad sin ruido. CÉSAR: ¡Ah, poder de la Fortuna, mi vida acabe ya de una vez!
Vanse don CÉSAR y MOSQUITO con INÉS. Salen don JUAN y don FÉLIX
FÉLIX: Ya estoy en mi casa. Idos, don Juan. JUAN: Pues de ella os saqué, y os conocieron a vos y a mí no, hasta que quedéis seguro, no he de dejaros. CELIA: (Pues viene don Juan con él, Aparte sin duda a buscar a César vienen los dos.) FÉLIX: Sí ha de ser. --¡Hola!
Sale un CRIADO
CRIADO: ¿Señor? FÉLIX: Esta hacienda toda en salvo la poned abajo en el cuarto de ese caballero milanés, en tanto que hablo a mi hermana. JUAN: Yo el primero a todo iré.
Vanse don JUAN y CRIADO
CELIA: (La casa van despojando; Aparte buscarle sin duda es.) FÉLIX: ¡Hermana! CELIA: Félix, ¿qué traes? FÉLIX: Traigo una pena cruel. CELIA: (Los dos han sabido allá Aparte que aquí don César esté.) FÉLIX: Llamóme don Juan de Silva, para que fuera con él a buscar a su enemigo; --¡dijera el mío más bien!--. Al fin llegué a la posada y al huésped le pregunté dónde un forastero estaba que hoy después de anochecer llegó a su casa. Que no había hecho más que haber dejádole allí dos mulas dijo, e ídose después. Esperándole estuvimos más de dos horas o tres, hasta que un hombre llegó de color y, al parecer de don Juan, que yo jamás le vi, dijo que era él. Embestímosle los dos, desembarazóse bien, y al ruido de las espadas llegó justicia a querer conocernos, y don Juan dio con el uno a sus pies. Resistímonos, en fin, hasta que no faltó quien entre las voces decía, "Don Félix de Acuña es." Habiéndome conocido, apelamos a los pies. A riesgo traigo la vida, por ser una muerte, y ser en resistencia; y así, pues ausentarme ha de ser fuerza, no has de quedar, Celia, donde me escriban después alguna cosa de ti que no lo esté a mi honor bien. Y así conmigo al instante en casa de mi tío ven, donde quedarás guardada de su cuidado; porque no he de ausentarme yo, en tanto que tú segura no estés. CELIA: Don Félix... FÉLIX: No hay que decirme. CELIA: ...advierte... FÉLIX: Aquesto ha de ser. No hay, Celia, que replicar.
Sale INÉS
INÉS: (En un instante se ve Aparte mudada toda la casa. ¿Qué es lo que intentan hacer?)
Salen dos CRIADOS
CRIADO 1: Baja tú aquese escritorio. CRIADO 2: Tira de este brocatel; que hasta las camas están ya desarmadas también abajo, y no quede aquí sólo un clavo en la pared.
Quitan las colgaduras, y queda debajo una pared blanca, con dos puertas a los lados, y en medio una blanqueada disimulada
FÉLIX: Celia, vamos; que esto es fuerza. Vente con tu ama, Inés. CELIA: (¿A quién, cielos, en el mundo Aparte esto pudo suceder?) INÉS: (¿Mas que a los de la escalera Aparte los han de mudar también?)
Vanse. Sale don JUAN
JUAN: No se quede aquí ninguno; salid, y cerrad después.
Vanse todos. Abren la puerta de en medio don CÉSAR y MOSQUITO
CÉSAR: Más de medianoche es ya. MOSQUITO: ¿Si se habrá olvidado Inés de que nos tiene escondidos? CÉSAR: Pues ya tan quieta se ve la casa, abre aquesa puerta; despega un poco el cancel; que, teniendo colgadura encima de la pared, no nos podrán ver; sabremos qué ruido el que han hecho es. MOSQUITO: ¿Dónde está la colgadura? CÉSAR: Llama a Inés. MOSQUITO: ¡Inés! ¡Ce, ce! CÉSAR: ¡Quedo! No te vean ni oigan. MOSQUITO: ¿Quién nos ha de oír ni ver, si estamos en el desierto? Por Dios, que a mi parecer alemanes han entrado en esta casa. CÉSAR: ¿Por qué lo dices? MOSQUITO: Porque ha quedado desvalijada. CÉSAR: ¿Que estés tan loco que digas eso? MOSQUITO: Más lo estás tú, en buena fe, si dices esotro. Sal, y verás que no hay que ver; pues, para que tú lo veas, sin duda, si es o no es, sólo han dejado una luz por descuido o por merced. Ni una silla, ni un bufete, ni un cuadro, ni un escabel, ni un baúl, ni un escritorio, ni una cama, ni un cordel, ni un jergón, ni una cortina, ni una Celia, ni una Inés nos han dejado. CÉSAR: ¿Qué es esto? Que, aunque yo el ruido escuché, los golpes, sin las palabras, no se daban a entender. Gran novedad habrá sido la que a esto ha obligado. MOSQUITO: Aun bien que viviremos más anchos. Pero pudieran haber Inés y Celia dejado siquiera un pan que comer. CÉSAR: ¡Que estés ahora de gracia! MOSQUITO: Esto de desgracia es. CÉSAR: Y así, viendo lo que ha sido, y lo que aquí importa hacer, es irnos; porque, si Félix ha llegado ya a entender que por causa de su hermana a don Alonso maté, y que hoy estoy en Madrid, ¿quién duda que aquesto es por vengarse? MOSQUITO: Pues ¿por dónde hemos de salir? ¿No ves cerradas todas las puertas? CÉSAR: Por las ventanas. MOSQUITO: También son todas rejas. CÉSAR: Por una guarda del tejado. Ven conmigo. MOSQUITO: Yo ruego a Dios que una gatada no dé. CÉSAR: ¡Cielos! ¿Semejante caso a quién pudo suceder?

FIN DE LA JORNADA PRIMERA

El escondido y la tapada, part 4

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu