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MALANDRÍN: Ya los dos estamos solos, nadie nos oye; bien puedo hablar contigo, señora. Si vienes con este intento determinada a estorbar el amor o los deseos de aquel descortés amante, el caballero del Febo, que a estas aventuras vino, y hallaste para este efecto ese arrogante caballo --tan desbocado y soberbio que, cuanto más le corrige la disciplina del freno, tanto más corre, y se para cuando siente sobre el cuello suelta la rienda--si, en fin, volando en él tanto viento, tanta tierra y tanto mar, has dado en este desierto con el castillo; si en él ha empezado tu deseo tan felizmente, ¿qué temes? CLARIDIANA: Que soy desdichada temo. A competir he venido --es verdad, yo lo confieso-- al Febo en esta aventura, porque en ciencias y armas tengo experiencias y noticias, con que aventurarme puedo a salir con la victoria; y, siendo yo sola dueño de Lindabridis, dejar burlados sus pensamientos; pero cuanto--¡ay de mí triste!-- atrevida vine, luego que la vi, quedé cobarde; que éste es natural secreto que trae consigo el temor. Bien en los campos del viento lo dice la garza, aquella nave de pluma que, haciendo proa el pico, vela el ala, timón la cola, el pie remo, sulca grave, vuela altiva, hasta que se pasa al fuego a ser mariposa en él, por vivir otro elemento; pues aunque al paso le salgan mil pájaros bandoleros, que son ladrones del aire, de ninguno tiene miedo, sino de aquél solamente de quien ha de ser trofeo; y así, erizada la pluma y el copete descompuesto, tiembla y huye, hasta que deja la vida a sus manos, siendo flor después de haber caído, la que fue estrella cayendo. MALANDRÍN: Sobre los afectos reina la razón. CLARIDIANA: Bien dices; quiero firmar el cartel y dar principio al fin. Mas ¿qué es esto? La primera firma dice, "El caballero del Febo." ¡Dadme paciencia, cielos, si puede haber paciencia donde hay celos! ¡Ay ingrato! ¿Para mí firmas en arena fueron tus palabras, que duraron a la discreción del viento? ¿Para Lindabridis bella firmas en bronce y acero, que vivirán inmortales a la duración del tiempo? ¿Para mí escribiste en agua tantos perdidos requiebros, y para ella en bronce escribes la constancia de tu pecho? ¿A ella fineza, a mí olvido? ¿A ella agrado, a mí desprecio? ¿A ella firme, a mí mudable? ¿A ella apacible, a mí fiero? ¡Dadme paciencia, cielos, si puede haber paciencia...!
Dentro FEBO FEBO: ¡Fuego, fuego! CLARIDIANA: ¿Qué voz es tan temerosa la que en repetidos ecos quitó el impulso a mi acción, hurtó el número a mi acento? MALANDRÍN: Sobre el campo de Neptuno un Etna, señora, veo que, brotantdo llamas, hace guerra de dos elementos. CLARIDIANA: ¿Quién vio jamás--¡oh qué horror!-- en campos de nieve ardiendo montañas de humo? ¿Quién vio abortar el agua fuego? MALANDRÍN: Bajel es. CLARIDIANA: No dices bien; porque, alumbrando su incendio, todo el bajel es farol, antorcha ya de sí mesmo. Oh, Neptuno, si eres dios, ¿cómo sufres que en tu reino jurisdicción de otra esfera esté abrasando, en desprecio de tus ondas? ¿No te corres que tu contrario soberbio entre en los términos tuyos, tiranizando tu imperio? MALANDRÍN: Norte vocal sean mis voces. ¡A tierra!Sale FEBO cayendo FEBO: ¡Valedme, cielos!Se desmaya CLARIDIANA: Mísero aborto que el mar, por despojo de esa guerra, dio de barato a la tierra, ya bien puedes respirar. Vuelve en ti, vuelve a alentar. Mas ¡ay!, que sangrienta y dura el agua su fin procura; y así a la tierra la advierte, "Pues que yo le di la muerte, dale tú la sepultura."Pónese CLARIDIANA una banda al rostro, y llega a FEBO MALANDRÍN: Es verdad; que yerto y frío yace. CLARIDIANA: Y yo, de asombros lleno, tropiezo en el mal ajeno, y voy cayendo en el mío. De mi muerte desconfío, porque mi vida me asombre, y porque infeliz me nombre. Detente, no espires, sol; deja, deja un arrebol compadecido a tu nombre. Que Febo...--¡mísera suerte!-- ...es...--¡tragedia lastimosa!-- ...el que...--¡pena rigurosa!-- ...arrojado...--trance fuerte!-- ...del mar...--¡miserable muerte!-- ...llegó...--¡tirano rigor!-- ...a mis pies...--¡fiero dolor!-- ...porque así...--¡valedme, cielos!-- ...cuando él me mata de celos, le vea yo muerto de amor. Bien digo; pues sus rigores es razón que yo presuma que los castigó la espuma, que es madre de los amores. Ya son mis penas mayores. Llorad, ojos; sentid, labios; no os acordéis, poco sabios, de ofensas hechas y dichas; que es vil quien en las desdichas se acuerda de los agravios. Cesen, pues, venganzas fieras, y haga finezas mi fe. Vivieras, oh Febo, aunqué en otros brazos vivieras. Estas son las verdaderas muestras de quien quiere y ama. ¡Oh mar, oh bajel, oh llama, ya es occidente crüel tu teatro, pues en él murió Febo!Vuelve en sí FEBO FEBO: ¿Quién me llama? ¿Dónde estoy, piadosos cielos? CLARIDIANA: ¡Albricias, alma! (Mas no; Aparte que si él vuelve a vivir, yo volveré a morir de celos. Mas viva él, y mis desvelos vivan. Si en tan breves plazos, oh Amor, ataste sus lazos, y mi fe milagros labra, no me tomes la palabra de que viva en otros brazos.) FEBO: ¿Quién eres tú, que con llanto la voz en el aire quiebras y mis exequias celebras? CLARIDIANA: Quien sintió tu muerte cuanto siente ya tu vida, tanto es mi asombro duro y fuerte, que en tu vida y muerte advierte una pena dividida, pues muerto te diera vida quien vivo te dará muerte. Y así, pues pasó el severo rigor, y pues vivo estás, no tengo que esperar más; cobra ese perdido acero; que cuerpo a cuerpo te espero donde a mi honor dé esta palma. FEBO: Hombre que en tan triste calma para mi desdicha has sido un enigma con sentido, un laberinto con alma, ¿cómo mi muerte sentiste, si de darme muerte tratas? ¿Cómo viviendo me matas, si muriendo no lo hiciste? Si piadoso entonces fuiste, ¿cómo ahora eres tirano, y tienes, crüel e inhumano, siendo amigo y enemigo, en una mano el castigo y el favor en otra mano? CLARIDIANA: Como, cuando muerto estabas, tu muerte, Febo, sentía; cuando estás vivo, la mía. Que tú la muerte me dabas. Muerto, lástima causabas; vivo, causas pena; así puedes argüir aquí mis desdichas, pues es cierto que tú, ni vivo ni muerto, no eres bueno para mí. FEBO: Si vivo ni muerto espero vencer rigor tan esquivo, si te he de enojar si vivo, si te he de ofender si muero, defender mi vida quiero. Siente el verme vivo, pues medio para los dos es hacer que el rigor dilates, y que ahora no me mates, si me has de llorar después. Una herida, que he sacado del mar, no importa. CLARIDIANA: ¡Ay de mí! ¿Herido estás, Febo? FEBO: Sí. Mas ¿qué cuidado te ha dado? CLARIDIANA: Lo que es piedad no es cuidado. FEBO: Pues si piedad sola ha sido, riñe. CLARIDIANA: Soy tan atrevido que con ventaja no quiero. Cúrate y cobra primero sangre y fuerza que has perdido; que yo te buscaré. FEBO: Pues guíame a esa torre bella. CLARIDIANA: Eso no; no has de ir a ella. FEBO: ¿Por qué? CLARIDIANA: Porque el sitio es de Lindabridis. FEBO: Tus pies mil veces me da a besar. Piadosos son fuego y mar. CLARIDIANA: ¿Mucho? FEBO: Sí. CLARIDIANA: Pues el acero esgrime; que ya no quiero que te vayas a curar. FEBO: Pues ya no quiero reñir yo; que, a su vista, es perder las esperanzas de ser su dueño; y pues argüir puedo, a medio discurrir, que celos la causa son de tu pena y tu pasión, no me puedes obligar a reñir hasta llegar del duelo la ejecución; que cuando hay tiempo aplazado, no es mengua de un caballero tener cortés el acero. CLARIDIANA: Bien la ocasión has dado de mi pena y mi cuidado, porque celos me han traído amante y favorecido de Lindabridis... FEBO: (¡Ay cielos!) Aparte CLARIDIANA: (Tenga celos quien da celos.) Aparte ...a estorbar que tú atrevido intentes esta aventura. FEBO: ¿Doyte yo más que temer que todos? CLARIDIANA: Tú no has de ser el dueño de su hermosura. FEBO: Pues tu temor ¿qué asegura? CLARIDIANA: Tantos favores lograr como tengo. FEBO: (¡Oh qué pesar!) Aparte ¿Muchos? CLARIDIANA: Sí. FEBO: Pues el acero sacaré; que ya no quiero yo tampoco irme a curar. CLARIDIANA: Ni yo reñir; que, advertido, no he de perder la esperanza. FEBO: Pues tiempo habrá a tu venganza. CLARIDIANA: Por estar aquí y herido, hoy la dilato, y te pido tomes ese bruto, en quien irte a curar; porque es bien cuidar, Febo, de esa herida. FEBO: ¿Qué te importa a ti mi vida? CLARIDIANA: Mucho. FEBO: ¿Y mi muerte? CLARIDIANA: También. FEBO: No te entiendo. CLARIDIANA: Yo me entiendo. Toma el caballo. FEBO: Sí haré. CLARIDIANA: (Mis celos estorbaré; Aparte pues, en el bruto corriendo, de aquí ausentarle pretendo; deje el campo a mi dolor. FEBO: (¡Oh, qué rabia!) Aparte CLARIDIANA: (¡Oh, qué rigor!) Aparte FEBO: (¡Qué desdicha!) Aparte CLARIDIANA: (¡Qué desvelos!) Aparte Vete ya. FEBO: (A morir de celos.) Aparte Quédate. CLARIDIANA: (A morir de amor.) AparteFIN DE LA PRIMERA JORNADA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
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