This file was last updated on December 29, 2000

DEMONIO:          Aunque no esper[e] jamás
               de que libre me veré,
               ¿dónde estás, Bartolomé?
               ¿Bartolomé, dónde estás?

Ven a desatarme, ven de aquesta cadena dura, para que pueda tomar venganza de mis injurias. ¿Qué aplauso te desvanece, qué vencimiento te ilustra si peleas sin contrario y sin enemigo luchas? Atadas mis manos tienes con el poder de que usa Dios contigo; señal es de cuánto temes mi furia. Si no la temieras, no te valieras de su justa piedad; luego vence en ti, no el valor, sino la industria. Justifique Dios su causa conmigo, y no me reduzca a estrecha prisión, si hacer pretende tu fama augusta. Desate de mi garganta este lazo que la anuda, y entonces será victoria; que, donde tuve mi suma idolatría, sus aras coloques y sostituyas. Pero ¿qué voces ahora, para más pena, se escuchan?

Dentro la MÚSICA. Cantan
MÚSICA: ¡Ay qué gran dicha! Mas ¡ay qué ventura! Que el iris divino la paz nos anuncia. DEMONIO: ¡Oh cuánto, cielos, oh cuánto debéis de temer la lucha última de los dos, pues tanto--¡ay de mí!--lo rehusan vuestras piedades! Si así estoy, ¿qué mucho presuma Bartolomé que hoy Armenia a su nueva luz reduzca? Desáteme Dios, verá si son sus victorias muchas, o alárgueme esta cadena, si de verme vencer gusta. Pero ¿qué miro? Parece que a mi petición sus duras argollas eslabonadas se rompen, para que huya de esta provincia, por más que en ella la sombra impura de mi error asiste, pues ya el arco de paz la alumbra. Y, pues Dios me da licencia para que libre discurra, yo haré que Bartolomé no dilate más la suma ley del Evangelio, dando fin con la muerte que busca a sus triunfos y victorias con mis engaños y astucias. Y, pues que ya en mi prisión empezaron sus venturas, en mi libertad comiencen las persecuciones suyas.--
Vase. Sale por otra parte
¡Ah del ínclito seno que tanta gente esconde, víbora racional de mi veneno! ¿Todos me oyen y nadie me responde? ¿Tan poco el fuego de mi voz inflama? ¡Ah del monte otra vez!
Salen CEUSIS, el SACERDOTE y gente
SACERDOTE: ¿Quién va? CEUSIS: ¿Quién llama? DEMONIO: Quien viene desterrado hoy de su patria bella, porque a Cristo adorar no quiso en ella. CEUSIS: Mal mis designios graves te ocultaré, supuesto que los sabes. Yo, rayo desatado de gran mano, llegué donde, avisado mi padre de sucesos tan extraños, me dio palabra de enmendar sus daños. A su hermano escribió que le enviara a ese monstruo, porque comunicara a su reino la luz de su doctrina tan nueva, tan extraña y peregrina. DEMONIO: Pues ya ha llegado el día, Ceusis, de tu venganza y de la mía; que, habiendo consagrado los templos y la gente bautizado, ya del rey despedido, su reino deja, sin haber querido que nadie le acompañe, para que más su hipocresía le engañe. A pie y solo camina a tu corte--¡ay de mí!--donde imagina sembrar de sus encantos los sustos, los asombros, los espantos. Mas ya llega. A este paso todos os retirad, porque, si acaso nos ve, puede ayudarse de sus mágicas ciencias y ocultarse. SACERDOTE: Dices bien.
Todos se retiran
DEMONIO: Pues yo llego, hielo mis plantas son, mi pecho fuego.
Sale San BARTOLOMÉ
BARTOLOMÉ: ¡Felice yo que puedo ver desde aquí, sin que me cause miedo, de Astarot el engaño, reducido y en salvo aquel rebaño! ¡Oh cuánto, Armenia bella, debes a las piedades de tu estrella! DEMONIO: (¡Con cuánto gusto va! Fervor le lleva; Aparte pero primero que de aquí se mueva, probará los rigores de mi saña.) Oh tú, que aquesta bárbara montaña discurres peregrino, ¿no me dirás por dónde es el camino? BARTOLOMÉ: Sí diré; que mi celo es enseñar caminos para el cielo. ¿Cuándo no andas perdido tú, infelice? DEMONIO: Luego ¿hasme conocido? BARTOLOMÉ: Sí; pues que vengo ahora a hacerte guerra y arrojarte también de aquesta tierra. DEMONIO: No harás; que ahora sin miedo te tengo yo donde vencerte puedo. BARTOLOMÉ: ¿Tú vencer? ¿De qué suerte? DEMONIO: De esta suerte; llegad todos, llegad a darle muerte; porque a mí irme conviene a repetir la posesión de Irene.
Vase
BARTOLOMÉ: Si la fe vive en ella, yo acudiré en ausencia a defendella.
Salen CEUSIS, el SACERDOTE y gente
CEUSIS: A tus plantas rendido un acaso me tuvo, y ha querido desagraviar el cielo injurias tantas, trayéndote a que estés puesto a mis plantas. BARTOLOMÉ: Sí; mas es con alguna diferencia ese trueco de fortuna; que tu soberbia altiva fue allí la que a mis plantas te derriba, y aquí, para que más mi triunfo arguyas, es humildad quien me arrojó a las tuyas. CEUSIS: Venid donde serán los justos cielos testigos de mi celo y de mis celos. BARTOLOMÉ: De nada desconfío. Beber tu caliz ofrecí, Dios mío, el fuego del amor que el pecho labra; feliz voy a cumplirte la palabra.
Vanse. Sale LICANORO
LICANORO: En notable soledad Bartolomé nos dejó; mas el ver que le ausentó el celo, amor y piedad de llevar su nueva ley a mi patria hacer pudiera que yo consuelo tuviera. ¡Oh si ya mi padre el rey admitiese esta verdad! Al punto escribirle iré en favor suyo, porqué no quiere mi voluntad que yo me aleje de aquí un punto, sin que primero a Irene vea, a quien quiero más que al alma que la di.
Córrese una cortina, y aparece IRENE en un estrado dormida
Pero en su estrado dormida está. ¡Ay, dulce hermoso dueño! ¿Quién sino tú hacer al sueño pudo imagen de la vida? No para ser homicida de indicios hagas crisol; y pues basta un arrebol de tu cielo soberano, ¿para qué es, amor tirano, tanta flecha y tanto sol? Si, cuando sin alma estás, estás, Irene, tan bella, tú no vives más con ella, mas con ella matas más. Inútil muerte me das, ya es tuyo mi corazón; pues ¿para qué, Irene, son nevando abriles y mayos, tanta munición de rayos y tanto severo arpón?

Lástima se me hace, cuando tan blandamente descansa, inquietarla. Ya vendré, en escribiendo las cartas.

Vase y despierta IRENE
IRENE: ¿Quién anda aquí? Mas ¿mi esposo no es quien salió de esta sala? Pues ¿cómo--¡ay Dios!--sin hablarme vuelve a mi amor las espaldas? ¡Esposo, señor, mi dueño!
Sale el DEMONIO
DEMONIO: ¿Qué me quieres? IRENE: ¡Pena extraña!
Sale LICANORO, y quédase al paño
LICANORO: A la voz de Irene vuelvo. Mas--¡ay de mí!--¿con quién habla? DEMONIO: De ti pretendo saber a quién, enemiga, llamas señor y dueño que puedas llamárselo con más causa? IRENE: A quien lo es. DEMONIO: Yo lo soy, pues me diste la palabra de que siempre serías mía. LICANORO: (¡Cielos! ¿Qué escucho? ¡Ah, tirana!) Aparte IRENE: Verdad es que te ofrecí que te daría vida y alma si me dabas libertad; mas de esa deuda me saca la nueva ley que profeso. LICANORO: (Ella--¡desdicha tirana!-- Aparte confiesa que le rindió alma y vida.) DEMONIO: En vano hallas respuesta, pues aun lo mismo que te disculpa te agravia. ¿Qué nueva ley pudo hacerte no ser mía? LICANORO: (Honor, ¿qué aguardas? Aparte Mas--¡ay de mí!--que en tal pena valor al valor le falta.) IRENE: La ley de Bartolomé, en cuya fe y confïanza estoy de aquel pacto libre. DEMONIO: ¡Calla, no prosigas, calla, que ésta es la hora que a él le rompen y despedazan los verdugos de Astiages el corazón, las entrañas, viva imagen de la muerte! Pues el pellejo le rasgan, hasta que el sangriento filo le divida la garganta. ¡Mira para tu socorro si tienes buena esperanza! LICANORO: (¡Cielos! ¿Otro dolor? Pues Aparte el de los celos ¿no basta?) DEMONIO: ¿No fuiste mía? LICANORO: (¡Qué pena! Aparte Mas ¿qué mi paciencia aguarda?) ¡Injusto, tirano dueño de mi vida, honor y fama, muere a mis manos! DEMONIO: ¡Al cielo pluguiera que fuera tanta mi dicha que yo pudiera morir! Mas ya que no alcanzan victoria de esta mujer por ahora mis venganzas, dejarla en el ciego, el loco poder de un celoso basta.
Vase
LICANORO: ¿Adónde de mi furor, hombre o demonio, te escapas? ¿Eres de mis celos sombra? IRENE: ¡Esposo, señor! LICANORO: ¡Aparta! Que tu amor y tu respeto, u otra más oculta causa que ignoro, en prisión del hielo mis pies y mis manos ata, para no darte la muerte. IRENE: Pues ¿en qué te ofendo? LICANORO: ¡Ah ingrata! Si antiguo dueño tenías, a quien la vida y el alma ofreciste antes que a mí, ¿para qué, traidora, falsa, ofendiste tanto amor, burlaste fineza tanta? IRENE: Verdad es... LICANORO: ¿Que aun no lo niegas? IRENE: ...que yo... LICANORO: ¿Qué aun no lo recatas? IRENE: ...ofrecí al dios de Astarot alma y vida. LICANORO: Calla, calla; que el dios de Astarot no tiene poder ya en vida ni en alma para venirte a pedir celos de mí. Tú me engañas. IRENE: Verdad, Licanoro, digo. Y si el irse--¡ay Dios!--no basta de aquí invisible, daré otro testigo que haga más fe en mi crédito. LICANORO: ¿Quién? IRENE: Bartolomé, a cuya instancia estoy de aquel pacto libre. LICANORO: ¿No has escuchado, tirana, que mi padre--¡ah dura pena!-- le dio muerte? En vano trazas valerte de su noticia tan aprisa. IRENE: Mi fe es tanta que aun muerto he de esperar que tus dudas satisfaga. LICANORO: ¿Cómo es posible, si ya la cólera me desata las manos, para que tome de tus agravios venganza? ¡Muere pues! IRENE: ¡Bartolomé, tu amparo y favor me valga!
Saca LICANORO la espada y, al ir a herirla, cantan dentro y él se suspende
MÚSICA: "A quien con fe le llama, siempre socorre y nunca desampara." LICANORO: ¿Qué voces mi acción suspenden? IRENE: Las que mi inocencia guardan.
Salen el REY, LESBIA, LIRÓN, un CRIADO y otro criados
REY: ¿Qué música es ésta, cielos, que suspende y arrebata los sentidos? CRIADO: Todo el aire se puebla de luces claras. REY: Licanoro, ¿contra quién desnuda traéis la espada? LICANORO: Contra mí mismo primero que contra quien la sacaba, oyendo estas voces. REY: Luego ¿oísteis las músicas varias? LICANORO: Sí, señor. Y no eso sólo nos admira y nos espanta, sino el ver que allí una nube hojas de púrpura y nácar despliega, y un trono en ella, sobre cuya ardiente basa, triunfante Bartolomé, los coros el viento rasgan. Roja púrpura se viste, y un monstruo trae a sus plantas, a quien con una cadena aprisionado acompaña. Aladas divinas voces dicen en cláusulas blandas... MÚSICA: "A quien con fe le llama, siempre socorre y nunca desampara."
En un trono se descubre BARTOLOMÉ, que trae al DEMONIO a los pies
BARTOLOMÉ: Feliz imperio de Armenia, no sólo vuelvo a tu patria en alas de serafines, para que sepas la rara crueldad que conmigo usaron, habiéndome hecho mudara, como culebra, el pellejo, con ira y cólera extraña, sino también para que vivas, en mi confïanza, seguro de que esta fiera, que atada traigo a mis plantas, no perturbará tu paz. Éste es... DEMONIO: Yo lo diré, calla; porque quiero que me sirvan de veneno mis palabras. Yo soy el dios de Astarot, yo el que tuvo vuestra patria idólatra tantos años, dándome adoración falsa. De esta esclavitud el cielo hoy por Bartolomé os saca, alumbrándoos en la ley evangélica de gracia. Irene, que un tiempo fue de mis engaños esclava, ya está libre. Mas ¿qué mucho que ella y todo el mundo salga de mi esclavitud, si el cielo con estas cadenas ata mis fuerzas, dando poder a su apóstol de cortarlas? BARTOLOMÉ: Con esta declaración pública que has hecho, baja al abismo, mientras yo a esferas subo más altas. DEMONIO: Abra, para recibirme, el infierno sus gargantas.
Húndese
BARTOLOMÉ: Y a mí sus puertas el cielo, para recibir mi alma.
Vuela
REY: ¿Quién, a tan grandes prodigios, no le rinde al cielo gracias? LICANORO: ¿A quién quedarán recelos, viendo verdades tan claras? LESBIA: ¿Y quién, viendo que en su mano Bartolomé santo enlaza las cadenas del demonio, contra él no le invoca y llama? Dando fin a esta comedia, perdonad sus muchas faltas.

FIN DE LA COMEDIA

Return to COMEDIA home page

Electronic text by Vern G. Williamsen and J T Abraham

vwilliam@u.arizona.edu