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Topa con COSME

COSME: Descubrióse la tramoya. LUIS: ¿Quién está aquí? MANUEL: (Dura suerte Aparte es la mía.) COSME: No está nadie. LUIS: Dime, don Manuel, ¿es éste el crïado que esperabas? MANUEL: Ya no es tiempo de hablar éste. Yo sé que tengo razón. Creed de mí lo quisiereis que con la espada en la mano sólo ha de vivir quien vence. COSME: ¡Ea, pues, reñid los dos! ¿Qué esperáis? MANUEL: Mucho me ofendes. Si eso presumes de mí, pensando estoy que ha de hacerle del crïado. Porque echarle es enviar quien lo cuente y tenerle aquí ventaja pues es cierto ha de ponerse a mi lado. COSME: No haré tal si es ése el inconveniente. LUIS: Puerta tiene aquesa alcoba y como en ella se cierre, quedaremos más iguales. MANUEL: Dices bien. Entra a esconderte. COSME: Para que yo riña, haced diligencias tan urgentes; que para que yo no riña cuidado excusado es ése.

Vase

MANUEL: Ya estamos solos [los] dos.

Riñen

LUIS: Pues nuestro duelo comience. MANUEL: No vi más templado pulso.

Desguarnécese la espada [de don LUIS]

LUIS: No vi pujanza más fuerte. Sin armas estoy. Mi espada se desarma y desguarnece. MANUEL: No es defecto de valor; de la Fortuna accidente sí. Busca otra espada, pues. LUIS: Eres cortés y valiente. (Fortuna, ¿qué debo hacer Aparte en una ocasión tan fuerte pues cuando el honor me quita, me da la vida y me vence? Yo he de buscar ocasión verdadera o aparente para que pueda en tal duda pensar lo que debe hacerse.) MANUEL: ¿No vas por la espada? LUIS: Sí, y como a que venga, esperes. Presto volveré con ella. MANUEL: Presto o tarde, aquí estoy siempre. LUIS: Adiós, don Manuel, que os guarde.

Vase

MANUEL: Adiós, que con bien os lleve. Cierro la puerta y la llave quito porque no se eche de ver que está gente aquí. ¡Qué confusos pareceres mi pensamiento combaten y mi discurso revuelven! ¡Que bien predije que había puerta que paso la hiciese y que era de don Luis dama! Todo en efecto sucede como yo lo imaginé. ¿Mas, cuándo desdichas mienten?

Asómase COSME en lo alto

COSME: ¡Ah, señor, por vida tuya! Que lo que solo estuvieres, me eches allá, porque temo que venga a buscarme el duende con sus dares y tomares, con sus dimes y diretes, en un retrete que apenas se divisan las paredes. MANUEL: Yo te abriré, porque estoy tan rendido a los desdenes del discurso que no hay cosa que más me atormente.

Vanse, y salen don JUAN y doña ÁNGELA con manto y sin chapines

JUAN: Aquí quedarás en tanto que me informe y me aconseje de la causa que a estas horas te ha sacado de esta suerte de casa, porque no quiero que en tu cuarto, ingrata, entre por informarme sin ti de lo que a ti te sucede. (De don Manuel en el cuarto Aparte la dejo y, por si él viniere, pondré a la puerta un crïado que le diga que no entre.

Vase

ÁNGELA: ¡Ay, infelice de mí! Unas a otras suceden mis desdichas. ¡Muerta soy!

Salen don MANUEL y COSME

COSME: Salgamos presto. MANUEL: ¿Qué temes? COSME: Que es demonio esta mujer y que aun allí no me deje. MANUEL: Si ya sabemos quién es, y en una puerta un bufete y en otra la llave está, ¿por dónde quieres que entre? COSME: Por donde se le antojare. MANUEL: Necio estás. COSME: ¡Jesús mil veces! MANUEL: ¿Por qué es eso? COSME: El verbi gratia encaja aquí lindamente. MANUEL: ¿Eres ilusión o sombra, mujer, que a matarme vienes? Pues, ¿cómo has entrado aquí? ÁNGELA: ¡Don Manuel! MANUEL: Di. ÁNGELA: Escucha, atiende:

Llamó don Luis turbado, entró atrevido, reportóse osado, prevínose prudente, pensó discreto y resistió valiente. Miró la casa, ciego, recorrióla advertido, hallóte, y luego ruido de cuchilladas. Habló, siendo las lenguas las espadas. Yo, viendo que era fuerza que dos hombres cerrados, a quien fuerza su valor y su agravio, retórico el acero, mudo el labio, no acaban de otra suerte que con sólo una vida y una muerte, sin ser vida ni alma mi casa dejo, y a la oscura calma de la tiniebla fría, pálida imagen de la dicha mía a caminar empiezo. Aquí yerro, aquí caigo, aquí tropiezo, y torpes mis sentidos prisión hallan de seda mis vestidos. Sola, triste y turbada llego de mi discurso mal guïada al umbral de una esfera que fue mi cárcel, cuando ser debiera mi puerto y mi sagrado. Mas, ¿dónde le ha de hallar un desdichado? Estaba a sus umbrales, como eslabona el cielo nuestros males, don Juan, don Juan mi hermano. Que ya resisto, ya defiendo en vano decir quién soy, supuesto que el haberlo callado nos ha puesto en riesgo tan extraño. ¿Quién creerá que el callar me ha hecho daño siendo mujer? Y es cierto, siendo mujer, que por callarme he muerto. En fin, él esperando a esta puerta estaba--¡ay cielo!--cuando yo a sus umbrales llego hecha volcán de nieve, alpe de fuego. Él a la luz escasa, con que la luna mansamente abrasa, vio brillar los adornos de mi pecho. No es la primer traición que nos han hecho. Pensó que era su dama y llegó mariposa de su llama para abrasarse en ella y hallóme a mí por sombra de su estrella. ¿Quién de un galán creyera que buscando sus celos conociera, tan contrarios los cielos, que ya se contentara con sus celos? Quiso hablarme y no pudo, que siempre ha sido el sentimiento mudo, En fin, en tristes voces que mal formadas anegó, veloces desde la lengua al labio la causa solicita de su agravio. Yo responderle intento --ya he dicho como es mudo el sentimiento-- y, aunque quise no pude, que mal al miedo la razón acude. Sí, bien busqué colores a mi culpa mas cuando anda a buscarse la disculpa o tarde o nunca llega; mas el delito afirma que le niega. "Ven," dijo, "hermana fiera, de nuestro antiguo honor mancha primera, dejaréte encerrada donde segura estés y retirada hasta que cuerdo y sabio de la ocasión me informe de mi agravio." Entré donde los cielos mejoraron con verte mis desvelos. Por haberte querido fingida sombra de mi casa he sido. Por haberte estimado sepulcro vivo fui de mi cuidado, porque no te quisiera quien el respeto a tu valor perdiera, porque no se estimara quien su traición dijera cara a cara. Mi intento fue el quererte, mi fin amarte, mi temor perderte, mi miedo asegurarte, mi vida obedecerte, mi alma amarte, mi deseo servirte, y mi llanto, en efecto, persuadirte que mi daño repares, que me valgas, me ayudes y me ampares. MANUEL: (Hidras parecen las desdichas mías Aparte al renacer de sus cenizas frías. ¿Qué haré en tan ciego abismo, humano laberinto de mí mismo? Hermana es de don Luis cuando creía que era dama. Si tanto, ¡ay Dios!, sentía ofendelle en el gusto, ¿qué será en el honor? Tormento justo, su hermana es. Si pretendo librarla y con mi sangre la defiendo, remitiendo a mi acero su disculpa, es ya mayor mi culpa, pues es decir que he sido traidor y que a su casa he ofendido pues en ella me halla. Pues querer disculparme con culpalla es decir que ella tiene la culpa y a mi honor no le conviene. Pues, ¿qué es lo que pretendo? Si es hacerme traidor, si la defiendo; si la dejo, villano; si la guardo, mal huésped inhumano; si a su hermano la entrego, soy mal amigo; si aguardarla llego, ingrato; si la libro, a un noble trato; y si la dejo, a un noble amor ingrato. Pues de cualquier manera mal puesto he de quedar, matando muera.) No receles, señora, noble soy, y conmigo estás agora. COSME: La puerta abren. MANUEL: Nada temas, pues que mi valor te guarda. ÁNGELA: Mi hermano es. MANUEL: Segura estás. Ponte luego a mis espaldas.

Sale don LUIS

LUIS: Ya vuelvo. Pero, ¿qué miro? ¡Traidora

Amenázala

MANUEL: Tened la espada, señor don Luis, yo os he estado esperando en esta sala desde que os fuisteis y aquí, sin saber cómo, esta dama entró que es hermana vuestra, según dice, que palabra os doy como caballero que no la conozco. Y basta decir que engañado pude, sin saber a quien, hablarla. Yo la he de poner en salvo a riesgo de vida y alma. De suerte que nuestro duelo, que había a puerta cerrada de acabarle entre los dos, a ser escándalo pasa. En habiéndola librado, yo volveré a la demanda de nuestra pendencia. Y pues, en quien sustenta su fama espada y honor han sido armas de más importancia, dejadme ir vos por honor pues yo os dejé ir por espada. LUIS: Yo fui por ella, mas sólo para volver a postrarla a vuestros pies, y cumpliendo con la obligación pasada en que entonces me pusisteis pues que me dais nueva causa puedo ya reñir de nuevo. Esa mujer es mi hermana. No la ha de llevar ninguno, a mis ojos, de su casa sin ser su marido. Así si os empeñáis a llevarla, con la mano podrá ser, pues con aquesa palabra podéis llevara y volver, si queréis, a la demanda. MANUEL: Volveré. Pero advertido de tu prudencia y constancia a sólo echarme a esos pies. LUIS: Alza del suelo, levanta. MANUEL: Y para cumplir mejor con la obligación jurada a tu hermana doy la mano.

Salen por una puerta BEATRIZ e ISABEL, y por otra don JUAN

JUAN: Si sólo el padrino falta, aquí estoy yo; que viniendo a donde dejé a mi hermana el oíros me detuvo, no salir a las desgracias como he salido a los gustos. BEATRIZ: Y pues con ellos se acaban, no se acaban sin terceros. JUAN: Pues, ¿tú, Beatriz, en mi casa? BEATRIZ; Nunca salí de ella, luego te podré decir la causa. JUAN: Logremos esta ocasión pues tan a voces nos llama. COSME: Gracias a Dios, que ya el duende se declaró. Dime, ¿estaba borracho? MANUEL: Si no lo estás, hoy con Isabel te casas. COSME: Para estarlo fuera [de] eso, mas no puedo. ISABEL: ¿Por qué causa? COSME: Por no malograr el tiempo; que en estas cosas se gasta, pudiéndolo aprovechar en pedir de nuestras faltas perdón, humilde el autor os le pide a vuestras plantas.

FIN DE LA COMEDIA

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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