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Vase. Por una alacena que estará hecho con anaqueles y vidrios en ella, quitándose con goznes como que se desencaja, salen doña ÁNGELA e ISABEL
ISABEL: Que está el cuarto solo, dijo Rodrigo, porque el tal huésped y tus hermanos se fueron. ÁNGELA: Por eso pude atreverme a hacer sólo esta experiencia. ISABEL: ¿Ves que no hay inconveniente para pasar hasta aquí? ÁNGELA: Antes, Isabel, parece que todo cuanto previne fue muy impertinente, pues con ninguno topamos; que la puerta fácilmente se abre y se vuelve a cerrar sin ser posible que se eche de ver. ISABEL: ¿Y a qué hemos venido? ÁNGELA: A volvernos solamente, que para hacer sola una travesura dos mujeres basta haberla imaginado, porque al fin esto no tiene más fundamento que haber hablado en ello dos veces y estar yo determinada, siendo verdad que es aqueste caballero el que por mí se empeñó osado y valiente --como te he dicho--a mirar por su regalo. ISABEL: Aquí tiene el que le trujo tu hermano, y una espada en un bufete. ÁNGELA: Ven acá, ¿mi escribanía trujeron aquí? ISABEL: Dio en ese desvarío mi señor. Dijo que aquí la pusiese con recado de escribir y mil libros diferentes. ÁNGELA: En el suelo hay dos maletas. ISABEL: ¡Y abiertas, señora! ¿Quieres que veamos qué hay en ellas? ÁNGELA; Sí, que quiero neciamente mirar qué ropa y alhajas trae. ISABEL: Soldado y pretendiente, vendrá muy mal alhajado.
Sacan todo cuanto van diciendo y todo lo esparcen por la sala
ÁNGELA: ¿Qué es esto? ISABEL: Muchos papeles. ÁNGELA: ¿Son de mujer? ISABEL: No, señora, sino procesos que vienen cosidos, y pesan mucho. ÁNGELA: Pues si fueran de mujeres, ellos fueran más livianos. Mal en eso te detienes. ISABEL: Ropa blanca hay aquí alguna. ÁNGELA: ¿Huele? ISABEL: Sí, a limpia huele. ÁNGELA: Ése es el mejor perfume. ISABEL: Las tres calidades tiene de blanca, blanda y delgada; mas, señora, ¿qué es aqueste pellejo con unos hierros de herramientas diferentes? ÁNGELA: Muestra a ver. Hasta aquí loza de sacamuelas parece. Mas estas son tenacillas y el alzador del copete. Y los bigotes esotras. ISABEL: Iten: escobilla y peine. Oye, que más prevenido no le faltará al tal huésped la horma de su zapato. ÁNGELA: ¿Por qué? ISABEL: Porque aquí la tiene. ÁNGELA: ¿Hay más? ISABEL: Si, señora. Iten: como a forma de billetes legajo segundo. ÁNGELA: Muestra. De mujer son y contienen más que papel. Un retrato está aquí. ISABEL: ¿Qué te suspende? ÁNGELA: El verle, que una hermosura, si está pintada, divierte. ISABEL: Parece que te ha pesado de sacalle. ÁNGELA: ¡Qué necia eres! No mires más. ISABEL: ¿Y qué intentas? ÁNGELA: Dejarle escrito un billete. Toma el retrato.
Pónese a escribir
ISABEL: Entretanto, la malta del sirviente he de ver. Esto es dinero. Cuartazos son insolentes; que en la república donde son los príncipes y reyes los doblones y los reales, ellos son la común plebe. Una burla le he de hacer y ha de ser de aquesta suerte: quitarle de aquí el dinero al tal lacayo, y ponerle unos carbones. Dirán-- "¿Dónde demonios los tiene esta mujer?" No advirtiendo que esto sucedió en noviembre y que hay brasero en el cuarto. ÁNGELA: Yo escribí. ¿Qué te parece a donde deje el papel porque, si mi hermano viene, no le vea? ISABEL: Así, debajo de la toalla que tienen las almohadas; que al quitarle se verá forzosamente y no es parte que hasta entonces se ha de andar. ÁNGELA: Muy bien adviertes. Ponle allí y ve recogiendo todo esto. ISABEL: Mira que tuercen la llave ya. ÁNGELA: Pues dejallo todo. Esté como estuviere y a escondernos, Isabel, ven. ISABEL: Alacena me fecit.
Vanse por el alacena y queda como estaba. Sale COSME
COSME: Ya que me he servido a mí de barato quiero hacerle a mi amo otro servicio... mas, ¿quién nuestra hacienda vende que así hace almoneda de ella? ¡Vive Cristo! ¡Que parece plazuela de la cebada su sala con nuestros bienes! ¿Quién está aquí? No está nadie, por Dios, y si está no quiere responder. No me respondas que me huelgo de que eche de ver que soy enemigo de respondones. Con este humor, sea bueno o sea malo --si he de hablar discretamente-- estoy temblando de miedo, pero como a mí de deje el revoltoso de alhajas libre mi dinero, llegue y revuelva las maletas una y cuatrocientas veces. Mas, ¿qué veo? ¡Vive Dios que en carbones lo convierte! Duendecillo, duendecillo, quienquiera que fuiste y eres, el dinero que tú das en lo que mandares vuelve; mas lo que yo hurto, ¿por qué?
Salen don JUAN, don LUIS y don MANUEL
JUAN: ¿De qué das voces? LUIS: ¿Qué tienes? MANUEL: ¿Qué te ha sucedido? Habla. COSME: Lindo desenfado es ése si tienes por inquilino, señor, en tu casa un duende. ¿Para qué nos recibiste en ella? Un instante breve que falté de aquí, la ropa de tal modo y de tal suerte hallé que toda esparcida una almoneda parece. JUAN: ¿Falta algo? COSME: No falta nada, el dinero solamente que en esta bolsa tenía que era mío, me convierte en carbones. LUIS: Sí, ya entiendo. MANUEL: ¡Qué necia burla previene! ¡Qué fría y qué sin donaire. JUAN: ¡Qué mala y qué impertinente! COSME: ¡No es burla ésta, vive Dios! MANUEL: Calla, que estás como sueles. COSME: Es verdad; mas suelo estar en mi juicio algunas veces. JUAN: Quedaos con Dios y acostaos, don Manuel, sin que os desvele el duende de la posada, y aconsejalde que intente otras burlas al crïado.
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LUIS: No en vano sois tan valiente como sois, si habéis de andar desnuda la espada siempre saliendo de los disgustos en que este loco os pusiere.
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MANUEL: ¿Ves cuál me tratan por ti? Todos por loco me tienen porque te sufro. A cualquiera parte que voy me suceden mil desaires por tu causa. COSME: Ya estás solo y no he de hacerte burla mano a mano yo porque solo en tercio puede tirarse uno con su padre. Dos mil demonios me lleven si no es verdad que salí y esto, fuese quien se fuese, hizo este estrago. MANUEL: ¿Con eso ahora disculparte quieres de la necedad? Recoge esto que esparcido tienes y entra a acostarme. COSME: Señor, en una galera reme... MANUEL: Calla, calla o ¡vive Dios, que la cabeza te quiebre. COSME: Pesaráme con extremo que lo tal me sucediese. Ahora bien, va de envasar otra vez los adherentes de mis maletas. ¡Oh, cielos, quien en la trompeta tuviese del juicio de las alhajas, porque a una voz solamente viniesen todas! MANUEL: Alumbra, Cosme. COSME: ¿Pues qué te sucede, señor? ¿Has hallado acaso allá dentro alguna gente? MANUEL: Descubrí la cama, Cosme, para acostarme, y halléme debajo de la toalla de la cama este billete cerrado. Y ya el sobrescrito me admira más. COSME: ¿A quién viene? MANUEL: A mí, mas el modo extraño. COSME: ¿Cómo dice? MANUEL: Me suspende.
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"Nadie me abra, porque soy de don Manuel solamente." COSME: Plega a Dios que no me creas por fuerza. No le abras...¡tente! ...sin conjurarle primero. MANUEL: Cosme, lo que me suspende es la novedad no el miedo; que quien admira no teme.
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"Con cuidado me tiene vuestra salud, como a quien fue la causa de su riesgo. Y así agradecida y lastimada os suplico me aviséis de ella y os sirváis de mí; que para lo uno y lo otro habrá ocasión, dejando la respuesta donde hallasteis ésta, advertido que el secreto importa porque el día que lo sepa alguno de los amigos, perderé yo el honor y la vida."
COSME: ¡Extraño caso! MANUEL: ¿Que extraño? COSME: ¿Eso no te admira? MANUEL: No. Antes con esto llegó a mi vida el desengaño. COSME: ¿Cómo? MANUEL: Bien claro se ve, que aquella dama tapada que tan ciega y tan turbada de don Luis huyendo fue era su dama. Supuesto, Cosme, que no puede ser, si es soltero, su mujer y dado por cierto esto, ¿qué dificultad tendrá que en la casa de su amante tenga ella mano bastante para entrar? COSME: Muy bien está pensado; mas mi temor pasa adelante. Confieso que es su dama y el suceso te doy por bueno, señor, pero ella, ¿cómo podía desde la calle saber lo que había de suceder para tener este día ya prevenido el papel? MANUEL: Después de haberme pasado pudo dárselo a un crïado. COSME: Y, aún que se le diera, él, ¿cómo aquí ha de haberle puesto? Porque ninguno aquí entró desde que aquí quedé yo. MANUEL: Bien pudo ser antes esto. COSME: Sí, mas hallar trabucadas las maletas y la ropa y el papel escrito, topa en más. MANUEL: Mira si cerradas estas ventanas están. COSME: Y con aldabas y rejas. MANUEL: Con mayor duda me dejas y mil sospechas me dan. COSME: ¿De qué? MANUEL: No sabré explicallo. COSME: En efecto, ¿qué has de hacer? MANUEL: Escribir y responder pretendo hasta averiguallo, con estilo que parezca que no ha hallado en mi valor ni admiración ni temor; que no dudo que se ofrezca una ocasión en que demos, viendo que papeles hay, con quien los lleva y los trai. COSME: ¿Y de aquesto no daremos cuenta a los huéspedes? MANUEL: No, porque no tengo de hacer mal alguno a una mujer que así de mí se fïó. COSME: Luego ya ofendes a quien su galán pienses. MANUEL: No tal, pues sin hacerla a ella mal puedo yo proceder bien. COSME: No señor. Más hay aquí de lo que a ti te parece. Con cada discurso crece mi sospecha. MANUEL: ¿Cómo así? COSME: Ves aquí que van y vienen papeles, y que jamás, aunque lo examines más, ciertos desengaños tienen. ¿Qué creerás? MANUEL: Que ingenio y arte hay para entrar y salir para cerrar, para abrir, y que el cuarto tiene parte por dónde. Y en duda tal el juicio podré perder pero no, Cosme, creer cosa sobrenatural. COSME: ¿No hay duendes? MANUEL: Nadie los vio. COSME: ¿Familiares? MANUEL: Son quimeras. COSME: ¿Brujas? MANUEL: Menos. COSME: ¿Hechiceras? MANUEL: ¡Qué error! COSME: ¿Hay sucubos? MANUEL: No. COSME: ¿Encantadoras? MANUEL: Tampoco. COSME: ¿Mágicos? MANUEL: Es necedad. COSME: ¿Nigromantes? MANUEL: Liviandad. COSME: ¿Energúmenos? MANUEL: ¡Qué loco! COSME: ¡Vive Dios, que te cogí! ¿Diablos? MANUEL: Sin poder notorio. COSME: ¿Hay almas de purgatorio? MANUEL: ¿Que me enamoren a mí? ¿Hay más necia bobería? Déjame, que estás cansado. COSME: En fin, ¿qué has determinado? MANUEL: ¡Asistir de noche y día con cuidados singulares! Aquí el desengaño fundo. No creas que hay en el mundo ni duendes ni familiares. COSME: Pues yo en efecto presumo que algún demonio los trai; que esto y más habrá donde hay quien tome tabaco en humo.
Vanse
FIN DEL PRIMER ACTO
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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