Last updated May 17, 1997, 3:15 p.m.

ESTATIRA: Esto es el poco decoro que debe a tu Majestad la sagrada inmunidad de la guerra, pues no ignoro que, si a mi hermana y a mí prisioneras nos tratara conforme a la ilustre y clara real sangre nuestra, no así sus soldados se atrevieran a profanar desleales el respeto a estos umbrales; pero si ellos consideran el despego con que no quiso hablarnos, quiso vernos, desde que llegó a tenernos en su campo, hasta que dio esta ocasión el acaso, ¿qué mucho que a su ejemplar el tumulto popular no haga de nosotras caso? Sin ver que el ser prisioneras no es ser esclavas, pues una cosa es mostrar la fortuna en nosotras sus severas iras, y otra no tener en la ley de la prisión el trato y la estimación que no perdió nuestro ser con la libertad, el día que padre y patria perdió; que, aunque a Júpiter juró que libres no nos vería, a cuyo efecto en rescate nuestro tan grande tesoro pidió en piedras, plata y oro, que no es posible se trate cumplir; no por eso había yo de dejar de ser yo. Y para que vea si dio ejemplar a la osadía de sus soldados, habiendo oído en mi cuarto el rumor, vi desde ese mirador un infeliz defendiendo, su esposa o su dama sea, la vida de una mujer, que lo mismo viene a ser cuando en su amparo se emplea, para cumplir con su fama; pues consecuencia es forzosa que no defienda a su esposa quien no defiende a su dama. Robársela pretendían, sin duda; pues al llegar, que la habían de llevar en altas voces decían. él, mirándose acosado, para resguardo tomó esta puerta, donde no le valió el noble sagrado, pues en ella y a mis pies, aun defendiéndole yo, herido o muerto cayó. ALEJANDRO: Una y otra queja es muy digna de ti; y ahora, respondiéndote, primero que te desenoje, quiero satisfacerte, señora, a la primera que das de no haberte visto; pues piedad, no despego, es huir tu vista; que si estás de mis armas prisionera, ¿para qué te había de ver? Puesto que no había de ser que la libertad te diera. Ver yo presa una beldad, para dejármela presa, es cosa en que no interesa crédito mi autoridad; y más si llorara, siendo así que vivo temblando más a una mujer llorando que a un ejército venciendo. Si a Júpiter le ofrecí no libraros, noble indicio fue del mayor sacrificio que hacer pude; y si pedí perlas de tan gran valor, fue de mi estimación muestra, pues aun una esclava vuestra valiera precio mayor; y pues piadoso mi acción ya en aquesta parte deja hoy respondida la queja, paso a la satisfacción.

A SOLDADOS

--¿Cómo, cobardes villanos, hacéis de delitos tales cómplices estos umbrales? ¡Por los dioses soberanos, que vuestras vidas... SOLDADO: Señor, no, mal informado, des crédito al enojo, pues no es tan ciego nuestro error como imaginas; que aquella mujer que hasta aquí llegó y aquel joven defendió, no era por ser dueño della, sino porque altivo y fuerte se empeñó, habiendo intentado prenderla, por haber dado a Teágenes la muerte. ALEJANDRO: ¿Quién muerte a Teágenes dio? SOLDADO: La mujer que seguí fue. ALEJANDRO: ¿Muerta a Teágenes? ¿Por qué?

Sale CAMPASPE

CAMPASPE: Eso he de decirlo yo.

Invicto Alejandro, a cuyo valor son materia fácil, si a tu duración aspiras, el bronce, el mármol y el jaspe; pues a tu sagrado nombre apellidan inmortales esculpidas letras de oro en láminas de diamante: tú, que desde los primeros años de tantas campales lides saliste bien, como brazo derecho de Marte, siendo en la tierra tus huestes y siendo en el mar tus naves siempre vencedor de todos, nunca vencido de nadie; hijo del grande Filipo (esto que te diga baste, pues no hay que ser más que ser hijo de Filipo el grande): a tus plantas delincuente hoy una mujer se vale, más en la fe de tus iras que no en la de tus piedades. No, pues, generoso quiero que me escuches, sino antes severo; porque es mi culpa tan heroicamente amable que, a precio de que la sepas, no rehuso que la mandes castigar, como el padrón diga en mi huesa: "Aquí yace quien osó morir valiente, porque osó vivir constante." Hija soy de Timoclea, griega matrona, a quien hacen, como a deidad destos montes, sacrificios estos valles. Difunto su ilustre esposo, conmigo, en años infante, a llorar su viudedad se vino a estas soledades, donde una hermosa alquería que en la cerviz dese Atlante, verde pedazo de cielo, registra montes y mares, fue su albergue y fue mi cuna, sin que nunca a ver llegase ni más políticas gentes ni más pobladas ciudades que estos riscos y estas breñas; en cuyas austeridades crecí, tan hijos del campo mis afectos montaraces que, pirata de la selva, que, bandolera del aire, [en dos elementos] reina de las fieras y las aves, el nombre de Timoclea, último don de mi madre, no sin jactancia al oírle, me trocó en el de Campaspe, como quien dice, campestre deidad de uno y otro margen. Pero ¿qué mucho? si como yo el venablo desembrace, como yo la flecha vibre, no hay en términos distantes pluma que el abril matice ni piel que el diciembre manche que por feroz se redima ni que por veloz se salve, hasta que ala o testa en boreal venatorio examen a mis umbrales no sea adorno de mis umbrales; tanto, que el que peregrino a ellos llega con pie errante, al ver colgadas las armas en su frontispicio sabe que, como reina de montes, tengo guarda de animales. Parece que del fracaso que hoy a tus plantas me trae la digresión me retira; pues no; que, para que pasen mis desdichas a su extremo, es fuerza prevenir antes que caen sobre sujeto tan fiero y tan intratable como el mío, porque hay delitos menos culpables en unos sujetos que otros; y para haber de juzgarse conviene que el juez distinga sobre qué sujeto caen, porque tiene no sé qué prerogativas aparte, para ser tal vez altiva, la que nunca ha sido fácil. Y así, asentado que yo siempre en ejercicios tales ignoré de Flora y Venus las dos profanas deidades, tanto, que amor a mi oído, si acaso le nombra alguien, me suena como ruidoso, pero no como süave, voy a que, habiendo tu gente alto hecho en ese admirable país de Grecia, porque en él de tantas marchas descanse, una desmandada tropa destos soldados, que infames califican lo que es hurto con nombre de que es pillaje, como si mudara especie la ruindad por mudar frase, a mi alquería llegó (vergüenza es que en esto hable, mas mejor están desnudas que vestidas las verdades), donde vilmente enconados en robar dos recentales, se trabaron de cuestión con los bárbaros gañanes que mis labranzas cultivan y que mis ganados pacen. A este ruido, pues, llegamos, casi a concurrir iguales, yo, que del monte venía, y uno de tus capitanes, cuyo nombre no le supe, hasta oír aquí nombrarle. Saludámonos corteses, y acudiendo a reportarles, retiré mi gente yo y él la suya, sin que pase más adelante su duelo que no pasar adelante. ¿Quién creerá que nuestras guerras naciesen de nuestras paces? Hasta dejarme en mi quinta me fue acompañando. Nadie en lo galante se fíe, porque suele lo galante afeitar a lo traidor la tez, bien como sagaces las astucias de las flores las asechanzas del áspid. Despidióse de mí; y cuando tranquilas seguridades de la paz de mis sentidos, ociosamente agradables, me adormecían, al son de unos sonoros cristales que en un jardín entonaban en bien templados compases la natural armonía de las copas de los sauces, sentí ruido y vi por una pared de hiedra arrojarse un hombre al jardín, rompiendo la muda clausura al parque. Turbóme no conocido primero; pero al instante que distinguí de más cerca el rostro, persona y traje, conocido me turbó, por dar de ladrón señales, que por las paredes entre el que ya las puertas sabe. "¿Qué es esto?" dije y no pude proseguir, porque a la cárcel de mis ya presos alientos torció el corazón la llave. Lo mismo debió (¡ay de mí!) de sucederle y pasarle a él, porque, aunque hablar quiso, fue solo con el semblante; de suerte que, por algún espacio los dos iguales hablamos como por señas, él suspenso y yo cobarde, hasta que, ya prorrumpida en mal troncadas mitades la voz, vino a decir una para mí tan disonante que él pensó que era lisonja y yo pensé que era ultraje. "Amor" fue, como quien pone, cuando algún volumen hace, la inscripción en el principio, para que ninguno extrañe la materia o la cuestión que ha de tratar adelante. No le di yo tanta espera, porque al ir a pronunciarle, veloz la espalda volví, mas no tanto que en mi alcance no le valiese la acción lo que la voz no le vale. La mano me echó y yo, viendo (¡oh, aquí el aliento me falte!) que libertades no dichas eran hechas libertades, dictada no sé de quién, de mi honor o mi coraje, me hallé su espada en la mano, sin saber quién se la saque de la cinta; bien que ahora lo sé, pues, para acordarme que fue él, el corazón, al ver que en dudar le agravie, como quien dice "yo fui", en mudos impulsos late. él, haciendo licencioso, con risueñas falsedades, de mi amenaza desprecio, de mi cólera donaire, segunda vez a mi mano la mano osó, pero en balde, pues cuando pensó que eran mujeriles ademanes, la esmeralda de las flores tiñó de su rojo esmalte. "¡Muerto soy!" dijo; y al eco de sus repetidos ayes los que de escolta tenía a golpes la puerta abren. Furiosos entran y, viendo el desangrado cadáver, conmigo embisten. Yo, entonces, por un postigo que cae al monte, me puse en fuga; ellos tras mí al monte salen. Tal vez lidio y tal vez corro, hasta que, sin que me amparen valor ni fuga, cayendo vine desde el monte al valle, donde un generoso joven, o de honrado o de arrogante, puesto en mi defensa, impide que me prendan o me maten, tan a toda costa que fue su vida mi rescate; de suerte que, de dos vidas deudora, a tus plantas reales, de dos muertes delincuente, me arrojo, para que pague, no la muerte que yo hice, sino la que esotros hacen; pues más culpada en aquésta que en esotra soy, si añades al blasón de la primera de la segunda el desastre.

De rodillas

Con que a tus plantas, señor, poniendo a un tiempo delante sobre la sangre de uno de otro la espada y la sangre, humilde te pido (así del Peloponeso pases las siempre intrincadas breñas, cuyo nevado turbante sobre sus penachos vea tremolar tus estandartes, bien como el gran César vio teñir de púrpura el Ganges, trascendiendo desde el Tigris su lábaro hasta el Eufrates) que acabes, señor, conmigo, para que conmigo acaben tantas ansias, tantas penas, tantas iras, tantos males, tantos estragos y tantos escándalos y pesares como amenazan mi vida y como mi alma combaten. ALEJANDRO: Con llanto y valor a un tiempo los dos extremos tomaste a mi inclinación, mujer, sin saber determinarme si me obligues porque lloras o porque matas me agrades. --Prended a aquesos soldados.

Prenden a los SOLDADOS, y quieren llevar a CHICHÓN

CHICHÓN: A mí no, que yo a esperarte estaba para ir a aquella visita. ALEJANDRO: Es verdad; dejadle a ése solo. CHICHÓN: Tus pies beso. (El demonio que aquí aguarde Aparte ni diga que es su criado, o muera Apeles o sane.) ALEJANDRO: Mira, Estatira, si fueron o rigores o piedades las que usé contigo, pues lo hice por no obligarme a sentir, si tú sintieses, ni a llorar, si tú llorases. Y pues con este ejemplar respondo a las dos iguales,

A CAMPASPE

de parte de mi justicia, si no te sigue otra parte, perdonada estás, mujer; y para de aquí adelante o no mates, ya que llores, o no llores, ya que mates. --Ven, Efestïón. EFESTIÓN: ¿Qué llevas? Que dice mucho el semblante. ALEJANDRO: No sé; pero mucho temo llanto y valor de Campaspe.

Van ALEJANDRO y EFESTIÓN

ESTATIRA: Aunque parezca que no es cortesano hospedaje el que una presa se atreva a convidar con su cárcel, si el horror de vuestra casa o de aquestas soledades el riesgo en tiempo de guerras permiten, ya que llegasteis aquí, que os quedéis conmigo será para mí de grande lisonja. CAMPASPE: Vuestros pies beso. Y pues que no puede nadie pagar, si no es recibiendo, el favor que se le hace, le admito hasta que de aquestos soldados asegurarme pueda. ESTATIRA: Con nada pudisteis mejor el deseo pagarme. Venid. --¡Siroés! SIROÉS: ¿Qué llevas? Que dices mucho, aunque calles. ESTATIRA: No sé; pero mucho temo, imaginándole antes tan fiero a Alejandro, ver a Alejandro tan afable.

Vanse ESTATIRA y SIROéS

NISE: Dicha ha sido para todas tal huéspeda. CLORI: De mi parte yo me doy la norabuena. CAMPASPE: ¡El cielo a las dos os guarde! (Oh, ¡qué de cosas, fortuna, Aparte llevo que comunicarte! ¡Quiera Júpiter, no sea a las futuras edades la tragedia de aquel joven asunto a la de Campaspe!)

FIN DE LA JORNADA PRIMERA

Darlo todo y no dar nada part 4

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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