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JORNADA SEGUNDA


Salen doña LEONOR y doña LISARDA
LEONOR: ¡Notable melancolía es la tuya! ¿No pudiera, para ayudarte a sentirla, tener parte en tus tristezas? Descansa conmigo a solas. ¿Qué sientes? LISARDA: Si yo supiera decir, Leonor, lo que siento, no fuera mi mal, no fuera grave mi dolor; porque no es posible que se sienta más que se dice; y aquello que se llora y que se cuenta no es mucho; que antes el mal con eso se lisonjea. Y yo estoy tan bien hallada con el mío que quisiera que durara sin matarme, porque las desdichas nuevas de morir aquel instante no me tuviesen contenta. LEONOR: Ésa no es melancolía, es frenesí, es rabia, es fuerza de mayor causa; y, supuesto que decírmela no quieras, no me la niegues, si yo la supiere. LISARDA: (¡Yo estoy muerta! Aparte ¿Si mis extremos la han dicho la ocasión?) Como la sepas tú, yo no la negaré. LEONOR: ¿Es, por ventura, tu pena corrida de lo que has hecho conmigo, siendo tercera estas noches de mi amor? LISARDA: Aunque alguna parte es ésa, no toda. Di, si imaginas otra cosa. LEONOR: Sólo ésta me daba cuidado. LISARDA: Pues persuádete que no es ésa; y, supuesto que mi mal comunicarse no deja, no apures mi sufrimiento. LEONOR: Dime, ¿en qué alegrarte pueda? LISARDA: En dejarme; porque un triste consigo solo se alegra. LEONOR: Obedecerte deseo. Contigo, hermana, te queda. (¡Gran pasión es ésta, cielos! Aparte ¡Quiera Dios que por bien sea!)
Vase doña LEONOR
LISARDA: Ya estoy sola, ya bien puedo dejar al dolor la rienda, dar al aliento la voz, soltar al llanto la presa y, en mal pronunciadas voces y en lágrimas mal deshechas, dar corrientes y suspiros a los ojos y a la lengua. Salgan, pues, salgan del pecho tantas desdichas y penas. Mas no salgan; que, aunque estoy sola, es tan grande la afrenta que padezco que, al decirlas, aun de mí tengo vergüenza. Y, antes que mi agravio diga, el primer acento sea la disculpa, como aquél que en una prisión espera morir de veneno, y toma primero la contrayerba. Tres peligros tiene amor; uno el que la voz alienta, otro el que la vista admite, y otro el que el oído engendra. Conociendo el de los ojos, les dio la naturaleza párpados, porque no fuese disculpa el ver una ofensa. En la lengua puso luego, como a monstruo, como a fiera terrible, mayores guardas de candados y de puertas, tras canceles de coral, otras murallas de perlas. Pues, siendo así que previno para los ojos defensa, defensa para la voz, ¿cómo olvidó que tuviera defensa el oído, siendo el que aprende más apriesa? Pues de lo que hace y ve un hombre menos se acuerda que de lo que oye; y no sólo no hay guardas que le defiendan, pero tiene, porque vaya la voz más sonora y cierta, quien la recoja, pues son arcaduces las orejas. Y, apurado este discurso, llevada de mis tristezas, de lo que miran mis ojos, ya con esta recompensa, lo que lloran ellos mismos de sus agravios se vengan; de lo que la lengua dice con suspiros la consuela; mas el oído no tiene ni consuelo ni defensa. Dígalo yo que, engañada oí la falsa sirena de un hombre...Pero aquí el llanto anegue la voz, y sea mar de desdichas mi pecho, adonde corra tormenta. ¿A un hombre--aquí me suspende segunda vez la vergüenza-- de humilde estado, de poca estimación y de prendas tan bajas, pudo el oído tanto que la voz sujeta y el pecho que ha sido el centro de altivez y de soberbia? ¿Yo--¡cielos!--yo a una pasión tan rendida y tan resuelta que me desvele un crïado, un pícaro? La paciencia me falta. ¡Oh qué bien, amor, de mis desdichas te vengas! Un solo camino hallo de vencer esta inclemencia del cielo, que es verle presto; que el verle de día refrena la pasión que de escucharle de noche nace. Con esta intención le dije anoche que a verme a estas horas venga, pensando que Nise soy, y estoy esperando atenta; que si, viéndole de día con tal traje y tales señas de hombre bajo, mi furor tras sí me arrastra y despeña, tengo de darle la muerte, porque con su vida mueran tantos abismos de males, tantos piélagos de afrentas, tantos Etnas de desdichas, tantos Volcanes de afrentas, tantos montes de peligros, tantos mares de sospechas, tantos linajes de agravios, tantos géneros de penas.
Sale CELIO sin verla
CELIO: (Octavio y don Juan me dicen Aparte que a buscar a Nise venga, que ella dirá que me quiere, y que la otorgue y conceda cuanto me dijere. Yo no sé qué enigmas son éstas. Ellos se vienen de noche con disfraces y cautelas sin mí, que ya no parezco escudero de comedia, según que no me hallo en todo; y, siendo así que recelan de mí no sé qué secretos, que allá entre los dos conciertan, me dicen que hable con Nise. Pero Lisarda es aquesta.) LISARDA: (¡Qué presto vino! ¡Que un hombre Aparte tal con cuidado me tenga!) ¿A qué efecto me nombraste? CELIO: Por mi devoción; que es buena la que con Santa Lisarda tengo, que yo no pudiera con otro efecto nombraros; y, si es que os nombrara, fuera por diosa de la hermosura, por ninfa de la belleza, emperatriz de la gala, y de la discreción reina, archiduquesa del garbo, de lo prendido duquesa, marquesa de lo parlado y del aseo condesa, y vizcondesa de nadie; que no ha de ser vizcondesa, Lisarda, si en la demanda perder un ojo me cuesta; que menos importará, para lo de Dios, que sea yo, hermosa señora mía, bizco que vos vizcondesa. LISARDA: (¿Que tan frías necedades, Aparte que frïaldades tan necias como éstas a una mujer como yo cuidado cuestan? ¡Castigo del cielo ha sido!) CELIO: (¡Mucho la vista pasea Aparte por mi estatura; sin duda que los palos me tantea, quizá porque los esclavos los den por razón y cuenta.) LISARDA: (En esto el remedio hallo; Aparte que no hay cosa que aborrezca más que a este hombre, si le miro. Mas disimular es fuerza, si así tengo de sanar.) ¿No os dije yo que no os viera aquí otra vez? CELIO: Sí, señora, de lo dicho se me acuerda; pero como son esclavos los que han de hacer la faena, trayendo al cuerpo del guardia de mis costillas su leña, no me dio mucho cuidado; que no hay ninguno que sea más vuestro esclavo que yo; y, siendo yo esclavo, es fuerza que como a prójimo suyo ni me toquen ni me ofendan. LISARDA: (¡Donaire de la amenaza Aparte hace! Claramente muestra el valor con que le he visto alguna noche a mi puerta, al lado de su señor, sobre espadas y rodelas desembarazar la calle, para quedar solo en ella, y es valiente. Mas ¿qué importa, si es quien es?) CELIO: (Diome otra vuelta. Aparte Yo pienso que me retrata, según me mira de atenta.) LISARDA: (¡Qué mal talle! Pues la cara, Aparte ¡qué fealdad!) CELIO: (Haré una apuesta Aparte que está diciendo entre sí, "¡Qué generosa presencia!"
Dentro don SANCHO
SANCHO: Ten, Fabricio, ese caballo. LISARDA: Don Sancho es el que se apea. CELIO: Siempre con don Sancho tuve azar, y aquí no quisiera que me hallara; que es un Cid. LISARDA: Que una desdicha suceda temo, y más siendo la causa yo de que ahora a verme venga. Excusarla me conviene. En este aposento entra. CELIO: ¿Qué es aposento, señora? En un desván me metiera.
Vase CELIO
SANCHO: ¿Estás sola? LISARDA: Si no son compañía las tristezas, sola estoy.
Cierra la puerta don SANCHO
¿Qué es lo que haces? SANCHO: Cierro, Lisarda, la puerta; que quiero quedar contigo a solas. LISARDA: (La puerta cierra. Aparte Él le ha visto.)
Sale CELIO al paño
CELIO: (Malo es esto; Aparte todos vustedes me sean testigos, por si me mata, de que protesto la fuerza, para que pueda pedir después entre la sententia la nulidad de mi muerte.) LISARDA: (¡Ya cerró, yo quedo muerta!) Aparte SANCHO: Muchas veces deseé que ocasión se me ofreciera de hablar contigo, Lisarda, y ninguna es como aquesta; que si algún crïado mío te informó de la manera que suelen, lo que me trajo de Milán quiero que sepas.

Yo vi en Milán una mujer tan bella... no digo bien mujer... yo vi una diosa, en los cielos de abril fragante estrella, en los campos de sol luciente rosa, tan entendida, tan sagaz, que en ella, como de más estaba el ser hermosa, que parece formó Naturaleza entre la discreción tanta belleza. Tal fue que, habiendo a mi desvelo dado más de alguna ocasión y habiendo sido agradecido imán de mi cuidado y no ingrata prisión de mi sentido, habiendo, pues, a mi temor librado necios favores que borró el olvido, con nueva voluntad, con nuevo empeño, mudable me dejó por otro dueño. Súpelo yo después de una crïada que me dijo que ciega pretendía aquella misma noche dar entrada en su casa al galán que la servía; pero que ella, a mis ansias obligada, no a mis dádivas, dijo me ofrecía venderme la ocasión. ¡Oh cuántas famas las crïadas vendieron de sus amas! Agradecí el aviso; que un celoso le debe agradecer, aunque le pese; y esperaba la noche cauteloso, para que paso a mis traiciones diese, cuando, viniendo a verme su penoso amante, sin saber que yo lo fuese, contándome sus dichas y desvelos, creció más la congoja de mis celos. Confieso que, si entonces me dijera lo que yo en los amores ignoraba, quedar secreto a su amistad debiera, morir primero a mi lealtad tocaba; mas si yo de su amor tan capaz era que lo supe antes que él me lo contaba, ni niego la fineza del efeto; que lo que dos me dicen no es secreto. Abrióme, pues, la puerta la crïada, guiándome a su cuarto, donde aquella deidad de la inconstancia profanada estaba, tan mudable como bella. La crïada a la luz fingió turbada desconocerme, y más turbada ella, sin fingirlo, quedó sin que supiese cuál la verdad, cuál lo fingido fuese. Dio voces, bajó gente, y mis venganzas probaron en algunos los rigores. Si estorbé de su amor las esperanzas, si olvidé de mi olvido los favores, si burlé de una fiera las mudanzas, si castigué de un áspid los errores, dilo tú, aunque ignorante me castigas, pero no es de tu estado; no lo digas. Esto te he dicho porque no imagines de mí que hacer, sin gran disculpa, puedo cosa indigna de mí, ni determines, si yo bien puesto o si mal puesto quedo; que no es bien que me arguyas ni examines, para poner a mis acciones miedo y disculpar lo que en mi casa pasa; que, Argos de honor, he de velar mi casa.

Vase don SANCHO

Con quien vengo vengo part 5

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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