This file last updated September 12, 2000


EL ESCONDIDO Y LA TAPADA


Personas que hablan en ella:


JORNADA PRIMERA


Salen haciendo algún ruido don CÉSAR y MOSQUITO, vestidos de camino, con botas y espuelas
CÉSAR: Pues no podemos entrar en Madrid, hasta que sea de noche ya, ata las mulas a esos troncos; y sobre esta tejida alfombra de flores que bordó la primavera, entre estos estanques donde la Casa del Campo ostenta tanta variedad podemos esperar a que anochezca. MOSQUITO: Ya están las mulas atadas; y aun fuera más justo que ellas nos ataran a nosotros. CÉSAR: ¿Por qué? MOSQUITO: Porque son más cuerdas. CÉSAR: Luego ¿los dos somos locos? MOSQUITO: Concedo la consecuencia; mas con una distinción. CÉSAR: ¿Cuál? MOSQUITO: Tú por naturaleza, y yo por concomitancia; que es por lo que se me pega de andar contigo. CÉSAR: ¿Aquí, pues, qué hay que locura sea? MOSQUITO: ¡Cuerpo de Cristo conmigo! Habrá tres meses apenas que salimos de Madrid, por haber dejado en ella muerto a un noble caballero, que era hermano, por más señas, de una de aquellas dos damas que a un mismo tiempo festejas, y por celos de la otra; que, como autor de comedias, tienes en tu compañía segunda dama y primera. Pasamos a Portugal y, porque en una estafeta nos vino un pliego --que yo aun no sé lo que contenga-- sin mirar inconvenientes, dimos a Madrid la vuelta; y dices que ¿qué locura hay aquí? ¿No consideras que no hay alcalde de corte que no esté echando centellas por aquella boca, y que juran que hemos de ver puestas, tú la cabeza a tus plantas, las plantas yo a otras cabezas? CÉSAR: Confieso que dices bien en que mi vida se arriesga hoy en Madrid, pero donde mi vida trae una pena misma, habiendo de morir en Lisboa de una ausencia o en Madrid de mis desdichas, ya que dos muertes me cercan y que me dan a escoger el modo de morir, deja que muera contento donde Lisarda hermosa lo vea. MOSQUITO: Yo, aunque el martirologio romano aquí me trajeran, para que escogiera muerte a mi propósito, fuera, sin agradarme ninguna, vanísima diligencia, porque no hay tan bien prendida muerte que bien me parezca. ¿Qué culpa tengo de que tú a morir contento vengas para traerme de reata? CÉSAR: Pues dime ¿tú qué recelas, si tú en nada estás culpado ni te hallaste en la pendencia? MOSQUITO: Pues si un triunfo matador arrastra los que se encuentra, ¿un amo matador, dime, no arrastrará --cosa es cierta-- cualquiera triunfo crïado? CÉSAR: ¡No vi locura más necia! MOSQUITO: Y esto a una parte, señor, ¿qué razón hay de que sea tan cerrado tu capricho que, ya que me traes, no sepa a qué me traes? Dime, pues, ¿qué es lo que en Madrid intentas? CÉSAR: Eso te diré, no tanto, Mosquito, porque lo sepas, como por descansar yo con decirlo; que las penas no tienen otro consuelo sino el rato que se cuentan; que, como mujeres son, le despican con la lengua. Lisarda, raro milagro, donde la naturaleza para modelo compuso de una hermosura perfecta la belleza y el ingenio, haciendo paces en ella, que hasta allí estaban reñidos el ingenio y la belleza, fue --ya lo sabes-- del templo de amor la deidad más bella, a cuyas aras no hay vida y alma que no sea mudo sacrificio. Bien tantas víctimas lo muestran como yacen a sus ojos rendidas, si no sangrientas. Yo, que entre el mortal consuelo de sus victorias apenas la vi cuando con la mía hizo número y no cuenta, idolatrando su imagen viví, sin que mereciera perdón por el sacrificio ni mérito por la ofrenda. Desvalido amante, pues, de este hermoso hechizo, de esta hermosa mujer, mi vida a tanto esplendor atenta, la Clicie fue de sus rayos y el imán de sus estrellas. Viendo, pues, que a todo un sol alas fïaba de cera, y que al generoso vuelo sólo monumento era el mar de mi llanto, donde se apagaban sus centellas, dispuse olvidarla, como, --¡qué error!-- como si estuviera el olvidarla en la mano de quien no estuvo el quererla; y por hacerme en efecto contraveneno a mis penas, venciendo amor con amor, puse los ojos en Celia; Celia, que fuera milagro de hermosura, si no fuera porque Lisarda se alzó con todo el imperio della. Si donde amé fui infelice, y los afectos se truecan, donde no amé ¿qué sería? Saca tú la consecuencia. ¡Oh Amor! Si te llaman dios, ¿cómo de Dios desemejas tanto que los fingimientos y no las verdades premias? O deja, Amor, de ser dios, o de ser ingrato deja; porque decir dios e ingrato o suena mal o no suena. De Celia en fin admitido, estaba siempre con Celia como extranjero mi amor, dejando a Lisarda bella acá en lo mejor del alma, donde adorada estuviera, cierto lugar reservado. Escucha de qué manera.

Tiene un príncipe, un señor lejos de sí un gran palacio y en el suntuoso espacio cerrado el cuarto mejor. Éste se guarda en rigor; y, aunque igual huésped por él pase, el alcaide fïel dice, "Este cuarto oportuno es de mi rey, y ninguno ha de aposentarse en él." Así el alma toda, que era el palacio de mi amor, dejó a Lisarda el mejor cuarto, aunque no le viviera. Éste guarda de manera el corazón, que nombró su alcaide que, aunque hospedó dentro a Celia, considero que fue en otro cuarto; pero en el de Lisarda no.

De aquella, pues, despreciado y favorecido de esta, engañado en ésta el gusto con la memoria de aquélla, neutral estaba mi vida, cuando en esta competencia sucedió que don Alonso, hermano infeliz de aquella bellísima ingratitud, que no ablandaron mis quejas, a Celia sirvió. ¿Habrá dicho algún hombre que es la fuerza de los celos tal que, donde no hubo amor, haber pudiera celos? Sí; porque los celos son un género de ofensa que se hace a quien se dan, y no es menester que sean hijos de Amor; que tal vez el pundonor los engendra; si bien estos dos linajes son con una diferencia, que el alma en los del amor anda por saber la pena, y en los del pundonor anda el alma por no saberla. Dígolo porque mil veces, aunque vi acciones y señas sólo de parte de él, yo cuidé poco de entenderlas hasta que, saliendo un día de la hermosa primavera Celia al parque, don Alonso al parque bajó con Celia. Yo, que en el sitio esperaba, y le vi venir con ella, por ella y por él no pude disimular más, sin mengua de mi valor; y, llegando a los dos, pronuncié apenas la primera razón cuando Celia dijo, "Seáis, don César, bien venido; que os deseo, porque con vuestra presencia me dejará don Alonso, ya que a hacerlo no le fuerzan tantos desengaños." Él, mal pensada la respuesta, dijo....Mas no sé qué dijo; que nunca un noble se acuerda de palabras que el enojo pronuncia desde la lengua a las espadas; mas luego sacamos los dos las nuestras. De una estocada cayó en el suelo. Entonces Celia, confundida con la gente que acudía a la pendencia, pudo, sin ser conocida, dar a su casa la vuelta, y yo libre fui a tomar en la Encarnación iglesia, donde estuve hasta que fuimos a Portugal. Todas estas cosas sabes. Desde aquí las que no sabes empiezan. Estando, pues, en Lisboa, recibí por la estafeta de Celia una carta, en que dice....Mas la carta es ésta.

Lee
"Si no estuviera satisfecha de que vos lo estáis de la poca culpa que tuve en vuestra desgracia, fuera mi vida la segunda que hubiérades quitado. Mi hermano, como sabéis, está ausente; y no podéis tener retraimiento mejor que mi casa; que en ella no os han de buscar. Y así, para tratar más cerca de vuestros negocios, os podéis venir a ella, donde estaréis secreto como deseáis, si no servido como merecéis. Celia Esta carta me ha obligado a que hoy a Madrid me venga; pues no hay retraimiento donde seguro un hombre estar pueda, Mosquito, como una casa particular; y desde ella podré de noche salir a las cosas de mi hacienda y de mi composición; pues no negocia en ausencia el pariente ni el amigo lo que el mismo dueño. Fuera de que, si he de hablar verdad, ni esto ni aquello me fuerza tanto como parecerme que podré adorar las rejas de Lisarda alguna noche, ya que dispuso mi estrella que, dando muerte a su hermano, toda la esperanza pierda de merecer su hermosura; pues la que adorada era cruel conmigo, ¿qué será ofendida? La que fiera procedía a los halagos ¿qué ha de hacer a las ofensas? Esto a Madrid me ha traído; pues, para adorar en ella las paredes de Lisarda, estaré en casa de Celia. MOSQUITO: Siempre fui de parecer que por lo menos tuviera dos damas un hombre; porque de dos la una, como apuesta, no se puede errar el tiro. Beatricilla e Inés sean testigos también; pues siendo las dos de Lisarda y Celia un algo más que fregonas, y algo menos que doncellas, por si se pierde la una que la otra no se pierda las traigo en el corazón duplicadas como letras. Pero dime ¿qué papel me toca en esta comedia del caballero escondido? CÉSAR: Pues no estás culpado, fuera te quedarás a avisarme de todo lo que suceda. MOSQUITO: ¿Y si, mientras se averigua si lo estoy o no, me pescan el coleto?
Suena mucho ruido. Dentro LISARDA y BEATRIZ
LISARDA: Para. BEATRIZ: ¡Tente, borracho! ¿Qué haces? CÉSAR: Espera... MOSQUITO: Por mi nombre me llamaron. CÉSAR: ...que en una zanja de aquéllas se ha atascado un coche. MOSQUITO: Y todo sobre el arroyo se vuelca. CÉSAR: Mujeres son; fuerza es acudir a socorrerlas.
Vase
MOSQUITO: Dios te haga caballero parante, por su clemencia; que harto tiempo has sido andante. Ya la encerrada ballena, para escupir sus Jonases, por un costado revienta. Beatricilla es, ¡vive Dios!, la que sacaron primera. Sin duda está aquí su ama.
Escóndese. Salen BEATRIZ, en brazos de GONZALO, y OTÁÑEZ
BEATRIZ: ¡Ay de mí! Yo salgo muerta, roto el manto, la basquiña manchada, y en la cabeza más de cuatro mil chichones. GONZALO: ¡Voto a Dios...! BEATRIZ: Gonzalo, buena cuenta has dado de nosotras. GONZALO: Aquésta es la vez primera que me ha sucedido. OTÁÑEZ: Cierto; que si de esta suerte empieza, que dentro de un año puede, a mi ver, poner escuela de volcar coches. BEATRIZ: Parece que toda su vida entera no ha hecho otra cosa, según el primor con que los vuelca. OTÁÑEZ: ¿Y señora? GONZALO: Un caballero la ha sacado medio muerta. OTÁÑEZ: Voy a avisar a mi amo que allá en los jardINÉS queda.
Vase
GONZALO: Yo a la torre de las guardas, para que a ayudarme vengan.
Vase. Sale MOSQUITO
MOSQUITO: ¡Beatriz! BEATRIZ: ¡Mosquito! ¿Qué es esto? MOSQUITO: Breve será la respuesta, "vengo de lejas tierras, niña, por verte; hállote volcada, quiero volverme." BEATRIZ: ¿Y tu señor? MOSQUITO: Vesle allí. BEATRIZ: Pues ¿cómo de esta manera? MOSQUITO: ¿Qué sé yo? Mas lo que importa es, Beatriz, atar la lengua. BEATRIZ: Haz cuenta que deslenguada estoy. MOSQUITO: Pues no es buena cuenta; que las deslenguadas hablan más que las lenguadas mesmas.
Saca a LISARDA don CÉSAR

El escondido y la tapada, part 2

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu