Last updated July 24, 1997, 3:15 p.m.

ALEJANDRO:           ¿Qué es eso, Efestión?  ¿Qué voces
                 a una y otra parte varias,
                 demás de las que he mandado
                 de instrumentos y de cajas,
                 son las que se oyen?
EFESTIÓN:                               Apeles,
                 a quien furioso llevaban
                 a su albergue unos soldados,
                 escuchando lo que cantan,
                 diciendo, embistió con todos,
                 que es mentira, que no haya
                 lealtad en amor, a tiempo
                 que Diógenes la entrada
                 de su tienda solicita,
                 sin que le impida la guarda.
ALEJANDRO:       Retírate tú a esta puerta,

A CAMPASPE

hasta que sepa qué causa a los dos mueve.

Retírase CAMPASPE al paño

CAMPASPE: (¡Fortuna, quién--¡ay infelice!--hallara por donde escapar! En vano lo intento, porque cerrada está por aquí la tienda. Fuerza es esperar.)

Sale DIÓGENES

DIÓGENES: Las plantas me da, señor, en albricias de que ya mi ciencia alcanza el accidente de Apeles. ALEJANDRO: Si en otra ocasión llegaras, fueras más bien recibido. Mas ya que llegaste, habla, di, ¿qué accidente es? DIÓGENES: Amor. ALEJANDRO: Si no dices más, no basta para que te crea, pues esa fue la primera palabra que dijiste, y no por eso fue cierto; y como no añadas más, lo mismo será ahora. DIÓGENES: ¿Bastará decir la dama y el competidor? ALEJANDRO: Sí. DIÓGENES: Pues si eso es todo lo que falta al crédito de mis ciencias y a sus conjeturas sabias, aunque yo no la conozco, perdone esta vez su fama. La dama es Campaspe, y tú el que de celos le mata; de suerte que amor y celos son de sus penas la causa. ALEJANDRO: ¿Qué dices? ¡Ay infelice! CAMPASPE: (¡Cielos, la suerte está echada!) DIÓGENES: Que es Campaspe a quien adora. ALEJANDRO: No prosigas, calla, calla; que en ti, porque me lo dices, más que en él, porque me agravia, pues ya es cómplice al dolor quien el dolor adelanta, tengo de vengar mis celos.

Empuña la daga, y detiénele EFESTIÓN

EFESTIÓN: Advierte, señor. DIÓGENES: ¡Bien pagas su fineza y mi fineza! ALEJANDRO: ¿Qué fineza, si tirana tu voz, su intención traidora, me han dado la muerte ambas? CAMPASPE: ¡Ay de quien sobre sí, cielos, todo este escándalo aguarda! DIÓGENES: La suya, pues, es tan grande, tan noble, tan leal, tan rara, que, a despecho del favor que quizá en Campaspe halla, se deja morir, por no ofender la confïanza, respeto y decoro que tan a su costa te guarda. La mía, pues que te pongo en ocasión de que hagas una acción tan generosa como agradecer las ansias del que, en abono de todos los que encarecen que aman, diciendo que amantes pierden por su dama el juicio, anda tan fiel contigo y con ella que, en las desdichas que pasa, pierde por la dama el juicio y por ti el juicio y la dama. ALEJANDRO: No con razones me arguyas sofísticamente falsas; que no hay en celos razón mayor que el que no la haya. Y así en ti ahora, y después en él, si es que ella le ama, que yo lo sabré, mis celos vengaré. CAMPASPE: ¡Qué oigo! EFESTIÓN: Repara. DIÓGENES: Buena ocasión se ofrecía de volver a la pasada cuestión de cuál de los dos es más invicto monarca. ALEJANDRO: ¿Cómo? DIÓGENES: Como si antes de ahora no creía a quien contaba que, esclavo de tus pasiones, la destemplanza te agrava, la lascivia te posee, y la ira te arrebata, ahora lo creo, al mirar lo que una afición te arrastra; y siendo así que esa ira, ambición y destemplanza, lascivia y envidia yo esclavas traigo a mis plantas, ¿cuál será más poderoso: yo, que mando a quien te manda, o tú, que sirves a quien me sirve a mí? Con tan clara consecuencia logra ahora mi muerte; pero a[l] lograrla mira quién eres, pues eres esclavo de mis esclavas.

Híncase de rodillas

EFESTIÓN: A tanta osadía no tengo de impedirte ya. CAMPASPE: (Él le mata.) Aparte ALEJANDRO: (¿Mira quién eres, pues eres Aparte esclavo de mis esclavas? ¿Tanto una ciega pasión desluce el decoro, ultraja el respeto, que ocasiona a que pueda cara a cara atrevérsele la voz de un mísero, en confianza de que, diciendo verdad, la muerte no le acobarda? Pues no ha de ser, no ha de ser; que no ha de decir la fama que dijeron a Alejandro de Dïógenes las canas: "Mira quién eres, pues eres esclavo de mis esclavas," sin que tratase enmendar de sus defectos la causa.) Alza, Diógenes, del suelo. CAMPASPE: (¿Cómo tan afable le habla?) ALEJANDRO: Y dime otra vez, ¿por mí Apeles muere con tanta fineza que, leal y noble, aunque Campaspe le ama, a Campaspe olvida? CAMPASPE: (Él mi amor averiguar trata.)

Dentro

VOCES: ¡Guarda el loco! ¡Guarda el loco! DIÓGENES: Esas voces lo declaran mejor que yo. ALEJANDRO: Dejad que entre.

Salen APELES desnudo, CHICHÓN con los vestidos, y otros deteniéndole

APELES: Par diez, aunque lo estorbara todo el mundo, entrara yo, sin que tú me lo mandaras; porque al que pide justicia no ha de haber puerta cerrada. CHICHÓN: Y más cuando una locura le sabe falsear las guardas. ALEJANDRO: Pues ¿de quién justicia pides? APELES: Desos que infieles te cantan que en repúblicas de amor la política es tan mala que el traidor es el leal; porque yo sé que te engañan, y que hay lealtad en amor tan grande... Pero eso basta; que no quiero que la sepas, porque parece que falta a la fineza el que hace la fineza con jactancia. ALEJANDRO: Repórtate; y pues está tu queja tan bien fundada, yo te guardaré justicia. (¡Ea, valor! La más alta victoria es vencerse a sí; no diga de ti mañana la historia, que toda es plumas, el tiempo, que todo es alas, que tuvo en su amor Apeles más generosa constancia que yo. Si él por mí se deja morir con lealtad tan rara, ¿por qué, pudiendo él hacerla, no he de poder yo pagarla?) ¡Campaspe! CAMPASPE: (Sin duda en él y en mí se venga.) ¿Qué mandas? ALEJANDRO: Que seas heroico asunto que, en láminas de oro y plata, de mis liberalidades corone las esperanzas. Alábense otros que dieron, ya a las letras, ya a las armas, coronas, reinos, provincias, ciudades, templos y estatuas; que no ha de alabarse alguno que sacrificó a las aras de la lealtad mayor triunfo, ni dio más, pues dio su dama, el día que en su poder, o gustosa o no, la halla. Dale, pues, la mano a Apeles, porque, esposa suya, vayas donde no te vean mis ojos.

A DIÓGENES

Tú, Dïógenes, repara en la dádiva mayor, si soy esclavo de esclavas o si soy dueño de mí.

A APELES

Y tú mira la distancia que hay de tu amor a mi amor, pues tú me la das pintada y yo te la vuelvo viva, pues di la mitad del alma. CAMPASPE: (Esto es querer apurar si es verdad que enamorada estoy de Apeles. Yo haré que mal la experiencia salga.) APELES: (¡Qué escucho! ¿Campaspe es mía? ¿Quién, cielos, con tan extraña novedad en mis sentidos me restituye a la clara luz del día? ¿Cómo estoy aquí así?) --Dame la capa, dama la espada, Chichón;

A ALEJANDRO

--Y tú, gran señor, las plantas; que no en vano te apellida dios la voz de tantas varias naciones, pues dar un cielo no es don de humano monarca;

A CAMPASPE

--Y tú, Campaspe, la hermosa blanca mano me da. CAMPASPE: Aguarda. ALEJANDRO: ¿No se la das? CAMPASPE: No. ALEJANDRO: ¿Por qué? CAMPASPE: Porque no quiero que haga ferias de mi libertad tu vanagloria. (¡Mal haya temor que, de puro fino, quiere que parezca ingrata!) Dejo aparte que yo a Apeles no amo; mas cuando le amara, no dejara de sentir el desaire con que tratas a lo que dices que quieres; que somos todas tan vanas que aun de lo que aborrecemos nos hace el cariño falta. ¿De cuándo acá fue el amor prenda para enajenada? ¿De cuándo acá el albedrío de un dueño a otro dueño pasa? ¿Es inquilino el afecto para andar mudando casas, vecino ayer de una gloria y huésped hoy de una infamia? ¿Es joya la inclinación? ¿Es la voluntad alhaja? ¿Es el deseo presea, ni menaje la esperanza para hacer dádiva dellas, tan bajamente contraria, que da con un baldón, yendo a buscar una alabanza? Liberalidad bien puede ser que sea el dar la dama; pero liberalidad tan neciamente villana, que piensa que lo da todo, siendo así, que es cosa clara, que no da nada; porqué el día que no da el alma ¿qué da en lo demás? Con que, si presumes que le pagas de lo vivo a lo pintado el logro a Apeles, te engañas; pues si él dio un retrato, no le vuelves más que una estatua; porque el que sin albedrío con una mujer abraza logra, pero no merece, consigue, pero no alcanza; de suerte que, no pudiendo, cuando la fuerza te valga, darle ni el alma ni el gusto, darle sin gusto y sin alma todo lo que puedes es darlo todo y no dar nada. APELES: (¡Qué escucho, cielos! ¿Campaspe así mis finezas trata?) CHICHÓN: Paréceme que bien puedes volverme capa y espada, y volverte a jugador de pelota; pues es clara cosa que de borra y viento ya está el pelotero en casa, siendo de borra tu amor y de viento tu esperanza. ALEJANDRO: Por más que deslucir quieras mi acción, noblemente vana, no has de poder; que una cosa es hacerla, otra lograrla. Y así, para haberla yo hecho, ¿qué importa que tú... ?

Dentro

SOLDADOS: ¡Plaza! ALEJANDRO: ¿Qué es aquello? EFESTIÓN: Que a tu tienda llegan con todas sus damas Estatira y Siroés.

Vase

ALEJANDRO: Ya como libres se tratan, en fe del rescate; fuerza es que a recibirlas salga. Después diré lo que iba a decir.

A DIÓGENES

--Tú no te vayas, hasta ver el fin.

Vase

DIÓGENES: No haré, aunque de mi pobre estancia la ausencia siento.

Vase

CHICHÓN: ¿Qué mucho, si quedó allá la tinaja? Que, aunque no es de vino hoy, haberlo sido ayer basta para que haga compañía. Mas ¡miren aquí qué caras! Bien se ve que están reñidos, pues que se han quitado el habla. Veamos por cuál de los dos quiebra. APELES: ¿Para qué, tirana... ? CHICHÓN: Luego vi que era él lo más delgado. APELES: ¿Para qué, ingrata, traidoramente apacible, cariñosamente falsa, alentaste tantas veces, ya amorosa y ya enojada, mis esperanzas, si habías, el día que de pagarlas tuvieses más ocasión, de engañar mis esperanzas? ¿Qué victoria te promete un rendido, para que hagas suertes en él tan ociosas como restituirle el alma, para que con ella sienta más tu rigor? Y así, ingrata, o vuélveme mi locura o tómate tu mudanza. CAMPASPE: Que me baldones permito de mudable, de liviana y de inconstante (¡ay Apeles!) porque alcanzo que no alcanzas que quizá ha sido fineza el desdén de que te agravias. APELES: ¿Qué fineza, si no es más que, al verte de un rey amada, haber hecho fantasía del gusto, mostrando vana el que el ruido del poder suena siempre en consonancia? CAMPASPE: Si supieras que él quería, por tomar de ti venganza y de mí, saber no más si te amo o no, no culparas que hubiese sido cautela contra cautela la traza que halló mi amor, a pesar de mi amor. APELES: Pues ¿no importara menos que él me diera muerte que dármela tú? ¿Qué gana mi vida, di, si, porqué el no me mate, me matas? CAMPASPE: Luego ¿fuera más fineza, a todo trance empeñada, arriesgarlo todo? APELES: Sí; que mejor le está a una dama ser fina que cautelosa. CAMPASPE: Cautela hay menos culpada de lo que fuera quizá la fineza. APELES: Es ignorancia. CAMPASPE: No es sino atención. ¿Querías que mi amor le confesara y te diera muerte? APELES: Sí; que el día que mi honor salva ver que, el día que seas mía, no toca a mi confïanza interpretar los sentidos, sino entender las palabras. Fuéraslo (¡ay de mí!) el instante que en darme muerte tardara; muriera feliz, no triste. CAMPASPE: Pues si eso es lo que te agrada, a tiempo estás, que la mano que no te di... Pero aguarda...

Ruido dentro

que vuelven todos. APELES: ¡Oh, cuánto perezosa se dilata siempre la dicha! CHICHÓN: Hecho un bobo me estoy oyéndolos. ¿Que haya, habiendo amor de obra gruesa, quien gasta el de filigrana, todo retruécanos, todo tiquismiquis?

Salen todos

ESTATIRA: Tu palabra es ley y cumplirla debes. ALEJANDRO: Quien, por cumplir una, falta a otra, no yerra; y así es bien que el camino parta entre las dos. SIROÉS: ¿De qué suerte? ALEJANDRO: Que libre, Siroés, vayas, llevando a Persia el tesoro que era rescate de entrambas;

A ESTATIRA

--y tú te quedes en Grecia. ESTATIRA: ¿Yo en Grecia? ALEJANDRO: Sí; mas no esclava, sino esposa mía, supuesto que murió en el mar Rojana. ESTATIRA: La ventura agradeciera, puesta, señor, a tus plantas, a no saber que Campaspe te tiene cautiva el alma; y entrar tropezando en celos justamente me acobarda. ALEJANDRO: Habérsela dado a Apeles ese temor satisfaga. Y, porque lo veas, volviendo, Campaspe, a la acción pasada, a Apeles le da la mano. CAMPASPE: Sí haré, de muy buena gana ahora, que es porque yo quiero y no porque tú lo mandas. ALEJANDRO: Aunque deslucir mi acción intentes, no estés muy vana; que nada le das tampoco. CAMPASPE: ¿Cómo? ALEJANDRO: Como, si le amabas, es dar lo que ya era suyo darlo todo y no dar nada. Y pues esto ha sido un solo paréntesis de las armas, prosiga al Peloponeso el ejército la marcha; que he de cumplir el agüero, venciendo naciones varias. ESTATIRA: Con esa satisfacción a tus pies estoy. ALEJANDRO: Levanta. NISE: Yo he de quedarme contigo. ALEJANDRO: Con Efestïón casada. DIÓGENES: Y yo volverme a mi monte, donde te ruego que no vayas, ni me llames otra vez; que no sabes lo que cansa esto de andar componiendo de amor y celos las ansias. SIROÉS: Dichosa yo, que la vuelta daré a mi padre y mi patria. ESTATIRA: Más dichosa yo, que quedo al logro de mi esperanza. APELES: Dichoso yo, que he alcanzado ver el fin de penas tantas. CHICHÓN: Más dichoso yo, que libre quedo, cuando otros se casan. Y pues más desocupado estoy, humilde a esas plantas seré quien pida por todos el perdón de nuestras faltas; aunque es darnos lo que es nuestro darlo todo y no dar nada.

FIN DE LA COMEDIA

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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