This file last updated September 12, 2000
CÉSAR:            Bien de océano español
               blasonar podrá esta esfera,
               pues acaba su carrera
               despeñado en ella el sol.
               Cobre en su bello arrebol
               el nácar; no triunfe así
               hoy de tan bello rubí.
               ¡Ay Lisarda!  ¿Quién pensara
               que yo en mis brazos llegara
               a verte? Mas ¡ay de mí!
                  que, como estás sin sentido,
               estoy con ventura yo;
               pues tú con sentido no
               me lo hubieras consentido.
               Desdichada dicha ha sido
               la que tanto bien me ha dado;
               pues ya me cuesta el cuidado
               de verte así, que es forzoso
               que esté, aun cuando más dichoso,
               desdichado el desdichado.
                  Hermosísimo desvelo,
               a cuyo desmayo pierde 
               el suelo su pompa verde,
               y su pompa azul el cielo,
               desentumeced el hielo
               al fuego de vuestro ardor.
               Ved que lloran el rigor
               de tanto mortal desmayo
               todo el cielo rayo a rayo,
               todo el suelo flor a flor.
                  Aquestas campañas bellas
               sin luz están ni arrebol.
               Anocheced, si sois sol;
               pero dejadnos estrellas.

Vuelve en sí LISARDA
LISARDA: ¡Ay de mi infeliz! CÉSAR: Ya en ellas hay nueva luz. Pues volvió en sí, mi dicha acabó; mi desdicha digo esquiva, que, a precio de que ella viva, no importa que muera yo. LISARDA: ¿Qué es lo que pasa por mí? CÉSAR: (Cielos, pues se ha de ofender Aparte de verme, no me ha de ver.
Cúbrese el rostro
LISARDA: ¿Qué es esto? ¿Quién está aquí? CÉSAR: Quien, viendo, señora, allí que su vereda el sol ciego errada llevaba, luego llegó a enmendar el acaso; porque no era digno ocaso tan poca agua a tanto fuego. LISARDA: Pues ¿cómo, habiendo vos sido quien mi vida ha restaurado, la voz habéis recatado, el rostro habéis escondido? Lo que decís no he creído, o son medios poco sabios, que esconder semblante y labios ni han sido ni son oficios de quien hace beneficios, sino de quien hace agravios. CÉSAR: Quien sirve por merecer no merece por servir; pues ya se da a presumir que se lo han de agradecer. LISARDA: Tan hidalgo proceder ya es otro mérito, en quien hace suspensión el bien. Decid quién sois. CÉSAR: No haré tal. LISARDA: ¿Y he de proceder yo mal porque vos procedáis bien? No; y así he de ver ahora quién sois. CÉSAR: Pues no lo veáis, si agradecer deseáis este secreto, señora. LISARDA: Duda el alma, el pecho ignora por qué. CÉSAR: Porque, si me veis, de verme os ofenderéis y así el decirlo dilato por no perder este rato que en duda lo agradecéis. LISARDA: ¿Ofenderme yo de veros? CÉSAR: Como holgarme yo de hablaros. LISARDA: ¿Pesarme a mí de miraros? CÉSAR: Sí, como a mí de perderos. LISARDA: ¿Yo sentir el conoceros? CÉSAR: Como yo el riesgo en que estoy. LISARDA: Pues yo tengo de ver hoy por qué el pesar ha de ser, el sentir y el ofender. CÉSAR: Porque yo, señora, soy...
Descúbrese
LISARDA: Bien dijisteis, sí, que había de ofenderme al veros; bien, que el conoceros también pesar para mí sería; bien, que la ventura mía había de sentir hablaros; pues ya, sólo por sacaros verdadero, siento veros, me pesa de conoceros y me ofendo de miraros. ¿Cómo, cómo habéis tenido atrevimiento de estar en tan público lugar? CÉSAR: ¿Cuándo no fui yo atrevido? LISARDA: ¿Cómo hasta aquí habéis venido? CÉSAR: Como, igualando a los dos, si, por darle muerte --¡ay Dios!-- a vuestro hermano, me fui, bien volví, pues que volví por daros la vida a vos. LISARDA: Tanto a sentir he llegado verla de vos defendida que he de aborrecer mi vida por habérmela vos dado. CÉSAR: Lisonja de mi cuidado será ver tratar así vuestra vida desde aquí; pues consuelo me parece; que quien su vida aborrece ¿por qué ha de quererme a mí? BEATRIZ: Mi señor, que se quedó en esos jardINÉS, viene hacia acá. CÉSAR: ¿Qué haré? LISARDA: (Conviene Aparte proceder yo como yo.) Don César, no penséis, no, que en mí más poder alcanza de mi enojo la esperanza que la de mi rendimiento. Obre el agradecimiento primero que la venganza. Yo le tendré; idos de aquí. CÉSAR: Sí haré, pues vos lo mandáis. LISARDA: Y si una vida me dais, ya mi obligación cumplí; pero advertid desde aquí que no estáis libre en lugar ninguno. CÉSAR: Condsiderar debéis que aqueso es decir... LISARDA: ¿Qué? CÉSAR: ...que os busque. LISARDA: El despedir ¿cómo puede ser llamar? CÉSAR: Piérdese una noche oscura en un monte un caminante; y, cuando con planta errante hallar la senda procura, más se ofusca en la espesura. El can, que despierto está, siente el ruido, y a hacer va que huya dél con pies veloces, llamándole con las voces que, para que huya, da. Yo así confuso y perdido camino ni senda sé; bien, que no veo, se ve, pues a tus pies he venido. Tú, despierta siempre al ruido del desdén, velando estás; voces, porque huya, me das; mas como perdido estoy, dondo oyendo la voz voy, me voy acercando más.
Vanse don CÉSAR y MOSQUITO. Salen don DIEGO y GONZALO
DIEGO: Lisarda, ¿qué ha sido aquesto? LISARDA: Que ese coche se cayó. DIEGO: ¿Hízote mucho mal? LISARDA: No. DIEGO: Volvamos a casa presto. LISARDA: Volvamos, si está dispuesto el coche. DIEGO: Vos, majadero, mirad lo que hacéis. GONZALO: No quiero que presumas... DIEGO: No seáis, pues, desvergonzado. BEATRIZ: Eso es decir que no sea cochero.
Vanse. Salen don FÉLIX, CELIA e INÉS
CELIA: Extraña es tu condición. FÉLIX: ¿Por qué no ha de ser extraña, si tú, para que lo sea, Celia, me has dado la causa? CELIA: ¿Yo la causa, para que de la guerra, donde estabas, te hayas venido a Madrid, a sólo hacer en la casa donde me mata tu ausencia y donde viviendo me hallas, prevenciones de cerrar las puertas y las ventanas, de modo que en los tejados aun no has dejado una guarda sin reja? Pues, ¿a qué efeto, siendo yo, Félix, tu hermana, sin mirar que en mi respeto tu mismo respeto agravias, tan neciamente me celas, tan locamente me guardas? FÉLIX: Celia, no puedo negar que es necedad asentada la desconfianza. Es cierto; pero, no habiendo ventanas, es menor; pues, en efecto, si no asegura, descansa. CELIA: ¡Buena disculpa has hallado de haber dado desde Italia vuelta a Madrid, tan a costa de tu opinión y tu fama. Partístete de la corte, lleno de plumas y galas; no te debió de sonar bien el ruido de las cajas, ni oler la pólvora bien, echando menos el ámbar, y vienes haciendo extremos por dar disculpa a tu... FÉLIX: Basta, Celia. Salte tú allá fuera, Inés. INÉS: (De esta vez descansa Aparte su corazón.)
Vase
FÉLIX: Pues baldonas mi honor con soberbia tanta, diré lo que he pretendido disimular, aunque es baja acción que celos de honor se pidan tan cara a cara. En Italia estaba, Celia, cuando la loca arrogancia del francés sobre Valencia del Po... Pero ¡qué ignorancia ponerme contigo a hablar yo de guerras y de armas! En Italia estaba, digo, cuando recibí una carta de alguno que, interesado en el honor de esta casa, me escribió, Celia, que un día de los que el abril traslada al parque toda la corte, tú saliste disfrazada, y don Alonso tras ti; y que, habiendo --¡suerte ingrata!-- llegado al parque con él, sacó otro galán la espada y le dio la muerte, siendo dicha entonces --¡pena extraña!-- no ser conocida; pues a serlo allí, cosa es clara que tu honor en opiniones con la justicia quedara. Estas cosas y otras, Celia, causa han sido de que haya vuelto; porque ¿qué me importa que yo gane honor y fama, si tú en mi ausencia los pierdes? ¿Qué me importa que yo haga acciones que generosas soliciten mi alabanza, si me las desluces tú con acciones tan livianas? No decir pensé mis penas; callar presumí mis ansias, pero ya que tú me obligas a que de los labios salgan, advierte, Celia, que sólo una diligencia falta, y es enmendar con las obras lo que erraron las palabras. CELIA: ¿Pensarás que convencida me dejan tus amenazas? Pues no, Félix; porque donde la proposición es falsa no se sigue el argumento. ¿Yo he salido al parque al alba? ¿Yo seguida de ninguno? ¿Yo ocasión de cuchilladas? Quien dices que lo escribió te mintió; y yo...
Sale INÉS
INÉS: Aquí te llama don Juan de Silva, tu amigo. FÉLIX: (Celia, no entienda Inés nada Aparte de esto; que no es menester que lo que entre los dos pasa lo sepan de ningún modo ni crïados ni crïadas; y retírate a tu cuarto, porque entre en aquesta sala don Juan.
Vase
CELIA: ¡Ay de mí! INÉS: Señora, ¿que una plática tan larga hayáis tenido? CELIA: Don Félix ha sabido cuanto pasa. INÉS: ¿Y lo del tabique? CELIA: No; eso sólo se le escapa. Por si hablan los dos en mí, escuchemos lo que hablan.
Salen don JUAN, alborotado, Y DON FÉLIX
JUAN: Seas, don Félix, bien hallado. FÉLIX: Y vos, don Juan, bien venido. JUAN: ¡Gran dicha hallaros ha sido! FÉLIX: ¿De qué venís tan turbado? JUAN: Ya sabéis que de Lisarda amante y primo adoré la hermosura, mientras que la dispensación, que hoy tarda, viene a hacerme tan dichoso que, premiando mi constante amor, de primo y amante, me llega a llamar esposo. Ya sabéis cómo mató a su hermano y primo mío don César en desafío, por una mujer que yo nunca conocí. Pues hoy, por vencer esta tristeza, salió al campo su belleza. Yo, que de sus luces soy flor que la vive adorando, a la casa la seguía del campo, donde ella había con su padre ido; mas, cuando iba la puente a bajar, el coche encontré en la puente, porque no sé qué accidente tan presto la hizo tornar. Llegando al sol que conquisto a sacrificar mi vida, de mi primo al homicida me pareció que había visto entrar de camino. Yo le quise reconocer; mas, siendo al anochecer, no fue posible; y por no errarlo, si no era él, todo el lugar le seguimos ese criado y yo, y vimos apear --¡pena crüel!-- adonde a ver si es o no es quiero que vamos los dos, y que entréis delante vos, porque no se esconda, pues de vos no se ha de guardar. Esto habéis de hacer por mí, ya que de vos me valí, pues es forzoso amparar un amigo a un caballero, cuando no lo fuera yo, a cualquiera que... FÉLIX: No, no digáis más... (Si considero, Aparte aunque hoy no es mucho el error, que si ésta la muerte fue por Celia, así vengaré con otra causa mi honor.) ...que ya sé que es recibida necedad que, sin dudar ni saber ni preguntar, ofrezca un hombre su vida a quien le llama; y así, ahorrad pláticas conmigo y guïad; que ya yo os sigo. JUAN: Menos de vos no creí. Vamos; veréis, ¡vive el cielo!, si el venir mi honor castiga. FÉLIX: (¡Oh, a qué cosas obliga Aparte esta necia ley del duelo!)
Vanse. Salen CELIA e INÉS
CELIA: ¡Ay, Inés, esto he escuchado! INÉS: ¿De qué me hubiera servido servir, si no hubiera sido de saber cuanto han hablado? CELIA: A César van a buscar --¡pena injusta, dura suerte!-- para darle los dos muerte. ¿Quién pudiera imaginar que yo a don César llamara a que en mi casa viviera, que antes mi hermano viniera que él, y él mismo le buscara para matarle, y así satisficiera mi hermano sus celos, pues es tan llano que fue la muerte por mí?

El escondido y la tapada, part 3

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu