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TERCERA JORNADA
Sale don MANUEL como a escuras, guiándole ISABEL
ISABEL: Espérame en esta sala, luego saldrá a verte aquí mi señora.
Vase como cerrando
MANUEL: No está mala la tramoya. ¿Cerró? Sí. ¿Qué pena a mi pena iguala? Yo volví del Escorial y este encanto peregrino, este pasmo celestial, que a traerme la luz vino y me deja en duda igual, me tiene escrito un papel diciendo muy tierna en él, "Si vos atrevéis a venir a verme, habéis de salir esta noche, con aquel criado que os acompaña. Dos hombres esperarán en el cementerio--¡extraña parte!--de San Sebastián, y una silla." Y no me engaña. En ella entré y discurrí hasta que el tino perdí y, al fin, a un portal de horror lleno de sombra y temor, solo y a escuras salí. Aquí llegó una mujer --al oír y al parecer-- y a escuras y por el tiento de aposento en aposento sin oír, hablar, ni ver, me guió. Pero ya veo luz, por el resquicio es de una puerta. Tu deseo lograste, Amor, pues ya ves la dama. Aventuras leo.
Acecha
¡Qué casa tan alhajada! ¡Qué mujeres tan lucidas! ¡Qué sala tan adornada! ¡Qué damas tan bien prendidas! ¡Qué beldad tan extremada!
Salen todas las mujeres con toallas, conservas y agua y, haciendo reverencias todas, salen doña Angela [y doña BEATRIZ] ricamente vestida[s]
ÁNGELA: Pues presumen que eres ida a tu casa mis hermanos, quedándote aquí escondida, los recelos serán vanos porque una vez recogida, ya no habrá que temer nada. BEATRIZ: ¿Y qué ha de ser mi papel? ÁNGELA: Agora el de mi crïada, luego el de ver retirada lo que pasa con él.
[A don MANUEL]
¿Estaréis muy disgustado de esperarme? MANUEL: No, señora, que quien espera al aurora, bien sabe que su cuidado en la sombras sepultado de la noche oscura y fría ha de tener; y así hacía gusto el pesar que pasaba pues cuanto más se alargaba, tanto más llamaba al día. Si bien no era menester pasar noche tan oscura si el sol de vuestra hermosura me había de amanecer; que, para resplandecer, vos soberano arrebol, la sombra ni el tornasol de la noche no os había de estorbar, que sois el día que amanece sin el sol. Huye la noche, señora, y pasa a la dulce salva [.................el alba;] que ilumina mas no dora después el alba. La aurora, de rayos y luz escasa, dora más no abrasa. Pasa la aurora, y tras su arrebol pasa el sol, y sólo el sol dora, ilumina y abrasa. El alba para brillar quiso a la noche seguir. La aurora para lucir al alba quiso imitar. El sol, deidad singular, a la aurora desafía. Vos al sol. Luego, la fría noche no era menester si podéis amanecer sol del sol después del día. ÁNGELA: Aunque agradecer debiera discurso tan cortesano, quejarme quiero, no en vano, de ofensa tan lisonjera. Pues, no siendo ésta la esfera a cuyo noble ardimiento fatigas padece el viento sino un albergue piadoso, os viene a hacer sospechoso el mismo encarecimiento. No soy alba, pues la risa me falta en contento tanto, ni aurora, pues que mi llanto de mi dolor nos avisa. No soy sol, pues no divisa mi luz la verdad que adoro, y así lo que soy ignoro; que sólo sé que no soy alba, aurora o sol, pues hoy ni alumbro, río, ni lloro. Y así os ruego que digáis, señor don Manuel, de mí que una mujer soy, y fui a quien vos sólo obligáis al extremo que miráis. MANUEL: Muy poco debe de ser pues, aunque me llego a ver aquí, os pudiera argüir que tengo más que sentir, señora, que agradecer. Y así me doy por sentido. ÁNGELA: ¿Vos de mí sentido? MANUEL: Sí, pues que no fiáis de mí quién sois. ÁNGELA: Solamente os pido que eso no mandéis, que ha sido imposible de contar. Si queréis venirme a hablar, con condición ha de ser que no lo habéis de saber ni lo habéis de preguntar; porque para con vos hoy una enigma a ser me ofrezco; que ni soy lo que parezco ni parezco lo que soy. Mientras encubierta estoy podréis verme y podré veros; porque si a satisfaceros llegáis y quién soy sabéis, vos quererme no querréis aunque yo quiera quereros. Pincel, que lo muerto informa, tal vez un cuadro previene que una forma a una luz tiene y a otra luz tiene otra forma. Amor, que es pintor, conforma dos luces que en mí tenéis. Si hoy aquesta luz me veis y por eso me estimáis cuando a otra luz me veáis, quizá me aborreceréis. Lo que deciros me importa es en cuanto haber creído que de don Luis dama he sido, y esta sospecha reporta mi juramento y la acorta. MANUEL: Pues. ¿qué, señora, os moviera a encubriros de él? ÁNGELA: Pudiera ser tan principal mujer que tuviera qué perder si don Luis me conociera. MANUEL: Pues, decidme solamente, ¿cómo a mi casa pasáis? ÁNGELA: Ni eso es tiempo que sepáis que es el mismo inconveniente. BEATRIZ: (Aquí entro yo lindamente.) Aparte Ya el agua y dulce está aquí. Vuestra excelencia mire si...
Lleguen todas con toallas, vidr[i]o y algunas cajas
ÁNGELA: ¡Qué error y qué impertinencia! Necia, ¿quién es excelencia? ¿Quieres engañar así al señor don Manuel para que con eso crea que yo gran señora sea? BEATRIZ: Advierte... MANUEL: (De mi crüel Aparte duda salí con aquel descuido. Agora he creído que una gran señora ha sido que por serlo se encubrió y que con el oro vio su secreto conseguido.)
Llama dentro don JUAN, y túrbanse todas
JUAN: Abre aquí. Abre esta puerta. ÁNGELA: ¡Ay, cielos! ¿Qué ruido es éste? ISABEL: ¡Yo soy muerta! BEATRIZ: ¡Helada estoy! MANUEL: ¿Aún no cesan mis crüeles fortunas? ¡Válgame el cielo! ÁNGELA: Señor, mi esposo es aquéste. MANUEL: ¿Qué he de hacer? ÁNGELA: Fuerza es que os vais a esconderos a un retrete. Isabel, llévale tú hasta que oculto le dejes en aquel cuarto que sabes apartado. ¿Ya me entiendes? ISABEL: Vamos presto.
Vase
JUAN: ¿No acabáis de abrir la puerta? MANUEL: ¡Valedme, cielos, que vida y honor van jugadas a una fuerte!
Vase
JUAN: La puerta echaré en el suelo. ÁNGELA: Retírate tú, pues puedes, en esa cuadra, Beatriz. No te hallen aquí.
Vase BEATRIZ. Sale don JUAN
¿Qué quieres a estas horas en mi cuarto que así a alborotarnos vienes? JUAN: Respóndeme tú primero. Angela, ¿qué traje es ése? ÁNGELA: De mis penas y tristezas es causa el mirarme siempre llena de luto, y vestirme, por ver si hay con que me alegre, estas galas. JUAN: No lo dudo; que tristezas de mujeres bien con galas se remedian, bien con joyas convalecen, si bien me parece que es un cuidado impertinente. ÁNGELA: ¿Qué importa que así me vista donde nadie llegue a verme? JUAN: Dime, ¿volvióse Beatriz a su casa? ÁNGELA: Cuerdamente. Su padre, por mejor medio en paz su enojo convierte. JUAN: Yo no quise saber más para ir a ver si pudiese verla y hablarla esta noche. Quédate con Dios, y advierte que ya no es tuyo ese traje.
Vase
ÁNGELA: Vaya Dios contigo, y vete.
Sale BEATRIZ
Cierra esa puerta, Beatriz. BEATRIZ: Bien hemos salido de este susto. A buscarme tu hermano va. ÁNGELA: Ya, hasta que se sosiegue más la casa y don Manuel vuelva de su cuarto a verme, para ser menos sentidas entremos a este retrete. BEATRIZ: Si esto te sucede bien te llaman la dama duende.
Vanse. Salen por el alacena don MANUEL e ISABEL
ISABEL: Aquí has de quedarte, y mira que no hagas ruido, que pueden sentirte. MANUEL: Un mármol seré. ISABEL: (Quieran los cielos que acierte Aparte a cerrar; que estoy turbada.)
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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