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DEMONIO: Aunque no esper[e] jamás
de que libre me veré,
¿dónde estás, Bartolomé?
¿Bartolomé, dónde estás?
Ven a desatarme, ven
de aquesta cadena dura,
para que pueda tomar
venganza de mis injurias.
¿Qué aplauso te desvanece,
qué vencimiento te ilustra
si peleas sin contrario
y sin enemigo luchas?
Atadas mis manos tienes
con el poder de que usa
Dios contigo; señal es
de cuánto temes mi furia.
Si no la temieras, no
te valieras de su justa
piedad; luego vence en ti,
no el valor, sino la industria.
Justifique Dios su causa
conmigo, y no me reduzca
a estrecha prisión, si hacer
pretende tu fama augusta.
Desate de mi garganta
este lazo que la anuda,
y entonces será victoria;
que, donde tuve mi suma
idolatría, sus aras
coloques y sostituyas.
Pero ¿qué voces ahora,
para más pena, se escuchan?
Dentro la MÚSICA. Cantan
MÚSICA: ¡Ay qué gran dicha!
Mas ¡ay qué ventura!
Que el iris divino
la paz nos anuncia.
DEMONIO: ¡Oh cuánto, cielos, oh cuánto
debéis de temer la lucha
última de los dos, pues
tanto--¡ay de mí!--lo rehusan
vuestras piedades! Si así
estoy, ¿qué mucho presuma
Bartolomé que hoy Armenia
a su nueva luz reduzca?
Desáteme Dios, verá
si son sus victorias muchas,
o alárgueme esta cadena,
si de verme vencer gusta.
Pero ¿qué miro? Parece
que a mi petición sus duras
argollas eslabonadas
se rompen, para que huya
de esta provincia, por más
que en ella la sombra impura
de mi error asiste, pues
ya el arco de paz la alumbra.
Y, pues Dios me da licencia
para que libre discurra,
yo haré que Bartolomé
no dilate más la suma
ley del Evangelio, dando
fin con la muerte que busca
a sus triunfos y victorias
con mis engaños y astucias.
Y, pues que ya en mi prisión
empezaron sus venturas,
en mi libertad comiencen
las persecuciones suyas.--
Vase. Sale por otra parte
¡Ah del ínclito seno
que tanta gente esconde,
víbora racional de mi veneno!
¿Todos me oyen y nadie me responde?
¿Tan poco el fuego de mi voz inflama?
¡Ah del monte otra vez!
Salen CEUSIS, el SACERDOTE y gente
SACERDOTE: ¿Quién va?
CEUSIS: ¿Quién llama?
DEMONIO: Quien viene desterrado
hoy de su patria bella,
porque a Cristo adorar no quiso en ella.
CEUSIS: Mal mis designios graves
te ocultaré, supuesto que los sabes.
Yo, rayo desatado
de gran mano, llegué donde, avisado
mi padre de sucesos tan extraños,
me dio palabra de enmendar sus daños.
A su hermano escribió que le enviara
a ese monstruo, porque comunicara
a su reino la luz de su doctrina
tan nueva, tan extraña y peregrina.
DEMONIO: Pues ya ha llegado el día,
Ceusis, de tu venganza y de la mía;
que, habiendo consagrado
los templos y la gente bautizado,
ya del rey despedido,
su reino deja, sin haber querido
que nadie le acompañe,
para que más su hipocresía le engañe.
A pie y solo camina
a tu corte--¡ay de mí!--donde imagina
sembrar de sus encantos
los sustos, los asombros, los espantos.
Mas ya llega. A este paso
todos os retirad, porque, si acaso
nos ve, puede ayudarse
de sus mágicas ciencias y ocultarse.
SACERDOTE: Dices bien.
Todos se retiran
DEMONIO: Pues yo llego,
hielo mis plantas son, mi pecho fuego.
Sale San BARTOLOMÉ
BARTOLOMÉ: ¡Felice yo que puedo
ver desde aquí, sin que me cause miedo,
de Astarot el engaño,
reducido y en salvo aquel rebaño!
¡Oh cuánto, Armenia bella,
debes a las piedades de tu estrella!
DEMONIO: (¡Con cuánto gusto va! Fervor le lleva; Aparte
pero primero que de aquí se mueva,
probará los rigores de mi saña.)
Oh tú, que aquesta bárbara montaña
discurres peregrino,
¿no me dirás por dónde es el camino?
BARTOLOMÉ: Sí diré; que mi celo
es enseñar caminos para el cielo.
¿Cuándo no andas perdido
tú, infelice?
DEMONIO: Luego ¿hasme conocido?
BARTOLOMÉ: Sí; pues que vengo ahora a hacerte guerra
y arrojarte también de aquesta tierra.
DEMONIO: No harás; que ahora sin miedo
te tengo yo donde vencerte puedo.
BARTOLOMÉ: ¿Tú vencer? ¿De qué suerte?
DEMONIO: De esta suerte;
llegad todos, llegad a darle muerte;
porque a mí irme conviene
a repetir la posesión de Irene.
Vase
BARTOLOMÉ: Si la fe vive en ella,
yo acudiré en ausencia a defendella.
Salen CEUSIS, el SACERDOTE y gente
CEUSIS: A tus plantas rendido
un acaso me tuvo, y ha querido
desagraviar el cielo injurias tantas,
trayéndote a que estés puesto a mis plantas.
BARTOLOMÉ: Sí; mas es con alguna
diferencia ese trueco de fortuna;
que tu soberbia altiva
fue allí la que a mis plantas te derriba,
y aquí, para que más mi triunfo arguyas,
es humildad quien me arrojó a las tuyas.
CEUSIS: Venid donde serán los justos cielos
testigos de mi celo y de mis celos.
BARTOLOMÉ: De nada desconfío.
Beber tu caliz ofrecí, Dios mío,
el fuego del amor que el pecho labra;
feliz voy a cumplirte la palabra.
Vanse. Sale LICANORO
LICANORO: En notable soledad
Bartolomé nos dejó;
mas el ver que le ausentó
el celo, amor y piedad
de llevar su nueva ley
a mi patria hacer pudiera
que yo consuelo tuviera.
¡Oh si ya mi padre el rey
admitiese esta verdad!
Al punto escribirle iré
en favor suyo, porqué
no quiere mi voluntad
que yo me aleje de aquí
un punto, sin que primero
a Irene vea, a quien quiero
más que al alma que la di.
Córrese una cortina, y aparece IRENE en un
estrado dormida
Pero en su estrado dormida
está. ¡Ay, dulce hermoso dueño!
¿Quién sino tú hacer al sueño
pudo imagen de la vida?
No para ser homicida
de indicios hagas crisol;
y pues basta un arrebol
de tu cielo soberano,
¿para qué es, amor tirano,
tanta flecha y tanto sol?
Si, cuando sin alma estás,
estás, Irene, tan bella,
tú no vives más con ella,
mas con ella matas más.
Inútil muerte me das,
ya es tuyo mi corazón;
pues ¿para qué, Irene, son
nevando abriles y mayos,
tanta munición de rayos
y tanto severo arpón?
Lástima se me hace, cuando
tan blandamente descansa,
inquietarla. Ya vendré,
en escribiendo las cartas.
Vase y despierta IRENE
IRENE: ¿Quién anda aquí? Mas ¿mi esposo
no es quien salió de esta sala?
Pues ¿cómo--¡ay Dios!--sin hablarme
vuelve a mi amor las espaldas?
¡Esposo, señor, mi dueño!
Sale el DEMONIO
DEMONIO: ¿Qué me quieres?
IRENE: ¡Pena extraña!
Sale LICANORO, y quédase al
paño
LICANORO: A la voz de Irene vuelvo.
Mas--¡ay de mí!--¿con quién habla?
DEMONIO: De ti pretendo saber
a quién, enemiga, llamas
señor y dueño que puedas
llamárselo con más causa?
IRENE: A quien lo es.
DEMONIO: Yo lo soy,
pues me diste la palabra
de que siempre serías mía.
LICANORO: (¡Cielos! ¿Qué escucho? ¡Ah, tirana!) Aparte
IRENE: Verdad es que te ofrecí
que te daría vida y alma
si me dabas libertad;
mas de esa deuda me saca
la nueva ley que profeso.
LICANORO: (Ella--¡desdicha tirana!-- Aparte
confiesa que le rindió
alma y vida.)
DEMONIO: En vano hallas
respuesta, pues aun lo mismo
que te disculpa te agravia.
¿Qué nueva ley pudo hacerte
no ser mía?
LICANORO: (Honor, ¿qué aguardas? Aparte
Mas--¡ay de mí!--que en tal pena
valor al valor le falta.)
IRENE: La ley de Bartolomé,
en cuya fe y confïanza
estoy de aquel pacto libre.
DEMONIO: ¡Calla, no prosigas, calla,
que ésta es la hora que a él
le rompen y despedazan
los verdugos de Astiages
el corazón, las entrañas,
viva imagen de la muerte!
Pues el pellejo le rasgan,
hasta que el sangriento filo
le divida la garganta.
¡Mira para tu socorro
si tienes buena esperanza!
LICANORO: (¡Cielos! ¿Otro dolor? Pues Aparte
el de los celos ¿no basta?)
DEMONIO: ¿No fuiste mía?
LICANORO: (¡Qué pena! Aparte
Mas ¿qué mi paciencia aguarda?)
¡Injusto, tirano dueño
de mi vida, honor y fama,
muere a mis manos!
DEMONIO: ¡Al cielo
pluguiera que fuera tanta
mi dicha que yo pudiera
morir! Mas ya que no alcanzan
victoria de esta mujer
por ahora mis venganzas,
dejarla en el ciego, el loco
poder de un celoso basta.
Vase
LICANORO: ¿Adónde de mi furor,
hombre o demonio, te escapas?
¿Eres de mis celos sombra?
IRENE: ¡Esposo, señor!
LICANORO: ¡Aparta!
Que tu amor y tu respeto,
u otra más oculta causa
que ignoro, en prisión del hielo
mis pies y mis manos ata,
para no darte la muerte.
IRENE: Pues ¿en qué te ofendo?
LICANORO: ¡Ah ingrata!
Si antiguo dueño tenías,
a quien la vida y el alma
ofreciste antes que a mí,
¿para qué, traidora, falsa,
ofendiste tanto amor,
burlaste fineza tanta?
IRENE: Verdad es...
LICANORO: ¿Que aun no lo niegas?
IRENE: ...que yo...
LICANORO: ¿Qué aun no lo recatas?
IRENE: ...ofrecí al dios de Astarot
alma y vida.
LICANORO: Calla, calla;
que el dios de Astarot no tiene
poder ya en vida ni en alma
para venirte a pedir
celos de mí. Tú me engañas.
IRENE: Verdad, Licanoro, digo.
Y si el irse--¡ay Dios!--no basta
de aquí invisible, daré
otro testigo que haga
más fe en mi crédito.
LICANORO: ¿Quién?
IRENE: Bartolomé, a cuya instancia
estoy de aquel pacto libre.
LICANORO: ¿No has escuchado, tirana,
que mi padre--¡ah dura pena!--
le dio muerte? En vano trazas
valerte de su noticia
tan aprisa.
IRENE: Mi fe es tanta
que aun muerto he de esperar
que tus dudas satisfaga.
LICANORO: ¿Cómo es posible, si ya
la cólera me desata
las manos, para que tome
de tus agravios venganza?
¡Muere pues!
IRENE: ¡Bartolomé,
tu amparo y favor me valga!
Saca LICANORO la espada y, al ir a herirla, cantan
dentro y él se suspende
MÚSICA: "A quien con fe le llama,
siempre socorre y nunca desampara."
LICANORO: ¿Qué voces mi acción suspenden?
IRENE: Las que mi inocencia guardan.
Salen el REY, LESBIA, LIRÓN, un CRIADO y otro
criados
REY: ¿Qué música es ésta, cielos,
que suspende y arrebata
los sentidos?
CRIADO: Todo el aire
se puebla de luces claras.
REY: Licanoro, ¿contra quién
desnuda traéis la espada?
LICANORO: Contra mí mismo primero
que contra quien la sacaba,
oyendo estas voces.
REY: Luego
¿oísteis las músicas varias?
LICANORO: Sí, señor. Y no eso sólo
nos admira y nos espanta,
sino el ver que allí una nube
hojas de púrpura y nácar
despliega, y un trono en ella,
sobre cuya ardiente basa,
triunfante Bartolomé,
los coros el viento rasgan.
Roja púrpura se viste,
y un monstruo trae a sus plantas,
a quien con una cadena
aprisionado acompaña.
Aladas divinas voces
dicen en cláusulas blandas...
MÚSICA: "A quien con fe le llama,
siempre socorre y nunca desampara."
En un trono se descubre BARTOLOMÉ, que trae al
DEMONIO a los pies
BARTOLOMÉ: Feliz imperio de Armenia,
no sólo vuelvo a tu patria
en alas de serafines,
para que sepas la rara
crueldad que conmigo usaron,
habiéndome hecho mudara,
como culebra, el pellejo,
con ira y cólera extraña,
sino también para que
vivas, en mi confïanza,
seguro de que esta fiera,
que atada traigo a mis plantas,
no perturbará tu paz.
Éste es...
DEMONIO: Yo lo diré, calla;
porque quiero que me sirvan
de veneno mis palabras.
Yo soy el dios de Astarot,
yo el que tuvo vuestra patria
idólatra tantos años,
dándome adoración falsa.
De esta esclavitud el cielo
hoy por Bartolomé os saca,
alumbrándoos en la ley
evangélica de gracia.
Irene, que un tiempo fue
de mis engaños esclava,
ya está libre. Mas ¿qué mucho
que ella y todo el mundo salga
de mi esclavitud, si el cielo
con estas cadenas ata
mis fuerzas, dando poder
a su apóstol de cortarlas?
BARTOLOMÉ: Con esta declaración
pública que has hecho, baja
al abismo, mientras yo
a esferas subo más altas.
DEMONIO: Abra, para recibirme,
el infierno sus gargantas.
Húndese
BARTOLOMÉ: Y a mí sus puertas el cielo,
para recibir mi alma.
Vuela
REY: ¿Quién, a tan grandes prodigios,
no le rinde al cielo gracias?
LICANORO: ¿A quién quedarán recelos,
viendo verdades tan claras?
LESBIA: ¿Y quién, viendo que en su mano
Bartolomé santo enlaza
las cadenas del demonio,
contra él no le invoca y llama?
Dando fin a esta comedia,
perdonad sus muchas faltas.
FIN DE LA COMEDIA
Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham
vwilliam@u.arizona.edu