Last updated July 24, 1997, 3:15 p.m.

JORNADA TERCERA

Salen ALEJANDRO, EFESTIÓN y CHICHÓN

CHICHÓN: Aunque llamado de ti vengo, los pies no te pido. ALEJANDRO: ¿Por qué? CHICHÓN: Porque los darás, según liberal te miro, y estará mal despeado un monarca tan invicto. ALEJANDRO: Supla de los pies la falta desta sortija el zafiro. CHICHÓN: ¡Oh, mal haya el asonante, que ser "diamante" no quiso! ALEJANDRO: Alza del suelo; que quiero, pues sé que estás en servicio de Apeles, saber de ti qué extraño accidente ha sido éste que oigo que le ha dado. CHICHÓN: Pues ¿quién bastará a decirlo, si nadie basta a saberlo? Lo primero, anda aturdido tanto que con nadie habla, señor, que no sea consigo; lo segundo, si se viste, es con tan gran desaliño que ni es él ni su figura; lo tercero, su retiro son estas montañas, donde sólo se sale a dar gritos; su llanto es cosa de risa, su risa cosa de vicio, su comer cosa de juego, su llorar cosa de niños, su dormir cosa de locos, y nada cosa de juicio. ALEJANDRO: ¿No le hacen remedios? CHICHÓN: Cuantos físico el arte previno a su curación se han hecho; pues, como un poeta dijo, le han puesto mil cataplasmas, cataplastos, cataplistos; y no basta, aunque le pongan cata-Francia-Montesinos, para saber qué mal tiene. ALEJANDRO: Pésame, porque le estimo de suerte, que de mi imperio diera el medio por su alivio; pues cuando no le tuviera la inclinación que publico por primoroso en su arte, por el retrato que hizo de Campaspe le quedara sumamente agradecido. Ve y dile que venga a verme. CHICHÓN: Yo iré, si en eso te sirvo; pero tú verás en él un mal tan fuera de estilo que, una vez "hipo-con-dría" y otra vez "dría-con-hipo," revienta de que es discreto, y apenas es entendido. EFESTIÓN: ¿Verle quieres? ALEJANDRO: Sí; que, puesto que a su salud solicito medios, uno que he pensado me ha de decir lo escondido de su pecho. EFESTIÓN: ¿Y qué es el medio? ALEJANDRO: Acudir a los motivos de la filosofía; pues es su principal oficio de las causas naturales investigar los principios. Y así a Diógenes mandé que me llamasen al mismo tiempo que también a Apeles llamo; porque compasivo en una parte y en otra curioso, ver determino cómo uno siente sus penas y otro hace dellas juicio. EFESTIÓN: ¿Dónde a Diógenes mandaste que viniese? ALEJANDRO: A este distrito que hay de mi tienda a la quinta de Estatira, porque he oído que todas estas mañanas sale a su apacible sitio con sus damas, donde hacen músicas y regocijos suave la prisión, y quiero ver si ver puedo el divino sol de Campaspe, buscando algún ingenioso arbitrio para apartarla de esotras; y si la verdad te digo, no sé qué diera, porque hallase el amor camino de reducirla a mi tienda. EFESTIÓN: Uno mi ingenio previno. ALEJANDRO: ¿Qué es? EFESTIÓN: Fingir que llegó al campo de Teágenes un hijo, pidiendo justicia della por el pasado homicidio; y no pudiendo a la parte tú dejar de dar oídos, llevártela presa. ALEJANDRO: Eso es valernos de un delito. Pero después lo veremos mejor, porque ahora miro a Diógenes y a Apeles venir donde les han dicho.

Sale por una puerta DIÓGENES y por otra APELES

DIÓGENES: (¿A mí Alejandro? Pues ¿qué Aparte tiene Alejandro conmigo?) APELES: (¡Quiera Amor, no me declaren Aparte de una vez mis desvaríos!) DIÓGENES: ¿Qué es, señor, lo que me mandas? APELES: ¿En qué, gran señor, te sirvo?

A DIÓGENES

ALEJANDRO: Escúchame tú primero;

A APELES

después hablaré contigo. Bien, Diógenes, ¿te acuerdas de aquella apuesta que hicimos de quién necesitaría antes, tú de mi dominio o yo de tu ciencia? DIÓGENES: Sí. ALEJANDRO: Pues yo me doy por vencido, confesando que primero de tu ciencia necesito que tú de mi poder. DIÓGENES: Pues, ¿no era uno y otro preciso, si el rico sin ella es pobre y el pobre con ella es rico? ALEJANDRO: Aun por eso quiero ver lo que en la tuya consigo. Ese joven, a quien yo por inclinación estimo, favoreciéndole el astro de algún benévolo signo, padece un grave accidente; y tal que, siendo entendido, hábil, galán y discreto, en pocos días le admiro alterada la razón, prevaricado el sentido, necio, inútil, desairado, sin discurso y sin aliño. Nadie de su mal conoce la causa, ni él ha sabido decirla a nadie; de suerte que, dándose por vencidos de la sabia medicina los más doctos aforismos, le dejan morir, sin que le hagan ningún beneficio. Yo, viendo la obligación en que te pone el retiro que profesas, de saber los secretos escondidos de la gran naturaleza, quiero ver cómo haces juicio deste accidente; y así que le asistas determino unos días, para que, si averiguas el principio de su mal, sepa que sabes; y si no, sepa que ha sido locura tu ciencia, pues para nada es de servicio. DIÓGENES: Que es el corazón del hombre animal de pliegues dijo Aristóteles, mostrando que es un color si encogido está y, si está dilatado, de muchos; con que previno que, en queriendo averiguarle, no se le da punto fijo; pues al irle desdoblando todo es colores distintos. Siendo así, locura fuera decir yo desvanecido que entenderé el suyo; pero no por eso desconfío de saberlo. Háblale tú, sin darte por entendido, porque no esté con cuidado, viendo que con él le asisto. ALEJANDRO: Pues disimula. --¿Dónde ibas, Apeles, cuando te dijo aquel soldado que yo te llamo? APELES: Si verdad digo, a decir mis sentimientos a estas peñas, a estos riscos, árboles, plantas y flores que, como fieles testigos, saben lo mejor y ignoran lo peor. ALEJANDRO: No te he entendido. APELES: Es que saben escucharlos

Suspira

y es que no saben decirlos. ALEJANDRO: Pues ¿y no fuera mejor comunicarlos rendido a quien sentirlos supiera? APELES: No, señor; que fuera alivio; y yo estoy tan bien hallado con ellos y ellos conmigo, que ellos y yo no queremos partir con nadie el sentirlos.

Esto y lo demás deste género dice DIÓGENES a ALEJANDRO aparte

DIÓGENES: El primer color de que muestra el corazón teñido es melancólico humor. ALEJANDRO: Descansa, Apeles, conmigo. ¿Qué tienes? APELES: No sé qué tengo. ALEJANDRO: ¿Es faltarte en mi servicio el cariño de tu patria? APELES: No está en mi patria el cariño. ALEJANDRO: ¿Necesitas de algo?

Con algún despecho

APELES: Sólo de mi muerte necesito. DIÓGENES: Ya de cólera y de ira despliega el segundo viso. ALEJANDRO: Pues ¿de mí no le fiarás, sabiendo lo que te estimo? APELES: ¿A quién pudiera mejor?

Turbado

Pero humilde te suplico, no conjures mi silencio; que es mi mal tan exquisito, tan intratable mi pena, tan sin uso mi martirio, que, embargando el corazón acá dentro los suspiros, aunque decirlo quisiera, no puedo. DIÓGENES: De algún nocivo veneno parece que da aquesta congoja indicio.

Cobrándose algo

APELES: Fuera de que, si adelanto el tormento con que vivo, aunque pudiera decirle, no le dijera, si miro que fuera avivar la llama... DIÓGENES: Todo esto parece hechizo. APELES: ... al incendio de que muero, si viera... DIÓGENES: Ya esto es delirio. APELES: ... que alguno piadoso hacía tan grande crueldad conmigo como quitarme el dolor. DIÓGENES: Ya esto es rabia. APELES: Pues le admito, como conveniencia, tanto que, a faltarme él, imagino... DIÓGENES: Ya esto es desesperación. APELES: ... que me faltara un amigo tan del alma que, sin él, me diera muerte a mí mismo. DIÓGENES: De desordenado amor parece este afecto hijo. ALEJANDRO: ¿No hay remedio? APELES: No hay remedio; que mi mortal parasismo no consta de mí, porque consta de ajeno albedrío. DIÓGENES: Ya lo confirman los celos.

A DIÓGENES

ALEJANDRO: ¡Oh, qué de cosas has visto en un instante! DIÓGENES: ¿Qué quieres, si va desplegando a giros dobleces el corazón, cuyos afectos distingo a partes, y del primero en el postrero me afirmo. ALEJANDRO: ¿Cómo quieres que amor sea, si ser melancolía has dicho, ira, cólera, veneno, desesperación, delirio, hechizo y rabia? DIÓGENES: Pues ¿quién sino amor hubiera sido, como conveniente, amando con no ordenado apetito su daño, melancolía, ira, cólera, nocivo veneno, delirio y rabia, desesperación y hechizo?

Con terneza

APELES: Y así otra vez y otras mil humilde, señor, te pido, no apures mis sentimientos; porque el mal que lloro y gimo no tiene definición. Y pues cuando más me explico es cuando me explico menos, concede a mis desvaríos la licencia de callarlos; que, aunque yo quiera decirlos, no me es posible, porque...

Dentro MÚSICA

VOZ: Sólo el silencio testigo ha de ser de mi tormento. APELES: Ya aquesa voz te lo ha dicho, aunque no bien; que si dice que sólo ha de ser testigo de su tormento el silencio, hay más que decir que dijo; porque aun el silencio no es capaz del dolor mío; pues cuando el silencio quiera, o crüel o compasivo, lo que no digo decir, no podrá; porque al decirlo... VOZ: Aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo. DIÓGENES: Vuelvo a afirmarme, señor... ALEJANDRO: ¿En qué? DIÓGENES: En que lo dicho dicho. Este hombre está enamorado. ALEJANDRO: No disuenan los indicios; pero quédese ahora así, con orden de que advertido has de averiguarlo más, mientras yo otro afecto sigo, si no tan crüel, no menos poderoso. --Ven conmigo, Efestión; que, si hablar a Campaspe no consigo, quizá podrá ser, me valga de aquel tu pasado arbitrio.

Vanse ALLEJANDRO y EFESTIÓN

DIÓGENES: (¡Buena comisión me queda! Aparte Mas ya que Alejandro hizo capricho el examinarme, también yo he de hacer capricho el satisfacerle a él.) En fin, ¿no es posible, amigo, que sepamos vuestras penas? APELES Y MÚSICA: Sólo el silencio testigo ha de ser de mi tormento. DIÓGENES: Pues advertid que ya ha habido silencio tan bachiller que dijo lo que no dijo. APELES: Pues éste no lo dirá. DIÓGENES: ¿Por qué? APELES: Porque enmudecido... APELES Y MÚSICA: Aun no cabe lo que siento en todo lo que no digo. DIÓGENES: Pues guardaos de mí; que yo he de saber lo escondido de vuestro pecho, después no digáis que no os lo aviso. APELES: No haréis tal; que yo sabré, homicida de mí mismo, darme la muerte, primero que nadie sepa que ha sido con las honras de Alejandro mi amor tan vil asesino que da la muerte pagado, hecho usura el homicidio. ¡Oh, nunca me honrara tanto que es fuerza que, agradecido de alimentos mi dolor, viva de sus beneficios! ¿Cómo puedo ser yo ingrato, arrojándome atrevido a competirle su amor, si cuando (¡ay de mí!) me animo sólo a amar, me sale al paso, demás del respeto digno a la majestad, demás de la confianza que hizo de mí, fiándome su amor, su deseo tan benigno que, intentando mi salud por tan extraños caminos, un cariño me baraja la suerte de otro cariño? ¿Y tanto que, aunque Campaspe, que al alba esperaba, dijo, ni a ella ni al alba vi, haciendo de su favor desperdicio? Pues ¿qué remedio?

Dentro

CAMPASPE: Morir será mi menor peligro. APELES: Infausto oráculo, ¿quién es con quien hablas?

Dentro

ALEJANDRO: Contigo moriré yo. APELES: ¿Otro temor? CAMPASPE: No he de oír. ALEJANDRO: Bello prodigio, espera.

Sale CAMPASPE huyendo, ALEJANDRO tras ella; y en viendo a APELES, se detiene

CAMPASPE: Ya he dicho que antes moriré. ALEJANDRO: También he dicho yo que contigo mi muerte me ha de hallar. APELES: (¡Qué veo!) Aparte CAMPASPE: (¡Qué miro!) Aparte APELES: (Campaspe son y Alejandro mis fatales vaticinios.) CAMPASPE: (Apeles es quien su vista rémora a mi planta ha sido.) ALEJANDRO: ¿Por qué, divina Campaspe, cuando apartada te he visto desa dulce alegre tropa, que con aplausos festivos al alba saluda, y, hecho humano girasol, sigo los siempre lucientes rayos de tus dos soles divinos, de mí huyes? CAMPASPE: Porque sé que no es tu afecto tan digno como debiera. ALEJANDRO: Pues ¿quién le ha malquistado contigo? CAMPASPE: Apeles, que no aquí en balde trajo el cielo por testigo. (Así he de hablar con entrambos.) APELES: (Ofendida de mi olvido, sin duda de mí se venga.) ALEJANDRO: ¿Apeles? ¿Qué es lo que he oído? APELES: ¿Yo, Campaspe? CAMPASPE: Tú; pues tú, haciendo el retrato mío, me dijiste que me amaba y que no era el sacrificio a Júpiter, sino a Amor; con que mi honor, advertido de su peligro, es forzoso que huya de su peligro; de suerte que tú eres causa de que él sienta mis desvíos; pues si no fuera por ti, quizá dél no hubiera huido, porque yo no lo supiera si tú no lo hubieras dicho. APELES: (Pues con dos sentidos habla, responderé en dos sentidos.) Si yo te ofendo, Campaspe, es porque otro dueño sirvo, que su amor y tu hermosura mandó pintar a dos visos;

A ALEJANDRO

y pues para ella es ofensa lo que para ti es servicio, agradéceme este enojo. ALEJANDRO: No te disculpes conmigo, pues las señas de culpado resultan en las de fino; y ya que mi amor te debe en este primer aviso vencer las dificultades de dar a un amor principio, débate ahora, pidiendo licencia a tus desvaríos, que intercadentes parece que dan treguas al sentido, avisar si viene gente, mientras a Campaspe digo lo menos de lo que siento. APELES: (¿Esto más, cielos impíos?) CAMPASPE: (¿Esto más, hados crüeles?) APELES: (¡Qué violencia!) CAMPASPE: (¡Qué conflicto!)

Retírase APELES al paño, oyendo lo que los dos hablan

ALEJANDRO: Desde el instante, divina Campaspe, que de tu brío y de tu llanto fue objeto la piedad del pecho mío, tan postrado a tu altivez, a tu queja tan rendido quedó mi afecto...

Sale APELES

APELES: Señor, Siroés viene hacia este sitio. ALEJANDRO: Saldréla al paso, porque no llegue a verme contigo.

A APELES

No la dejes ir tú, en tanto que yo vuelvo.

Vase

APELES: ¿Quién ha visto tal género de tormento, tal linaje de martirio?

Hablan bajo, apriesa y a hurto, como recelándose de ALEJANDRO

CAMPASPE: Quien cobarde complaciendo al lisonjero artificio, no quiso a su dama tanto como a su privanza quiso. APELES: Si yo tuviera elección entre aquesos dos cariños, el elegido me diera contra el desdeñado alivio; pero si me he de morir a manos del elegido, ¿qué me culpa el desdeñado? CAMPASPE: El temor con que, remiso, no sabiendo entre dos muertes elegir la de más brío, se deja morir de humilde, pudiendo morir de altivo. APELES: Es lealtad. CAMPASPE: Es cobardía. APELES: Eso es volver al principio. CAMPASPE: No es sino llegar al fin. APELES: No es, si... CAMPASPE: Sí es, si..

Sale ALEJANDRO

ALEJANDRO: A nadie miro en todo el monte. APELES: Debió de echar por otro camino. ALEJANDRO: Vuelve a avisar si viniere.

Vuélvese APELES al paño

Y tú, hermoso dueño mío, acuérdate que me diste la vida. CAMPASPE: ¿Y ése es motivo para obligarme a quererte? ALEJANDRO: Claro está; porque quien hizo un beneficio quedó obligado al beneficio. Dar una cosa y quitarla, una vez dada, es estilo muy villano. ¿Por qué piensas que vive cuanto ves vivo? Porque los dioses, que fueron quien les dio la vida, han sido los que a su conservación se obligaron.

Sale APELES

APELES: Señor... ALEJANDRO: Dilo. APELES: Estatira hacia allí viene. ALEJANDRO: Irla al paso determino. Y pues yo a lo mismo vuelvo, vuelve también tú a lo mismo.

Vase

Darlo todo y no dar nada part 8

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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