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LA DAMA DUENDE


Personas que hablan en ella:


ACTO PRIMERO


Salen don MANUEL y COSME, de camino

MANUEL: Por un hora no llegamos a tiempo de ver las fiestas con que Madrid generosa hoy el bautismo celebra del primero Baltasar. COSME: Como ésas, cosas se aciertan o se yerran por un hora: Por una hora que fuera antes Píramo a la fuente, no hallara a su Tisbe muerta y las moras no mancharan porque dicen los poetas que con arrope de moras se escribió aquella tragedia. Por una hora que tardara Tarquino, hallara a Lucrecia recogida con lo cual los autores no anduvieran, sin ser vicarios, llevando a salas de competencias la causa, sobre saber si hizo fuerza o no hizo fuerza. Por una hora que pensara si era bien hecho o no era echarse Hero de la torre, no se echara, es cosa cierta, con que se hubiera excusado al doctor Mira de Amescua de haber dado a los teatros tan bien escrita comedia, y haberla representado Amarilis tan de veras que volatín del carnal --si otros son de la cuaresma-- sacó más de alguna vez las manos en la cabeza. Y puesto que hemos perdido por una hora tan gran fiesta, no por una hora perdamos la posada, que si llega tarde Abindarraez, es ley que haya de quedarse fuera; y estoy rabiando por ver este amigo que te espera como si fueras galán al uso con cama y mesa, sin saber cómo o por dónde tan grande dicha nos venga. Pues, sin ser los dos torneos, hoy a los dos nos sustenta. MANUEL: Don Juan de Toledo es, Cosme, el hombre que más profesa mi amistad, siendo los dos envidia ya que no afrenta de cuantos la antigüedad por tantos siglos celebra. Los dos estudiamos juntos y, pasando de las letras a las armas, los dos fuimos camaradas en la guerra en las de Piamonte. Cuando el señor duque de Feria con la jineta me honró, le di, Cosme, mi bandera. Fue mi alférez y después, sacando de una refriega una penetrante herida, le curé en mi cama mesma. La vida, después de Dios, me debe. Dejo las deudas de menores intereses; que entre nobles es bajeza referirlas. Pues pos eso pintó la docta academia al galardón una dama rica y las espaldas vueltas, dando a entender que, en haciendo el beneficio, es discreta acción olvidarse de él; que no le hace el que le acuerda. En fin, don Juan, obligado de amistades y finezas, viendo que su majestad con este gobierno premia mis servicios y que vengo de paso a la corte, intenta hoy hospedarme en su casa por pagarme con las mesmas. Y, aunque a Burgos me escribió de casa y calle las señas, no quise andar preguntando a caballo dónde era, y así dejé en la posada las mulas y las maletas. Yendo hacia donde me dice, vi las galas y libreas, e, informado de la causa, quise, aunque de paso, verlas. Llegamos tarde en efecto, porque...

Salen doña ÁNGELA e ISABEL, en corto tapadas

ÁNGELA: Si como lo muestra el traje, sois caballero de obligaciones y prendas, amparad a una mujer, que a valerse de vos llega. Honor y vida me importa que aquel hidalgo no sepa quién soy y que no me siga. Estorbad, por vida vuestra, a una mujer principal, una desdicha, una afrenta, que podrá ser que algún día... ¡Adiós, adiós; que voy muerta!

Vase

COSME: ¿Es dama? ¿O es torbellino? MANUEL: ¿Hay tal suceso? COSME: ¿Qué piensas hacer? MANUEL: ¿Eso preguntas? ¿Cómo puede mi nobleza excusarse de excusar una desdicha, una afrenta? Que según muestra, sin duda, es su marido. COSME: ¿Y qué intentas? MANUEL: Detenerle con alguna industria. Mas si con ella no puedo, será forzoso el valerme de la fuerza sin que él entienda la causa. COSME: Si industria buscas, espera; que a mi fe me ofrece una. Esta carta, que encomienda es de un amigo, me valga.

Salen don LUIS y RODRIGO, su criado

LUIS: Yo tengo de conocerla, no más de por el cuidado con que de mi se recela. RODRIGO: Síguela, y sabrás quién es.

Llega COSME, y retírase don MANUEL

COSME: Señor, aunque con vergüenza llego, vuesarced me haga tan gran merced que me lea a quién esta carta dice. LUIS: No voy agora con flema.

Detiénele

COSME: Pues si flema sólo os falta, yo tengo cantidad de ella, y podré partir con vos. LUIS: Apartad. MANUEL: (¡Oh, qué derecha Aparte es la calle. Aún no se pierde de vista.) COSME: Por vida vuestra. LUIS: Vive Dios, que sois pesado, y os romperé la cabeza si mucho me hacéis. COSME: Por eso os haré poco. LUIS: Paciencia me falta para sufriros. Apartad de aquí.

Rempújale

MANUEL: (Ya es fuerza Aparte llegar. Acabe el valor lo que empezó la cautela.)

Llega

Caballero, ese criado es mío, y no sé qué pueda haberos hoy ofendido para que de esa manera le atropelléis. LUIS: No respondo a la duda o a la queja porque nunca satisfice a nadie. Adiós. MANUEL: Si tuviera necesidad mi valor de satisfacciones, crea vuestra arrogancia de mí que no me fuera sin ella. Preguntar en qué os ofende [.................. -e-a] merece más cortesía y, pues la corte la enseña, no la pongáis en mal nombre aunque un forastero venga a enseñarla a los que tienen obligación de saberla. LUIS: ¡Quién pensare que no puedo enseñarla yo... MANUEL: La lengua suspended y hable el acero.

Sacan las espadas

LUIS: Decís bien. COSME: ¡Oh, quién tuviera gana de reñir! RODRIGO: Sacad la espada vos. COSME: Es doncella y sin cédula o palabra. No puedo sacarla.

Salen doña BEATRIZ, teniendo a don JUAN, y CLARA, criada y gente

JUAN: Suelta, Beatriz. BEATRIZ: No has de ir. JUAN: Mira que es con mi hermano la pendencia. BEATRIZ: ¡Ay de mí, triste! JUAN: A tu lado estoy. LUIS: Don Juan, tente. Espera; que más que a darme valor a hacerme cobarde llegas. Caballero forastero, quien no excusó la pendencia solo, estando acompañado bien se ve, que no la deja de cobarde. Idos con Dios; que no sabe mi nobleza reñir mal, y más con quien tanto brío y valor muestra. Idos con Dios. MANUEL: Yo os estimo bizarría y gentileza; pero si de mí por dicha algún escrúpulo os queda, me hallaréis donde quisiereis. LUIS: Norabuena MANUEL: Norabuena. JUAN: ¿Qué es lo que miro y escucho? ¿Don Manuel? MANUEL: ¿Don Juan? JUAN: Suspensa el alma no determina qué hacer cuando considera un hermano y un amigo, que es lo mismo, en diferencia tal, y hasta saber la causa, dudaré. LUIS: La causa es ésta. Volver por ese crïado este caballero intenta, que necio me ocasionó a hablarle mal. Todo cesa con esto. JUAN: Pues, siendo así cortés, ¿me darás licencia para que llegue a abrazarte? El noble huésped que espera nuestra casa es el señor don Manuel, hermano. Llega; que dos que han reñido iguales, desde aquel instante quedan más amigos pues ya hicieron de su valor experiencia. Daos los brazos. MANUEL: Primero que a vos os los dé, me lleva el valor que he visto en él a que al servicio me ofrezca del señor don Luis. LUIS: Yo soy vuestro amigo, y ya me pesa de no haberos conocido, pues vuestro valor pudiera haberme informado. MANUEL: El vuestro, escarmentado, me deja una herida en esta mano LUIS: [¡Por mi vida!] ¡Más quisiera tenerla mil veces yo! COSME: ¡Qué cortesana pendencia! JUAN: ¿Herida? Vení a curaros. Tú, don Luis, aquí te queda hasta que tome su coche doña Beatriz que me espera, y de esta descortesía me disculparás con ella. Venid, señor, a mi casa --mejor dijera a la vuestra-- donde os curéis. MANUEL: Que no es nada. JUAN: Venid presto. MANUEL: (¡Qué tristeza Aparte me ha dado que me reciba con sangre Madrid!) LUIS: (¡Qué pena Aparte tengo de no haber podido saber qué dama era aquella!) COSME: (¡Qué bien merecido tiene Aparte mi amor lo que se lleva porque no se meta a ser don Quijote de la legua!)

Vanse los tres, y llega don LUIS [a] doña BEATRIZ que está aparte

LUIS: Ya la tormenta pasó. Otra vez, señora, vuelva a restituír las flores que agora marchita y seca de vuestra hermosura el hielo de un desmayo. BEATRIZ: ¿Dónde queda don Juan? LUIS: Que le perdonéis os pide, porque le llevan forzosas obligaciones, y el cuidar con diligencia de la salud de un amigo que va herido. BEATRIZ: ¡Ay de mí! ¡Muerta estoy! ¿Es don Juan? LUIS: Señora, no es don Juan, que no estuviera, estando herido mi hermano, yo con tan grande paciencia. No os asustéis, que no es justo; que sin que él la herida tenga tengamos entre los dos, yo el dolor, y vos la pena... digo dolor, el de veros tan postrada, tan sujeta a un pesar imaginado, que hiere con mayor fuerza. BEATRIZ: Señor don Luis, ya sabéis que estimo vuestras finezas, supuesto que lo merecen por amorosas y vuestras; pero no puedo pagarlas, que eso han de hacer las estrellas, y no hay de lo que no hacen quien las tome residencia. Si lo que menos se halla es hoy lo que más se precia en la corte, agradeced el desengaño, siquiera, por ser cosa que se halla con dificultad en ella. Quedad con Dios.

Vase con su criada

LUIS: Id con Dios. No hay acción que me suceda bien, Rodrigo. Si una dama veo airosa, y conocerla solicito, me detienen un necio y una pendencia que no sé cuál es peor. Si riño y mi hermano llega, es mi enemigo su amigo; si por disculpa me deja de una dama, es una dama que mil pesares me cuesta. De suerte que una tapada me huye, un necio me atormenta, un forastero me mata, y un hermano me le lleva a ser mi huésped a casa y otra dama me desprecia. De mal anda mi fortuna. RODRIGO: Que de todas esas penas que sé la que siente más. LUIS: No sabes. RODRIGO: Que la que llegas a sentir más son los celos de tu hermano y Beatriz bella. LUIS: Engáñaste. RODRIGO: Pues, ¿cuál es? LUIS: Si tengo de hablar de veras --de ti sólo me fïara-- lo que más siento es que sea mi hermano tan poco atento que llevar a casa quiera un hombre mozo, teniendo, Rodrigo, una hermana bella, viuda y moza y, como sabes, tan de secreto que apenas sabe el sol que vive en casa, porque Beatriz, por ser deuda, solamente la visita. RODRIGO: Ya sé que su esposo era administrador en puertos de mar de unas reales rentas, y quedó debiendo al rey grande cantidad de hacienda. Y ella a la corte se vino de secreto donde intenta, escondida y retirada, componer mejor sus deudas. Y esto disculpa a tu hermano pues, si mejor consideras que su estado no le da ni permisión ni licencia de que nadie la visite, y que, aunque su huésped sea don Manuel, no ha de saber que en casa, señor, se encierra tal mujer, ¿qué inconveniente hay en admitirle en ella? Y más, habiendo tenido tal recato y advertencia que para su cuarto ha dado por otra calle la puerta, y la que salía a la casa por desmentir la sospecha de que el cuidado la había cerrado, o porque pudiera con facilidad abrirse otra vez fabricó en ella una alacena de vidrios labrada de tal manera que parece que jamás en tal parte ha habido puerta. LUIS: ¿Ves con lo que me aseguras? Pues con eso mismo intentas darme muerte, pues ya dices que no ha puesto por defensa de su honor más que unos vidrios que al primer golpe se quiebran.

La dama duende part 2

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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