This file was last updated on April 28, 2000
EL CASTILLO DE LINDABRIDIS
Personas que hablan en ella:
- Rey LICANOR
- FEBO, galán
- ROSICLER, galán
- MERIDIÁN, galán, hermano de Lindabridis
- FLORISEO, galán
- FAUNO
- MALANDRÍN, criado
- LINDABRIDIS, dama
- SIRENE
- ARMINDA
- CLARIDIANA, dama disfrazada de caballero
- COROS
- Acompañamiento de DAMAS
- Acompañamiento de CRIADOS
JORNADA PRIMERA
Dentro ROSICLER, FLORISEO, FAUNO y
CRIADOS
ROSICLER: ¡Talad de este horizonte
la rústica cerviz!
FLORISEO: ¡Al valle!
CRIADO: ¡Al monte!
FLORISEO: ¡A la cumbre!
CRIADO: ¡A lo llano!
FAUNO: Muchos cobardes sois, pero es en vano
temer yo tanto número de gente;
que mil cobardes no hacen un valiente
para lidiar conmigo.
Sale FAUNO, vestido de pieles y con un
bastón grande y nudoso, lo más extraño y
feroz que pueda, y tras él don ROSICLER con espada
desnuda
ROSICLER: Yo solamente, bárbaro, te sigo;
porque tengo tu vida
a mi fama ofrecida,
y he de quitar de este gitano imperio
la esclavitud que todo su hemisferio
padece, a tus rigores enseñado.
FAUNO: ¿Sabes que soy el Fauno endemoniado,
hijo feroz, como mi ser lo avisa,
de un espíritu y de una pitonisa,
compuesto de hombre, de demonio y fiera,
escándalo del mar y de la esfera,
vivo horror de esta lóbrega montaña
y escollo vivo de esa azul campaña?
ROSICLER: Sé que son tus prodigios singulares
peligro de estos montes y estos mares.
FAUNO: Si tanto aliento tienes
que ya lo sabes y a matarme vienes,
atrévete, infelice caballero,
a hacer campo conmigo. Yo te espero
en esta cueva oscura,
donde--partida, no la lumbre pura
del sol, que hermoso alumbra,
sino la oscuridad, sino la sombra
de la noche importuna,
jeroglífico ya de la Fortuna--
harás campo conmigo.
ROSICLER: ¿Qué esperas? Ya te sigo.
FAUNO: Pues ya la infausta boca,
de quien mordaza fue una dura roca,
está abierta, entra, pues. (Así pretendo Aparte
que entren todos tras él, porque, saliendo
yo por la gruta que desotra parte
obró naturaleza sin el arte,
se pierdan todos dentro,
y sea su sepulcro el triste centro
desta bóveda oscura.
Tendrán a un tiempo muerte y sepultura.)
Vase
ROSICLER: Hoy sabrás que no puedo
ver yo el semblante pálido del miedo.
Sale don FLORISEO
FLORISEO: ¿Dónde vas de esa suerte?
ROSICLER: A dar al Fauno en esa cueva muerte.
FLORISEO: Entremos, pues.
ROSICLER: Yo solo le haré guerra.
FLORISEO: Sin mí tú no has de entrar.
Luchan los dos sobre cuál ha de entrar,
suenan dentro cajas, clarines y voces, y los dos, al
oírlo, se suspenden
VOCES: ¡A tierra, a tierra!
ROSICLER: ¿Qué repetidas voces
desacordadas suenan y veloces?
FLORISEO: Tierra dicen, mas es en la montaña,
que a ser la parte que Neptuno baña,
ser bajel era cierto
que aportaba a la paz deste desierto.
ROSICLER: Pues sea lo que fuere,
déjame entrar.
Vuelven a luchar
FLORISEO: Sin mí jamás lo espere
osado tu valor; y más si creo
el gran prodigio que en el aire veo.
Descúbrese el castillo
ROSICLER: ¡Gran maravilla encierra!
¡Santos cielos! ¿Qué es esto?
VOCES: ¡A tierra, a tierra!
ROSICLER: Con más causa me admiro
cuando el horror, que no encareces, miro;
pues la estación vacía,
claraboya dïáfana del día,
es mar que con asombros
sufre un bajel de piedra, y en sus hombros
a errar tan veloz llega
que sobre golfos de átomos navega.
FLORISEO: Un castillo eminente
es la proa del cubo de la frente;
ondas de vidrio corre;
árbol mayor es una excelsa torre,
jarcias son las almenas,
de banderolas y estandartes llenas,
popa una cristalina galería,
hermoso espejo en que se toca el día.
El farol es un sol que en arreboles
duplica rayos, multiplica soles;
y, en fin, todo portento,
es pájaro del mar y pez del viento.
Mas, por dejar la admiración pasmada,
sin plumas vuela, sin escamas nada,
con presunción tan grave
que, atendido mejor, ni es pez ni es ave.
ROSICLER: ¡Oh tú, ciudad movible,
si eres tu dueño tú o inaccesible
el timón te gobierna o el piloto
que halló camino en rumbo tan remoto,
abate, abate el vuelo,
y déte abrigo este gitano suelo,
si ya el mar no te espera,
que tú tendrás el mar por tu ribera!
Pues quien sulca en el viento,
¿quién duda que en el mar tendrá su asiento?
Baja el castillo
FLORISEO: A tus voces parece
que el castillo se humilla o se agradece,
pues, posado en la roca
que a la cueva del Fauno abrió la boca,
le deja sepultado,
seguro el monte ya, y a ti vengado.
Asiéntase en tierra el castillo y abren la
puerta
ROSICLER: Un pasmo a otro sucede, pues, abiertas
del castillo veloz las altas puertas,
un escuadrón de ninfas se me ofrece.
FLORISEO: La isla del Fauno isla del sol parece.
Salen todas las damas que puedan, SIRENE, ARMINDA y
LINDABRIDIS, vestidas ricamente, y traerá ARMINDA una
rodela, y en ella un cartel
LINDABRIDIS: Si una mujer peregrina
hallar piedad es posible,
por peregrina y mujer,
en vuestros pechos, decidme,
¿qué tierra es ésta que toco?
¿Qué montes los que se miden
con las estrellas? ¿Qué mares
los que su esmeralda ciñen?
Porque me importa saber,
antes que su arena pise,
qué clima es y quién la habita,
qué tierra es y quién la rige.
ROSICLER: Huéspeda hermosa del aire,
porque mis voces te obliguen
a pagar también en voces
esa deuda que me pides,
escúchame. Este caduco
homenaje que resiste
embates de mar y viento,
con dos enemigos firme,
es el Cáucaso eminente.
Esta isla, donde asiste
el endemoniado Fauno,
albergue fue oscuro y triste
a quien ese muro ya
de monumento le sirve.
La corona de este imperio
es Menfis, y quien la rige
es el magno Tolomeo,
dueño del alma de Euclides.
Yo soy Rosicler de Tracia,
hermano soy invencible
del caballero del Febo.
El que a tu deidad se rinde
don Floriseo es de Persia.
A tan remotos países
nos trajo ambición de honor;
que éste en nuestros pechos vive.
A vencer vine un prodigio,
a cuya empresa me sigue
Floriseo; que los dos
profesamos las insignes
leyes de caballería;
y si mi intento consigue
vencer la duda, que ya
dentro del alma reside,
con mayor causa diré,
agradecido y humilde,
venciendo mis confusiones,
que a vencer prodigios vine.
LINDABRIDIS: Tartaria, aquella provincia
que sobre las dos cervices
de África y Asia se sienta,
rica, hermosa y apacible,
aquélla que dos mitades
del orbe abraza y divide,
línea de plata el Orontes,
pauta de cristal el Tigris,
es mi patria. Hija soy noble
de Brutamonte, felice
rey de Tartaria. Mi nombre,
en ofensa de Floripes,
de Angélica y Bradamante,
es la sin par Lindabridis,
heredera de su imperio,
si el hado no me lo impide;
pues a esta instancia discurro
el orbe. Y porque os admire
el oírme como el verme,
con más atención oídme.
Es de mi patria heredada
costumbre que no apellide
el pueblo príncipe augusto,
ni le adore, ni se humille
al hijo mayor del rey;
que sólo hereda y preside
el que él en su testamento
a la hora de morirse
deja en sus hijos nombrado;
que así el imperio consigue
altos reyes, porque todos,
por llegar a preferirse
a sus hermanos, se crían
magnánimos y sutiles,
doctos en ciencias y en armas,
sin que ley tan sola olvide
las hembras, pues no lo es
que el ser mujeres nos quite
la acción de reinar. En fin,
atentos a la sublime
dignidad, yo y Meridián
mi hermano, segundo Ulises,
nos crïamos en Tartaria.
Bien os acordáis que dije
que la elección heredaba,
porque el nacer era libre;
pues, rendido Brutamonte,
humano sol, a su eclipse
--¡oh violencia, qué no postras!
¡oh humanidad, qué no rindes!--
llegó el caso de nombrar
sucesor--¡lance terrible!--
entre mí e Meridián;
y al tiempo que "Herede", dice,
"este imperio...", perdió el habla,
dejando confuso y triste
el reino; y pasando entonces
a mejor vida, pues vive
al lado del sol, adonde
lucero añadido asiste,
dejó en duda la elección
y en bandos parcial y libre
la plebe que, alborotada,
por las calles se divide
diciendo unos "Meridián
viva" y otros "Lindabridis".
Llegó la pasión a extremos
tales que en guerras civiles
la Tartaria ardió. Ya eran
las campañas apacibles
de Flora selvas de Marte,
pues, variados los matices,
tal vez murieron claveles
los que nacieron jazmines.
Un día que frente a frente
los dos campos se compiten,
haciendo aceros y plumas
de un abril muchos abriles,
delante yo de mi gente,
ocupaba la invencible
espalda a una turca alfana,
que entre el copete y las crines
se ocultaba de tal forma
que, con las ondas que finge,
dio a entender que sus espumas
iba cortando en un cisne.
En otra parte mi hermano
un persa hipogrifo oprime,
tan fiero que, despreciando
su especie, osado y terrible,
se manchó de espuma y sangre;
gustando él que le salpiquen
por desmentirse caballo
con los remiendos de tigre.
Ya con el marcial estruendo
aun no dejaban oírse
lo robusto de las cajas,
lo dulce de los clarines,
cuando mi hermano, arbolando
un blanco estandarte, pide
licencia de hablar; y así
a dos ejércitos dice,
"Tártaros fuertes, si acaso
la cólera se permite
a la razón, y el orgullo
os deja el discurso libre,
paréntesis de la muerte
sean mis voces; oídme.
Lidie la razón primero
que la sinrazón hoy lidie.
Las heredadas costumbres
de este imperio se dirigen
a que su príncipe sea
en letras y armas insigne.
Pues si en mí los dos extremos
de ingenio y valor se miden,
¿por qué me desheredáis
tiranamente insufribles?
Mas porque de mi persona
los méritos se examinen,
rindámonos a un partido
para todos apacible.
Halle mi hermana un esposo
que, si me excede o compite
en valor, ingenio y gala,
desde aquí quiero rendirme
a sus plantas, y que él ciña
la corona que me quiten,
con calidad que, si ella,
en el tiempo que describe
el sol un círculo entero,
plateando de perfiles
los vellones del Ariete
y las escamas del Piscis,
no le hallare, quede yo
quieto, pacífico y libre
en la posesión. Con esto
vuestros deseos consiguen
a menos riesgo un rey;
y yo cuantos ella envíe
esperaré en Babilonia
para que en entrambas lides
viva, tártaros, quien venza,
pues siempre quien vence vive."
Dijo Meridián, y yo,
aunque responderle quise,
no pude, porque las voces
entre los aplausos viles
se perdieron. En efecto,
las condiciones le admiten,
volviendo yo a mi palacio
confusa, afligida y triste.
Aquí , pues, contando el caso
al docto, al mágico Antistes,
ayo mío, y de los cielos
el prodigio más sublime,
aquél cuya voz el sol
respeta y en los viriles
de once cuadernos azules
leyó letras de rubíes,
me dijo, "Si has de buscar
un príncipe que te libre
de ese empeño, que discurras
el orbe es fuerza, y que animes
con tu hermosura el valor;
que no hay cosa que le incite
tanto; y porque más segura
todo el mundo peregrines,
hoy quiero lograr en ti
los más admirables fines
de mis mágicos estudios.
Este castillo en que asistes,
alcázar portátil sea,
sea palacio movible
que, a obediencia de tus voces,
ya se eleve o ya se incline.
Parte en él, porque en él lleves
las grandezas con que vives,
las galas que te hermosean,
y las damas que te sirven."
Pronunció el acento apenas
último cuando ya gime
la torre, ya tiembla y ya
de la tierra se divide;
y, elevados en el viento
muros, campos y jardines,
de tan nueva Babilonia
todos éramos pensiles.
Ese pájaro que, cuando
vuela, los aires aflige;
ese pez que, cuando nada,
los crespos mares oprime;
ese monstruo que los montes,
cuando los habita, rinde;
ese escollo que navega,
ese monte que describe,
esa fábrica que nada,
ese, en fin, portento horrible
que miráis, es el famoso
castillo de Lindabridis.
Si sois, como lo mostráis
y vuestras personas dicen,
príncipes que de trofeos
habéis de orlar vuestros timbres;
si en defensa de las damas
vuestros aceros se visten,
ya con la espada en la mano,
ya con la lanza en el ristre,
buena ocasión se os ofrece.
A vuestras plantas se rinde
una hermosura que os ame,
un reino que os apellide,
una empresa que os ilustre,
una lid que os acredite,
una mujer que os adore
y un honor que os eternice.
Vase LINDABRIDIS
El castillo de Lindabridis part 2
Return to COMEDIA home page
Electronic text by Vern G. Williamsen
and J T Abraham
vwilliam@ut.arizona.edu