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LISARDA: ¡Celio! ¡Celio!
JUAN: ¿Llaman?
CELIO: Sí.
Aguárdate tú, no llegues;
que "Celio" dijeron; y es
Lisarda que a hablarme viene,
enamorada de mí.
JUAN: Necio estás; mira no quedes
en la calle. --Nise, ¿es hora?
LISARDA: Sí, entra. Mas ¿Celio no viene
contigo?
JUAN: ¡Celio!
CELIO y OCTAVIO: ¿Señor?
CELIO: No respondas tú, detente.
JUAN: Entra, ¿qué esperas?
OCTAVIO: Pensar
que he de pasar fácilmente
del monte de mis pesares
al jardín de tus placeres.
LISARDA: ¡Oh, Celio, seas bien venido!
OCTAVIO: Claro está, si vengo a verte,
que bien venido seré.
LISARDA: Entra presto, porque cierre.
OCTAVIO: Entro, porque cierres presto.
LISARDA: (¡Ay, amor, mucho me debes, Aparte
pues, asegurando el riesgo,
quiere amor que a perder eche
de noche con escucharle
lo que mejoré con verle!)
Vanse don JUAN, doña LISARDA y don OCTAVIO
CELIO: ¿Qué me toca hacer a mí,
viendo en la ocasión presente
que a Lisarda, a quien conozco
por la voz distintamente,
como aquél que de la suya
y de la de Nise tiene
más noticia, me ha llamado
por mi nombre, viendo que entre
Octavio a gozar las dichas
que sólo mi amor merece;
pues cuanto de día granjeo,
porque el verme la divierte,
viene él a gozar de noche?
¡Fiero amigo! ¡Ingrato huésped!
¡Vive Dios, que va de veras
el sentir celos tan fuertes!
Pero ¿qué mucho, si veo
de veras también que llegue
a rendirse una mujer
de su calidad, de suerte
que me viese y que me llame?
Mas ¿ya qué remedio tiene,
si al que ha de ser desdichado,
aun la vida le da muerte?
Vase CELIO. Salen don JUAN, doña LEONOR,
doña LISARDA y don OCTAVIO
LEONOR: En la alfombra lisonjera
de este cuadro, que es dosel
de la hermosa primavera,
pues las rosas que hay en él
estrellas son de otra esfera,
cuyos muertos resplandores
a las estampas y huellas
del sol dicen entre olores,
si esta noche sois estrellas,
mañana seremos flores,
puedes sentarte.
JUAN: Y aquí
puedes tú darme del día
cuenta. ¿En qué has pasado? Di.
LEONOR: En que la memoria mía
siempre está pensando en ti.
A la aurora desperté,
la mañana te escribí,
a la tarde te esperé,
de noche, don Juan, te vi
y a todas horas te amé.
OCTAVIO: Y tú, Nise, ¿en qué has pasado
el día?
LISARDA: No me he acordado
de ti.
OCTAVIO: Tú has hecho muy bien;
que ¡por Dios! que yo también
tuve ese mismo cuidado,
y desde hoy te he de querer
por finezas tan extrañas.
LISARDA: ¿Qué finezas?
OCTAVIO: ¿Pueden ser
mayores, pues desengañas
a un hombre, siendo mujer?
En ninguna mi cuidado
desengaño hubiera hallado.
LISARDA: ¿Por qué?
OCTAVIO: Porque en todas son
la lengua y el corazón
un reloj desconcertado.
Ruido dentro
LISARDA: ¿Cómo...? Mas ¿qué ruido es éste?
LEONOR: ¡Ay de mí!
JUAN: ¡Válgame el cielo!
LISARDA: El cuarto abren de mi hermano.
LEONOR: Luz sacan.
LISARDA: (Aquí me pierdo, Aparte
si en este traje me ven,
y si conocida quedo
de don Juan y su crïado.)
JUAN: ¿Qué he de hacer?
LISARDA: Arrojaos presto
por las tapias; que nosotras
seguras quedamos.
JUAN: Celio,
ven tras mí.
OCTAVIO: Sí, antes que lleguen,
saltar las tapias podemos,
será mejor.
LEONOR: Dices bien.
OCTAVIO: Ea, pues, salta primero.
Vanse don JUAN y don OCTAVIO. Escóndese
doña LEONOR. Sale don SANCHO con gente
SANCHO: Guardad las puertas vosotros,
pues ya vimos que está dentro.
LISARDA: (¡Ay infelice de mí!) Aparte
LEONOR: (¡Muerta estoy!) Aparte
SANCHO: Acudid presto.
LISARDA: ¿Qué ruido es éste? ¿Qué buscas
con tantas armas y estruendo?
LEONOR: (A mí no me ve don Sancho; Aparte
segura escaparme puedo,
e irme a mi cuarto.)
SANCHO: ¿Qué haces
aquí a estas horas?
LISARDA: (¡Hoy muero!) Aparte
Bajé al jardín de esta forma
a sólo tomar el fresco.
SANCHO: ¡Oh aleve infame!
Sale un CRIADO
CRIADO: Señor,
acude a las tapias presto;
que ha saltado un hombre, y otro
va a salir.
OCTAVIO: ¡Válgame el cielo! Dentro
Cayó la tapia, y yo estoy
enterrado antes que muerto.
SANCHO: Presto lo estarás.
Sale don OCTAVIO
OCTAVIO: No haré;
porque es un rayo este acero
desatado. Mas ¿qué miro?
¿No es éste don Sancho? ¡Cielos!
SANCHO: ¡Cielos! ¿Éste no es Octavio?
LISARDA: Don Juan es éste que veo;
el que saltó fue el crïado.
Pues no le conozco, es cierto.
OCTAVIO: Traidor, ahora verás
que de esta suerte me vengo
de los pasados agravios.
SANCHO: Villano y mal caballero,
si es que a buscarme has venido,
¿no era más hidalgo hecho
vengarte de mí en mi vida,
que ella te ofendió, primero
que en mi honor? ¿No era mejor
darme muerte cuerpo a cuerpo
en el campo que matarme
disfrazado y encubierto?
Mas antes que del jardín
hagas teatro funesto,
tomaré de dos agravios
dos venganzas; el primero
de mi honor y de esta hermana
he de remediar el riesgo,
haciendo que de marido
la mano la des, y luego
dándote muerte porque,
a dos agravios atento,
ya que en mi honor y en mi vida
quisiste vengarte fiero,
tomen mi vida y mi honor
satisfacciones a un tiempo.
Dale la mano.
CRIADO: Las puertas
quiebran.
Dentro golpes
SANCHO: Todos estad quedos.
OCTAVIO: (Ésta es Leonor; la crïada Aparte
era la que se fue huyendo.
¿Habráse visto jamás
otro hombre en mayor empeño?
En casa de mi enemigo,
sin saber cómo, me veo;
cercado de armas y gente
estoy, con indicios ciertos
de amante de la que es dama
del amigo con quien vengo.
¿Cómo he de salir de aquí?
Pues si callo, lo confieso,
y si digo la verdad,
la ley de amistad ofendo.
Mas remítolo al valor;
mejor es matar muriendo.)
Traidor don Sancho, aunque aquí
me ves agora encubierto,
no vengo a ofender tu honor;
a darte la muerte vengo.
Esas paredes salté
sólo con aqueste intento,
ni yo conozco a esa dama,
ni sé si es ¡viven los cielos!
tu hermana; y esta respuesta
me debes por su respeto.
LISARDA: (Don Juan y don Sancho deben Aparte
de haber reñido antes de esto.
Esforcemos su disculpa.)
¡Bueno es que tú, loco o necio,
hagas por allá locuras
que obliguen a tanto extremo
como buscarte en tu casa,
y quieras, viniendo a eso,
echarme la culpa a mí,
cuando te busca resuelto!
SANCHO: ¡Qué mal, ingrata, pretendes
disculparte, cuando tengo
desengaños yo de todo,
que ha días que los pretendo!
Él ha de darte la mano,
y morir después.
OCTAVIO: Primero
que se la dé, he de morir.
SANCHO: Pues mueran los dos.
LISARDA: (¡Ay cielos!) Aparte
Caballero, por mujer
me amparad, si es que os merezco
esta fineza.
OCTAVIO: Hoy será
muralla vuestra mi pecho.
Acuchíllanse, y retíranse hacia una
puerta don OCTAVIO y doña LISARDA
SANCHO: Sí, pero poca muralla.
LISARDA: (Mucho una desdicha temo.) Aparte
SANCHO: En vano el valor se alienta.
OCTAVIO: La ventaja te confieso,
pero he de morir matando.
SANCHO: Pues yo he de matar muriendo.
OCTAVIO: El umbral de aquesta puerta
sea el sagrado postrero
de mi vida.
SANCHO: Tu sepulcro
ha de ser este aposento,
porque no tiene salida.
LISARDA: De tu vida es el remedio.
SANCHO: ¿De qué suerte?
LISARDA: De esta suerte.
Éntrase don OCTAVIO retirando, y cierra la
puerta doña LISARDA
CRIADO: Cerró la puerta.
SANCHO: En el suelo
la echaré.
CRIADO: ¿Cómo es posible,
que son dos personas dentro
que la guardan y defienden?
OCTAVIO: Yo así mi vida defiendo Dentro
por morir para matarte.
SANCHO: (Cobarde soy, pues no intento Aparte
derribar aquestas puertas.
No en vano--¡vil pensamiento!--
supo Lisarda que yo
dejaba en Milán--¡ah cielos!--
quejoso de mí un amigo,
si él lo dijo.) Mas ¿qué es esto?
CRIADO: Que han trepado por las rejas.
Baja don JUAN por una reja que habrá
SANCHO: ¿Quién va?
JUAN: Un hombre que resuelto
viene así a morir al lado
de un amigo.
SANCHO: Yo agradezco,
oh don Juan, como es razón,
la fineza y el deseo,
pues no dudo que el oír
en mi casa aqueste estruendo
os habrá obligado a hacer
por mi amistad tal extremo.
JUAN: Don Sancho, aquí soy testigo
de la obligación que tengo,
y he de acudir a la parte
que es más forzosa primero.
Perdonadme.
SANCHO: ¿Que os perdone
decís, cuando os agradezco
venir así? Y pues se llega
siempre en desdichas a tiempo,
las mías sabed, que pongo
en vuestras manos. Yo tengo
dentro de mi casa un hombre
que a matarme entró resuelto,
y aun dos muertes; que si ha sido
en los generosos pechos
vida del alma el honor,
el alma también me ha muerto.
Con una de mis hermanas
ha hecho fuerte ese aposento.
Si le doy muerte atrevido,
de mi hermana el honor pierdo;
y si le dejo con vida,
vivo un enojo me dejo.
¿Qué he de hacer en tales dudas?
JUAN: (¿Habráse visto suceso Aparte
semejante? ¿Con don Sancho
era de Octavio el empeño?
Yo le he traído a esta casa;
mal haré si aquí le dejo.
Si un amigo hace de mí
confïanza, y si le ofendo,
las esperanzas de ser
de Leonor esposo pierdo.
A librar a Octavio vine,
y cuando librarle intento,
me dicen que está encerrado
con Leonor, para ser dueño
de su amor.)
OCTAVIO: Aquella voz Dentro
conozco; salir pretendo.
LISARDA: No hagas tal. Dentro
OCTAVIO: ¡Aparta! Dentro
LISARDA: Yo Dentro
de aquí a salir no me atrevo.
Abre la puerta, sale don OCTAVIO, y vuelve a cerrar
doña LISARDA
OCTAVIO: (Miedo de mujer cerró. Aparte
Mas ¿cómo conformes veo
tanto a don Juan y a don Sancho?
¿Cosa que fuese concierto
haberme traído ...? Mas ¿cómo
tal de un amigo sospecho?)
¡Don Juan!
SANCHO: Pues ¿de qué os conoce
(¡peor esto se va poniendo!) Aparte
a vos, don Juan, mi enemigo?
OCTAVIO: Ya de que acudáis es tiempo
a la obligación que os puse,
cuando os conté mi suceso.
Don Sancho es el enemigo.
SANCHO: Don Juan, que acudáis espero
a mí; pues honor y vida
en vuestras manos he puesto.
El enemigo es Octavio.
JUAN: ¿Quién se vio en igual aprieto?
Pero ¿qué temo, qué dudo,
si dice la ley del duelo
para casos semejantes...
SANCHO Y OCTAVIO: ¿Qué?
JUAN: ...que con quien vengo vengo.
Don Sancho, dadnos lugar;
porque por mares de acero
hemos de salir los dos.
SANCHO: Pues ¿tú contra mí? ¿Qué es esto?
JUAN: Es cumplir mi obligación.
SANCHO: ¿Y en la que yo te había puesto?
JUAN: Llegó muy tarde.
SANCHO: ¿Por qué?
JUAN: Porque con quien vengo vengo.
SANCHO: "¿Con quien vengo vengo?" Aquí
se oculta mayor misterio.
Mas no importa, pues que yo,
que honor de mi parte tengo,
y vengo a cobrarle aquí,
dándoos la muerte primero,
diré al lado de mi honor
también con quien vengo vengo.
¡Mueran los dos!
Riñen
TODOS: ¡Los dos mueran!
OCTAVIO: Hay mucho que hacer en eso,
que sois pocos.
CRIADO: ¡Ay de mí!
SANCHO: ¡Muerto soy! ¡Válgame el cielo!
Cae don SANCHO. Vanse corriendo los CRIADOS
OCTAVIO: Don Sancho cayó en las flores
y los crïados huyeron.
JUAN: Y como sin luz nos dejan,
por donde salir no acierto.
Pero ¿dónde está Leonor?
OCTAVIO: Cerrada en ese aposento.
JUAN: Abre aquí, yo soy, bien puedes.
Sale LISARDA
LISARDA: Por conocerte, me atrevo.
JUAN: Ven conmigo; que no es bien
que te deje en ese riesgo.
LISARDA: Mira que no soy...
JUAN: Ya sé
quién eres, pues que te llevo.
Segura conmigo vas.
LISARDA: (Ya todo está descubierto, Aparte
pues me conoce, y me ampara
por cómplice de este yerro.)
Vanse. Sale URSINO
URSINO: Fácil está de verse que he perdido,
pues del juego no salgo acompañado,
ni a un mirón reverencias he debido,
ni luz al garitero le he costado;
y aun mejor despaché que he merecido,
pues que las escaleras no he rodado,
bien del garito al tiempo no hay distancia,
pues sólo medra el que anda de ganancia.
¡Vive Dios...!
Ruido de espadas dentro
SANCHO: Aun se anima en esta mano Dentro
noble acero en defensa de mi vida
y mi honor.
URSINO: Esto ¿qué es?
SANCHO: Vuelve, tirano, Dentro
y no seas dos veces mi homicida.
URSINO: En esta casa riñen.
OCTAVIO: Ya es en vano Dentro
esperar mi venganza conseguida
y tu muerte.
Salen don JUAN, don OCTAVIO y doña
LISARDA
LISARDA: ¡Ay de mí!
OCTAVIO: Ved dónde iremos.
JUAN: A casa, porque allí lo dispondremos.
URSINO: En esta casa fue la cuestión, ¡cielos!,
y después de la voz y del rüido,
dos hombres entre asombros y desvelos,
y una mujer con ellos, han salido,
desnudas las espadas, mil recelos
al alma y la razón han ocurrido.
SANCHO: ¡Triste de mí! Sin confesión me muero! Dentro
URSINO: Ni hombre humano seré ni caballero
si dejo a aquesta voz de dar ayuda,
cuando pronuncia en lamentable acento
afectos religiosos lengua muda.
Entrar adentro a socorrerle intento.
Sale don SANCHO
SANCHO: Mal el valor se alienta, mal se ayuda,
cuando de sangre propia está sediento
el corazón, y en bárbaros enojos
le lloran las heridas y los ojos.
Vuelve, vuelve, enemigo, y esa espada
muerte me dé para mayor exceso.
URSINO: Quien así os busca no os ofende en nada,
mas os viene a ayudar en tal suceso.
Sale doña LEONOR
LEONOR: Yo bajo en llanto y en dolor bañada.
Que estoy mortal a mi dolor confieso.
¿Dónde voy? ¡Ay de mí! que en esta calma
miente la vida y se desdice el alma.
SANCHO: Decid ¿quién sois?
URSINO: Quien de piedad movido,
llora vuestras desdichas.
SANCHO: Caballero,
bien la piedad lo dice, pues ha sido
de la sangre el blasón más verdadero;
perdonadme el no haberos conocido;
que aunque en mi patria estoy, soy extranjero
en ella; y así ignoro vuestro estado;
que extranjero en su patria es el soldado.
En el último aliento de mi vida
lucho a brazo partido con la muerte,
y por la infausta boca de una herida
el alma los espíritus divierte.
No quiero, no, que sea socorrida
mi vida desas canas en tan fuerte
desdicha, el honor sí. Dejadme, os ruego,
y esa dama poned en salvo luego.
No es mi dama, señor, hermana es mía;
así lo fuera la que abrió primero
puerta para tan grande alevosía,
despojo infame del rigor severo.
Sólo en vuestro valor mi honor se fía,
porque os juzgo señor y caballero.
Mirad por ella, y quede en vos segura
pobre nobleza y huérfana hermosura.
URSINO: Infeliz caballero, ya que el cielo
a esta ocasión mis pasos ha traído,
¿quién duda que haya sido por consuelo
de vuestro pecho honrado y afligido?
En mis brazos venid, alzad del suelo;
llamaré quien os cure, y advertido
vivid de que tendrá esta hermosa dama
segura su opinión, cierta su fama.
Ursino soy, si basta; y a Dios juro
de no faltar jamás de vuestro lado,
hasta que de la vida estéis seguro,
y del honor estéis desagraviado.
Con vos me habéis de hallar, porque procuro
ya como propio el bien de un desdichado.
Venid los dos.
SANCHO: Esa palabra aceto.
URSINO: Otra vez con el alma os la prometo.
FIN DE LA JORNADA SEGUNDA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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