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LISARDA:           (¿Hay cosa como pensar            Aparte
                mi hermano, como me vio
                tan de su parte, que yo
                fuese la que dio lugar
                   a aquel crïado, y que he sido
                la que, admitiendo al crïado,
                la pendencia ha ocasionado?
                Aun si le hallara escondido,
                   con más razón lo dijera;
                pues es verdad que yo soy
                quien le dio la ocasión hoy
                de que a buscarme viniera.
                   Mas ya que el temor resisto
                y él se fue, bien empleado
                ha sido el susto pasado,
                a trueco de haberle visto;
                   pues verle sólo será
                remedio.)  ¡Ah, Celio!

Sale CELIO
CELIO: ¿Señora? LISARDA: Bien podéis salir agora, que mi hermano se ha ido ya; pero mirad lo que os digo, que no atribuyáis la acción que habéis visto a otra ocasión estorbar vuestro castigo a mis ojos. CELIO: No se crea tal de mí, ni tal se espere; y si tal atribuyere, que atribüido me vea a los ojos del Señor, y con esto y con besar aquese pie singular, cifra que asienta el amor, pie que a persona se atreve, pie que en mi pie lugar toma, pie que un notario de Roma le despachó por lo breve, pie duende, pues en rigor no se sabe si es verdad, y pie tan menor de edad que le pueden dar tutor; me iré con compás de pies, alegre y agradecido, avisado y advertido de tu pie-dad. LISARDA: Oye pues. CELIO: Otrosí, ¿qué mandas? LISARDA: Mando que no me vuelvas aquí otra vez. CELIO: Harélo así, "Las tres ánades" cantando. LISARDA: (Mas ¿por qué me quito yo Aparte el remedio de mi mal, si es que con seguro igual amor mi remedio halló?) Celio, oye. CELIO: No me detengas, de todo estoy avisado; que no venga me has mandado. LISARDA: Pues ya te mando que vengas. Licencia, Celio, te doy; ven a verme, porque el verte sólo ha de excusar mi muerte. (Mas ¿qué digo? ¡Loca estoy!) Aparte
Vase doña LISARDA
CELIO: ¡Cielos! ¿Quién ha de entender la cifra de aqueste enfado? Mas, pues solo me han dejado, un soliloquio he de hacer. Recibirme melindrosa Lisarda, hablarme turbada, advertirme recatada y guardarme generosa, enfadarse y desdecirse, quererme ir y enfadarse, despedirme y retractarse, mandar que venga y partirse ¿no me está diciendo aquí --que no es otra cosa, no-- "Necio, entiéndeme; que yo me estoy muriendo por ti?" ¡Pues alto, esperanza vana! No hay en esto duda alguna; que el que es de buena fortuna, lo que no envida no gana. Desde hoy tengo de asistir noche y día; desde hoy su eterna figura soy; pues que yo puedo rendir, con mi buen arte y con mi buen ingenio y mi gallarda presunción, una Lisarda de las más lindas que vi.
Vase CELIO. Salen don JUAN, URSINO, y don OCTAVIO, de noche
OCTAVIO: Los dos, señor, contigo sirviéndote hemos de ir. URSINO: Ya, Octavio, os digo que es conmigo excusado afectar ese honor, ese cuidado. JUAN: ¿Has de ir solo a esta hora? URSINO: Pues ¿quién me ha de ofender? OCTAVIO: Ninguno ignora que es rayo tu cuchilla, que del rebelde ha sido maravilla; mas no porque lo fueses nos excusa a los dos de descorteses si, habiéndote aquí hallado, te dejamos ir solo. URSINO: Ya habéis dado en eso, y lo consiento de vos, Octavio, porque Juan, atento a la obediencia mía, no os deje solo, porque más querría ser hoy con vos grosero yo, que no que él lo sea. OCTAVIO: Sólo quiero responder a ese agravio, muda la voz y suspendido el labio. JUAN: ¿Dónde vas? URSINO: Aquí a casa de César, donde se divierte y pasa la noche en tener juego, conversación y rifas, e irme luego. Ésta es la casa, despediros puedo; idos con Dios, que yo seguro quedo. JUAN: ¿Entraremos contigo? URSINO: No; que no quiero yo que sea testigo de si juego o no juego, para alentar tus inquietudes luego.
Vase URSINO
OCTAVIO: Bien vuestro padre ha andado, propio despejo de tan gran soldado: reñir con bizarría. JUAN: Pues no quisiera hoy la suerte mía que haber andado bien hubiese sido en eso. OCTAVIO: Pues ¿en qué? JUAN: En haber venido, ya que le acompañamos, al barrio de Leonor, pues nos tardamos por haberle asistido. OCTAVIO: Antes, don Juan, más presto hemos venido que otras noches. JUAN: No creo que vive en vos la fe de mi deseo, pues temprano os parece. OCTAVIO: Aunque es verdad que el alma no padece el ansia ni el afecto, digno de un alto y singular sujeto, por Dios, que no ha dejado de traerme mi poco de cuidado. Sabed que la crïada parla excelentemente. JUAN: Es extremada. OCTAVIO: No vi en toda mi vida pícara tan gustosa y entendida. Pues ¿qué diré del modo con que se hace estimar? Calle aquí todo. Decidme si es hermosa. JUAN: ¿Pudiera haber pregunta más ociosa? Si vos decís que tan discreta sea, ¿no estáis diciendo a voces cómo es fea? Pero ya que llegamos, la seña, Octavio, en esta reja hagamos. OCTAVIO: ¿Qué va que no responden, pues poco ha que se esconden del sol las luces bellas, dejando por virreinas las estrellas? JUAN: Fuerza es, pues, que esperemos; aquí este rato divertir podemos. Ved qué queréis que hagamos. Mas pues solos estamos, sin el impedimento que os estorbó otras veces, va de cuento.

OCTAVIO: Con el retrato de aquella madama...--aquí me parece que quedamos-- JUAN: Es verdad. OCTAVIO: ...cuya hermosura excelente con vida y con alma estaba en el joyel, de tal suerte que, mirándola y hablando otra dama diferente, quise responder a ella, presumiendo que ella fuese. Llegué a Milán, y a la casa de Monsiur de Orliens, pariente muy cercano de los duques de Orliens, cuyos intereses quizá le empeñaron tanto que, pasando de valiente a temerario, le hicieron deudor de tantas mercedes, dile el recado del duque, y, en la lámina viviente absorto, en muy grande rato no habló; pero en sólo verle dijo más que si dijera; que es el silencio elocuente. Luego, con mil ceremonias de rendimientos corteses, me dijo, "Monsiur, al duque mi señor le decid que este esclavo y rendido suyo le besa los pies mil veces. Y así, que por no tomar contra mi dueño excelente las armas, me volveré a Francia, pues me concede la vida y la libertad, sin que a ello el rey me fuerce." He querido decir esto por no dejaros pendiente ningún cabo, porque todos los de la novela queden atados, si ya no es porque, advertida y prudente, rodeos busca la lengua, para que el dolor no llegue. Pero en fin, por no huir el semblante a los desdenes de la Fortuna, supuesto que la confianza más fuerte, cuanto más se recatea, tanto más se aviva y crece, que es otra desdicha aparte la desdicha que se teme; llegué a la casa--¡ay de mí!-- de Flérida hermosa--que éste es el nombre--y, cuando en ella pensé lograr los placeres perdidos... ¡Qué necedad, que tal mi pecho creyese, pues es cierto que ninguno después de perdido vuelve! Hallé la casa, que abierta estaba, sin que me diesen los adornos seña alguna de que la habitase gente, toda desierta, y en toda una suspensión; que a veces aun las desdichas se hacen de rogar, si les parece que son de provecho. El huerto, cuyas flores fueron jueces de mi amor, secas y mustias, y algunas, sin que naciesen claveles, lo parecían, pero sangrientos claveles. Vi que hacia una parte estaba la turca alfombra excelente trocada en funesto lecho que hacía sombra a unos cipreses. Todo me puso pavor, todo tristeza, y de suerte vi tras mi imaginación arrebatarse y perderse el discurso, que temí dentro en mí mismo perderme. ¿Viste a cóleras del Noto deshojarse y deshacerse los nevados tornasoles de aquel árbol que amanece a ser alba del verano, por su rizado copete, que apenas al mundo vive cuando maravilla muere? ¿Viste, a violencia de un rayo, en la campaña celeste del estío, que son ruina los árboles y las mieses? ¿Viste océano terrible que montes de espuma mueve a los embates de un río, soberbio con su corriente? Tal la casa parecía, ruina que se desvanece al viento, al rayo, a las ondas, deshace, desluce y pierde beldad, pompa y hermosura, humilde, postrado y débil. No previniendo la causa del no pensado accidente, pensé morir; pero un hombre, que acaso allí estaba, en breve informado de mis dudas, me respondió de esta suerte, "Aquí vivía una dama, rica sólo de los bienes de naturaleza, a quien amó un caballero; éste, la noche que salió el tercio de Milán, habrá dos meses, por la puerta del jardín entró; no sé quién le abriese; sólo sé que la mujer dio voces, y que la gente de su casa acudió, y él, como atrevido y valiente, en su defensa mató un hombre; y según parece, debió de quedar aquí; mas las señas lo desmienten. Salió en fin y ella, turbada, viendo que a todos los prenden, se fue a un monasterio, donde librarse, señor, pretende." Nombróme el nombre al fin; era aquel fiero, aquel aleve amigo, en quien por mis males deposité tantos bienes. Ved qué penoso dolor, ved qué confusión tan fuerte; y más cuando de la dama tuve un papel que me advierte que por mí su hacienda, vida y reputación padecen; que volviese por su honor; pues es tan cierto que tiene obligación de pagar la deuda el que no la debe, como en su nombre se pida, y a todo el nombre se preste. Con esto, pues, empeñado en matarle o en prenderle, le busqué, y supe que estaba en Verona... JUAN: Oye, detente; no prosigas, hasta tanto que haya pasado esta gente.

Salen don SANCHO y gente
SANCHO: Ellos son; ya no hay que hacer, sino esperar a que entren.
Vanse don SANCHO y la gente
OCTAVIO: Armas lleva y prevenciones. JUAN: La esquina a la calle vuelven; y otro hombre por esta parte mirando las rejas viene.
Sale CELIO con capa rica
CELIO: (¡Qué mal un enamorado Aparte descansa, come ni duerme, si a los umbrales no está de la dama a quien bien quiere! Aquí me ha de hallar el día adorando estas paredes. ¡Ay bellísima Lisarda, qué de suspiros me debes! Yo quiero hacer una seña.) OCTAVIO: ¿Si son éstos los valientes de la otra noche y nos echan, por ocasionarnos, éste? JUAN: ¿De qué suerte lo sabremos? OCTAVIO: Yo os lo diré; de esta suerte.
Llégase a CELIO
Caballero, a mí me importa sola que esta calle deje. Y así os ruego que se vaya, o haráme que se lo ruegue a cuchilladas. CELIO: No hará; porque el pedir de esa suerte es lo mismo que pedir limosna con pistolete. OCTAVIO: Pues váyase de aquí al punto. CELIO: Dónde es el punto, conviene a saber, si he de ir allá; si no es que decirme quiere que irme al punto es irme al punto. OCTAVIO: No del vocablo me juegue, sino váyase. CELIO: No quiero. OCTAVIO: Yo le haré que quiera. CELIO: ¡Tente, señor! OCTAVIO: ¿Es Celio? CELIO: Yo soy. Milagro fue el conocerte, porque si no, ésta es la hora que eres un atún de requiem. OCTAVIO: ¿Qué capa es ésta? CELIO: Una tuya. OCTAVIO: Pues ¿qué disfraz es aquéste? CELIO: Disfraz de hombre enamorado; que no hay cosa en que se eche de ver más, cuando lo están, que en andar limpias las gentes. OCTAVIO: Nise lo habrá así trazado. CELIO: Nise fue mi remoquete un tiempo; mas ya no es Nise, Ni-se dice, Ni-se puede decir, porque al fin fue amor de medio mogate ése, y éste es de mogate entero. JUAN: ¡Ea, vete de aquí, vete! CELIO: No puedo, porque he de estar, hasta que el alba despierte, clavado en estos umbrales, dosel poco, esfera breve de mejor sol, pues el sol la luz de Lisarda aprende. JUAN: ¿Estás loco? CELIO: Cuerdo estoy; porque quien el juicio pierde por tal causa, cuerdo está. OCTAVIO: Ésa es ser loco dos veces.
Sale doña LISARDA al paño

Con quien vengo vengo part 6

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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