CÉSAR: Bien de océano español
blasonar podrá esta esfera,
pues acaba su carrera
despeñado en ella el sol.
Cobre en su bello arrebol
el nácar; no triunfe así
hoy de tan bello rubí.
¡Ay Lisarda! ¿Quién pensara
que yo en mis brazos llegara
a verte? Mas ¡ay de mí!
que, como estás sin sentido,
estoy con ventura yo;
pues tú con sentido no
me lo hubieras consentido.
Desdichada dicha ha sido
la que tanto bien me ha dado;
pues ya me cuesta el cuidado
de verte así, que es forzoso
que esté, aun cuando más dichoso,
desdichado el desdichado.
Hermosísimo desvelo,
a cuyo desmayo pierde
el suelo su pompa verde,
y su pompa azul el cielo,
desentumeced el hielo
al fuego de vuestro ardor.
Ved que lloran el rigor
de tanto mortal desmayo
todo el cielo rayo a rayo,
todo el suelo flor a flor.
Aquestas campañas bellas
sin luz están ni arrebol.
Anocheced, si sois sol;
pero dejadnos estrellas.
Vuelve en sí LISARDA
LISARDA: ¡Ay de mi infeliz!
CÉSAR: Ya en ellas
hay nueva luz. Pues volvió
en sí, mi dicha acabó;
mi desdicha digo esquiva,
que, a precio de que ella viva,
no importa que muera yo.
LISARDA: ¿Qué es lo que pasa por mí?
CÉSAR: (Cielos, pues se ha de ofender Aparte
de verme, no me ha de ver.
Cúbrese el rostro
LISARDA: ¿Qué es esto? ¿Quién está aquí?
CÉSAR: Quien, viendo, señora, allí
que su vereda el sol ciego
errada llevaba, luego
llegó a enmendar el acaso;
porque no era digno ocaso
tan poca agua a tanto fuego.
LISARDA: Pues ¿cómo, habiendo vos sido
quien mi vida ha restaurado,
la voz habéis recatado,
el rostro habéis escondido?
Lo que decís no he creído,
o son medios poco sabios,
que esconder semblante y labios
ni han sido ni son oficios
de quien hace beneficios,
sino de quien hace agravios.
CÉSAR: Quien sirve por merecer
no merece por servir;
pues ya se da a presumir
que se lo han de agradecer.
LISARDA: Tan hidalgo proceder
ya es otro mérito, en quien
hace suspensión el bien.
Decid quién sois.
CÉSAR: No haré tal.
LISARDA: ¿Y he de proceder yo mal
porque vos procedáis bien?
No; y así he de ver ahora
quién sois.
CÉSAR: Pues no lo veáis,
si agradecer deseáis
este secreto, señora.
LISARDA: Duda el alma, el pecho ignora
por qué.
CÉSAR: Porque, si me veis,
de verme os ofenderéis
y así el decirlo dilato
por no perder este rato
que en duda lo agradecéis.
LISARDA: ¿Ofenderme yo de veros?
CÉSAR: Como holgarme yo de hablaros.
LISARDA: ¿Pesarme a mí de miraros?
CÉSAR: Sí, como a mí de perderos.
LISARDA: ¿Yo sentir el conoceros?
CÉSAR: Como yo el riesgo en que estoy.
LISARDA: Pues yo tengo de ver hoy
por qué el pesar ha de ser,
el sentir y el ofender.
CÉSAR: Porque yo, señora, soy...
Descúbrese
LISARDA: Bien dijisteis, sí, que había
de ofenderme al veros; bien,
que el conoceros también
pesar para mí sería;
bien, que la ventura mía
había de sentir hablaros;
pues ya, sólo por sacaros
verdadero, siento veros,
me pesa de conoceros
y me ofendo de miraros.
¿Cómo, cómo habéis tenido
atrevimiento de estar
en tan público lugar?
CÉSAR: ¿Cuándo no fui yo atrevido?
LISARDA: ¿Cómo hasta aquí habéis venido?
CÉSAR: Como, igualando a los dos,
si, por darle muerte --¡ay Dios!--
a vuestro hermano, me fui,
bien volví, pues que volví
por daros la vida a vos.
LISARDA: Tanto a sentir he llegado
verla de vos defendida
que he de aborrecer mi vida
por habérmela vos dado.
CÉSAR: Lisonja de mi cuidado
será ver tratar así
vuestra vida desde aquí;
pues consuelo me parece;
que quien su vida aborrece
¿por qué ha de quererme a mí?
BEATRIZ: Mi señor, que se quedó
en esos jardINÉS, viene
hacia acá.
CÉSAR: ¿Qué haré?
LISARDA: (Conviene Aparte
proceder yo como yo.)
Don César, no penséis, no,
que en mí más poder alcanza
de mi enojo la esperanza
que la de mi rendimiento.
Obre el agradecimiento
primero que la venganza.
Yo le tendré; idos de aquí.
CÉSAR: Sí haré, pues vos lo mandáis.
LISARDA: Y si una vida me dais,
ya mi obligación cumplí;
pero advertid desde aquí
que no estáis libre en lugar
ninguno.
CÉSAR: Condsiderar
debéis que aqueso es decir...
LISARDA: ¿Qué?
CÉSAR: ...que os busque.
LISARDA: El despedir
¿cómo puede ser llamar?
CÉSAR: Piérdese una noche oscura
en un monte un caminante;
y, cuando con planta errante
hallar la senda procura,
más se ofusca en la espesura.
El can, que despierto está,
siente el ruido, y a hacer va
que huya dél con pies veloces,
llamándole con las voces
que, para que huya, da.
Yo así confuso y perdido
camino ni senda sé;
bien, que no veo, se ve,
pues a tus pies he venido.
Tú, despierta siempre al ruido
del desdén, velando estás;
voces, porque huya, me das;
mas como perdido estoy,
dondo oyendo la voz voy,
me voy acercando más.
Vanse don CÉSAR y MOSQUITO. Salen don DIEGO
y GONZALO
DIEGO: Lisarda, ¿qué ha sido aquesto?
LISARDA: Que ese coche se cayó.
DIEGO: ¿Hízote mucho mal?
LISARDA: No.
DIEGO: Volvamos a casa presto.
LISARDA: Volvamos, si está dispuesto
el coche.
DIEGO: Vos, majadero,
mirad lo que hacéis.
GONZALO: No quiero
que presumas...
DIEGO: No seáis, pues,
desvergonzado.
BEATRIZ: Eso es
decir que no sea cochero.
Vanse. Salen don FÉLIX, CELIA e
INÉS
CELIA: Extraña es tu condición.
FÉLIX: ¿Por qué no ha de ser extraña,
si tú, para que lo sea,
Celia, me has dado la causa?
CELIA: ¿Yo la causa, para que
de la guerra, donde estabas,
te hayas venido a Madrid,
a sólo hacer en la casa
donde me mata tu ausencia
y donde viviendo me hallas,
prevenciones de cerrar
las puertas y las ventanas,
de modo que en los tejados
aun no has dejado una guarda
sin reja? Pues, ¿a qué efeto,
siendo yo, Félix, tu hermana,
sin mirar que en mi respeto
tu mismo respeto agravias,
tan neciamente me celas,
tan locamente me guardas?
FÉLIX: Celia, no puedo negar
que es necedad asentada
la desconfianza. Es cierto;
pero, no habiendo ventanas,
es menor; pues, en efecto,
si no asegura, descansa.
CELIA: ¡Buena disculpa has hallado
de haber dado desde Italia
vuelta a Madrid, tan a costa
de tu opinión y tu fama.
Partístete de la corte,
lleno de plumas y galas;
no te debió de sonar
bien el ruido de las cajas,
ni oler la pólvora bien,
echando menos el ámbar,
y vienes haciendo extremos
por dar disculpa a tu...
FÉLIX: Basta,
Celia. Salte tú allá fuera,
Inés.
INÉS: (De esta vez descansa Aparte
su corazón.)
Vase
FÉLIX: Pues baldonas
mi honor con soberbia tanta,
diré lo que he pretendido
disimular, aunque es baja
acción que celos de honor
se pidan tan cara a cara.
En Italia estaba, Celia,
cuando la loca arrogancia
del francés sobre Valencia
del Po... Pero ¡qué ignorancia
ponerme contigo a hablar
yo de guerras y de armas!
En Italia estaba, digo,
cuando recibí una carta
de alguno que, interesado
en el honor de esta casa,
me escribió, Celia, que un día
de los que el abril traslada
al parque toda la corte,
tú saliste disfrazada,
y don Alonso tras ti;
y que, habiendo --¡suerte ingrata!--
llegado al parque con él,
sacó otro galán la espada
y le dio la muerte, siendo
dicha entonces --¡pena extraña!--
no ser conocida; pues
a serlo allí, cosa es clara
que tu honor en opiniones
con la justicia quedara.
Estas cosas y otras, Celia,
causa han sido de que haya
vuelto; porque ¿qué me importa
que yo gane honor y fama,
si tú en mi ausencia los pierdes?
¿Qué me importa que yo haga
acciones que generosas
soliciten mi alabanza,
si me las desluces tú
con acciones tan livianas?
No decir pensé mis penas;
callar presumí mis ansias,
pero ya que tú me obligas
a que de los labios salgan,
advierte, Celia, que sólo
una diligencia falta,
y es enmendar con las obras
lo que erraron las palabras.
CELIA: ¿Pensarás que convencida
me dejan tus amenazas?
Pues no, Félix; porque donde
la proposición es falsa
no se sigue el argumento.
¿Yo he salido al parque al alba?
¿Yo seguida de ninguno?
¿Yo ocasión de cuchilladas?
Quien dices que lo escribió
te mintió; y yo...
Sale INÉS
INÉS: Aquí te llama
don Juan de Silva, tu amigo.
FÉLIX: (Celia, no entienda Inés nada Aparte
de esto; que no es menester
que lo que entre los dos pasa
lo sepan de ningún modo
ni crïados ni crïadas;
y retírate a tu cuarto,
porque entre en aquesta sala
don Juan.
Vase
CELIA: ¡Ay de mí!
INÉS: Señora,
¿que una plática tan larga
hayáis tenido?
CELIA: Don Félix
ha sabido cuanto pasa.
INÉS: ¿Y lo del tabique?
CELIA: No;
eso sólo se le escapa.
Por si hablan los dos en mí,
escuchemos lo que hablan.
Salen don JUAN, alborotado, Y DON
FÉLIX
JUAN: Seas, don Félix, bien hallado.
FÉLIX: Y vos, don Juan, bien venido.
JUAN: ¡Gran dicha hallaros ha sido!
FÉLIX: ¿De qué venís tan turbado?
JUAN: Ya sabéis que de Lisarda
amante y primo adoré
la hermosura, mientras que
la dispensación, que hoy tarda,
viene a hacerme tan dichoso
que, premiando mi constante
amor, de primo y amante,
me llega a llamar esposo.
Ya sabéis cómo mató
a su hermano y primo mío
don César en desafío,
por una mujer que yo
nunca conocí. Pues hoy,
por vencer esta tristeza,
salió al campo su belleza.
Yo, que de sus luces soy
flor que la vive adorando,
a la casa la seguía
del campo, donde ella había
con su padre ido; mas, cuando
iba la puente a bajar,
el coche encontré en la puente,
porque no sé qué accidente
tan presto la hizo tornar.
Llegando al sol que conquisto
a sacrificar mi vida,
de mi primo al homicida
me pareció que había visto
entrar de camino. Yo
le quise reconocer;
mas, siendo al anochecer,
no fue posible; y por no
errarlo, si no era él,
todo el lugar le seguimos
ese criado y yo, y vimos
apear --¡pena crüel!--
adonde a ver si es o no es
quiero que vamos los dos,
y que entréis delante vos,
porque no se esconda, pues
de vos no se ha de guardar.
Esto habéis de hacer por mí,
ya que de vos me valí,
pues es forzoso amparar
un amigo a un caballero,
cuando no lo fuera yo,
a cualquiera que...
FÉLIX: No, no
digáis más... (Si considero, Aparte
aunque hoy no es mucho el error,
que si ésta la muerte fue
por Celia, así vengaré
con otra causa mi honor.)
...que ya sé que es recibida
necedad que, sin dudar
ni saber ni preguntar,
ofrezca un hombre su vida
a quien le llama; y así,
ahorrad pláticas conmigo
y guïad; que ya yo os sigo.
JUAN: Menos de vos no creí.
Vamos; veréis, ¡vive el cielo!,
si el venir mi honor castiga.
FÉLIX: (¡Oh, a qué cosas obliga Aparte
esta necia ley del duelo!)
Vanse. Salen CELIA e INÉS
CELIA: ¡Ay, Inés, esto he escuchado!
INÉS: ¿De qué me hubiera servido
servir, si no hubiera sido
de saber cuanto han hablado?
CELIA: A César van a buscar
--¡pena injusta, dura suerte!--
para darle los dos muerte.
¿Quién pudiera imaginar
que yo a don César llamara
a que en mi casa viviera,
que antes mi hermano viniera
que él, y él mismo le buscara
para matarle, y así
satisficiera mi hermano
sus celos, pues es tan llano
que fue la muerte por mí?
El escondido y la tapada, part 3
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu