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CELIO:          Octavio, yo te agradezco
                que no dijeses "del fénix",
                arrendador de lo eterno.
                Y si quien trae buenas nuevas
                y quien las dice de presto
                albricias nuevas merece,
                papel hay, venga dinero;
                y si no, no habrá papel.
JUAN:           Daca.
CELIO:              ¿Qué es "daca"?  Primero
                he de "tomacar".
JUAN:                           ¡Qué loco
                estás!  Proseguid; que tengo,
                hasta saber en qué para,
                pendiente el alma del cuento.
OCTAVIO:        Leed primero el papel;
                que buenas nuevas no creo
                que es bien, don Juan, dilatarlas.
JUAN:           Con vuestra licencia leo.

Lee para sí
OCTAVIO: Contento leéis. ¿Podré daros parabienes? JUAN: Creo que será agraviar, Octavio, tanta ventura con ellos. Ya os he contado otra vez que el tratado casamiento, para que entonces mi padre me llamó, no tuvo efecto; ya os dije cómo pensaba casarme a mi gusto, haciendo a una dama, a quien adoro, del alma y la vida dueño; ya os conté cómo la hablaba de noche y que por respeto de un hermano que ha venido, con quien amistad profeso, con este intento no más, pues le visito y le veo, y apenas sabe mi casa ni conoce, según creo, a mi padre, por agora se puso a mi amor silencio. Pues leed; veréis que escribe que hablarla esta noche puedo dentro de su misma casa.
Toma don OCTAVIO el papel y lee para sí
¿Qué os parece? OCTAVIO: ¡Grande extremo de amor! JUAN: Hora es ya de ir. Perdonadme; que si pierdo la ocasión, pierdo la vida.-- Tú, dame la capa presto y un broquel.-- Adiós, Octavio.
Vase CELIO
OCTAVIO: Aguardad, don Juan, teneos; porque habéis de hacer por mí una fineza que quiero suplicaros. JUAN: ¿Qué mandáis? OCTAVIO: Esta dama os pone a un riesgo notable, y os da licencia que para el seguro vuestro llevéis un crïado. JUAN: Sí. OCTAVIO: Pues en cualquiera suceso ¿cuánto es mejor un amigo de satisfacción y esfuerzo? Yo, como vuestro crïado, he de ir con vos, pues es cierto que yo para todo trance os seré de más provecho. JUAN: Claro está que lo seréis, y aunque os estimo el consejo, hay una dificultad; que le nombran a él, y temo que se disgusten. OCTAVIO: ¿Hay más que decir que soy el mesmo? Que yo sabré recatarme. JUAN: Y si os hablasen--que a Celio le tienen allá por hombre de humor y de pasatiempo-- ¿qué habéis de hacer? OCTAVIO: Pediré licencia a mis sentimientos, y diré mil disparates; que para todo hay remedio. JUAN: Sois mi amigo.
Sale CELIO
CELIO: Aquí está ya capa, broquel y sombrero. OCTAVIO: Dame tú la tuya a mí, y quédate. CELIO: Lo consiento sin más notificación. JUAN: Vamos, Octavio. OCTAVIO: Aunque llevo tantos pesares conmigo, como sabéis, algún tiempo he de gastar buen humor, mientras soy crïado vuestro.
Vanse. Salen doña LEONOR, y doña LISARDA en traje de criada
LEONOR: Huélgome de que seas testigo de mi amor, para que veas desde cerca el intento con que se atreve al sol mi pensamiento; que si me recataba de ti, Lisarda, fue porque pensaba que cuerda me quitases la ocasión, pero no porque llegases a examinarla y verla como tú no me quites el tenerla. LISARDA: Yo estimo el haber dado tan buen corte a tu gusto y mi cuidado que, conformando extremos tan contrarios, Leonor, las dos estemos gustosas de una suerte. Mas sólo un punto que me falta advierte: el día que llegare a pensar --¿qué es pensar?-- que imaginare que yo soy la que ha hecho espaldas a tu amor y de tu pecho en esto tuve parte, Leonor, te persuade que es quitarte la ocasión. LEONOR: El callarlo te prometo, aunque yo sea mujer y él sea secreto. LISARDA: Pues que ya recogida está la casa y yo vengo vestida, sin que oro brille y sin que cruja seda que informar a don Juan de quién soy pueda, vete a hacer la deshecha, para que se desmienta la sospecha, con aquella crïada que para abrir la puerta está avisada. LEONOR: Ya dije que has sabido tú la ocasión, Lisarda, que ésta ha sido la causa de dejalla, con que no es menester aseguralla. LISARDA: ¿Y vino nuestro hermano? LEONOR: No vino. Pero aquése es temor vano; porque del nuestro tiene su cuarto muy distante, y cuando viene, se entra en él, sin que sea fuerza que este jardín mire ni vea.
Hacen ruido dentro
LISARDA: ¿Qué es aquello? LEONOR: Es la seña. Ve a abrir la puerta, pues. LISARDA: Con no pequeña turbación. LEONOR: Pues ¿de qué, di, vas turbada? LISARDA: ¿No ves que hago el papel de la crïada? ¿Don Juan?
Llega a abrir. Salen don JUAN y OCTAVIO
JUAN: Sí, Nise bella; yo soy quien busca al sol con una estrella.

LISARDA: Pisa quedo; que, aunque está su hermano fuera de casa, Lisarda no duerme. JUAN: Escasa de luz la noche, no da, Nise, solo un rayo. LISARDA: Ya en presencia de Leonor será luz y resplandor la tiniebla oscura y fría. JUAN: Dices bien; que todo es día con el sol. LEONOR: ¡Don Juan, señor! JUAN: ¡Leonor, señora, mi bien! Deja que en honestos lazos supla la fe de los brazos lo que los ojos no ven. LEONOR: ¿Cómo se atreviera quien no te estimara a una acción semejante? JUAN: Deudas son que a tu recato prevengo, y solo a pagarlas vengo. LEONOR: ¡Nise! LISARDA: ¿Señora? LEONOR: Atención has de tener con el cuarto de Lisarda, no despierte y a echarnos menos acierte. LISARDA: Yo tendré cuidado harto de Lisarda. OCTAVIO: Yo me aparto hacia la puerta a mirar que nadie salir ni entrar pueda. LEONOR: ¿Es Celio? OCTAVIO: Leonor, sí. (Mi crïanza empieza aquí.) Aparte LEONOR: Pues ¿cómo, no hay más hablar? OCTAVIO: No hay más hablar, porque más callar viene más a cuento; que el primero mandamiento de amor es: no estorbarás. No fui tan necio jamás que jugué con quien supiese más que yo, ni que esgrimiese con amigo que estimase, que con mi amo me burlase, que con mi moza riñese; ni con necios porfïé, ni con sabios argüí, ni con señor competí, ni de dama me confié, ni con celos me ausenté, ni tuve al fin por favores cintas, cabellos ni flores; ni en sucesos semejantes me puse entre dos amantes que se están diciendo amores.

Hablan aparte don JUAN y don OCTAVIO
JUAN: Bien el modo has imitado de Celio....mas oye. OCTAVIO: Di. JUAN: Puesto que has de estar aquí, divierte un poco el enfado con el humor de crïado. Con esto conseguirás dos cosas; y es que estarás con Nise bien divertido, y, siendo Celio fingido, él mismo parecerás. OCTAVIO: Yo voy; pero no quisiera echarlo a perder. LISARDA: (No sé Aparte cómo hablar con él, porqué el callar más yerro fuera. Mas sea de esta manera... ¡Ah, Celio! OCTAVIO: ¿Nise?
Siéntanse don JUAN y doña LEONOR, don OCTAVIO llega a hablar con doña LISARDA
LEONOR: (¡Ay de mí!) Aparte Que me entretengas aquí quiero. OCTAVIO: ¿Entretenerte quieres? Por ventura, Nise, ¿eres la mujer de Montení? LISARDA: Tu buen humor me convida. OCTAVIO: Pues miente mi buen humor, como un mal convidador que conozco en esta vida, el cual para una comida tres amigos convidó de falso, y cuando llegó del convite el aplazado día, él muy descuidado, sin esperarlos, comió. Entraron, cuando ya estaba al "Ite, comida est", y colérico después a su despensero echaba la culpa, con que no hallaba que comer; y uno, a quien llama segundo Apolo la fama, al tal convite movido, antes muerto que nacido, hizo este breve epigrama:

"Tiene Fabio al parecer despensero a su medida, que al que convida se olvida de traerle que comer. Si en convidar, Fabio amigo, gastas tan poco dinero, préstame tu despensero, y vente a comer conmigo."

LISARDA: Bueno el epigrama es. OCTAVIO: Consiento el llamarle bueno, porque he dicho que es ajeno. LISARDA: (Bien va sucediendo, pues Aparte no me conoce.) OCTAVIO: (¡Que des, Aparte oh Amor--tu deidad te abona--, nombre y voz de otra persona!) LISARDA: (En verdad que es extremado Aparte el pícaro del crïado.) OCTAVIO: (No huele mal la fregona.) Aparte LEONOR: ¿Tanto estimas el tener esta ocasión? JUAN: Sí; y agora que duerme la blanca aurora en lecho de rosicler, oh Leonor, quisiera ser de toda esa esfera dueño o, con el opio y beleño que da el monte de la luna, infundir en la fortuna del orbe silencio y sueño. LEONOR: Aunque en mi mano tuviera el orden del cielo yo, hoy el curso del sol no parara ni detuviera; antes más prisa le diera, por sentir el verte ausente; que quien ama firmemente, don Juan, que trocara sé las glorias de lo que ve a penas de lo que siente. LISARDA: (Ya que más segura estoy Aparte en lo que sé, le he de hablar; pues así no podré errar.) ¿Y cómo saliste hoy de con Lisarda? OCTAVIO: (Aquí doy Aparte al través. Mas la voz mía por mayor responda.) ¿Había, hermosa Nise, de hacer caso yo de esa mujer? Todo al fin fue niñería. LISARDA: No mucho, porque yo sé que es mujer que cumplirá lo que dijere. OCTAVIO: No hará. LISARDA: ¿Por qué? OCTAVIO: Yo me sé por qué. LISARDA: Ella es fiera. OCTAVIO: Ya yo sé que ella es fiera averiguada. LISARDA: Como nunca enamorada se vio, y nunca quiso bien, no tuvo duelo de quien lo está. OCTAVIO: Ella es una menguada. LISARDA: ¿Menguada? OCTAVIO: Y un argumento lo podrá probar mejor. LISARDA: ¿Y es...? OCTAVIO: Que quien no tiene amor... LISARDA: ¿Qué? OCTAVIO: No tiene entendimiento. LISARDA: Ése es falso fundamento. OCTAVIO: No es sino fino. LISARDA: Es error dar a amor tan superior grado. OCTAVIO: Pues oye, y sabrás que no se apartan jamás entendimiento y amor. Es amor una pasión del alma, tan firme en ella, que a duración de una estrella se mide su duración; un carácter o impresión fija que lleva la palma al tiempo, una dulce calma que al alma suspensa tiene, tan alma suya, que viene a ser el alma del alma. Que como si uno se atreve fuego y nieve a mezclar, luego vendrá la nieve a ser fuego o el fuego vendrá a ser nieve; porque a la unión se le debe tomar el hielo o ardor; así amor y alma, en rigor, juntándose en una calma, o el amor ha de ser alma o el alma ha de ser amor. Luego, si es en mi argumento al amor el alma igual, y del alma principal potencia el entendimiento, también del amor, atento a que ya es alma el amor, y él, como parte inferior del alma, le ha de asistir, que el criado ha de servir al huésped de su señor. El amor lleva tras sí al alma, lleva después al entendimiento, que es parte del alma; y así queda bien probado aquí que pecho en quien no halló asiento amor, y quedó violento, no fue porque fue crüel, sino porque no halló en él ni alma ni entendimiento. LISARDA: (Bachiller es el crïado.) Aparte Diga contra esa opinión la experiencia una razón. Yo vi un necio enamorado; luego es error haber dado al entendimiento fama que dueño de amor se llama, pues amar un pensamiento no está en el entendimiento, supuesto que un necio ama. Y apura más mi razón. ¿Cuántos, por haber querido, su entendimiento han perdido? Pues estos efectos son de una amorosa pasión, ¿cómo, dime, puede ser entendimiento el querer? Que amor de su mismo asiento no echara al entendimiento si le hubiera menester. OCTAVIO: (Bachillera es la señora.) Aparte Cualquiera que un arpa mida, hace que responda herida, no que responda sonora. Con esto te he dicho agora que un necio amará también; mas no sabrá amar; que quien ama sin entendimiento sonar hace el instrumento pero no que suene bien.

Dentro ruido
LISARDA: ¡Escucha, ay de mí! OCTAVIO: ¿Qué es esto? LISARDA: La puerta abren del jardín. OCTAVIO: La cuestión tuvo mal fin. LISARDA: ¡Señora! LEONOR: ¿Nise? LISARDA: Huye presto; que la suerte nos ha puesto en gran mal. Tu hermano viene por el jardín, como tiene llave de él. LEONOR: ¡Triste de mí! LISARDA: Huyamos presto de aquí. A los dos salir conviene por las tapias. JUAN: Saltad vos. OCTAVIO: Tente, señor; que no es bien; que hasta que libres estén, no hemos de salir los dos de aquí. LEONOR: Pues adiós. JUAN: Adiós.
Vanse doña LEONOR y don JUAN
OCTAVIO: Pues no vuelven a hacer ruido agora me iré, advertido de que quedas sin cuidado. LISARDA: ¡Válgate Dios por crïado tan valiente y entendido!

FIN DE LA JORNADA PRIMERA

Con quien vengo vengo part 4

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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