This file was last updated on July 25, 1998.
OCTAVIO: ¿No oiréis un instante?
JUAN: No.
OCTAVIO: Decid: la que estaba allí
con vos ¿era Leonor?
JUAN: Sí.
OCTAVIO: Pues Leonor fue a la que yo
libré su vida, y aun vio
que yo la vi; y si ella fue
la que estaba con vos, sé
que es la que ahora está con vos,
porque nunca hubo allí dos;
o decidme...
JUAN: No sabré.
OCTAVIO: ¿...cómo se pudo trocar?
JUAN: Como fue desdicha mía,
fácil, Octavio, sería
de suceder un pesar.
OCTAVIO: No hallo razón de dudar
de que es la misma.
JUAN: Sí,
que distintamente vi
a Lisarda.
OCTAVIO: ¡Vive Dios,
que pierda mi juicio! ¿Vos
hablasteis con Leonor?
JUAN: Sí.
OCTAVIO: Pues Leonor es la que va
a vuestra casa.
JUAN: Confieso
que queréis que pierda el seso.
OCTAVIO: ¿No es más fácil ir allá
a verla?
JUAN: Cosa será
excusada.
OCTAVIO: Pues, en vella
¿qué perdéis?
JUAN: Ver que no es ella.
OCTAVIO: (Tanto bien me hiciera amor, Aparte
que ella no fuera Leonor
y fuera mi prenda bella.)
Vanse. Salen por una puerta URSINO con luz y
doña LISARDA como turbada
URSINO: Este cuarto, que apartado
está, y por él no se manda,
será el sagrado mejor
que puedan hallar tus ansias;
pues aquí, sin que lo sepa
persona alguna de casa,
sino aquellos de quien yo
hiciere tal confïanza,
estarás servida, en tanto
que el cielo camino abra
a tus desdichas. Y aquí
otra vez te doy palabra
de que no saldrás, señora,
si no es contenta y honrada,
si en defensa de tu sangre
sé morir en la demanda.
Y con aquesta advertencia
quédate a Dios; que me llama
el deseo de saber
en qué los sucesos paran
de tu hermano.
Vase URBINO cerrando la puerta
LISARDA: ¡Santos cielos!
¿Qué es esto que por mí pasa?
Que la atención más prudente
y la acción más acertada,
el discurso más atento,
la imaginación más alta
se hubiera perdido, siempre
corriendo fortunas tantas.
¿Yo, de don Juan conocida,
no me di ya por hermana
de Leonor? ¿No me sacó
del peligro de mi casa?
¿A la suya no me trajo,
cuando Celio me guïaba,
para llevarme a otra parte?
O el sentido ya me falta,
o sigo a otro hombre. Pues ¿cómo
éste que sigo no halla
novedad en mi inquietud,
mis penas y mis desgracias?
Don Juan, si hasta aquí me trajo,
¿cómo se fue? ¡Cielos, basta!
Pues confieso que ya estoy
rendida, tened las armas.
¿Qué cuarto será este solo?
Estas señas no señalan
de que habite gente en él.
Iré por todas las salas
a ver si sé dónde estoy,
absorta, ciega y turbada,
que apenas tantas desdichas
pueden sustentar las plantas.
Vase. Salen por otra puerta CELIO y doña
LEONOR
CELIO: Éste es el cuarto, señora,
que para esfera os aguarda.
Aquí don Juan, mi señor,
que yo os trajese me manda.
Gracias a Dios que hay en él
luz, y podré cara a cara
ver el sol de vuestros ojos,
que a rayos de celos matan.
Mas ¿qué es esto? ¡Santo cielo!
LEONOR: ¿Eres Celio?
CELIO: ¡Cosa extraña!
LEONOR: Bien en la voz que escuché
convienen señas tan claras.
Dime, Celio, ¿qué es aquesto?
Que estoy de verte admirada.
CELIO: Dime tú primero a mí
quién te hizo a ti Lisarda,
y responderéte yo
al tenor de la demanda.
LEONOR: ¿Qué Lisarda?
CELIO: ¿Tantas hay?
LEONOR: Pues ¿dónde Lisarda estaba?
CELIO: En ti; pues tú te has vestido
de su talle y de su cara.
LEONOR: No te entiendo.
CELIO: Yo tampoco;
uno por otro se vaya.
LEONOR: Un anciano caballero
hoy me sacó de mi casa
y me trajo hasta la suya,
debajo de la palabra
que dio a mi hermano, y en ella
entré tras él; y, guïada
de sus pasos, me ha traído
hasta aquí. ¿Qué es lo que pasa
por mí? ¿Cómo estoy contigo?
CELIO: La pregunta es extremada;
pues, si eso supiera yo,
no estuviera en dudas tantas
para dar un estallido.
Salen don JUAN y don OCTAVIO
OCTAVIO: (¡Plegue a Dios que sea Lisarda!) Aparte
CELIO: Señor, aquí está Leonor
esperándote.
JUAN: ¿Que hagas
tú también burla de mí?
CELIO: La burla es no darme nada
de albricias.
LEONOR: ¡Don Juan, señor!
JUAN: Leonor, agradezca el alma
esta dicha, pues es suya.
OCTAVIO: Aquí dio fin mi esperanza,
pues desengañado ya
tan tiernamente la abraza,
y porfiaba que no es ella.
Mas ¡vive Dios!, que porfiaba
bien; que no es ésta la misma
que yo vi; más dudas faltan
de averiguar. ¡Celio, Celio!
CELIO: ¿Señor?
OCTAVIO: ¿Dónde está la dama
que te dije que trajeses,
cuando Ursino vino a casa,
a este cuarto?
CELIO: Vesla allí.
OCTAVIO: No es aquélla.
CELIO: Yo jurara
lo mismo; mas yo no tengo
otra aquí ni en Alemania.
Aquella misma te vuelvo
libre, segura y sin tacha.
OCTAVIO: ¡Vive el cielo, que te mate,
si no me dices la causa
de este trueco!
CELIO: Di, ¿qué trueco?
Dos mil demonios la valgan,
si con premio ni sin premio
la troqué. Mas ¿qué te espantas
de haber visto en este tiempo
una mujer con dos caras?
JUAN: No estamos bien aquí cerca
de la puerta; entra a otra cuadra,
Leonor, donde más segura
estés.
Vase doña LEONOR
Octavio, yo estaba
loco, por Dios; pero antes
ya confieso mi ignorancia.
Leonor era, la verdad
me dijisteis.
OCTAVIO: Cuando acaba
vuestra duda, la mía empieza.
Que era Leonor porfiaba,
y ya, que no era Leonor
la que en el jardín estaba
con vos.
JUAN: Si vos mismo, Octavio,
volviendo desde las tapias,
la socorristeis, si vos
la tuvisteis encerrada,
si vos mismo la sacasteis
de su casa, y a mi casa
la trajisteis, y está aquí,
bien claro nos desengaña
que fue una siempre, pues nunca
hubo otra con quien trocarla.
Si a mí me lo pareció,
como esas veces se engañan
los ojos, yo estuve ciego.
Vase don JUAN
CELIO: Aquí lindamente encaja
lo de "no sois vos, Leonor"
y aquello de "mal tocada."
OCTAVIO: (Él con las mismas razones Aparte
que me convence, me mata.
Mas no es mucho en este caso
ver que las de otro no alcanza
el que no alcanza las suyas.
¿Quién vio cosa más extraña?
Rendido a mi pena estoy.
¡Ya basta, cielos, ya basta!)
Sale doña LISARDA
LISARDA: (La casa anduve, y en ella Aparte
no he visto a nadie y, guiada
de la luz, me vuelvo a ver
en esta primera sala.
Mas ¿quién está aquí?)
Tropieza con CELIO
CELIO: ¡Jesús!
OCTAVIO: ¿Qué es esto?
CELIO: Aquí que no es nada.
La que en este mismo instante
era Leonor, ya es Lisarda.
Huiré de ella cielo y tierra.
OCTAVIO: ¿Eres sombra, eres fantasma,
mujer, que así los sentidos
turbas?
LISARDA: Pues ¿de qué te espantas,
si tú mismo me trajiste
desde mi casa a tu casa,
de que esté en ella?
OCTAVIO: De verte
cada vez en formas varias.
¿Quién te trajo aquí?
LISARDA: Tu padre.
OCTAVIO: ¿Mi padre? Otra vez me matas.
LISARDA: Él me guió aquí, don Juan.
OCTAVIO: (Con don Juan piensa que habla. Aparte
¿Si me parezco a don Juan?
Que, según las cosas andan,
no será mucho.) Leonor,
¿cómo viéndome te engañas?
LISARDA: Tú solo te engañas.
OCTAVIO: ¿Yo?
LISARDA: Sí; pues que Leonor me llamas.
¿No me conoces? ¿No sabes,
don Juan, que yo soy Lisarda?
¿Como tal no me trajiste,
desde mi casa a tu casa?
OCTAVIO: Cielos, ¿qué escucho? ¿Tú misma
no eres aquélla que estabas
en el jardín?
LISARDA: ¿Quién lo duda?
OCTAVIO: Pues ¿cómo, si a don Juan hablas
en él, ignoras, que es
el mismo que quieres y amas?
LISARDA: Porque yo nunca le quise;
que allí estuve disfrazada
como crïada; mas tú,
si la quieres, ¿cómo agravias
su amor y no la conoces,
siendo el que con ella hablabas?
OCTAVIO: No fui; que como crïado
guardé a don Juan las espaldas.
LISARDA: Luego ¿tú eres aquel Celio
que entendidamente habla?
OCTAVIO: Luego ¿eres tú aquella Nise
de tan buen ingenio y gracia?
LISARDA: Luego ¿no eres tú el galán
de Leonor?
OCTAVIO: Luego ¿la dama
no eres tú de don Juan?
LISARDA: Yo
fui Nise, siendo Lisarda.
OCTAVIO: Y yo Celio, siendo Octavio.
LISARDA: ¿Eso es verdad?
OCTAVIO: Cosa es clara.
CELIO: Gracias al cielo que ya
llegamos a la posada.
OCTAVIO: Sepan don Juan y Leonor
esto que a los dos nos pasa.
LISARDA: ¿Dónde están?
OCTAVIO: En este cuarto.
LISARDA: ¿Cómo?
OCTAVIO: Es historia muy larga.
LISARDA: ¿Quién trajo a Leonor?
OCTAVIO: No sé.
LISARDA: Prosigue, pues.
OCTAVIO: Temo...
LISARDA: Acaba.
OCTAVIO: Que no tengo que saber,
sabiendo que tú eres...
LISARDA: ¡Basta!
OCTAVIO: "Nise" iba a decir.
LISARDA: ¿Por qué?
OCTAVIO: Por no perder a tu fama
el respeto.
LISARDA: Bien está,
"Celio".
OCTAVIO: ¿Por qué así me llamas?
LISARDA: Porque así...
OCTAVIO: Dilo.
LISARDA: Es muy presto;
vamos a ver a mi hermana.
¡Válgate el cielo por Celio!
OCTAVIO: ¡Válgate Dios por Lisarda!
Vanse todos. Salen URSINO y un CRIADO
URSINO: ¿Qué dices?
CRIADO: Lo que es cierto.
URSINO: Cuando temía que le hallase muerto,
¿dices que levantado
está?
CRIADO: Tanto le anima su cuidado,
fuera de que la herida
nunca le puso a riesgo de la vida,
que falta fue de sangre, a lo que entiendo.
URSINO: Y agora, di, ¿qué hace?
CRIADO: Está escribiendo
un papel. Mas él sale.
Sale don SANCHO
URSINO: Con los brazos
os doy el parabién.
SANCHO: Porque sus lazos,
a quien valor, nobleza y sangre esmalta,
suplan en mí la fuerza que les falta.
URSINO: ¿Cómo os sentís?
SANCHO: Sin vida, sin sosiego,
hasta abrasar, señor, a sangre y fuego
este fiero homicida
de mi honor, de mi fama y de mi vida.
URSINO: Yo, don Sancho, a buscaros
vengo para serviros y ayudaros,
hasta que libre estéis de vuestro agravio.
Disponed la venganza como sabio.
SANCHO: Por eso he prevenido
el remedio que oiréis. Vamos, os pido,
a vuestra casa.
URSINO: En el camino espero
saberlo.
SANCHO: Mi enemigo es forastero,
y no sé dónde pueda
hallarle; y así el alma en duda queda.
Hablar a Leonor quiero, que es mi hermana,
que en vuestra casa está, deidad humana
de virtud y belleza;
ella quizás podrá con más certeza
de Lisarda informar; no son errores
pensar que ella sabía sus amores.
Si dice dónde puedo
hallarle yo, desengañado quedo;
iré de allí a matalle;
si no me dice dél iré a buscalle,
sabiendo de un su amigo
que por librarle se empeñó conmigo.
De suerte que primero
buscar, señor, al agresor espero;
y de no hallarle, al cómplice; que llanos
discursos dicen que, si yo a las manos
el principal no tengo,
me vengo, si en el cómplice me vengo;
y han de diferenciarse,
que una cosa es reñir y otra es vengarse.
Y así, si no me vengo de uno altivo,
este papel para el segundo escribo,
donde en el parque digo que le espero.
URSINO: Bien pensáis; replicar en nada quiero.
Y pues hemos llegado
a mi casa, entrad dentro recatado,
porque ninguno os vea,
y la ocasión que os trae sospeche y crea.
SANCHO: Ya vuestros pasos sigo.
URSINO: Entrad; que bien seguro estáis conmigo.
Vanse don SANCHO y URBINO. Salen doña
LEONOR y doña LISARDA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu