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LISARDA:           El que te oyere decir
                razones tan ponderadas,
                tan graves y tan cansadas,
                muy bien podrá presumir
                   que una de las dos previene
                asuntos de tu temor,
                cuando en buena ley de honor
                no sólo quien no le tiene
                   lo ha de pensar, pero quien
                lo tiene debe pensar
                que el sol le pudo engañar,
                que es lo que le está más bien.
                   Y así, del aire no arguyas,
                don Sancho, ilusiones vanas;
                que al fin somos tus hermanas,
                y aunque no por serlo tuyas
                   debiéramos proceder
                bien, por ser nosotras sí;
                pues no aprendimos de ti
                ni de tus celos el ser
                   ni el lustre con que nacimos,
                ni nos estuviera bien
                el aprenderle de quien
                viles hazañas oímos.
                   Y así el valor y la fama
                de que al cielo haces testigos,
                guárdale para el amigo
                a quien quitaste la dama.

Vase doña LISARDA
SANCHO: Escucha, Lisarda, espera. LEONOR: ¿Para qué te ha de escuchar? SANCHO: Para que, ya que a culpar llegó tan altiva y fiera hoy mis acciones, también sepa, Leonor, que ha mentido el coronista fingido de mis celos. LEONOR: Está bien; pero allá podrá mejor, que no aquí, tu pensamiento ver el trágico escarmiento de las fortunas de amor.
Vase doña LEONOR
SANCHO: Oye tú también, aguarda. Yo sabré en desdicha igual quién ha informado tan mal de mí a Leonor y a Lisarda.
Vase don SANCHO. Salen don JUAN y OCTAVIO
JUAN: Grave melancolía es, Octavio, la vuestra; todo el día no hacéis, aquí encerrado, sino dejar las riendas al cuidado, dando con mil enojos voz y llanto a los labios y a los ojos. Si es tanto sentimiento, corrido del humilde alojamiento que en mi casa se os hace, poco tanto dolor se satisface con tan pequeña queja, pues agraviado el sentimiento deja. Hacedme a mí testigo de vuestros sentimientos. OCTAVIO: ¡Ay amigo! No hagáis tan grande agravio a la amistad de Octavio, pensando que podía vuestra casa aumentar la pena mía; pues, como veis, es fuerza no verme el sol, mi sentimiento fuerza el estar solo y triste; más que en la causa, en la pasión consiste. JUAN: Aunque yo de un amigo nunca a saber ni a preguntar me obligo más de lo que él quisiere decirme, aquí la ley así prefiere la voluntad que quiero que me acuse la parte de grosero, suplicándoos merezca mi cuidado saber la causa con que habéis llegado encubierto a Verona, recatada del sol vuestra persona, haciendo mi aposento voluntaria prisión. OCTAVIO: Estadme atento.

Bien os acordáis, don Juan, de aquel venturoso tiempo que en las escuelas famosas de Bolonia, patria y centro de las artes y las ciencias, fuimos los dos compañeros, viviendo un cuerpo dos almas, y dando un alma a dos cuerpos. Bien os acordáis también de que en un mismo correo de vuestro padre y el mío tuvimos juntos dos pliegos, en que el señor don Ursino os mandaba que al momento viniésedes a Verona a descansarle del peso de vuestro estado, porque os tenían sus deseos de una principal señora tratado ya el casamiento. En el mío me mandaba a mí mi padre que luego trocase plumas y libros por las galas y el acero. Vos a casaros y yo a la guerra en un día mesmo fuimos llamados; si bien no de contrarios efectos, porque la guerra y casarse todo es uno es este tiempo. Al despedirnos los dos, en el abrazo postrero palabra los dos no dimos que habíamos de valernos el uno al otro, y llamarnos para cualquiera suceso; sobre cuya confïanza a buscaros, don Juan, vengo, para probar que soy yo más vuestro amigo, supuesto que yo de vuestra amistad soy quien se vale primero. Doblemos aquí la hoja, y a los discursos pasemos de mi vida, que son tales que imagino, dudo y temo que yo los pueda decir si no los dice el silencio. Salí de Bolonia, pues, para Milán, donde, luego que llegué, senté la plaza y ventajas en el tercio del señor duque de Lerma, aquel Escipión mancebo, en quien Adonis, Mercurio y Marte tiene imperio. A mi discurso volvamos, que huele a lisonja esto; mas sus proezas son tales que, aunque callarlas deseo, es fuerza volver a ellas, antes que acabe el suceso. Asenté en su compañía la plaza, y mientras el tercio estuvo en Milán, en él divertí los pensamientos de la patria y los amigos entre mujeres y juego. ¡Oh cuánto en mi relación algún amoroso extremo tarda ya, porque sin él está frío cualquier cuento! Amor al fin, que no teme los escándalos y estruendos de Marte, que desde niño le tiene perdido el miedo, como se crió en sus brazos, depuesto el arco y depuesto el arpón, quiso tal vez matar con armas de fuego, y en unos divinos ojos introdujo tanto incendio que hicieron Troya las almas, aun antes de verse dentro. Vi y amé tan igualmente que, viendo y amando a un tiempo, hubo después competencia sobre cuál sería primero. Por no cansaros--aunque con gusto me estáis oyendo-- lo que es lugares continuos, ventanas, calles, terrero, señas, papeles, crïados, noches, embozos, paseos, ya es hábito del amor gozar más quien vale menos. También sabréis cómo hallaron buen sagrado mis deseos; creció amor comunicado, y de un lance a otro siguiendo al incendio de la vista, por vecindad, el incendio del alma, pasó el que era breve pavesa entre hielo a ser llama que ya daba tornasoles y reflejos, a ser Etna, a ser Volcán, abismo de luz inmenso, el que era Volcán y Etna a ser esfera, a ser centro, oficina y obrador de los rayos y los truenos; tanto que, aunque desigual, si bien no el nacimiento, sino en la hacienda, la di palabra de casamiento; cuya llave, que es maestra para hacer a cualquier pecho de mujer, me ofreció hacerme de tantas venturas dueño. Di parte de esto a un amigo... ¿A un amigo dije? Miento; porque un amigo traidor, con capa de verdadero, es el mayor enemigo; que al fin no fuera el veneno del áspid tan ponzoñoso si no matara encubierto. ¡Oh fementido, oh aleve, oh falso, oh mal caballero! Pero quédese esto aquí. Ufano, alegre y contento esperé que el dios de Dafne, entre sombras y bosquejos de la noche sepultase su luz, siendo monumento todo el mar a todo el sol, cuando llegase a su centro. Quiso el cielo el mismo día --¡qué tasado que anda el tiempo en las penas!--que mandó, de honor y prudencia lleno, el marqués de los Balvases que fuese marchando el tercio al casal de Monferrato, abrasando y destruyendo cuandos lugares hubiese confinantes, que, aunque abiertos, no les faltaban defensas. ¡Ah ley dura, ah duro fuero de honor! ¿Qué no pararás, si sabes parar deseos? Yo, atento a la disciplina, yo, a la milicia sujeto, con mi compañía salí; que es al noble caballero la religión más estrecha de cuantas admira el tiempo la milicia. A Pontostura llegamos, donde el esfuerzo de nuestro maestre de campo hizo alarde de su aliento; pues porque tardó un crïado con su arnés, desnudo el pecho se entró por la batería. Debió de tener por cierto que la obediencia del plomo había de guardar respeto a un Sandoval y a un Padilla; y bien lo dijo el efecto; pues, hallándole una bala desarmado y descubierto, cayó sin hacerle mal, hecha una plancha en el suelo, dejando, como por firma que dijese: "no me atrevo a pasar más adelante"; un cardenal en el pecho, ganó a Pontostura, pues; a Rofinar puso cerco luego y rindió a Rofinar, a San Jorge y otros pueblos del Monferrato, dejando para mayores empleos descubierta la campaña. Mas ¿qué va que estáis diciendo agora entre vos: "¿Este hombre dónde va con este cuento, que ha dejado tanto cabos para su novela sueltos? Porque él tiene introducidos una dama por quien muerto de amores está, un amigo de quien se queja con celos, un duque a quien encarece, y a mí, a quien tiene propuesto que le tengo de valer." Pues de la farsa que emprendo todos somos personajes, todos nuestra parte hacemos. Y para que lo veáis, a mi discurso me vuelvo. Cuando a San Jorge llegó del duque de Lerma el tercio, Mons de Toral le esperaba con los caballos ligeros del suyo, de un montecillo amparado y encubierto. Descubrióle nuestra gente, y en arma los campos puestos, empezó a escaramuzar la caballería y el tercio de españoles y franceses, tan valientes como diestros. No me quiero detener a repetir por extenso la guerra, que voy muy largo; sólo detenerme quiero a contar en esta parte lo que importa a nuestro intento. El fin de la escaramuza fue que, vencido y deshecho el Toral, se retiró al casal, y hasta que dentro de él estuvo pertrechado, le dieron caza los nuestros. Y cuando ya nuestra gente volvía a ocupar los puestos, escuchamos una voz que entre los franceses muertos salía, y vimos también que se levanta entre ellos un hombre herido y desnudo, de polvo y sangre cubierto. Éste, en mal formadas voces, que apenas concibió el eco, dijo en idioma francés: "Españoles caballeros, cualquiera que haya ganado por despojo, triunfo y premio de su valor un joyel que traje pendiente al pecho, véngale a dar por rescate, si quiere joyas de precio más subido; y si no quiere, deme la muerte primero que yo viva imaginando que aun pintada es de otro dueño la bellísima Madama que lleva por huésped dentro." Dijo el francés, y aunque allí por las señas creí cierto no poder determinar ser noble, por los afectos sí; que quien noble no fuera no tuviera sentimiento tan hidalgo. Llegó a él el duque, y con muchos ruegos corteses le persuadió que fuese su prisionero. Rindióse el francés al duque, y mandó curarle luego. Ordenó que a Milán fuese, porque desmintiese el riesgo de su vida con mayor cura, regalo y aseo. Ya tenemos en la farsa otra persona de nuevo; pues ninguna está de más. Echóse un bando, diciendo que aquel soldado que hubiese adquirido en el encuentro un joyel con un retrato, le diese a rescate luego. Prometióse cien escudos por él, pareció al momento en el poder de un soldado manchego, y por mucho menos le diera. Diósele al duque, y a mí--que siempre en su pecho tuve piadoso lugar-- me dio el retrato, diciendo, "Partid, Octavio, a Milán en alas de mis deseos, y decidle de mi parte a aquel francés caballero que en generoso rescate de su dama sólo quiero que tome su libertad; y así, que se vaya luego." Ya veréis, si volvería alegre a Milán con esto; pues, obedeciendo yo a mi superior y dueño, iba donde me llevaban a voces mis pensamientos; con lo cual veréis también que no es lisonja ni afecto el haber introducido dama, amigo, guerra, encuentros, duque y francés, porque todo cuanto referí primero, para volver a Milán, fue necesario en el cuento. Volví, pues, a Milán. ¡Nunca volviera a Milán! ¡Primero, pluguiera el cielo, una bala rémora de mis deseos fuera, parándome el curso en el mar de mis tormentos! Pues embajador apenas de amor cumplí con el feudo cuando, partiendo a la casa de mi dama, hallé...El aliento aquí me falta, y aquí la voz, desde el labio al pecho, es un tósigo, un puñal, es un cordel, un veneno que me aflige, que me hiere, que me abrasa y deja muerto; porque hallé...

Sale URSINO
URSINO: ¡Don Juan! JUAN: ¿Señor? OCTAVIO: (Interrumpióme a buen tiempo, Aparte para que vuelva a tomar en mis desdichas aliento.) JUAN: ¿Tú en este cuarto? URSINO: A buscarte, muy quejoso de ti, vengo. JUAN: ¿Tú de mí quejoso? URSINO: Sí. JUAN: ¿En qué disgustarte puedo, si como a señor te aclamo, como a padre te obedezco? URSINO: En haberme dilatado una dicha tanto tiempo como ha que el señor Octavio está en casa. ¿No merezco tener parte yo de un huésped que a honrarnos viene? ¿No debo dar gracias a la Fortuna de este gusto, de este aumento? JUAN: Con causa te quejas; digo, que te ofendió mi silencio neciamente; pero fue gusto de Octavio. OCTAVIO: Yo beso tus plantas por la merced que me haces; que como vengo a sola una diligencia a Verona de secreto, no quise darte cuidado, porque he de volverme luego a Milán. URSINO: Mucho agraviaste obligaciones que tengo, Octavio, a tu sangre. OCTAVIO: Soy tu esclavo. URSINO: Pues ya que puedo, informado de mi dicha, hablar libremente, quiero que un cuarto se te aderece que, por ser al parque, creo que te diviertas; que son sus vistas por todo extremo. JUAN: Con tu licencia, señor, no saldrá de mi aposento; porque los dos lo pasamos bien aquí, y el cuarto creo que, al venir tarde o temprano, te dé ruido.
Sale CELIO
CELIO: (¿Aquí está el viejo? Aparte ¿De cuándo acá nos visita? Escondo el papel.) URSINO: No quiero embarazar vuestros gustos; pues solamente pretendo que sepáis, señor Octavio, que sé que en mi casa os tengo. OCTAVIO: Los años vivas del sol.
Vase URSINO

Con quien vengo vengo part 3

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Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

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